viernes, 9 de septiembre de 2011

La gota

.



.

Una gota no es una nadería.

Una gota es una debilidad inexplicablemente poderosa; un ser precario y dulce que aún no quiere romper acantilados.

Una gota es una transparencia, esférica y humilde, capaz de desmontar la opacidad extraña de las cosas.

O una metáfora sucinta de la paciencia, de por qué la paciencia ya no puede seguir siéndolo.

Una gota es mucho más que la nonada que se queda colgando de las hojas después de una tormenta…

Es la sinécdoque de Dios bajo unos ojos cuando el mundo es inicuo…

Es el resumen del alma que empaña la mirada poco antes de arrancar al corazón lo imprevisible…

Una gota es el limes de la ira
que advierte la razón de una tristeza inmensa.


9 septiembre 2011
.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Yo invito

.

Qué le vamos a hacer: no hay forma humana de que llegue alguna vez a “coincidir” con ningún “colectivo”. Tonto de mí, supuse que al final, que tengo ya muy cerca –profesionalmente, claro, porque el otro llegará cuando se le antoje–, estaba a punto. Pero no. Tampoco ahora. Al cabo, tendré que morirme “sin gente”. ¡Manda narices!

Según parece, todo lo interpreto mal. Yo no soporto que un indocumentado insulte mi oficio. Y alguien, menos indocumentado que intencional, lo hizo. Esto se me antojaba prometedor. Pero tampoco: detrás de los jinetes sólo había un racimo de cañones oxidados y antiquísimos.

Es otro error, o es otra clase de indecencia, insistir en el conflicto miserable de las malditas “dos horas lectivas”. El problema no es ése. Los tiempos que corren tendrían que apuntar a otro tipo de voluntades. La Administración debería ser valiente. Ni ofensiva ni engañosa ni seductora. Y nosotros, alardear de gallardía. No gemir para exigir que todo vuelva a ser lo que antes era, sino desarmar el insulto y exigir lo inesperado. Algo tan raro como esto: “¿Me pedís “dos” horas más para seguir civilizando el mundo que habéis podrido…? De acuerdo. No hay problema. A cambio exijo las mismas condiciones que tenía; mejor, algunas más. Ya sé que no tenéis con qué pagarlas. Tranquilos, yo invito. Así que haced las cuentas: me estrecharé la vida a otros cinco, o diez, o quince…, o a cualquier por ciento imprevisible que se os ocurra. Esta ronda es mía, os invito a beber el cáliz más amargo de mi tiempo. Y pago yo, tranquilos. Pero ¡ojito!, no olvidéis que estoy harto, auténticamente harto, que es un estado que ocurre más allá de las indignaciones y de los partidos y de los sindicatos. Algo que pasa en el alma cuando cualquier “después”, cualquier promesa, es prescindible… Quiero decir, cuando todo da lo mismo. ¡Y sabe Dios lo que pasa después de un da-lo-mismo!”

Eso es lo que yo haría. Pero, qué putada, no lo entendería nadie. Al cabo, me tendré que morir “sin gente”.
.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Carta abierta de un profesor madrileño a su Presidenta

.

Sra. Presidenta:

Hoy, domingo primerizo de recental septiembre, voy a robarme unos minutos de mi “acostumbrado descanso” para escribirle unas palabras a las que usted, naturalmente, no va a dedicar un solo segundo. Pero lo entiendo –yo soy así, afable y comprensivo–: usted tiene muchas cosas que hacer; yo, sin embargo, soy una especie de “okupa” en su Administración que sólo dedica unas pocas horillas de su vida a parlotear en las aulas.

El asunto que me preocupa tiene que ver con una impertinencia suya –dicho sea sin ánimo de ofender y según la primera acepción que la R.A.L.E acomoda a la palabra susodicha–. Al parecer, y como consecuencia de la inquietud del profesorado ante los ingenios con que su gobierno quiere poner freno a la “crisis”, nos ha dedicado usted algunas perlas verbales como ésta: "Sabemos que les estamos pidiendo un esfuerzo especial, pero 20 horas son, en general, menos de las que trabajan el resto de los madrileños." Insisto en la “impertinencia”, porque estoy convencido de que lo dijo usted “fuera de propósito”, es decir, sin ánimo o intención. Vamos, como “sin querer”. Y es mejor así, porque la intencionalidad equivocada, moralmente al menos, puede perdonársele a cualquiera. Peor sería, en mi opinión, que lo hubiese dicho usted “sin saber”, es decir, sin tener la más remota idea de las horas que “trabaja” un profesor. Si esto fuera así, desde luego sería muchísimo peor; porque la ignorancia de un gobernante sobre los asuntos que conduce, y corregir pretende, tendría que ser motivo de su inhabilitación inmediata. Usted lo haría conmigo, sin ninguna duda, con total justicia.

Me llama la atención que en un conflicto reciente –y de solución casi inmediata por cierto– sobre la Liga de Fútbol, a nadie se le pasara por la cabeza afirmar que los futbolistas trabajan 90 minutos a la semana (“en general, menos de lo que trabajan el resto de…” los mortales). Bueno, en realidad no me llama la atención, porque cualquier pardillo habría respondido inmediatamente que esos 90 minutos sólo son el relámpago del espectáculo, la punta de un iceberg que se sostiene en la enormidad sumergida de un trabajo tedioso, rutinario y constante día tras día. Por desgracia, esta diligente sabiduría del pardillo sobre el trabajo de un futbolista se convierte en perezosa ignorancia cuando se trata de un profesor. La lamentable, injusta y mezquina imagen de éste, provocada por algunos de ustedes y consentida por casi todos los demás, ha conseguido convertir mi oficio –que es lo que primero y siempre necesita el hombre para cumplir su naturaleza– en una especie de taberna de vagos. Declaraciones como la suya, Sra. Presidenta, ya sea por ignorancia o descuido de la voluntad, son un crédito gratuito y lamentable para ampliar esa taberna.

Hace un año, con la ley de Autoridad del Profesor, que usted conocerá, tuve un espejismo. Por desgracia ya se me ha pasado. Lamento profundamente el menosprecio sistemático con que se trata nuestro esfuerzo y nuestra dedicación, pero lamento aún más la enfermedad social que con ello se está propagando.

Brindo desde la barra de “mi ociosidad”…

A su salud, naturalmente.


P.D.: Una pregunta al margen: después de un jueves de doce horas y media en el instituto y dos horitas en casa corrigiendo unos exámenes, un viernes de otras doce horas de permanencia en aquél, y un sábado de cinco horas ajustando cálculos (actualmente soy Jefe de Estudios y el lunes tengo la reunión del “cupo”) he llegado a la conclusión de que en tres días (incluyendo uno no laboral) ya llevo treinta y una horas y media de las “veinte” que, sin yo saberlo, me corresponden. ¿Quiere esto decir que la próxima semana sólo debo trabajar ocho y media?
.