miércoles, 16 de noviembre de 2011

Sesión continua

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Cuando uno se hace viejo, pero conserva aún cierta capacidad de abstracción, tiene la impresión de que vivir es pasear la mirada repetidamente por una película de sesión continua. Una película que, claro está, siempre tiene la misma trama envuelta por los mismos diálogos. Por eso ningún tiempo pasado fue mejor; ni tiene posibilidad de serlo ningún tiempo futuro. Si el animal y la planta son prisioneros de su genética, el hombre lo es de su fabulación: aquéllos siguen haciendo lo que inevitablemente no pueden dejar de hacer; éste, lo que ingenuamente cree que acaba de inventar.

Cuando uno se hace viejo, y no del todo tonto, se aburre con la película que habla de lo mismo para desarrollar la pretensión de siempre y acabar en igual nada. Y cuando ya no aguanta más, cuando hasta las palomitas al paladar disgustan, se levanta de la butaca, rompe la entrada y se vuelve a casa. En el fondo, morir no es más que eso.

Estoy seguro, una vez más, de que Platón y yo estamos de acuerdo.
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jueves, 10 de noviembre de 2011

Sin noticia de mí

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Esta mañana, mientras me afeitaba, me he preguntado si ocurría algo. No sé qué confusión del alma he visto en el espejo que me ha empujado a hacerlo. Para sorpresa mía, no me he hecho ningún caso.

Me he sentido incómodo; más aún, decepcionado. No hay derecho: uno pasa la vida sacrificándose para que nada le incomode y, de repente, un día aciago, deja de hablarse. Es injusto, con lo que yo he hecho por mí, con la cantidad de sueños que me he consentido, con todo lo que he empeñado en ser quien más me convenciera… Y ahora voy y no me hablo… Ahora, que me queda tan poco.

De momento no he roto relaciones; pero, si esto se repite, no tendré más remedio. La dignidad es la dignidad y no tengo por qué soportarme la insolencia. Si no quiero saber de mí, allá conmigo.

Al fin y al cabo, ser ‘yo’ es redactar un sofisma; y vivir, interrumpir un apacible silencio.
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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Dos de noviembre

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Leo en alguna parte que el 60 % de los españoles olvida a sus difuntos después de diez años. Me alegro, una vez más, de quedar fuera de las estadísticas y sus enfermos porcentajes. Llevo cuarenta y dos años recordando a Paco, un amigo que se me rompió en un Seiscientos el mismo día que Armstrong pisaba la Luna; treinta y ocho hablando con Jorge, un casi hermano que se destrozó la vida sobre una moto camino de Soto del Real; treinta y uno paseando Madrid con Conrado, un antiquísimo alumno que se dejó el futuro en su promesa por culpa de una isquemia maldita en el cerebro… Y cinco, sólo cinco, aunque valdría cinco elevado a su infinita potencia, departiendo por teléfono con mi madre (que se marchó sin ruido y humildemente un dos de marzo) todos los días, a las once de la noche, sobre las cosas que me pasan y me alegran y acerca de los hechos que suceden y me duelen…

Podría centuplicar la lista. A mis años no es difícil.

Si la estadística esa es cierta, tenemos un problema; grave e indecente. Grave, porque la vida no es disimular la muerte ni hacer fiestas de disfraces entre calabazas y zombis. Indecente, porque vivir, humanamente, es heredar la circunstancia de los otros, los que no están, los que hicieron el paisaje por el que echamos a andar –¡hace tanto tiempo…!– la voluntad de ser…

Y la memoria.
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