sábado, 28 de enero de 2012

La tragedia real o la importancia de no ser importante

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Alguien, ahora, en alguna parte, está poniendo en el mosaico de la Historia una tesela fundamental. Él o ella lo ignoran; pero lo demás, todo lo demás, pende y depende del hilo de su gesto, su suceso, la modesta decisión que acaban de tomar.

Alguien, ahora, en sabe Dios dónde, está ocupado en la razón de un destino que doblegará el tiempo. Cualquier mañana está pendiente del presente insignificante en que él o ella ocurren. No hablo de los nombres ilustres que decoran los libros. No me refiero a los espurios protagonistas de las crónicas. Mi “alguien” es cualquiera. Mi “alguien” son los “tús” cotidianos que pasan por la vida sin que el tiempo se entere, que nacen y se mueren sin más tierra en el ser que la memoria de quienes les amaron.

El hombre es necesariamente trágico, pero no como pensaba el mundo antiguo, no porque la moira le arroje a un destino irremediable sea cual sea su derrotada determinación, sino porque una modesta decisión suya arrastra el mundo a un inevitable mañana.

La tragedia real consiste en comprender que cualquier cosa que después ocurra depende de la insignificante tesela que alguien, ahora, en algún paisaje irrelevante, está poniendo en el mosaico de la Historia.

La tragedia real es que cualquiera está siendo autor y responsable de todo el tiempo, de todo el hombre.
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domingo, 22 de enero de 2012

Una vieja lección

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Esta lección es tan vieja como el hombre y se ha escrito sobre ella –inútilmente siempre– infinidad de veces. Hoy la quiero recordar por causa de una reciente tristeza.

Si fuéramos capaces de imaginar a quien nos ha hecho una indigna faena como el niño que fue (su sonrisa, su lágrima, su inocencia, su juguete jamás tenido, su pequeña soledad, su noche de pesadilla…), nos sería facilísimo perdonarlo; y si quien nos hizo la faena indigna fuese capaz de no olvidar el último silencio (el que ciega todas las palabras, todas las preocupaciones, todos nuestros prescindibles desencuentros), sin duda nunca llegaría a cometerla.

La posibilidad del bien es mucho más sencilla de lo que pensamos. No se necesitan grandes teorías ni elaborados razonamientos: está a flor de piel de la evidencia. Basta reconocer al niño para perdonar al hombre. Para no dañar a los demás, sólo hay que anticipar el silencio, esa última patria de todas nuestras palabras.

Pero de esta vieja lección no acabamos de entender la metafísica moraleja: ser hombre es una cosa que ocurre entre dos correcciones que nos indican cómo deberíamos ser.

Nunca lo somos.
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martes, 17 de enero de 2012

Mientras la noche

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Esperar.

Soñar alba que esperar.

Nombrar de imaginaria la esperanza
mientras la noche. Convencer
del día al horizonte… Esperar.

Y si la nada invade la mirada,
arrojar la mirada más allá.

Más allá de la nada.

Más allá… ¡Mucho más!



Enero 2012
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