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Esta lección es tan vieja como el hombre y se ha escrito sobre ella –inútilmente siempre– infinidad de veces. Hoy la quiero recordar por causa de una reciente tristeza.
Si fuéramos capaces de imaginar a quien nos ha hecho una indigna faena como el niño que fue (su sonrisa, su lágrima, su inocencia, su juguete jamás tenido, su pequeña soledad, su noche de pesadilla…), nos sería facilísimo perdonarlo; y si quien nos hizo la faena indigna fuese capaz de no olvidar el último silencio (el que ciega todas las palabras, todas las preocupaciones, todos nuestros prescindibles desencuentros), sin duda nunca llegaría a cometerla.
La posibilidad del bien es mucho más sencilla de lo que pensamos. No se necesitan grandes teorías ni elaborados razonamientos: está a flor de piel de la evidencia. Basta reconocer al niño para perdonar al hombre. Para no dañar a los demás, sólo hay que anticipar el silencio, esa última patria de todas nuestras palabras.
Pero de esta vieja lección no acabamos de entender la metafísica moraleja: ser hombre es una cosa que ocurre entre dos correcciones que nos indican cómo deberíamos ser.
Nunca lo somos.
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Si fuéramos capaces de imaginar a quien nos ha hecho una indigna faena como el niño que fue (su sonrisa, su lágrima, su inocencia, su juguete jamás tenido, su pequeña soledad, su noche de pesadilla…), nos sería facilísimo perdonarlo; y si quien nos hizo la faena indigna fuese capaz de no olvidar el último silencio (el que ciega todas las palabras, todas las preocupaciones, todos nuestros prescindibles desencuentros), sin duda nunca llegaría a cometerla.
La posibilidad del bien es mucho más sencilla de lo que pensamos. No se necesitan grandes teorías ni elaborados razonamientos: está a flor de piel de la evidencia. Basta reconocer al niño para perdonar al hombre. Para no dañar a los demás, sólo hay que anticipar el silencio, esa última patria de todas nuestras palabras.
Pero de esta vieja lección no acabamos de entender la metafísica moraleja: ser hombre es una cosa que ocurre entre dos correcciones que nos indican cómo deberíamos ser.
Nunca lo somos.
"Para no dañar a los demás, sólo hay que anticipar el silencio, esa última patria de todas nuestras palabras"
ResponderEliminarTomo buena nota de esa vieja lección, amigo Antonio.
Una magnífica entrada. Serenamente triste.
Un abrazo
Quizás, Antonio, quizás, "la posibilidad del bien sea mucho más sencilla de lo que pensamos"
ResponderEliminarEn cualquier caso la tristeza aparece cuando sentimos que algo se nos ha perdido, algo que era importante para nosotros.
Siento tu tristeza.
Un beso
Doña Anónima
Siempre es un placer recibir una visita tuya, amigo Tato. Gracias por esta amistad.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
No lo dudes, Doña-Anónima, a pesar de que, como dice Aristóteles, sólo hay una manera de hacer el bien y muchas de hacer el mal.
ResponderEliminarGracias por tu compañía.
Un beso.
Sería sencillísimo y suele ser complicado. Porque la vida nos arrastra y porque el dolor entorpece el pensamiento. De todas formas, (anda, te estoy escribiendo y recibo un comentario tuyo: no me digas que no es curioso); de todas formas, decía, yo me muero de ganas de perdonar a quien quiero, aunque no siempre puedo. Qué pena.
ResponderEliminarY pienso en las veces que me han perdonado, en las que no habrán podido, en las que no podrán.
Tu reciente tristeza ha producido un texto muy bello y muy sereno. Lo importante no es lo que nos pasa, sino lo que somos capaces de hacer con ello.
Un beso.
Decía Cervantes:"Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso"
ResponderEliminarHay que tener "poderes" para satisfacer a malos y buenos...
Un beso mitológico.
Efectivamente, por la hora indicada, debieron de cruzarse los comentarios, aunque yo he visto el tuyo hoy al mediodía.
ResponderEliminarSiempre se puede perdonar, Olga, aunque a veces el esfuerzo que nos exige hacerlo es sobrehumano. Más fácil me parece lo otro: hacer innecesario el perdón. No dañar, no injuriar, no difamar, no destruir; no embarrarnos los días de mezquindad o intenciones amargas; ser simple, ser sencillo –¿por qué nos parece tan complicada la sencillez?–… Para esto bastaría pensar en la ligereza del equipaje machadiano. O en el silencio que vemos en labios de alguien que compartió nuestras palabras y nunca volverá a hacerlo.
Sin embargo, esta viejísima y simple lección nunca acabamos de aprobarla.
Gracias siempre por tu visita, y un beso.
Incontestable la cita, divina Circe (aunque me parece que habéis sufrido una pequeña confusión con su autor). Pero eso no anula el valor o la verdad de un argumento. Estos son independientes, racionalmente hablando, de quien los formula. Juzgar aquéllos por éstos es lo que en lógica se llama “falacia ad hominem”, una estrategia muy de políticos, pero absolutamente ineficaz para la razón objetiva. Si un asesino proclama que matar es malo, su juicio es incontestable y plausible, aunque él sea un criminal. Las razones se discuten con razones, los valores con valores; y a los hombres… se los juzga por sus hechos. Como debe ser.
ResponderEliminarNo sé si respondo adecuadamente a la divina Circe: quizá mi humana torpeza no entendió sus palabras (tampoco entiendo lo de los “poderes”). Ruegovos disculpe si así ha sido.
Un beso desconcertado.
Jaja,estaba peleando con un grabado de Cervantes, y se ve que las aspas de los molinos me han atrofiado.¡UF!¡Qué confusión...!Creo que me ha afectado mi último viaje.
ResponderEliminarSiempre hay que tener cuidado con los molinos, sobre todo con los de viento. Sin duda, fue una confusión (aunque en este caso sería más adecuado llamarlo “Confución”).
ResponderEliminarVoy a recordar esta vieja lecciòn a todos mis conocidos, amigos y enemigos. Creo que olvidar algunas viejas lecciones es del todo imperdonable. Gracias, desde este punto de vista, hacer bien las cosas parece màs fàcil y màs ùtil.
ResponderEliminarSara m.
Bienvenido (o bienvenida), CQ (o Sara m.). Y muchas gracias por tu visita y por la complicidad en el recordatorio de esta vieja y mal aprendida lección.
ResponderEliminarUn saludo.