sábado, 25 de febrero de 2012

La sombra

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No había nada allí después de todo:
una ciudad común, dos o tres árboles,
algunas horas demasiado usadas,
un poco de las cosas de la gente,
un algo de tristeza, un no sé qué
de mí que ya no estaba… Y el viento,
el frío azul de un dios desapacible…
Y la memoria de un eclipse viejo,
de un sol sin sol ni tú, frente a los ojos.

No había nada. Burbujas de palabras
lentas balanceándose en el aire
y ese ir y venir por el invierno
de un día inactual sin tú ni día.

Después atardeció, como es costumbre.
Y anocheció después... Y no había nada:
una ciudad común, dos o tres parques,
algunas horas en las papeleras…
Y un servicio eficaz de recogida
de los sueños tirados por la calle.

Te escribo de estas cosas porque, a veces,
paseo por allí… Y no te encuentro.

Y no sé dónde estoy… Ni si ocurrimos…

Ni si algo sucedió, después de todo.


24 febrero 2012
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jueves, 23 de febrero de 2012

Lacrimosa dies illa...

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Ahora que tanto se habla de indignación, me viene la memoria de la ira. Me llega en estos días –destrozados para tantos que su cuenta se hace innumerable–. Me llega con la rabia que se vende y se compra en los quioscos; con el rastro que deja la adúltera verdad del quehacer humano.

Ahora, que es un antes repetido, un antes con el que no sabemos qué hacer porque, hagamos lo que hagamos, acabará en el mismo odio de cualquier otro futuro...

Ahora, que las almas presumen descubrir lo que de siempre tienen descubierto...

Ahora, que el discurso del hombre se encuentra, una vez más, con la indecente conclusión de su “soberbio silogismo”...

Ahora, que volvemos a pensar que la culpa es de los otros, que el infierno es un demás localizado y evidente; nada que tenga que ver conmigo ni contigo, nada que salpique la cotidiana complicidad de cada cual en el desastre...

Ahora, que la moral vuelve a padecer una epidemia antiquísima y recurrente, una gripe intemporal cuyo síntoma más grave es la convicción de que el derecho es cosa de uno y el deber exigencia de los otros…

Ahora, que somos tan estúpidamente sabios; ahora, que es un hoy coincidente con un largo registro de infinitos ayeres, me viene a la memoria un himno que empieza con los días de la ira y acaba en la humildad de la clemencia.

Mozart lo convirtió en “señales” que retuercen el alma; y el alma, en emoción que aplaude… Y luego olvida.



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viernes, 10 de febrero de 2012

El último deseo

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Me gustaría morir después de un día intenso, voluntarioso, obstinado en alguna indecible extravagancia, empeñado en cualquier incomprensión de ésas que arrastramos tras haber vivido entre todo lo demás tan comprensible. Me gustaría que Saturno anduviera entonces por el sur, que es el horizonte de mi terraza, y que yo estuviera sentado junto a mi viejo telescopio observando el discurso majestuoso y lento de su órbita. Y escuchar en la casa, mientras tanto, los pasos de quienes quiero; su ir y venir por las habitaciones y las cosas, sus voces dedicadas a los signos con que hice la vida; algo así como la música inefable en que hablan las esferas…

Me gustaría morir entre este corazón y el cielo, entre el lugar cercano de las almas que quise y el lejano espectáculo de lo inalcanzable.

Después de un día intenso y empeñado en lo indecible…

Después de cualquier día que aún se mereciera ser querido.
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miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuestión de fe

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Si mi fe me lleva a crear o aumentar vida, ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas.
M. de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho



A veces, uno tiene ganas de no tener ganas de lo que suelen tenerse.

A veces uno ejerce el descaro ante el mundo y le sostiene la mirada sin pretensión de nada, sin intención alguna; sólo para fastidiarlo; sólo para que se dé cuenta de que no le importan su menosprecio y su estafa; de que aún es capaz de querer de verdad, de soñar de verdad y esperar de verdad mucho más que la puerca verdad de su acomodo.

A veces uno se apunta a la anarquía de los paralelogramos –que es anarquía que ignoran casi todos los que en la acracia militan de oficio– para dar un respiro a la razón asmática, asfixiada por logros sin aire.

A veces, da lo mismo todo; porque todo es el pronombre de un suceso espurio, de un afán troquelado por un encantamiento. Don Quijote lo comprendió una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio… Y embrazó adarga y empuñó espada para desfacer tan deshonroso reino.

Con don Miguel –cualquiera de los dos, Cervantes o Unamuno– uno sigue creyendo en esa derrotada empresa.
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