viernes, 31 de octubre de 2008

Nada nuevo

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Asfixia el mundo, este mundo que se construye desde el juicio acelerado; tan acelerado, que se adelanta a sí mismo, que deja de ser juicio para ser prejuicio, ortodoxamente, “pre-juicio”, algo que volcamos sobre los demás sin darles ocasión de nada, sin saber realmente nada de lo que pasa o les pasa, guiándonos de tres o cuatro señales mal leídas y peor interpretadas, dando crédito al ruido para invertirlo en mensaje, convirtiendo nuestra fantasía en injuria y condena…

Por eso he perdido las ganas de escribir. Últimamente ando en tratos dolorosos –y reales– con los años. Con los muchos, por el duelo de ver los escombros de su ruina; con los pocos, por la pena de saber la inanidad de su proyecto; con los medios, por su errático andar tras la opinión de más aplauso… Con los míos, por la inmensa lejanía de mi mismo.

No tengo ganas de escribir porque cada día tiene el día menos ganas de serlo, porque todo lo que habrá de establecerse al cabo de vivir puede que sea para nada; porque tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo; porque la edad de Dios sigue hablando de jardines amables a pesar de su destrozo; porque la luz se ha hecho sólida en muchísimas miradas; porque Teseo ha decidido la espada y la tristeza; porque del sueño horrible no se acierta a despertar bajo el beso de una voz o su memoria

No tengo ganas de escribir…

Si será verdad, que lo escrito aquí ya estaba escrito.
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jueves, 23 de octubre de 2008

El sueño

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Tantas veces es cierto que no es cierto,

que no es verdad; que tiembla y no sucede;

que el aire se estremece y luego cede…

Y es mentira… Y no es… Ese desierto,

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que se quiere jardín y está cubierto

de oscura confusión, un día puede,

porque sí, con decisión, adrede

desconcertar su mudo desconcierto.

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Y desatar un párrafo imposible,

la pleamar ingrávida y desnuda

de un verbo que se quiere trayectoria.

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Y surgir enredada, imprevisible,

sólo una voz, la voz, tu voz sin duda;

el beso de tu voz o tu memoria.

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(23 de octubre de 2008)

lunes, 13 de octubre de 2008

La decisión de Teseo

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Cortar la seda. Cercenar el vínculo.
No querer escapar del laberinto amargo
ni del monstruo posible que al final nos aguarda.
Quedarse aquí,
dentro de uno,
con la daga sangrando y el último silencio;
con el alma asustada y su oscura agonía.

No querer olvidarse de uno mismo,
de la bestia encerrada que nos sigue esperando
cada noche en su cueva,
cada noche en su noche sin aurora,
eterna o intemporal, cruel, heroica,
oscura soledad de piedra y musgo
que no sabe los triunfos y sus días.

Solos al fin la tristeza y la espada;
y el monstruo en su rincón, en su condena,
aguardando la muerte, la sangre de decirse,
el bramido glorioso de haber sido.


(13 octubre 2008)

domingo, 12 de octubre de 2008

Noticias del "caballero inactual"

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Melodramático anda este hombre que se me antoja cada vez más raro. Hacía tiempo que no sabía de él, que no me visitaba ni me escribía, que no encontraba sus llamadas perdidas en mi móvil, ese rastreo de imposibles respuestas al otro lado de nuestras inquietudes. Y, mira tú por dónde, ayer, sábado 11 de octubre, me encontré al llegar a casa una larga carta suya. Cinco folios y medio para ser exactos. Me contaba allí experiencias extravagantes, sucesos extraordinarios que ponen en entredicho los límites de la verdad, cosas que para creerlas hay que hacer religión de la amistad.

Sí, está cada vez más raro, tanto que su condición de inactual parece empezar a desearse convicta irrealidad, fantasía enfermiza, vanamente encarnada. Mucho me temo que el día menos pensado se acomode en él la doble disonancia del tiempo y del espacio. Un acomodo comprensible, al menos para Einstein.

Entre la retahíla de extravagancias, me dejó este poema que transcribo. También extraño que lo firme él, por aquello de los versos blancos. Aunque, bien es verdad, que sigue observando –puntilloso como siempre– el mando de la sexta, la tónica de toda la vida. ¡Flaquezas de su condición!



La mirada sin palabras


Estuvieron allí
antes de que la luz se hiciera sólida en tus ojos,
tan sólida que ya nunca podría
excavar en su fondo mi refugio.

Cuánto amé esa mirada,
ese rastro de sol mientras caía
el alma en mi jardín como una rosa vieja,
sin alba prometida, sin mañana radiante,
sin mirlos en el aire, sin otra primavera…

Estuvieron allí, allí fingieron
la voz hospitalaria de decir sin decirse:
caricias en la piel
de un silencio ordinal y riguroso,
cronómetros de un verbo que no amanecería…

Cuando la luz se fue volviendo densa,
espesa, impenetrable, cruel como un destierro,
supe que esas palabras –que estuvieron allí
alguna vez, acaso cuando nunca–
eran sólo un refugio fabulado,
una amarga intemperie,
un amparo falaz;
el delirio de un dios frente a su olvido.


(11 octubre 2008)

viernes, 3 de octubre de 2008

La edad de Dios


A mi padre.


No están ya con nosotros, ni siquiera entre nosotros. Viven en otras casas; comen en otros platos; hablan con otras gentes. Comercia su palabra con otros asuntos; secuestra su corazón una extraña distancia. Su tiempo marca un orden de sucesos que ya no nos concierne; que alguna vez lo hizo, tal vez, allá por esos años de reciente emerger de la conciencia. Cuando niños, muy niños. Cuando decíamos mal el nombre de las cosas y ellos nos iban inventando la memoria. Y eso, que en nosotros ya es sólo biografía, se hace acontecimiento intraducible en las salpicaduras de su mirada.

No son ya de este tiempo. Por eso cuando es octubre, puede ser junio; o cuando martes, domingo. O estar anocheciendo y ser temprano; o ser ayer sin haber sido nunca.

No están ya con nosotros; aunque a veces nos encontramos con ellos en el relámpago de una frase. Un destello momentáneo, un cruce fugaz, como a traición de su locura (¿o será nuestra?), en que parece posible lo que jamás podrá serlo.

Se rompen por dentro porque están solos, porque los rostros que ven no coinciden con las caras que sabían, porque la noche es hostil y está llena de ausencias. Se rompen, y deciden otra historia. No la inventan, la deciden. Se asemejan a Dios porque crean el mundo; porque lo llenan de gente no posible; porque logran el milagroso rescate de su último silencio.

Se parecen a Dios porque sufren... Aunque sigan hablando de jardines amables.