sábado, 29 de mayo de 2010

El renglón confuso

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En Coslada, Madrid, a dos manzanas
de un viejo amanecer, que ni se atreve
a ser amanecer, que ocurre y bebe
la soledad de Dios en sus ventanas.

En Coslada, trucando las mañanas,
falsificando el día que aún me debe
la esperanza de luego; y el sol, breve,
tan vulgar y tan breve, tan sin ganas…

Ya lo ves, aquí sigo, ajeno y raro,
arañazo en la tierra de una sombra
y confuso renglón de un verbo vivo;

crédula ingenuidad de un día claro
que lleva el nombre con que el sueño nombra
la llaga de un después definitivo.


28 mayo 2010
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lunes, 24 de mayo de 2010

El futuro de la mentira

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La mentira en el niño es una inversión de prometedora inteligencia en su desarrollo. Lo dice el doctor Kang Lee, un señor que, sin duda, no conocemos muchos, aunque dirija el Institute of Child Study (escrito así impresiona mucho más) de la Universidad de Toronto. Y no lo dice porque sí, lo dice como consecuencia de un laborioso estudio realizado sobre incautas criaturas veraces y prometedores trileros de la verdad.

La Psicología es una ciencia enferma vendida a la eficacia. Que un sinvergüenza tenga más futuro que un hombre honrado no es ningún descubrimiento. En la clase de mundo que hemos hecho, naturalmente. Sin embargo, casi es maldad ampararlo en una supuesta ley científica. Porque, “a pie de calle”, las leyes de la ciencia son nuestros mandamientos. Aunque se confundan, aunque luego digan digo donde antes dijeran diego. Y si pensamos en la Psicología, la alternancia digo-diego se aproxima a las alteraciones estéticas de la "Pasarela Cibeles", que hoy dicta blanco donde ayer dictara negro, y ahora corto frente a lo que largo antes aplaudiera. Un cachondeo, vamos. Las únicas ciencias serias son la Física y la Química, que andan siempre con pies de plomo; las demás, o van a rebufo de éstas, o son de traca. La Psicología, especialmente.

Lo peor es el mal que causan tantas veleidades. Porque estos nubarrones precipitan sobre la Pedagogía; y los árboles que crecen de ésta dejan sus frutos en los políticos; y los frutos de los políticos se almibaran en las leyes; y las leyes se sirven en la sociedad… ¡Y la sociedad se degusta en las escuelas! Hay ejemplos; muchos... Doctrinas que han negado valor a la memoria y postergado el contenido del aprendizaje; teorías que han asegurado la importancia del aprender a razonar y secuestrado con qué podría razonarse… Cosas así calaron socialmente en aquello de “yo soy amigo de mis hijos”, “no les exijo nada, les explico”, “razono con ellos la inconveniencia de comer chuches a todas horas”… Qué estupidez: un niño nunca entenderá la inconveniencia de un placer inmediato (muchos hay actualmente que tampoco lo entienden, consecuencia indudable de aquel raro silogismo)

Miedo me da, naturalmente, en lo que puede traducirse la “científica ley” del doctor Lee. Probablemente en el entrenamiento de la mentira para potenciar las habilidades “intelectuales” del niño. O en la preocupación familiar de que sea presumiblemente idiota un hijo veraz.

Por desgracia, esta historia no es del todo imposible:

Año 2014: Mi hijo es muy inteligente: se ha comido una caja de bombones que me regalaron, y ha dicho que lo hizo su hermano.

Año 2028: Mi hijo es un jeta: se ha gastado el dinero de la matrícula en “Ingeniería de Montes Lunares” en un botellón con los amigos. ¡Y me aseguró que estaba estudiando!

Año 2064: Mi hijo es un cabrón: ha falsificado un informe médico mío y se ha quedado con mi casa de Madrid, mi apartamento de Valencia, mi parcela en la Luna… Y a mí me han encerrado aquí por ser un viejo trastornado... Vamos, por ser gilipollas.

¡Pobre hombre!

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martes, 18 de mayo de 2010

El octavo pasajero

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Dice Tertuliano en su “De patientia”: el que tiene paciencia en el perder, se ejercita en saber dar; porque la paciencia en las pérdidas es la enseñanza de la liberalidad.

Si los políticos e “intelectuales” hogaño hubieran hecho algo por mantener una pátina de rigor en las ideas de muchos de sus súbditos, los titulares de sus vergonzosas –o vergonzantes– prácticas podrían justificarse a menudo con citas como ésta. Pero, claro, eso exige una didáctica y una pericia en la decente paciencia de la que carecen y a la que ya nadie –casi nadie, mejor– aprecia.

Los hombres siempre se han querido creer dioses, aunque antes tenían la decencia de no intentarlo. Roma hizo algunas tonterías al respecto. Y así le fue. Pero lo de los últimos tiempos no tiene parangón. Han sido –y este “sido” goza de subliminal inercia por “seguir siendo”– tiempos ansiosos que lo querían todo “ya”, antes incluso de que ya pudiera pronunciarse. Uno se acuerda de los yuppies, aquellos young urban professionals de los años ochenta, que hoy calzan canas como cualquier otro, aunque las suyas sigan siendo de “marca”. Y uno los recuerda porque fueron como el Alien cinematográfico que ponía los huevos en el estómago de sus víctimas tras un largo beso agobiante. Luego pasaba lo que pasaba, que las víctimas reventaban para que naciera una nueva monstruosidad. Alien y los yuppies compartieron década. Ahora nos repartimos monstruos.

Aquellos jóvenes de “ejecutiva agresividad” confesa, que no eran sino las recentales y raras esporas de una generación a que por desgracia pertenezco (afortunadamente, me queda poco), perfilaron el mundo de las ideas de la impaciencia. El proyecto, a partir de entonces, fue hacerse dios inmediatamente. Aunque hubiera que decir tonterías en la televisión o mentiras en los Parlamentos. O distraer el remordimiento con dolorosas memorias y barnizar de paso otras maldades más cercanas. O llenarse la boca de progresos que no avanzaban hacia ningún norte porque, en realidad, nunca tuvieron norte alguno.

La paciencia es la virtud de la felicidad. Los atajos están llenos de trampas e incertidumbres. Casi siempre, de un octavo pasajero que fecunda la verdad que deberíamos ser con la mentira que acabamos siendo. Naturalmente, la mentira es más fácil, más eficaz incluso. Pero provisional y, al cabo, vencida prisionera de su contrario, contra el que nada puede.

A la constatación del naufragio de los hipócritas arrastrando a sus desiertas islas a la buena gente -a la que tan impune y constantemente engañan, insultan, desprecian o, lo que es peor, corrompen- es a lo que yo suelo llamar tristeza.
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martes, 11 de mayo de 2010

Eterno retorno

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Un día no está el mundo donde debe;
ni las rosas, perdidas, en su tallo.
Llueve aún… Y parece, cuando llueve,
que mayo no se atreve a hablar en mayo.

Un día, nada es… O es la sorpresa
repentina de haber un día sido
este trozo de Dios que se confiesa
y habla con Él de un sueño inmerecido.

Un día como éste... Cualquier día
de los que ya no cuentan con vosotros
–sombras borradas de la calle mía–,
rompe el tiempo y, de pronto, cruzan otros.

Y pasean su ajena incertidumbre.

Y ocurre el mundo aún… Es su costumbre.


10 mayo 2010
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martes, 4 de mayo de 2010

La mirada de los almirantes

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Mi oficio es bregar con el “problema”. Esto lo puede decir cualquiera, ya lo sé; pero el mío, mi problema, aun siendo común y humano, se dice entrecomillado en nuestros días. Porque la educación es un problema; mejor dicho, es “el problema”; y quien no lo piense así tiene la misma capacidad de diagnóstico que una sardina acerca de la peligrosidad de un petrolero reventado: simplemente se muere en su vertido.

En mi oficio tratamos con gente por hacer a la que hacer debemos. Lo que no siempre se nos permite; o se nos permite muy poco. Hay grandiosas miradas oteando el horizonte que fijan rutas y derrotas para llevar a buen puerto su preciada mercancía. Lo nuestro es conservarla en buen estado para que el mercado funcione. En mi opinión de vulgar vigilante de las bodegas, el problema es ése precisamente: la mercancía. Primero, porque no lo es humanamente; y segundo, porque acaba creyéndose que lo es. No acierta uno a entender, desde aquí abajo, las complejas coordenadas que fijan los almirantes (lo que a ellos poco importa, naturalmente). Uno simplemente brega con el problema que tiene nombre y apellidos, que está triste o alegre, que acosa al más débil o es por el más fuerte acosado, que no sabe qué hacer o no acierta a saber qué hace… O ni aquello ni esto: que sólo está almacenado ahí, en la bodega de un barco, aguardando la descarga de su poca vida en la dársena de los 16 años.

Oigo pasos nerviosos en los camarotes de arriba. Dicen que quieren ponerse de acuerdo los almirantes. Lo harán sin duda. Y no cambiará nada. Porque el problema no es airear las bodegas ni becar sus rincones; ni aumentar la tripulación o dedicar un vigilante a cada mercancía; ni poner banda ancha en los abandonados suburbios de las naves o engatusar sus vacíos con titulares y portadas... El problema no es acostumbrar el remordimiento a su olvido imposible, sino atreverse al norte; quiero decir, reconocer que esta flota no va a ninguna parte.

Y sólo un gesto más de arrogancia desde los sótanos: el horizonte siempre da más de sí que la más aplaudida de sus miradas. La de los almirantes, ni es la mejor ni es la única.
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