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Dice Tertuliano en su “De patientia”: el que tiene paciencia en el perder, se ejercita en saber dar; porque la paciencia en las pérdidas es la enseñanza de la liberalidad.
Si los políticos e “intelectuales” hogaño hubieran hecho algo por mantener una pátina de rigor en las ideas de muchos de sus súbditos, los titulares de sus vergonzosas –o vergonzantes– prácticas podrían justificarse a menudo con citas como ésta. Pero, claro, eso exige una didáctica y una pericia en la decente paciencia de la que carecen y a la que ya nadie –casi nadie, mejor– aprecia.
Los hombres siempre se han querido creer dioses, aunque antes tenían la decencia de no intentarlo. Roma hizo algunas tonterías al respecto. Y así le fue. Pero lo de los últimos tiempos no tiene parangón. Han sido –y este “sido” goza de subliminal inercia por “seguir siendo”– tiempos ansiosos que lo querían todo “ya”, antes incluso de que ya pudiera pronunciarse. Uno se acuerda de los yuppies, aquellos young urban professionals de los años ochenta, que hoy calzan canas como cualquier otro, aunque las suyas sigan siendo de “marca”. Y uno los recuerda porque fueron como el Alien cinematográfico que ponía los huevos en el estómago de sus víctimas tras un largo beso agobiante. Luego pasaba lo que pasaba, que las víctimas reventaban para que naciera una nueva monstruosidad. Alien y los yuppies compartieron década. Ahora nos repartimos monstruos.
Aquellos jóvenes de “ejecutiva agresividad” confesa, que no eran sino las recentales y raras esporas de una generación a que por desgracia pertenezco (afortunadamente, me queda poco), perfilaron el mundo de las ideas de la impaciencia. El proyecto, a partir de entonces, fue hacerse dios inmediatamente. Aunque hubiera que decir tonterías en la televisión o mentiras en los Parlamentos. O distraer el remordimiento con dolorosas memorias y barnizar de paso otras maldades más cercanas. O llenarse la boca de progresos que no avanzaban hacia ningún norte porque, en realidad, nunca tuvieron norte alguno.
La paciencia es la virtud de la felicidad. Los atajos están llenos de trampas e incertidumbres. Casi siempre, de un octavo pasajero que fecunda la verdad que deberíamos ser con la mentira que acabamos siendo. Naturalmente, la mentira es más fácil, más eficaz incluso. Pero provisional y, al cabo, vencida prisionera de su contrario, contra el que nada puede.
A la constatación del naufragio de los hipócritas arrastrando a sus desiertas islas a la buena gente -a la que tan impune y constantemente engañan, insultan, desprecian o, lo que es peor, corrompen- es a lo que yo suelo llamar tristeza.
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"... a lo que yo suelo llamar tristeza". Cómo me suena eso, la pena es que tú no te acordarás;-)
ResponderEliminarPero cosas veredes, amigo Antonio, porque tras los yuppies de los ochenta llegaron los JASP (jóvenes aunque sobradamente preparados) de los noventa y eso no se quedará sin criatura mitológica que escenifique su preparación.
Sólo hay una cosa con la que no sé si estoy de acuerdo (ya sabes que me encanta disentir): "Los hombres siempre se han querido creer dioses, aunque antes tenían la decencia de no intentarlo."
Eres muy optimista con el pasado, querido Antonio, es la única injusticia que cometes con el presente.
Un beso.
Tienes razón, Olga, me parece que a la afirmación le hubiera venido bien un adverbio; algo así como “…aunque antes tenían la decencia de no intentarlo ‘tan descaradamente’”. Vamos, que disimulaban más porque no estaban muy seguros de conseguirlo. Ahora están convencidísimos.
ResponderEliminarGracias siempre y un beso, aunque esta vez tenga cara de Mr. Hyde.
¡ Ay,Señor!
ResponderEliminarHáblanos de amor y sus misterios...
¡Qué foto tan surrealista!
Un beso Divino
Qué redondo. Qué demoledoramente triste.
ResponderEliminarY la imagen, en exacta correlación con las palabras. Alien es una obra maestra con mucho más "docere" de lo que siempre parece a primera vista.
Un abrazo muy fuerte.
Nota al pie: inminente es el estreno de Wall Street 2.
La imagen de Alien poniendo los huevos me ha impresionado siempre, me da un miedo horroroso, sobre todo porque sabes que se puede vivir con un alien dentro o serlo tú a veces.
ResponderEliminarTu descripción de este mundo de impacientes al que a mi pesar pertenezco me ha hecho pensar. Y la consideración de que la paciencia es la virtud de la felicidad me anima, fíjate lo que te digo, Antonio, me da algo de esperanza.
Con Dios, un abrazo y un beso.
Se ponga como se ponga, se diga lo que se diga, se crea lo que se crea, Veridiana, el hombre siempre será un “señor” con minúsculas; un “dios” con “d” canija que sueña lo que no entiende, pero es hermoso, y cuando se pone a hacerlo, da asco. Sospecho que en la “praxis” somos incapaces de superar nuestra insignificancia. Deberíamos ser mucho más cautos en su ejercicio. Dices bien: hablar “de amor y sus misterios”. Mejor aún, devolvamos el amor a sus misterios.
ResponderEliminarCirce, lo sabes de sobra; por eso nos conviertes en bestias.
Un beso, preocupado siempre.
No sé si es “redondo”, Francisco, pero sí –perdón por la aparente chulería– que es verdad. “Occidente” necesita perder el pudor ante los sofismas –perderlo de verdad, no de mentirijillas como parecen practicarlo muchos– y adecentar su proyecto. Si pretende seguir siendo “historia”, naturalmente. Si está convencido de que su tarea importa algo. Lo malo es si ya sólo quiere ser un “huevo” –ya sabes de qué–, un monstruo de sí mismo.
ResponderEliminarGracias, y un abrazo lo más lejos posible de Dios-Wall-Street.
Lo primero, Aurora: nada más alejado de un “perverso Alien” que alguien con nombre de amanecer.
ResponderEliminarEn cuanto a las “impaciencias”, todos somos súbditos suyos. Pero no importa mientras nos demos cuenta de ello. Lo cierto es que la felicidad no es un “ya mismo” porque entonces sólo sería una satisfacción. A pesar de las maldiciones que me lanzaría cualquier hedonista ordinario, la felicidad necesita tiempo para merecerse a sí misma. Siempre estará después de cualquier ahora; por eso alienta. Nunca llegará del todo; por eso no podemos dejar de esperarla ni de creer en ella.
Un beso, y gracias mil.
Mira... por lo menos tu tristeza tiene relleno, enjundia o fundamento... o como quieras llamarlo, Antonio. Y es solidaria porque la causa es la caída al vacío y sin paracaídas de muchos que siguen a cuatro flautistas que no saben ni tocar la flauta.
ResponderEliminarPero hoy escribes sobre la felicidad, profesor. Y ese tiempo de espera necesario. Y en el intervalo supongo que hay mucho que hacer... de todo excepto mirarse el ombligo. Tal vez colocándonos en la salida de la puerta del avión o robando alguna flauta se pueden evitar muchas caídas. No me hagas mucho caso. Hoy estoy un poco "cósmica".
Un saludo cordial y muchas gracias, como siempre.
Hoy quizá estoy un poco pesimista. Y pienso a veces que lo que tenemos quizá sea lo que nos merecemos.
ResponderEliminarMe gusta escuchar a las madres cuando hablan en los corrillos, unos más cercanos y otros no tanto. Escucho siempre calladamente. Y últimamente estoy algo descolocada... No creo que vayan a cambiar mucho las generaciones con la dosis de materialismo en el que estamos reafirmando a los chavales. Por supuesto la felicidad, el esfuerzo y la espera no forman parte del vocabulario actual. La felicidad sí, pero tiene un sonido así como a monedas forroñosas metidas en una saca, a vestido nuevo y caro independientemente de que sea de nuestra medida, o al número solitario que califica un examen... Eso es lo que hace a nuestros hijos mejores. Y por supuesto, la mentira en las relaciones entre los niños sigue siendo eficaz... y los padres habitando la Luna.
¿En qué extraño ser se convertirán nuestros hijos?... ¿Qué semillas les estamos dejando para su transformación?... El allien está en cada uno de nosotros... padres.
Ya lo dije... no estoy muy optimista...
Saludos.
Indudablemente, “hay mucho que hacer”, Sunsi. Lo primero, ese quehacer que es nuestra vida, como diría Ortega. Y es lo primero porque sin ella no es posible nada de lo demás. La felicidad tampoco. Pasa como en el trabajo, que a veces tenemos que soportar tareas ingratas; o como en el campo sembrado, que se debe pelear con las heladas del invierno. Pero siempre hay cosecha; más abundante o menos. Siempre hay unas cuantas espigas y, tarde o temprano, un pan que merece la pena.
ResponderEliminarDe los “flautistas”, mejor no hablar; aunque la entrada iba especialmente dedicada a ellos. Ni siquiera habría que robarles la flauta. Bastaría seguir el ejemplo de Odiseo con su tripulación y taparnos los oídos. No hay que olvidar que el “flautista” por antonomasia es un negociante seductor de ratas. ¡Dejémoslos solos! La verdad es que me aburren tanto como me entristecen.
Gracias a ti por supuesto, y un saludo de los de siempre.
Perdona, Ana, este retraso en responder: anoche después de contestar a Sunsi, apagué el ordenador sin ver tu comentario.
ResponderEliminarA mí también me preocupa lo que presumo en el horizonte; me preocupa la gaya indiferencia que parece mostrarse ante la “historia que viene”. Es verdad lo que dices, porque la felicidad, actualmente, tiene algo de depredación brutal y egoísta del momento. Y el hombre no puede vivir así. El tópico del “carpe diem” está bien para adornar la melancolía individual cuando el tiempo ha hecho lo que único que sabe: pasar. Pero no puede ser brújula de ningún proyecto humano. Y, en el fondo, ésta es la gran tontería en que se ha instalado la decadente sociedad en que vivimos. No sólo ésta, hay muchas más. Hablas de la mentira... He leído recientemente noticias escalofriantes sobre su “supuesta” bondad intelectual. Algún día escribiré algo más sobre la torticera voluntad que dirige algunas investigaciones.
Muchas gracias y un saludo.