sábado, 31 de diciembre de 2011

Un deseo para el nuevo año

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Escribe Kant en el Libro II de la Crítica de la Razón Práctica: “… no es propiamente la moral la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad.”

No me parece mala sentencia para acabar un año de malestar alcanzado y empezar otro de adversidad prometida. Las ‘vacas gordas’ fueron a todas luces consecuencia de un montón de ‘burbujas’ falaces y nada honradas. Las migajas de Epulón cayeron con abundancia sobre Lázaro porque Epulón obtenía pingües beneficios de su quehacer indecente.

Esa felicidad perdida era inmoral; nadie debe añorarla, nadie pretenderla, nadie reclamar su apuntalamiento engañoso. La felicidad debe ser otra; y la revolución necesaria, también. Hay que empezar por dentro, bajar a los suburbios del alma y sublevar nuestra voluntad contra nuestro egoísmo. Hay que levantar barricadas frente a la complicidad consentida cuando la bonanza. Hay que apedrear los escaparates del silencio si exhiben nuestra callada indignidad...

Pero dentro; para que funcione de verdad una revolución como ésta, debe empezar por dentro, por mirarnos la ciudad del alma en los espejos y poner patas arriba nuestro íntimo orden no debido. La algarada exterior, el ruido ajeno, la propagando, el titular, la crónica… son espectáculo y negocio, reventa de las mismas entradas para el circo de siempre. Con espectadores así, sólo se hace el aburrimiento de la Historia. Mi deseo para el nuevo año es diferente: yo quiero que se alcen las almas contra sí mismas y pretendan no ya la felicidad, sino la dignidad de gozarla.

Y proclamar después, también con Kant, esa preciosa conclusión con que cierra la obra citada:

El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí.
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miércoles, 21 de diciembre de 2011

La nostalgia o el vacío de la memoria

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Supongo que en cada uno de nosotros existe un raro mecanismo que activa el proyecto de la memoria. No la memoria simplemente, sino su indefinido proyecto. Lo califico así porque no soy capaz de delimitarlo, porque no sé qué es en realidad. Se parece a un deseo concebido por el alma para creer en el paisaje de sí misma; aunque no lo haya sido nunca, aunque jamás haya sabido dibujarse en el reloj por que pasaron sus días. Supongo que ese mecanismo extraño es un azar con que nos encontramos: una imagen que nos asalta, un perfume que nos embarga, una música que nos rodea... Qué más da; es algo que pasa en nuestras afueras y se cruza con nosotros. Lo vemos o lo acariciamos o lo oímos… y el microprocesador de la memoria, esa memoria tan kantianamente pura, tan huérfana de contenidos, se dispara aunque no lo pretendamos.

El nombre que le damos a este vacío rememorar es nostalgia. A su padecimiento lo solemos llamar melancolía.

A mí me pasa con esto, que he recogido otras veces. Merece la pena volver a oírlo.



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viernes, 9 de diciembre de 2011

Oscuridad encadenada

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Prometeo acabó encadenado a una roca por su osadía; Sísifo, a un quehacer inútil por su impertinencia; los subterráneos esclavos de Platón, a una caverna por la torpeza de su alado auriga…

Tal vez, el hombre sólo es libre entre paréntesis porque está condenado a encadenarse, porque está encadenado a un destino en que inevitablemente deja de ser libre. Tal vez, el hombre no es más que un paralogismo de la libertad.

Como yo, sin ir más lejos, aherrojado en mi interminable imaginaria que no acaba de ver amanecer, que no acabará nunca, porque el día anterior, el día en que me nombraron para el servicio, fue en realidad el último día; un día sin día al que lo único que habría de ocurrirle era la noche siguiente, la noche a la que seguiría la noche de después...

Incluso a mí me aburre tanta oscuridad.
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jueves, 1 de diciembre de 2011

Manual de emergencia para un náufrago

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Lo primero es mirar el horizonte, plano y azul del mar, y pensar que morir es lo de menos.

Lo segundo, alegrarse de ser tú –y no nadie a quien quieres– el que ha ido a parar en tal estado.

Lo tercero, buscar alrededor algo que flote por sí mismo; el trozo de un recuerdo, por ejemplo, que, de puro feliz, no sea sumergible.

Lo cuarto, respirar pausadamente; reconocer la vida en cada bocanada de aire aún permitido.

Lo quinto, conceder al frío la ignorancia; al cuerpo, en tanto mar, la indiferencia.

Lo sexto, disfrazar los brazos de heroísmo y nadar hacia islas que no existen.

Lo séptimo, leer la oscuridad, la noche, el código morse de los astros…

Lo octavo, inventar un sol naciente y la sombra de un barco en la distancia.

Lo noveno, gritar una palabra a la que no nos atrevimos nunca.

Y lo décimo… comprender que morir es lo de menos.
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