miércoles, 27 de octubre de 2010

El día inactual

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Más allá de los días que hemos sido,
quedará siempre un día sin renglones,
un día abierto por ninguna página,
un verbo sin lugar, otro paisaje…

Más allá de estos días, otro día
de un amor indecible, en el olvido,
y una raya de luz sobre su sombra
larga de atardeceres sin mirada.

Hagamos lo que hagamos, más allá
del viejo siempre quedará otro día
sin hora vertebral ni calendario,
sin provincia en el tiempo ni memoria.

Más allá…
.......................Y así hasta que se cumpla
la eternidad de haber no amanecido.


27 octubre 2010
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martes, 26 de octubre de 2010

Semántica parda o... De noche todos los gatos lo son

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Dice el diccionario que "gente bien" es la de posición social y económica elevada.

El mundo, la historia, se hace con “buena gente”, donde buena es epíteto inseparable del nombre a que acompaña, no con “gente bien”, donde aquélla insulta gramatical y semánticamente a éste. Porque –siempre que no hablemos de poesía, en que la palabra sueña lo inefable– los adverbios no tienen ocupación con los sustantivos. Lo suyo son los adjetivos, los verbos y ellos mismos. Es decir: las cualidades, las acciones y las circunstancias. Por eso los sustantivos son unos intrusos cuando se pegan a los adverbios, y lo único que hacen es confundir los diccionarios del alma.

El mundo tiene clarísimo lo que es la “buena gente”, pero titubea mediáticamente ante lo que es la “gente bien”. Porque la gente bien –que no es siempre la misma– es la que impera en determinados momentos; “la que se lleva”, como diría cualquier idiota al uso. Es decir, la gente bien es moda, anécdota, pasajero estrellato del poder y su podrida gloria.

Así que hay que dejar de mirar a la gente bien y empezar a fijarse en la buena gente. Hay que dejar de seguir a los proxenetas de los adverbios, que mercadean con atributos que no merecen las acciones de que hablan, o, lo que es peor, prostituyen los que se elevaron a platónicas sustancias. Como pasó con el Bien, que, de ser el referente de los actos cuya sombra humana eran la bondad y su sabiduría, se convirtió en adminículo enfermo que pretendía dignificar a quienes detentan lo que ostentar no podrían nunca.

Menos mal que la historia y el mundo siguen siendo el quehacer cotidiano de la anónima, innumerable y bendita buena gente.
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jueves, 21 de octubre de 2010

La idea

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¿No habéis tenido nunca una idea que está sin estar, que a veces parece un relámpago, que surge y se borra, que no nos da tiempo a pensarla cuando lo intentamos, que ocupa lugar en la vida y no lo parece; y no la pensamos; y vuelve una vez y otra vez; y se echa a la espalda todo cuanto hacemos sin verla, sin tenerla, sin pensarla…? ¿Una idea que sólo está ahí y de la que jamás hablamos; una idea sin hoy pero con siempre…?

¿No habéis tenido nunca una idea que no descubren nunca los psiquiatras ni sabe cómo tratar ninguno de los profanadores de nuestras precarias grandezas…?

No es una idea enferma ni una idea importante. No es una obsesión ni es un proyecto. No se afana jamás en roturarnos la vida. Sólo es; sólo está siempre –como un código secreto y propio, como un relámpago sin momento–, tensa y prometedora.

¿No habéis tenido nunca una idea así de rara, así de poca, así de nada, sin hora ni lugar en vuestros días, pero sin la cual sólo queda la sospecha de un vacío inefable?

¿No habéis tenido nunca una idea, innecesaria pero imprescindible, que os permita pensar que ser hombre no es al cabo una absurda tortura…?
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viernes, 15 de octubre de 2010

La palabra

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La palabra era andar desde la tierra,
poner en ruta el alma, hallar un sueño;
llegar a no sé dónde. La palabra,
andariega y exhausta… Y el desierto;
el último o el penúltimo, qué importa.
El deber era andar y andar… Sin luego,
sin porqué ni trasunto, sin paisaje,
sin oriente ni norte. Signo y viento.

La palabra que aún pisa estos renglones…

La palabra eras tú.
........................................Yo fui su intento.


14 octubre 2010
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martes, 12 de octubre de 2010

Love story

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Fue a finales de agosto, del último agosto, en algún lugar de Portugal. Lo encontramos al volver al hotel. Tendido, serio, melancólico; con esa mirada que se intuye en la foto y ponen los perros cuando están tristes. En el hotel había dos huéspedes que tenían una hermosa y canina dulcinea. Y el pobre, un chucho andante, un cuadrúpedo caballero de incontables y jamás sabidas hazañas, había caído en las redes de su natural encantamiento. Lo acaricié mientras pensaba en las crueldades de la química. Porque lo decimos así, seriamente, con arreglo al canon de los laboratorios: alteraciones hormonales, complicados procesos químicos a los que el circunstancial azar en que se produjeron les permitió mantener esta o aquella especie. Científicamente hablando, así es “el amor.”

Pero la pregunta es por qué la química no se limita a ser química, por qué tiene que empeñarse en otra cosa. Para la funcionalidad y la eficacia no se necesita nada más que la acción y la reacción. Si un programa antivirus detecta un huésped malintencionado en mi ordenador, lo elimina si puede, o sucumbe si no. Le sobra sentirlo, le es perfectamente prescindible cualquier género de malestar, o su contrario, para hacer lo que debe. ¿Para qué necesitan entonces las eficacias físico-químicas que su soporte biológico sufra o disfrute con lo que le pasa? ¿Qué aporta al correcto funcionamiento de la maquinaria de la vida la conciencia rudimentaria y triste de ese pobre perro?

Al principio del libro III de sus Principia Mathematica, enuncia Newton las Reglas para filosofar, que en realidad son el andamiaje que lleva poniendo la ciencia desde 1687 para levantar su incontestable edificio. En la primera de aquéllas, escribe el genio de Woolsthorpe: …la naturaleza nada hace en vano, y vano sería hacer mediante mucho lo que se puede hacer con poco. ¿No es “hacer mediante mucho” meter la conciencia y el sentimiento en las calibradas reacciones que la química desarrolla? ¿Para qué añade la naturaleza tan innecesario adorno de gozos y sufrimientos al racimo azaroso de sus procesos selectivos? ¿No funcionaría con igual precisión si, como mi ordenador, no tuviera la más remota ni emocional idea de por qué hace o le pasa lo que tiene que hacer o pasarle?

Esta rara voluntad por saber de uno mismo, que no parece existir en los líquenes, que presumimos en las moscas aleteantes caídas en la tela de araña, que sentimos en la mirada metafísica de un perro físicamente en celo, que estalla de modo espectacular en la palabra, en la música, en todo el Arte, dolor y alegría que lleva esparcido el hombre desde que mordió la luz; este exótico afán ¿no es señal de otra cosa?, ¿no es un renglón oculto de la vida que hemos desechado por no encajar en la hybris de nuestra precaria y triunfante sabiduría?

Porque, o es como digo, o la primera regla de Newton se engaña y no es cierto eso de que “la naturaleza nada hace en vano.” Y si algo es "en vano", puede serlo cualquier otra cosa… Hasta lo que pensamos que no lo es.

Aunque, tal vez, lo único vano sea la vanidad de la conciencia humana, que siempre se ha creído mucho más de lo que el robo prometeico le permitía.

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Las regularidades del tiempo

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Mañana volverá a ser tarde.

Siempre llego después, que es cuando
ocurre lo de ayer o siempre.

Tiempo que ya no es tiempo al cabo.

Siempre mañana; siempre nunca.
Nunca siempre… Mañana tardo
todo cuanto tardé en perderte.
O algo más… que después de tanto
dejarme los jirones tristes
de la palabra entre los labios,
más antes, más después, más ahora
son naves para igual naufragio.

Mañana otra vez será ayer.

Y ayer… sólo un hoy destrozado.


6 octubre 2010
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