viernes, 25 de febrero de 2011

En algún lugar y algún momento

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A todos nos queda algo en alguna parte, en alguna señal extraviada por los mapas. A todos nos quedan una ciudad y un día –un allí y un entonces– a los que llegamos por azar y donde se atrincheró el alma para resistir frente a lo demás, frente a lo que luego ocurriría o antes obligadamente nos pasara. Como los arcos de las catedrales, como los arcos de cualquier edificio, la vida tiene –en algún lugar, en algún momento– una piedra clave que da razón de su ayer y escribe su inevitable mañana.

A todos nos queda un refugio, un rincón excepcional, sin el cual no sabríamos por qué, fuera de él, en su fría hostilidad externa, aún seguimos viviendo.

A cualquiera –quiero creer que a cualquiera– le quedan un ayer y un lugar, por lo menos un lugar y un ayer, en los que a la rara crueldad de la vida no le inquieta ser cruel ni ser rareza: simplemente, se quiere a sí misma.

La felicidad es eso… Lo demás, un necesario andamiaje, una servidumbre provisional que solemos llamar tiempo.



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jueves, 24 de febrero de 2011

Esa infantil ingenuidad...

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Esto no es un análisis político porque yo no soy un especialista en coprología. Esto es un ejercicio de nostalgia por la infantil ingenuidad de un viejo filósofo.

Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco: …el bien es idéntico para el individuo y para el Estado. Sin embargo, procurar y garantizar el bien del Estado, parece cosa más acabada y más grande; y si el bien es digno de ser amado, aunque se trate de un sólo ser, es, no obstante, más bello, más divino, cuando se aplica a toda una Nación, cuando se aplica a Estados enteros. Aristóteles creía –porque el hombre, a pesar de sus pretenciosas zancadillas ilustradas, no sabe nada, sólo tiene una fe absoluta en lo que imagina saber– que la política era una ética magnificada, que su objetivo era el mismo de la moral pero a lo grande, cuantitativa y cualitativamente. Si sería ingenuo que, como su maestro Platón, todavía hablaba del bien, no del poder, que es su degeneración semántica y acabó por desplazarlo. No nos engañemos, los náufragos del siglo XXI cuando oímos la palabra política, pensamos inmediatamente en los significados de poder. Un poder desnudo, a secas, sin correlatos de deber que valgan. Un poder que durante años se justificó con falsificaciones o ideologías. Un poder al que se le murieron éstas con la posmodernidad y se llenó de fantasmas verbales, que no eran nada más que coartadas para salvar su brutal impureza.

Mirar el mundo hoy es contemplar un paisaje de zombis descarnados y sucios. El bien ha perdido la consistencia ontológica que tenía en Platón y naturalizó Aristóteles. Ahora poseemos un barco cuyo norte es una pegatina aleatoria puesta sobre la brújula del poder. Y éste es una barbaridad moral que se alía con cualquier cosa con tal de mantenerse o conquistarse. Las fotos que la “diplomacia” de Occidente nos deja todos los días son una triste evidencia de este axioma.

Ayer el presidente del Congreso, José Bono, entonó un mea culpa, de personal arraigo y aplauso colectivo, sobre las “inmisericordes y absolutamente horribles” críticas que hace treinta años vertieron todos en Adolfo Suárez. Bien por el mea culpa, mal por el insuficiente análisis. Porque las causas, ésas a las que tanta importancia científica concedía también Aristóteles, se omitieron. Y es que esas causas fueron… el poder a toda costa, su “gloria” a costa de lo que fuera. Cuando uno confiesa, o reconoce, un mal lejano en el tiempo, es porque piensa que el bien no es relativo; que lo que se hizo mal, está, estuvo y estará mal, ayer, ahora y siempre; que el bien no cambia ni se acomoda al poder... Es una indignidad que sólo le permitamos la ovación de un recuerdo.

Qué paleto Aristóteles, qué tonto totalitario Platón… El bien no es para vivirlo, sino para morir con él, sin casi darse cuenta, y llevarse sólo la imagen borrosa de su infantil ingenuidad.
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martes, 22 de febrero de 2011

La mística profana del caballero

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…un no sé qué que quedan balbuciendo.
S. Juan de la Cruz




Lo dejé por todas partes;
y tú, pasando de largo,
sin intención de enterarte.

¿Y para qué, digo yo,
tendrá que empeñarse el hombre
en dejarse el corazón?

Zarcillos de la palabra,
sin ánimo de enredarse
a los muros de tu casa.

Soledades trepadoras…
Y una ventana cerrada
y una hiedra religiosa.

De más allá, todo el cielo;
de más acá, repartido,
un no sé qué por los suelos.

Mal sabedor de la tierra,
se me cayó sin querer
y se volvió enredadera.

Lo dejé por todas partes…
Pero ya me da lo mismo
que sigas sin enterarte.

Que para qué, digo yo,
tendrá que empeñarse un hombre
en dejarse el corazón.


El caballero inactual


21 febrero 2011
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sábado, 19 de febrero de 2011

Historia de...

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…y seréis como dioses
Gen. 3:5



No hay día. No hay después. Sólo hay un rastro
a través de la noche. Curva y nada;
órbita vieja que recorre un astro,
una vez y otra vez, equivocada.

La sombra de la vida es excesiva
si atardece un destino; si una empresa
se acobarda, se niega, la derriba
cualquier norte sin norte ni promesa.

Estamos donde al cabo hemos querido:
mercaderes del agua sin alberca;
sueño de tierra, viento distraído
que sopla lejos y que arrasa cerca.

Es muy tarde. El sol ya sólo bebe
oscuridad que al día no se atreve.


18 febrero 2011
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jueves, 17 de febrero de 2011

Lo que yo sé de la vida

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Para Inma


Probablemente sea poco. O cosas bastantes comunes; pequeñas filosofías que cualquiera descubre y han repetido otros muchos antes que yo.

El hombre es el único animal que, como diría Ortega, puede pre-ocuparse. De aquí viene nuestra consistencia “histórica” y la agotadora laboriosidad de la vida: nos ocupamos de ahoras, nos sentimos ocupados por ayeres y, encima, andamos pre-ocupados en mañanas. El animal lo tiene más fácil: una difusa y didáctica presencia del pasado y una evidencia refleja del presente. Los verbos de la vida animal son defectivos: carecen de futuro, perfecto o imperfecto, acabado o por acabar. A primera vista, esta conjugación incompleta parece más seductora. Tanto que, literariamente, el hombre la ha convertido en uno de sus tópicos más resultones: carpe diem. También la filosofía ha sido víctima del mismo encanto en todos los ensayos de los hedonistas. Una gacela firmaría el carpe diem mientras pasta gozosa. A una tortuga, no le enfadaría lo más mínimo aquel vive en lo oculto que santificó Epicuro. Por desgracia, no es suficiente; y si lo fuera, a mí me sonaría a claudicación, a castración masoquista de cuanto la naturaleza quiso ensayar en nosotros. Porque, por mucho que nos empeñemos, no podemos dar esquinazo a nuestra pre-ocupación, a nuestra anticipación generosa del tiempo que todavía no se ha ocupado de nosotros.

Lo que no debemos permitirnos es que este ante-vivir nos invada o nos hiera. Tenemos, es verdad, una razón que se pre-ocupa y entristece ante su impotencia. Pero también poseemos un lujo, del que el animal tampoco dispone, que se llama voluntad y al que concedemos últimamente poca importancia. Ella es la que sostiene y afirma nuestra grandeza; ella también, la que nos permite zafarnos de nuestra fragilidad. Porque nos preocupamos de lo que tememos sin haber aún sido, pero no de lo que queremos y sabe Dios si tendrá que ser. Temer es débito de la racionalidad; querer, arquitectura de las almas grandes. Lo que yo sé de la vida siempre tuvo que ver con éstas.

Probablemente no parezca mucho, pero para mí es la ortografía del hombre.
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domingo, 13 de febrero de 2011

El mundo está bien hecho

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....................… No pasa
nada. Los ojos no ven,
saben. El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén
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Jorge Guillén



A mí, qué quieren ustedes, ver fotos así me tranquiliza, me pone… De buen humor, quiero decir. Esas sonrisas son sedativas. Indican que “el mundo está bien hecho”; aunque a veces no lo parezca. Pero ya sabemos que las apariencias engañan y no hay que fiarse de ellas. Así que, si no parece que está tan bien, es porque uno no se puede fiar de los sentidos, como ya aventuraba Descartes.

Es bonito, muy bonito. Hay algo en esa foto de merecida satisfacción. En realidad, es como una foto de las ideas platónicas, abrazadas y sonrientes, con un mensaje de tranquilidad para los que estamos en la caverna. No es Hollywood, pero lo parece; y, según lo dicho antes, a lo mejor hasta resulta que sí lo es.

Seguro que esta noche tengo sueños edificantes.

Segurísimo, vamos.
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sábado, 12 de febrero de 2011

Volver a las soledades

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Ha vuelto porque aquí se dejó no sé cuántas soledades. Lo he visto más viejo; supongo que él también a mí. Mantiene la fachada por un generoso descuido de los años, pero el gesto es distinto: más enteco, más resignado; también, más desabrido. Hemos cruzado cervezas y brindado cigarrillos (en la calle, por supuesto). Hemos estado de acuerdo sobre las muchas mentiras y pocas verdades con que hogaño aderezan los hombres sus costumbres. Y al hablar del amor y el desamor, se le ha puesto en los ojos la memoria y me ha dicho:

–Eso ya ni se entiende ni se lleva.

Luego, con voz de aguardiente viejo, me ha leído estas soleares:


He vuelto por un recibo
que una vez firmé en tus ojos
y tú has pagado al olvido.

Por eso –y por más– he vuelto
a pasear por tu calle
y recorrer mis desiertos.

Los días tuyos no están
donde debieron quedarse:
se fueron con los demás.

Por decirlo que no quede;
al cabo, todos sabemos
lo poco que dura siempre.

Son cosas del corazón:
si al amor todo le sobra,
también le sobra el amor.

Yo he vuelto para cobrar
ese recibo que a ti
te dio por no conservar.

Me basta una transferencia
a los fondos del olvido.
Tú sabes cuál es la cuenta.

Y así quedamos en paz:
tú sin saber que yo fui,
yo sin razón para amar.


El caballero inactual

12 febrero 2011

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Del salto a la metáfora

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A mi alumno GCJ


Cuando allá por el mes de octubre contaba a mis alumnos el mito de la caverna, nunca supuse que uno de ellos pudiera hacer una interpretación tan literal y arriesgada. Es verdad que Platón habla de un prisionero que escapa y trepa por la escarpada dificultad de la dialéctica hasta llegar al sol real, hasta bañarse en su verdad. Es cierto que Platón, después, nos dice que el osado fugitivo decide regresar a estas terrenas oscuridades para contar las maravillosas alturas a que los encadenados no nos atrevemos. Pues bien, ni corto ni perezoso, mi alumno Guille se embarcó en la posibilidad del platónico mito: rompió las cadenas, montó un Rocinante alado (no un vulgar Clavileño, que es mofa burda de ociosos pijos) y se fue a comprobar si desde tan-allá merecía la pena dar el salto hasta tan-poco-aquí para contarnos la luz y cuestionar nuestras nubes.

Y lo hizo: regresó a la caverna con la misma alegría luminosa del esclavo platónico. Saltó, desde un poco más cerca del Sol, mientras sonreía. Probablemente pensaba que lo del hombre era subir para poder narrar; soñar primero y compartir después la altura que se merece un sueño…

Más o menos como Platón; aunque, en tan aventurado momento, él no fuera consciente de ser su metáfora.
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lunes, 7 de febrero de 2011

Divagando sobre el infinito

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El infinito es eso que se nos pierde al final de las fotografías: una invitación a la convergencia donde todo se encuentra y nada viste una imagen.

Vemos el infinito todos los días, y no nos damos cuenta. O lo menospreciamos porque nuestras preocupaciones pagan tributo a la vecindad y a la cercanía. Pero lo cierto es que nuestra lazarilla mirada se abre paso entre las demás criaturas para enamorarse del infinito.

Al andén de una estación llegan trenes que el viajero ve emerger, repentinamente, de un infinito atentado contra los postulados de Euclides –donde las paralelas desmienten su condición de serlo y se enamoran y funden en un punto inexplicable–. Desde el andén de una estación, parten trenes que engulle una osadía semejante: desparecen en un punto burlador de la geometría plana. El arte llama a esto perspectiva.

Las ondas perezosas de un rumor lejano surgen del infinito silencio de un punto que, según se acerca, va curvando y crispando el aire hasta llegar a nosotros. Luego, siguen el viaje, indiferentes, distanciando las crestas de su oleaje, más y más, hasta sumirse en el punto de otro silencio infinito. A una cosa parecida llama la ciencia efecto Doppler.

El infinito es de todo el origen y el destino de todo.

Pero nosotros sólo esperamos un tren, a menudo de cercanías, para llegar a cualquier cita inmediata. Ese tren, sin embargo, nos viene del infinito, al que no damos importancia, y nos devuelve al infinito, del que no hacemos caso.

Claro que, también la palabra llega al hombre, como un rumor uniformemente acelerado, desde el infinito silencio de la ignorancia y se aleja después hacia el silencio desmedido de su incomunicable sabiduría.

A esto se llama –despectivamente, por supuesto– misticismo. Yo, que soy un extravagante, lo llamo...

¡Vaya por Dios, se me acaba de escapar otra palabra por la garganta del infinito!
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jueves, 3 de febrero de 2011

La voluntad herida

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Ahora no.

No me dejes ahora.

No ahora que es verdad lo que es debido.

No ahora… cuando tengo que saldar
el préstamo de Dios en pequeñas monedas,
en los pobres ahorros que invertí en voluntades
y guardé para ti en la alcancía del alma.

No me dejes sin cielo o sin sonrisa,
sin aire que beber o luz en que asfixiarme,
ahora que el soldado no espera otra batalla
ni sabe ya querer ningún ejército.

Sin gloria ya en el filo de la espada,
sin aplauso ni olor de pólvora en el viento,
sin reino que ganar, sin ebriedad ni triunfo;
caído sobre el barro de una indigente hazaña…
no me dejes rodar por la derrota.

Ahora no.

Ya no tengo valor para la vida;
soy un cobarde ante su casi nada.
Sólo tú, si tu fe me hace posible,
después de cada día me hablas de otro.

Sólo tú me creaste invulnerable;
capaz incluso de beber grandeza
en la derrota si era yo el vencido.


2 febrero 2011
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