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Esto no es un análisis político porque yo no soy un especialista en coprología. Esto es un ejercicio de nostalgia por la infantil ingenuidad de un viejo filósofo.
Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco: …el bien es idéntico para el individuo y para el Estado. Sin embargo, procurar y garantizar el bien del Estado, parece cosa más acabada y más grande; y si el bien es digno de ser amado, aunque se trate de un sólo ser, es, no obstante, más bello, más divino, cuando se aplica a toda una Nación, cuando se aplica a Estados enteros. Aristóteles creía –porque el hombre, a pesar de sus pretenciosas zancadillas ilustradas, no sabe nada, sólo tiene una fe absoluta en lo que imagina saber– que la política era una ética magnificada, que su objetivo era el mismo de la moral pero a lo grande, cuantitativa y cualitativamente. Si sería ingenuo que, como su maestro Platón, todavía hablaba del bien, no del poder, que es su degeneración semántica y acabó por desplazarlo. No nos engañemos, los náufragos del siglo XXI cuando oímos la palabra política, pensamos inmediatamente en los significados de poder. Un poder desnudo, a secas, sin correlatos de deber que valgan. Un poder que durante años se justificó con falsificaciones o ideologías. Un poder al que se le murieron éstas con la posmodernidad y se llenó de fantasmas verbales, que no eran nada más que coartadas para salvar su brutal impureza.
Mirar el mundo hoy es contemplar un paisaje de zombis descarnados y sucios. El bien ha perdido la consistencia ontológica que tenía en Platón y naturalizó Aristóteles. Ahora poseemos un barco cuyo norte es una pegatina aleatoria puesta sobre la brújula del poder. Y éste es una barbaridad moral que se alía con cualquier cosa con tal de mantenerse o conquistarse. Las fotos que la “diplomacia” de Occidente nos deja todos los días son una triste evidencia de este axioma.
Ayer el presidente del Congreso, José Bono, entonó un mea culpa, de personal arraigo y aplauso colectivo, sobre las “inmisericordes y absolutamente horribles” críticas que hace treinta años vertieron todos en Adolfo Suárez. Bien por el mea culpa, mal por el insuficiente análisis. Porque las causas, ésas a las que tanta importancia científica concedía también Aristóteles, se omitieron. Y es que esas causas fueron… el poder a toda costa, su “gloria” a costa de lo que fuera. Cuando uno confiesa, o reconoce, un mal lejano en el tiempo, es porque piensa que el bien no es relativo; que lo que se hizo mal, está, estuvo y estará mal, ayer, ahora y siempre; que el bien no cambia ni se acomoda al poder... Es una indignidad que sólo le permitamos la ovación de un recuerdo.
Qué paleto Aristóteles, qué tonto totalitario Platón… El bien no es para vivirlo, sino para morir con él, sin casi darse cuenta, y llevarse sólo la imagen borrosa de su infantil ingenuidad.
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Esto no es un análisis político porque yo no soy un especialista en coprología. Esto es un ejercicio de nostalgia por la infantil ingenuidad de un viejo filósofo.
Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco: …el bien es idéntico para el individuo y para el Estado. Sin embargo, procurar y garantizar el bien del Estado, parece cosa más acabada y más grande; y si el bien es digno de ser amado, aunque se trate de un sólo ser, es, no obstante, más bello, más divino, cuando se aplica a toda una Nación, cuando se aplica a Estados enteros. Aristóteles creía –porque el hombre, a pesar de sus pretenciosas zancadillas ilustradas, no sabe nada, sólo tiene una fe absoluta en lo que imagina saber– que la política era una ética magnificada, que su objetivo era el mismo de la moral pero a lo grande, cuantitativa y cualitativamente. Si sería ingenuo que, como su maestro Platón, todavía hablaba del bien, no del poder, que es su degeneración semántica y acabó por desplazarlo. No nos engañemos, los náufragos del siglo XXI cuando oímos la palabra política, pensamos inmediatamente en los significados de poder. Un poder desnudo, a secas, sin correlatos de deber que valgan. Un poder que durante años se justificó con falsificaciones o ideologías. Un poder al que se le murieron éstas con la posmodernidad y se llenó de fantasmas verbales, que no eran nada más que coartadas para salvar su brutal impureza.
Mirar el mundo hoy es contemplar un paisaje de zombis descarnados y sucios. El bien ha perdido la consistencia ontológica que tenía en Platón y naturalizó Aristóteles. Ahora poseemos un barco cuyo norte es una pegatina aleatoria puesta sobre la brújula del poder. Y éste es una barbaridad moral que se alía con cualquier cosa con tal de mantenerse o conquistarse. Las fotos que la “diplomacia” de Occidente nos deja todos los días son una triste evidencia de este axioma.
Ayer el presidente del Congreso, José Bono, entonó un mea culpa, de personal arraigo y aplauso colectivo, sobre las “inmisericordes y absolutamente horribles” críticas que hace treinta años vertieron todos en Adolfo Suárez. Bien por el mea culpa, mal por el insuficiente análisis. Porque las causas, ésas a las que tanta importancia científica concedía también Aristóteles, se omitieron. Y es que esas causas fueron… el poder a toda costa, su “gloria” a costa de lo que fuera. Cuando uno confiesa, o reconoce, un mal lejano en el tiempo, es porque piensa que el bien no es relativo; que lo que se hizo mal, está, estuvo y estará mal, ayer, ahora y siempre; que el bien no cambia ni se acomoda al poder... Es una indignidad que sólo le permitamos la ovación de un recuerdo.
Qué paleto Aristóteles, qué tonto totalitario Platón… El bien no es para vivirlo, sino para morir con él, sin casi darse cuenta, y llevarse sólo la imagen borrosa de su infantil ingenuidad.
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Ni siquiera Circe tiene un antídoto contra el poder ni el dinero.
ResponderEliminarAfortunadamente algo se está moviendo en el mundo árabe.
Un beso infantil e ingenuo.
Eso de que Circe no tiene un antídoto no me lo creo… Not possible, my dear goddess!
ResponderEliminarEn cuanto a los “movimientos”, me preocupa la “inquietante quietud” en que históricamente siempre han desembocado. Además, yo no puedo ni quiero renunciar a lo que Europa lleva tan maravillosamente pensado, aunque tan pobremente conseguido, desde hace casi tres milenios. De joven, pensaba de mí que era un anarquista místico, que es una combinación ideológica de difícil explicación. Ahora, creo que soy un estoico permanentemente cabreado, conceptos éstos que son también de combinación complicada. Pero me ponen en el justo lugar que por la Historia me corresponde: en Grecia, por la indiferente aceptación del destino (las diosas y hechiceras griegas sabéis bastante de esto) y en el cristianismo por la libertad (que parece mentira que no nos demos cuenta que de ésta hablamos porque aquél sucedió): el cabreo no es sino su rebeldía cuando se ve mezquinamente disfrazada.
Un beso estoico… y agradecido.