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El infinito es eso que se nos pierde al final de las fotografías: una invitación a la convergencia donde todo se encuentra y nada viste una imagen.
Vemos el infinito todos los días, y no nos damos cuenta. O lo menospreciamos porque nuestras preocupaciones pagan tributo a la vecindad y a la cercanía. Pero lo cierto es que nuestra lazarilla mirada se abre paso entre las demás criaturas para enamorarse del infinito.
Al andén de una estación llegan trenes que el viajero ve emerger, repentinamente, de un infinito atentado contra los postulados de Euclides –donde las paralelas desmienten su condición de serlo y se enamoran y funden en un punto inexplicable–. Desde el andén de una estación, parten trenes que engulle una osadía semejante: desparecen en un punto burlador de la geometría plana. El arte llama a esto perspectiva.
Las ondas perezosas de un rumor lejano surgen del infinito silencio de un punto que, según se acerca, va curvando y crispando el aire hasta llegar a nosotros. Luego, siguen el viaje, indiferentes, distanciando las crestas de su oleaje, más y más, hasta sumirse en el punto de otro silencio infinito. A una cosa parecida llama la ciencia efecto Doppler.
El infinito es de todo el origen y el destino de todo.
Pero nosotros sólo esperamos un tren, a menudo de cercanías, para llegar a cualquier cita inmediata. Ese tren, sin embargo, nos viene del infinito, al que no damos importancia, y nos devuelve al infinito, del que no hacemos caso.
Claro que, también la palabra llega al hombre, como un rumor uniformemente acelerado, desde el infinito silencio de la ignorancia y se aleja después hacia el silencio desmedido de su incomunicable sabiduría.
A esto se llama –despectivamente, por supuesto– misticismo. Yo, que soy un extravagante, lo llamo...
¡Vaya por Dios, se me acaba de escapar otra palabra por la garganta del infinito!
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Vemos el infinito todos los días, y no nos damos cuenta. O lo menospreciamos porque nuestras preocupaciones pagan tributo a la vecindad y a la cercanía. Pero lo cierto es que nuestra lazarilla mirada se abre paso entre las demás criaturas para enamorarse del infinito.
Al andén de una estación llegan trenes que el viajero ve emerger, repentinamente, de un infinito atentado contra los postulados de Euclides –donde las paralelas desmienten su condición de serlo y se enamoran y funden en un punto inexplicable–. Desde el andén de una estación, parten trenes que engulle una osadía semejante: desparecen en un punto burlador de la geometría plana. El arte llama a esto perspectiva.
Las ondas perezosas de un rumor lejano surgen del infinito silencio de un punto que, según se acerca, va curvando y crispando el aire hasta llegar a nosotros. Luego, siguen el viaje, indiferentes, distanciando las crestas de su oleaje, más y más, hasta sumirse en el punto de otro silencio infinito. A una cosa parecida llama la ciencia efecto Doppler.
El infinito es de todo el origen y el destino de todo.
Pero nosotros sólo esperamos un tren, a menudo de cercanías, para llegar a cualquier cita inmediata. Ese tren, sin embargo, nos viene del infinito, al que no damos importancia, y nos devuelve al infinito, del que no hacemos caso.
Claro que, también la palabra llega al hombre, como un rumor uniformemente acelerado, desde el infinito silencio de la ignorancia y se aleja después hacia el silencio desmedido de su incomunicable sabiduría.
A esto se llama –despectivamente, por supuesto– misticismo. Yo, que soy un extravagante, lo llamo...
¡Vaya por Dios, se me acaba de escapar otra palabra por la garganta del infinito!
Jajajaja…
ResponderEliminarMuchas gracias. Nunca había recibido palabras elogiosas ‘tan jóvenes’, que para mí, lógicamente, ya sólo pueden llegar del infinito… O de Arainfinitum.
Un beso molón.
Si que "molas"...sí, jeje...
ResponderEliminarMás que el infinito, me gusta más el instante:donde un placer se hace eterno...
Un beso viajero
Si, según Einstein, el tiempo es la cuarta dimensión de nuestro espacio, la eternidad debe de ser la cuarta dimensión del infinito; vamos, digo yo. No es posible que te guste la eternidad (o el placer del instante que la pretende), que es la parte inseparable, más que el infinito, que es su todo configurado. Si me gusta una copa de bourbon, es que me gusta el bourbon; aunque a lo mejor ni mi cabeza ni mi estómago entenderían que me lo bebiera “todo.”
ResponderEliminarMolar, no sé, pero enrollarme, como ves, lo hago con más facilidad que las virutas de un sacapuntas.
Un beso, y cuidado con los viajes, que son desplazamientos por el espacio y el espacio, según quienes de él saben, están llenos de agujeros… de curvatura infinita.
Bueno,puedo hacer como Ulises,que creía en el viaje circular,que implica el retorno final, o como Nietzsche en el desplazamiento rectilinio y la meta final (no me gusta nada) es la muerte.
ResponderEliminarA mi me gusta pensar que el viaje es fantasía,conocimiento,cultura.
En cuanto a los agujeros...¡¡Huf!!que se dispara la imaginación...y a estas horas...
La meta final del desplazamiento rectilíneo es, según el principio de inercia, el infinito; y esto, más que una meta, es una no-meta. La llegada real, Veridiana, cerrada y completa es la del eterno retorno de Nietzsche y de los griegos. Me seduce, como a cualquiera, la idea de que un momento de felicidad vivido se repita cíclica y eternamente. Pero ¿no es esto otra forma de entender el infinito? ¿No es consecuencia de la misma intención humana? Y, puestos a hacer preguntas, ¿no es el eterno retorno una pretensión demasiado “conservadora”?
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