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Parece (remotamente) un poema y, en realidad, es la crónica de un día que ha puesto Madrid patas arriba por una contrariedad meteórica. Es como el envés de un alma platónicamente estúpida.
Camino de la 'Estación de Cercanías' tras renunciar, definitivamente y por circunstancial imperativo, a esa otra lata de la vida que es el coche.
Todo el día pensando en otras cosas,
ajeno a lo importante, preocupado
por el largo camino del regreso;
con el alma en conserva, en esa lata
del cuerpo –que además es una lata,
un molesto envoltorio que se queja
del frío y la fatiga, del cansancio,
del dolor en los pies, de los atascos,
de la falta de sal en las aceras,
de la impune elegancia del político
que escurre, como el hielo, su indolencia–.
Todo el día en el cuerpo, secuestrado
por estos cuatro enlaces de carbono
que adornan la ortodoxia de estar vivo.
Y todo los demás, lo que importaba,
trastornando los campos en blancura
con promesa de bienes florecidos
tras otro alborear la primavera…
Y todo lo demás, lo que importaba
–que el asfalto ocultara su tristeza
de negra confusión; que los jardines
se vistieran de gala por los niños;
que el día decidiera disonancias
con ser habitual; que se embozara
tras la capa que sueña ser pureza…–,
perdido para siempre… Como el tiempo.
Qué idiota he sido hoy, qué desperdicio
de voluntad andar tan preocupado
porque el mundo se hubiera vuelto incómodo.
…Y entretanto, la nieve recogiendo
su blanca dilación en tu mirada.
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Parece (remotamente) un poema y, en realidad, es la crónica de un día que ha puesto Madrid patas arriba por una contrariedad meteórica. Es como el envés de un alma platónicamente estúpida.
Camino de la 'Estación de Cercanías' tras renunciar, definitivamente y por circunstancial imperativo, a esa otra lata de la vida que es el coche.
Todo el día pensando en otras cosas,
ajeno a lo importante, preocupado
por el largo camino del regreso;
con el alma en conserva, en esa lata
del cuerpo –que además es una lata,
un molesto envoltorio que se queja
del frío y la fatiga, del cansancio,
del dolor en los pies, de los atascos,
de la falta de sal en las aceras,
de la impune elegancia del político
que escurre, como el hielo, su indolencia–.
Todo el día en el cuerpo, secuestrado
por estos cuatro enlaces de carbono
que adornan la ortodoxia de estar vivo.
Y todo los demás, lo que importaba,
trastornando los campos en blancura
con promesa de bienes florecidos
tras otro alborear la primavera…
Y todo lo demás, lo que importaba
–que el asfalto ocultara su tristeza
de negra confusión; que los jardines
se vistieran de gala por los niños;
que el día decidiera disonancias
con ser habitual; que se embozara
tras la capa que sueña ser pureza…–,
perdido para siempre… Como el tiempo.
Qué idiota he sido hoy, qué desperdicio
de voluntad andar tan preocupado
porque el mundo se hubiera vuelto incómodo.
…Y entretanto, la nieve recogiendo
su blanca dilación en tu mirada.
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Ya no podemos presumir en Cercedilla de que nieva más que en Madrid, y nieva divinamente en Madrid, y más divinamente en este poema. Un abrazo.
ResponderEliminarTu entrada, como "Nievilunio" en el blog "Las diosas y las nubes" homenajean justamente a esa maravilla de la naturaleza que es la nieve, tan denostada en los medios. Un abrazo.
ResponderEliminarAyer, a la vuelta del trabajo, unos copos gordísimos de nieve se estrellaban contra mi parabrisas y me daban unos sustos que me hacían gracia, la mirada se me iba hacia esa nieve que se lanzaba contra mí, era preciosa. Me paró la policía porque iba haciendo eses y me hicieron hasta soplar. Les conté lo que pasaba y me dijeron que muy bien, pero que procurase mirar a la carretera. Pero es que casi nunca veo nevar... y hay que estar a lo importante. Me alegra que al final del día hayas pensado lo mismo que yo. La próxima vez, piénsalo desde el principio, hombre:-)
ResponderEliminarUn beso, Antonio.
Perdón por la descortesía del retraso, el caso es que se me ha ido la mañana en la “operación rescate” de mi coche, que ayer dejé abandonado en el trabajo. Y ya que lo digo, debo agradecer a Leonor, mi hija mayor, su colaboración inestimable: me ha evitado regresar al origen del regreso en el tren que ayer fue mi pequeña –y prescindible– pesadilla.
ResponderEliminarGracias, Juan Manuel, aunque, si Madrid puede ya presumir de nevadas ante Cercedilla, Cercedilla ha derrotado a Coslada en un soneto.
Eso es, Antonio, lo que sucede cuando se aburguesa el alma: que manda el cuerpo, siempre protestón ante las incomodidades, y se olvida que lo importante no calza zapatillas de cuadros.
Ay, Olga, nada como dejar a la imaginación que juegue con la naturaleza. Entonces sale el niño, la niña en tu caso, que llevamos dentro. Y claro, aparece la policía como un recordatorio de seriedad. Lo que pasa conmigo es que soy algo lento, por eso “el niño” me sale tarde.
Dos abrazos y un beso; respectivamente, claro.
De la ironía a la profundidad. Un poema "in crescendo".
ResponderEliminar" Este matiz que el cielo desafía,
ResponderEliminariris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana:
¡ tanto se emprende en término de un día !"
Saludos
Muchas gracias, Octavio, ese “crecer” que me concedes hará más fácil que Platón me perdone la referencia: salva mi torpe intención de subir de lo común a las cosas que merecen la pena. Como una mirada hermosa mirando una hermosísima nevada, por ejemplo.
ResponderEliminarUn abrazo
Qué lujo de compañía me regalas, Veridiana: Calderón, las flores, “El príncipe constante”, el “día” de la vida… su fugacidad. Carpe diem... ¡Porque hay que ver en qué tontas preocupaciones se nos va el tiempo.
ResponderEliminarMuchas gracias y un beso, con tu permiso. Si te parece exceso de confianza por mi parte (¡no sé quién eres!), sustitúyelo por “un saludo”.
Andaba yo tomando fotos de mi perro y no me di cuenta de que habías publicado esta entrada. Cuánta estética rompedora la de ese día: abrupta para nuestros ritmos, pero increíblemente vivificadora para la belleza. Eso sí fue arte, qué pequeñas son nuestras fatigas.
ResponderEliminarUn abrazo,
Francisco
Así es, Francisco. A la nieve le pasa lo que a las amapolas, que arranca posibilidades estéticas hasta de los vertederos.
ResponderEliminarUn abrazo.
Crónica poema que habrán sentido muchos madrileños, Antonio. Y lo de las amapolas y los vertederos me ha emocioando. Nevó en la dehesa extremeña también.
ResponderEliminar…Es que es una flor de infrecuente generosidad que parece ir regalando primaveras desde los rincones más insospechados.
ResponderEliminarGracias por tu visita, Máster.
Permiso concedido ¡ cómo no! jaja
ResponderEliminarSaluditos
Entonces repito sin alternativa condicional:
ResponderEliminarMuchas gracias y un beso.