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Septiembre es un mes de recortables. Quiero decir que hacemos su escenario recortando las figuras que nos quedaron en el alma perdida, en esa fantasía que, entre disgustos y entusiasmos, se nos fue haciendo tierra-firme en los ayeres que somos. Porque, ontológica y rigurosamente hablando, eso es –nos guste o nos disguste– lo único que ciertamente somos: un racimo de ayeres y un juego de recortables.
Cuando yo era niño –cosa que, pese a parecer sorprendente, hubo una vez que fue verdad– la realidad virtual se hacía con tijeras y Colinón. Ahora se hace de otra forma, que a mí, naturalmente, no me parece la debida. Pero la cuestión no es ésta. Yo hablo de septiembre. Con voluntad existencial, a qué negarlo... Porque el año real muda en septiembre. No en enero, como confusamente pensamos, sino en septiembre, que es cuando nos embarcamos en la nave de siempre hacia un puerto desconocido y, para evitar naufragios, nos recortamos el alma y pegamos sus humildes glorias en las cartas de navegación.
Desgraciadamente hay “niños” a los que no gustan los recortables. Por eso no juegan al tiempo ni a la vida y prefieren el quiosco de los psiquiatras. Porque allí las figuritas no saben distorsionar el paisaje impreso de sus irrecuperables “editores” y los ayeres quieren quedarse en siempre.
Y la voluntad, en nunca.
(No tiene la entrada mucho que ver con la película de la que esta melodía fue tema musical, pero siempre me ha gustado la optimista –¡esto lo digo yo!– mirada que dedicaba a septiembre, el mes de los, para mí inexplicables, síndromes de “vergonzoso” nombre).
Tal vez por la fragilidad de los seres humanos,por ese poder o esa capacidad de querer controlar la propia vida,nos inventamos una obra muy artística como esos recortables tan fascinantes.
ResponderEliminarVi una exposición muy interesante en el Círculo de Bellas Artes de Pedro Casariego, me impresionó su vida.
Muy poéticas tus palabras,la canción me hubiera gustado más las cuarto estaciones de Vivaldi.
Un beso caluroso
Desgraciadamente, a todos los que hemos jugado con recortables a veces se nos han ido las tijeras por donde no debían para arruinarnos el sueño en que nos empeñábamos. Casariego fue un artista trágico, con un destino trágico que encima parece haberse llenado de olvido; o algo peor incluso: algunos lo han recordado “sin siquiera querer recordar” su nombre.
ResponderEliminarEn cuanto a la música, Veridiana, escogí esta melodía por una intrascendente y personal evocación.
Un beso de despedida porque mañana me voy a Portugal, que es donde geográficamente se derrama la Galicia donde tú has estado.
¡ Qué gozada Portugal ! Me gusta mucho.Buen viaje y diviertete mucho,ya contarás.
ResponderEliminarGracias, Veridiana. Y estoy de acuerdo contigo. Yo diría que España, tan llena de maravillas, además limita al Oeste con un indecible encanto.
ResponderEliminarRealidad virtual hoy y ayer, tan diferente y tan igual, incluso la música es casi igual,
ResponderEliminarUn abrazo
Aay Antonio que deliciosamente bien hablas. Aquí sigo, tan pendientísima de ti como cuando de chica lo estaba haciendo esos recortables. Daba igual el grosor de sus hojas, tanto pobres como ricos en celulosa, representaban toda una hazaña para mis pequeños dedos, esos giros, acrobacias y danzas, eran bálsamos lagrimales; y todo un gentil y refrescante festín para Doña Tijera.
ResponderEliminarQue disfrute de esas lejanas tierras y un enormísimo abrazo
Muchas gracias, Capitán, por tu visita. Estoy “recién llegado”, en estado de difusa conciencia, que es ése que nos queda cuando todavía no entendemos muy bien estar en donde siempre solemos. Es otra forma de experimentar la realidad “virtual”; porque, probablemente, todas las realidades sean una calderoniana ensoñación. Parafraseando a Miguel Hernández, ¡tanto ‘soñar’ para morirse uno!
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Pocas cosas hay, Mª Angélica, que provoquen tanta ternura como la acendrada concentración de un niño (o niña) en su pequeña hazaña. La que evocas tú, por ejemplo: esfuerzo, atención, precisión quirúrgica en cada giro de la tijera (tal vez con la punta de la lengua levemente apretada entre los dientes)… Y es que el niño (o la niña) no lo sabe, pero su empresa es liberar los sueños de una cárcel, llámese ésta papel… o realidad. Yo creo que eso es el empeño fundamental de la vida. Y septiembre, su renacimiento.
ResponderEliminarMuchísimas gracias por esa atención que no merezco y un abrazo del mismo tamaño.
Es verdad. Poner en pie la voluntad (en pie como esos frágiles y tercos soldaditos), entre disgustos y entusiasmos, cada septiembre.
ResponderEliminarLo recordaré; yo en septiembre y en noviembre necesito oraciones nuevas, oraciones de las de rezar, ay.
Un beso.
Pues ponlos en pie, Olga, porque tú tienes un batallón de “soldaditos”, para nada “frágiles”, armados hasta los dientes de palabras que esperan deseosos tus órdenes para entrar en combate.
ResponderEliminarUn beso al borde de septiembre.