.

.

.
Nadie sabe lo que pasa allí dentro, en esa oscura soledad en que el espacio se engulle a sí mismo. Tan lejos se hallan de la espectacularidad del universo, que sólo las matemáticas intentan hablar con ellos. Porque las matemáticas, cuando dejan de ser aritmética cotidiana o proporción canónica, se dedican a telefonear oscuridades y a indagar silencios. Si los fenómenos responden, los científicos proclaman leyes; o incluso teorías cuando lo que escuchan es una conversación más o menos sensata. Galileo dijo algo sobre esto, y Platón –¡no iba a olvidarme de él!– intuyó preludios semejantes de esta ciencia.
Pero los agujeros negros son la última vejez de las estrellas y es muy difícil hablar con ellos. De alguna forma, se parecen a la oscura soledad de los ancianos: con la edad, se retira tanto el alma del brillante espectáculo de la vida que ésta parece engullirse a sí misma. Ya no escapan luz de ella ni palabras; los signos que llegan de fuera se hunden, probablemente distorsionados por la gravedad inmensa de los años, en el mismo silencio que las señales propias.
Es muy difícil hablar con los ancianos porque en ellos la curvatura de la vida se hace infinita, como la del espacio en los agujeros negros. No sabemos lo que pasa allí dentro, en esa retirada incontrolable de su modesta historia. No disponemos de ecuaciones que con ellos hablen o lo intenten al menos. Sólo tenemos palabras comunes que les dan lo mismo, que son sólo materia y ruido gravitatorio del olvido, restos en que se descompone el estallido final de la memoria.
Nadie sabe lo que pasa allí dentro… Aunque, ¿alguna vez hemos sabido algo de las almas de los otros?
.
Pero los agujeros negros son la última vejez de las estrellas y es muy difícil hablar con ellos. De alguna forma, se parecen a la oscura soledad de los ancianos: con la edad, se retira tanto el alma del brillante espectáculo de la vida que ésta parece engullirse a sí misma. Ya no escapan luz de ella ni palabras; los signos que llegan de fuera se hunden, probablemente distorsionados por la gravedad inmensa de los años, en el mismo silencio que las señales propias.
Es muy difícil hablar con los ancianos porque en ellos la curvatura de la vida se hace infinita, como la del espacio en los agujeros negros. No sabemos lo que pasa allí dentro, en esa retirada incontrolable de su modesta historia. No disponemos de ecuaciones que con ellos hablen o lo intenten al menos. Sólo tenemos palabras comunes que les dan lo mismo, que son sólo materia y ruido gravitatorio del olvido, restos en que se descompone el estallido final de la memoria.
Nadie sabe lo que pasa allí dentro… Aunque, ¿alguna vez hemos sabido algo de las almas de los otros?
Según la teoría del Kabbalah,la oscuridad es el ego humano,y es ahí donde la luz se esconde.
ResponderEliminarConozco ancianos prodigiosos:Mi abuela tiene 86 años,está pletórica,le fascina la política,está al tanto de noticias, y es experta en literatura medieval.Su amiga ha cumplido 93,es encantadora,yo quiero ser como ella cuando sea mayor-sigo-La abuela de mi amiga,tiene 101 años,hace chaquetas de punto para una tienda,viaja sola y todas las Navidades,para evetir el jaleo familiar,eso dice, se va a Canarias.
También están "los otros",( pero esa es una película de Amenábar)
Un beso con luz.
Bien que me alegro, Veridiana. Nadie –yo desde luego no– discute la condición de “prodigioso” a ningún anciano, aunque no veo muy bien qué relación hay entre ésta y las “oscuras soledades” de que hablo. Lo que te puedo garantizar es que la experiencia individual (de tu amiga y tuya) no es universalizable en casos como éste. Y también te puedo garantizar que tales “soledades” no son fruto del “egoísmo” de quienes las padecen, sino determinación de la naturaleza enteramente ajena a su voluntad.
ResponderEliminarNunca me ha interesado la Cábala, Veridiana, entre otras razones porque es un espurio neoplatonismo (Plotino y Porfirio) filtrado por Ibn Gabirol y otros posteriores filtros. Qué cosas, verdad, al cabo, casi todo lo que se dice tiene algo que ver con Platón (¡qué razón tuvo Whitehead!).
Gracias, y un beso de sol y sombra…, brandy y anís.
P.S.: Por cierto, la entrada no se refiere a los ancianos solamente, sino a todos los demás: los “otros” de verdad y silencio, no de celuloide, que andan por las calles. En realidad, estaba pensando en las incomunicables “mónadas” de Leibniz mientras lo escribía. Por eso acabo como acabo; y, con arreglo a tu siempre amable comentario, con más razón que un santo.
Muchísimas gracias, Anónimo (que no lo es). Atendiendo a tu petición no te publico, pero no tenía otra forma de agradecer tus cariñosas y humanas palabras. Suelo hacer cosas parecidas a las que me sugieres, pero seguiré puntualmente tus indicaciones. Seguro que tienes razón.
ResponderEliminarUn abrazo mientras busco en los Salmos.
Siempre en mis comentarios trato de ser optimista y contradictoria, ( rebeldia innata en mi persona)tal vez para no sucumbir en un agujero negro.
ResponderEliminarYa decía Machado:"Latifundios,señoríos y miseria"
Prefiero un orujo de hierbas o un licor café,aunque un brandy sin anis,no está mal...
Sea pues…
ResponderEliminar– ¡Camarero!, un orujo de hierbas para la divina Circe y un bourbon para mí, que no hacen días de sol, pero tampoco le gustan a uno las noches de tanta sombra.
Estoy vaga, Antonio. Perdona la ausencia. Sabes que me encanta tu blog. A veces lo dejo para el final con el fin de saborearlo y... se me echa el tiempo encima.
ResponderEliminar"Aunque, ¿alguna vez hemos sabido algo de las almas de los otros?" ¿Lo hemos intentado? Se me ha clavado la frase.
Todos ocultamos mucho. Pero creo que somos contradictorios y tendemos a buscar calor para que no se nos enfríe el alma. A veces se nota que alguien pide a gritos cercanía por los ojos vidriosos. Se puede pasar de largo o pararse ofreciendo refugio. Una vida que transcurre pasando de largo... ¿vale la pena? ¿tiene poso, contrastes, penas y alegrías...?
Me parece que hay demasiado dolor últimamente como para no querer saber nada de quienes cargan con él.
Gracias por tu post, profesor.