.

.

.
La imagen es una captura de pantalla de un vídeo espeluznante. Es espeluznante, pero no es nada extraño por desgracia; más bien, algo común; aunque se camufle en pancartas, manifiestos o proclamas de variopinto signo. Para los que no conozcan la historia, les puede doler aquí. A mí, personalmente, lo que me hizo añicos el alma fue ese “Oh, my mum”, que entristece aún más, si cabe, el fotograma que subtitula.
My mum es una expresión de universal ternura, de última indefensión ante la crueldad que no se entiende. Cada rincón del planeta la escribe con distintos signos, la dice con sonidos diferentes. Pero esto da igual, porque en esa expresión está siempre la soledad humana ante el dolor y la tristeza inexplicables. Estoy seguro de que la última palabra que resuena en la bóveda corporal del alma ante la muerte es mamá; estoy convencido de que es la voz más sentida y evocada cuando un suceso insulta a un sueño. Probablemente la susurró Lorca; probablemente, Muñoz Seca. Es la misma que se medio-articula ante un castigo brutal e incomprensible, que degenera a quien lo inflige y desconcierta a quien lo padece. Porque al llanto real, al dolor, a la crueldad en estado puro, ya no le importa el resto de las palabras –las grandezas, las hazañas, los logros, los prodigios…– que enaltecen su enajenada especie. Al llanto real sólo le importa el modesto cobijo en que halló la primera caricia y el primer beso, la certidumbre primera, el roce de un amparo inigualable. Y en ese llanto real siempre está la memoria de un niño indefenso deseando la vida.
Si en nuestro raro siglo XXI un ser humano dice mamá o my mum –o como quiera que pueda decirse en el rincón de Babel que habite– porque alguien le está rompiendo la promesa de un sueño, el mundo tendría que detenerse para sufrir junto a él; no para apearse, que es muy cómodo y, además, se traduce en generaciones que siguen tan contentas el miserable viaje de la basura. Mejor aún, si es un mundo de verdad, que se cree de verdad los derechos que adornan la gala de su espectáculo, tendría que invadirse a sí mismo para borrar de lo posible la parcela de culpa que aún lo vuelve inicuo.
Ni suponer quiero que no sólo se trate de permisión moral, sino que además haya una subterránea complicidad económica, ideológica o como elija llamarse la mierda intemporal de cuantos hoy –no ayer, que es lavandería barata donde se limpian suciedades que incomodan– se vanaglorian y proclaman puros.
Claro que esto no es nada más que chochez de un viejo al que un lejano amigo le contagió la costumbre de mirar la vida con ojos inactuales. O, por mejor decir, con ojos de mirada desterrada.
.
My mum es una expresión de universal ternura, de última indefensión ante la crueldad que no se entiende. Cada rincón del planeta la escribe con distintos signos, la dice con sonidos diferentes. Pero esto da igual, porque en esa expresión está siempre la soledad humana ante el dolor y la tristeza inexplicables. Estoy seguro de que la última palabra que resuena en la bóveda corporal del alma ante la muerte es mamá; estoy convencido de que es la voz más sentida y evocada cuando un suceso insulta a un sueño. Probablemente la susurró Lorca; probablemente, Muñoz Seca. Es la misma que se medio-articula ante un castigo brutal e incomprensible, que degenera a quien lo inflige y desconcierta a quien lo padece. Porque al llanto real, al dolor, a la crueldad en estado puro, ya no le importa el resto de las palabras –las grandezas, las hazañas, los logros, los prodigios…– que enaltecen su enajenada especie. Al llanto real sólo le importa el modesto cobijo en que halló la primera caricia y el primer beso, la certidumbre primera, el roce de un amparo inigualable. Y en ese llanto real siempre está la memoria de un niño indefenso deseando la vida.
Si en nuestro raro siglo XXI un ser humano dice mamá o my mum –o como quiera que pueda decirse en el rincón de Babel que habite– porque alguien le está rompiendo la promesa de un sueño, el mundo tendría que detenerse para sufrir junto a él; no para apearse, que es muy cómodo y, además, se traduce en generaciones que siguen tan contentas el miserable viaje de la basura. Mejor aún, si es un mundo de verdad, que se cree de verdad los derechos que adornan la gala de su espectáculo, tendría que invadirse a sí mismo para borrar de lo posible la parcela de culpa que aún lo vuelve inicuo.
Ni suponer quiero que no sólo se trate de permisión moral, sino que además haya una subterránea complicidad económica, ideológica o como elija llamarse la mierda intemporal de cuantos hoy –no ayer, que es lavandería barata donde se limpian suciedades que incomodan– se vanaglorian y proclaman puros.
Claro que esto no es nada más que chochez de un viejo al que un lejano amigo le contagió la costumbre de mirar la vida con ojos inactuales. O, por mejor decir, con ojos de mirada desterrada.
Qué horror.
ResponderEliminarAntonio... por Diooooossss... qué brutalidad. He tenido que cerrar los ojos. "Mi mamá..."Solamente queda mamá, el sueño perdido de sus caricias cuando la libertad es una trampa para la mujer, una tortura que se lleva girones de tu piel y de tu alma.
ResponderEliminarEl Planeta debería dejar de girar. La maldad y el ensañamiento conviven en el mismo mundo en el que a un niño no le puedes levantar la voz para que no llegue a ser un violento. No entiendo nada, profesor.
"...si es un mundo de verdad, que se cree de verdad los derechos que adornan la gala de su espectáculo, tendría que invadirse a sí mismo para borrar de lo posible la parcela de culpa que aún lo vuelve inicuo."
ResponderEliminarDisculpa que te repita, amigo Antonio. A veces quisiera uno desactualizarse -downgrading, que diría algún frío tecnólogo anglosajón-, para mantener el alma inactual. Vergonzosa y avergonzada como en su versión primera y original.
Un abrazo
No hay por dónde cogerlo, ¿verdad, Francisco?
ResponderEliminar¿Y quién lo entiende, Sunsi? ¿Quién entiende nada? Eso sí, al lado de esa barbarie y sus repugnantes risas se ven coches modernos. Uno es un Toyota y el otro de no sé qué marca, pero de última generación sin duda. Según parece, somos capaces de exportar todo género de prodigios técnicos, pero ni un solo argumento de bien o de justicia. ¿Quién puede entender tanta monstruosidad, Sunsi?
ResponderEliminarSí, sí: tendríamos que invadirnos de nosotros mismos y obligarnos a ser quienes presumimos ser y, en realidad, no somos. Y desde luego, amigo Tato, comparto ese deseo de desactualización del alma, porque a la versión s.2.1 del sistema operativo hombre no le queda ni una sola indicación de “vergüenza”, como bien dices.
ResponderEliminarUn abrazo.
At the end, always mum, always, inactualmente always ...
ResponderEliminarAnd "mum" is a woman... A woman, Captain!
ResponderEliminarReally, no one understands men's cruelty.
La imperfección del ser humano sobrecoge.
ResponderEliminarY yo,en esta ciudad, sugestiva,irreal,que suscita reminiscencias históricas artísticas y literarias.
Dicen que Peggy Guggenhein,cuando conoció Venecia decidió que sería su futuro hogar;que le habría gustado más que ningún otro lugar de la tierra, y creía que allí sola sería feliz. Claro que Peggy tenía una fortuna y una impresionante colección de arte.
Un beso desde la Piazza San Marco.
¡Y tanto que sobrecoge! Pero me encanta la frase: “la imperfección del ser humano...” ¿Sabes por qué…? Porque si “sobrecoge” la “imperfección” de un acto humano, es porque éste no se ajusta a lo que en el fondo entendemos por “perfección”. Luego tenemos la “idea de perfección.” Y esto significa que el relativismo moral no es posible por mucho que nos empeñemos, que hay cosas “objetiva” y silenciosamente “buenas”; y otras, “objetiva” y descaradamente “malas.” Platón nunca dejó de tener razón.
ResponderEliminarUn beso desde aquí, que es casi nada ante el allí del tuyo.
No he querido ver el vídeo. Me basta con lo que dices y los comentarios, he visto otros.
ResponderEliminarPlatón no dejó de tener razón. Hay bien y mal y nunca dejará de haberlo. En el fondo, es terrible.
En estas cosas, suele dejarme perpleja no solo la maldad, sino la soberbia del ejecutor que se sabe impune. La falta de compasión. Me asusta la dureza del corazón, que puede ser el de todos en un momento dado.
Un beso.
La verdad, Olga, es que ver el vídeo no añade nada. Como a la noticia que leía esta mañana sobre un padre que mata a su hijo de cuatro años, o la de días atrás de una madre haciendo lo mismo con los dos suyos, no añadiría nada ninguna imagen. He empezado a escribir una entrada sobre esto, pero creo que no la terminaré nunca.
ResponderEliminarNo sé lo que está pasando, pero algo raro y terrible está descomponiendo al hombre. O a la sociedad, que es quien nos hace.
Un beso, y poquísimas ganas (como tú según parece) de escribir sobre nada.