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Hace un año pedí a los Reyes un misterio para todos los niños; un misterio de largo alcance y sin fecha de caducidad que les sirviera para toda la vida. Es un poco pronto para saber si hicieron caso de mi carta. Pero esta mañana he vuelto a ver muchos niños por las calles tras la bufanda de esa bendita sonrisa que santifica la ilusión. Iban de un lado para otro, como si a la felicidad le hubieran salido piernecitas y se hubiera rodeado de pequeños cuerpos para correr entre nosotros o para recordarnos cuando nosotros éramos ellos. Quizá por eso, a muchos adultos se les ponía también una sonrisa de inocencia y lujo: el niño de nuestro ayer (o larguísimo anteayer) en el fondo no acaba de crecernos nunca.
Desde ese niño creo que para perdonar a cualquier hombre bastaría pensar en él a sus cuatro o cinco años… Cuando jugaba, cuando lloraba, cuando reía… Cuando tenía fiebre y su madre le ponía el termómetro, y consolaba el dolor de su pequeña tristeza... Cuando su padre le llevaba al cine para concebir prodigios y él daba cuerda a los sueños en cualquier rincón de la casa... Cuando vivir tenía la costumbre de ser un entusiasmo inagotable… Si pensáramos así en cualquiera, si así en nosotros mismo, puede –no sé– que resultáramos al cabo más amables, más generosos, menos cicateros.
Dejad que los niños se acerquen a mí... Es cita de una verdad humana y evangélica. Claro que, a las alturas de humanidad a que hemos llegado, la aproximación tendría que ser a la inversa: nosotros quienes acercarnos, ellos los que permitírnoslo.
Empiezo a pensar que el misterio que hace un año pedí a los Reyes para todos los niños, tal vez, me lo dejaron ya hace mucho tiempo; antes incluso de que aprendiéramos a contar el tiempo. Por ejemplo, una noche de enero –que aún no sabía que se llamaba enero– a los pies de un niño sin zapatos.
A los pies de un niño que intentaba estrenar la esperanza y el mundo.
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Desde ese niño creo que para perdonar a cualquier hombre bastaría pensar en él a sus cuatro o cinco años… Cuando jugaba, cuando lloraba, cuando reía… Cuando tenía fiebre y su madre le ponía el termómetro, y consolaba el dolor de su pequeña tristeza... Cuando su padre le llevaba al cine para concebir prodigios y él daba cuerda a los sueños en cualquier rincón de la casa... Cuando vivir tenía la costumbre de ser un entusiasmo inagotable… Si pensáramos así en cualquiera, si así en nosotros mismo, puede –no sé– que resultáramos al cabo más amables, más generosos, menos cicateros.
Dejad que los niños se acerquen a mí... Es cita de una verdad humana y evangélica. Claro que, a las alturas de humanidad a que hemos llegado, la aproximación tendría que ser a la inversa: nosotros quienes acercarnos, ellos los que permitírnoslo.
Empiezo a pensar que el misterio que hace un año pedí a los Reyes para todos los niños, tal vez, me lo dejaron ya hace mucho tiempo; antes incluso de que aprendiéramos a contar el tiempo. Por ejemplo, una noche de enero –que aún no sabía que se llamaba enero– a los pies de un niño sin zapatos.
A los pies de un niño que intentaba estrenar la esperanza y el mundo.
Acompaño con unos amigos, a Daniel,organista,a San Petersburgo que da un concierto en el teatro Mariisnsky.
ResponderEliminarEs una ciudad preciosa,imponente.
El Museo Hermitage,increible.
" Desde Rusia con Amor"
Sana envidia me dais, Circe alejada; cómo dudarlo. El Hermitage es más ambicioso, que es lo que le pasa al Louvre; el Prado es otra cosa. Y, como os dije, no puedo evitar seguir pensando lo mismo que os escribí el pasado 30 de diciembre.
ResponderEliminarDesde Coslada… con lo mismo
Es curioso, desde que tuve a mi primer hijo, muchas veces hago algo parecido a que dices: imaginarme a las personas como niños, pensar en cómo serían de bebés. La imagen se me viene casi sin yo quererlo.
ResponderEliminarEs francamente difícil odiar a nadie así;-)
Seguro que la inteligente inocencia que convocas te acompaña hoy, que ya ha pasado la noche de Reyes, y todo el año. Y también esa esperanza que trajo un niño, hace tanto tiempo...
Un beso.
Gracias, Olga; aunque, por lo general, la inteligencia no me acompaña y a la inocencia no la acompaño. Tú si que disfrutas de ambos regalos.
ResponderEliminarUn beso, y largos Reyes para todo el año.