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Yo no soy apocalíptico; o no lo soy de momento. Los apocalípticos “son los otros” (esto lo decía Sartre del infierno). Ellos sabrán por qué. A mí me parece que en la “Historia” que estamos haciendo hay una mala conciencia que no encuentra donde redimirse y se condena a sí misma presumiendo finales capaces de borrar todo su remordimiento.
Un planeta vivo es un depredador. En mi opinión, un depredador masoquista porque devora cruelmente a las únicas criaturas que son posibilidad de su testimonio. ¿Qué sería de él sin ellas? ¿Un montón de partículas anónimas vagando de oscuridad en oscuridad? ¿Un racimo de luces y sombras incapaz de recibir un nombre, una mirada, un aplauso…? Nada hay más absurdo que un espectáculo sin espectador; nada más necio que un paisaje sin pupila y palabra.
Lo malo es que, según parece, el masoquismo depredador del todo lo han heredado sus cortesanas y humanas partes. Por eso los hombres nos devoramos con la misma crueldad, absurda y sin sentido.
Sin duda de ahí nos viene el remordimiento; porque la naturaleza no se entera de lo que hace, pero nosotros sí. Y no soportamos enterarnos. Preferimos fantasear sobre cataclismos antes que reflexionar sobre nuestra estupidez perversa. Debe de ser consolador pensar en la amenazante órbita de Apophis, en el cambio climático, en las lunas cercanas, en las conspiraciones secretas de poderosos países, en Nostradamus y sus polifacéticas advertencias, en cualquier imbecilidad filtrada interesadamente por cualquier “telediario”… Mucho más tranquilizador que detenernos ante nuestra pequeña maldad de cada día o la complaciente iniquidad que colectivamente provocamos. Tal parece que pensamos la destrucción como catarsis liberadora emulando al niño que cierra los ojos para no ver el miedo –o la mentira– que tiene en sí mismo.
Hay un enfermizo, inconsciente y generalizado deseo de que el mundo desaparezca. Y esto no pasa porque se sueñen esperanzas trascendentes, sino porque no sabemos qué hacer con tanto remordimiento, con tanto y tan miserable uso que hemos hecho de la libertad, ese raro don que, a pesar de su alabada historia, seguimos sin entender para qué lo recibimos.
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Un planeta vivo es un depredador. En mi opinión, un depredador masoquista porque devora cruelmente a las únicas criaturas que son posibilidad de su testimonio. ¿Qué sería de él sin ellas? ¿Un montón de partículas anónimas vagando de oscuridad en oscuridad? ¿Un racimo de luces y sombras incapaz de recibir un nombre, una mirada, un aplauso…? Nada hay más absurdo que un espectáculo sin espectador; nada más necio que un paisaje sin pupila y palabra.
Lo malo es que, según parece, el masoquismo depredador del todo lo han heredado sus cortesanas y humanas partes. Por eso los hombres nos devoramos con la misma crueldad, absurda y sin sentido.
Sin duda de ahí nos viene el remordimiento; porque la naturaleza no se entera de lo que hace, pero nosotros sí. Y no soportamos enterarnos. Preferimos fantasear sobre cataclismos antes que reflexionar sobre nuestra estupidez perversa. Debe de ser consolador pensar en la amenazante órbita de Apophis, en el cambio climático, en las lunas cercanas, en las conspiraciones secretas de poderosos países, en Nostradamus y sus polifacéticas advertencias, en cualquier imbecilidad filtrada interesadamente por cualquier “telediario”… Mucho más tranquilizador que detenernos ante nuestra pequeña maldad de cada día o la complaciente iniquidad que colectivamente provocamos. Tal parece que pensamos la destrucción como catarsis liberadora emulando al niño que cierra los ojos para no ver el miedo –o la mentira– que tiene en sí mismo.
Hay un enfermizo, inconsciente y generalizado deseo de que el mundo desaparezca. Y esto no pasa porque se sueñen esperanzas trascendentes, sino porque no sabemos qué hacer con tanto remordimiento, con tanto y tan miserable uso que hemos hecho de la libertad, ese raro don que, a pesar de su alabada historia, seguimos sin entender para qué lo recibimos.
Así es.
ResponderEliminar"La naturaleza no se entera de lo que hace, pero nosotros sí".
ResponderEliminarY, si no nos enteramos, tampoco es disculpa. Tenemos datos. Sabemos de nuestra capacidad de devorar y del daño que hacen los mordiscos y, sin embargo, disculpamos los propios y denunciamos los ajenos con una libertad que ya no debe saber dónde esconderse. Por eso no aparece, a lo mejor. Pero no está de moda sentirse culpable, Antonio, y es duro hasta más no poder. "Detenernos ante nuestra pequeña maldad de cada día o la complaciente iniquidad que colectivamente provocamos" nos hace sentirnos tontos, es curioso, cuando no hay nada más tonto, en el fondo, que esa perversa estupidez.
Pero cómo corregir el rumbo, si tantas cosas tiran de nosotros...
Un beso, maestro.
En efecto, Hylr, “es” así, pero no “debería ser” así. Ya sabes tú que somos las únicas criaturas a quienes se les divide el mundo en hechos y obligaciones, o, dicho de otra forma, a quienes se les desajusta el ser y el deber ser. Por eso somos libres; por eso, también, necesariamente morales.
ResponderEliminarComo siempre, muchas gracias por tu visita.
Es curioso, Olga, pero la descripción que haces en la segunda mitad de tu comentario me ha recordado las terapias de las drogodependencias, cuyo punto de partida es reconocer públicamente que se es drogodependiente. En efecto, para “corregir el rumbo”, para salir de nuestra enfermiza dependencia, hay que empezar “reconociendo” las pequeñas maldades, cotidianamente propias, y la complicidad callada con las grandes iniquidades. Ahí está la clave: desenmascarar “las cosas que tiran de nosotros” –que nos ponen incondicionalmente a su servicio– para poder ser nosotros quienes tiremos de nosotros mismos. Ésa es la causa de la libertad de verdad; ése, el consecuente proyecto de una moral justa.
ResponderEliminarMuchas gracias, y un beso de tu “nanomaestro.”
¡Qué fotografía tan preciosa!
ResponderEliminarDicen que el Universo expande sus partículas y en ellas estamos nosotros,que luego se volverá a contraer para engullirnos,y seguramente sin que se haya perdido nada.
Y aquí estamos, pensado que nos "divertimos"...
Un beso sin remordimiento.
La foto, por supuesto, no es mía. Si te gustan imágenes como ésa (que, naturalmente, es una recreación artística), teclea “Apophis” en “Google imágenes” y encontrarás un montón. De allí saqué ésta de la entrada, cuyo origen ignoro porque ilustra diferentes noticias y blogs sin referencia explícita (al menos en los que yo rastreé). En todo caso, mi alusión al Apophis es meramente ornamental.
ResponderEliminarPor cierto, un posible Big-Crunch seguido de otro posible Big-Bang quedan demasiado lejos para preocupar a los cronistas apocalípticos y, cuando ocurran (si la materia oscura lo permite), lo que saliera del segundo estaría absolutamente desconectado de esto que nosotros llamamos Universo. Y si no fuera así, el mito de Sísifo sería la verbalización más brillante del ser.
Gracias por tu visita, y un beso, mayúscula VERIDIANA.
Fascinante ese mundo de imágenes.
ResponderEliminarGracias.
...entonce, Veridiana (has vuelto a las minúsculas), este vídeo te va a encantar:
ResponderEliminarhttp://www.youtube.com/watch?v=InPNk44v7uw&feature=fvst
Desde hace unos días escribo algo sobre esto. Tu punto de vista me ha parecido (como de costumbre) magistral, y me he topado con dos o tres cosas de Cioran que aderezan bien el cóctel.
ResponderEliminarY también te debo unas letras sobre nuestra vieja discusión sobre la verdad. A ver si en quince días...
Un abrazo
Lo dicho por Olga, poco más que añadir, salvo quizás que, para corregir el rumbo... rebeldía lúcida, leve sonrisa en el cadalso, pecho desnudo frente a la ventisca, salir de los parapetos, arrojar los escudos, mostrar el rostro... en las grandes cosas y en las más pequeñas, cada día.
ResponderEliminarUn abrazo
...Pues espero leerlo pronto, amigo mío.
ResponderEliminarRespecto a la "discusión", es cierto que nos quedamos como el "valeroso vizcaíno y el famoso Don Quijote" entre dos capítulos "con las espadas altas y desnudas". Pero no te preocupes: tiempo habrá de ajustar "verdades".
Un abrazo