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…no basta que una acción sea conforme y esté ajustada a la ley para que sea moral; no basta que una acción sea legal, para que sea moral.
M. García Morente, Lecciones preliminares de filosofía
Lo analizó perfectamente Kant –¡qué bien lo explica García Morente!–, una cosa es que nuestra acción se acomode al deber y otra muy distinta que lo que hacemos lo hagamos porque es nuestro deber. No es un juego de palabras. No es diletantismo filosófico. Es una definición de la distancia, la enorme distancia, que separa la mera legalidad de la moralidad convicta. Pensaba Kant que si cumplimos la norma para evitar la sanción o alcanzar el aplauso, nadie podrá objetarnos ilicitud ni incorrección en la conducta. Pero la moral es otra cosa; la moral nace de la convicción, no de la convención, amparo o consentimiento de las leyes. Coincida o no con éstas, nuestra acción debe regirse por sí misma, quererse a sí misma, aplaudirse a sí misma. Sólo eso, nada más –y nada menos– que eso, define la moral.
No pretendo comentar a Kant ni parafrasear a Morente; sólo buceo por algunas preguntas inquietantes. Para mí, por lo menos, lo son. Nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestros días… ¿son morales o simplemente legales? Lo que hacemos, consentimos o evitamos ¿es efecto de la ley, que nos premia o persigue, o es genuina corroboración de nuestro convencimiento? ¿Somos libres porque elegimos lo que creemos deber o nos creemos libres por elegir lo que las leyes, de unos o de otros, dicen que debemos?
La moral es cosa de uno. Por supuesto. Por eso estas preguntas sólo pueden hacerse mirándose fijamente a los ojos.
…Ante un espejo, claro está, que es donde el alma se taladra a sí misma.
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M. García Morente, Lecciones preliminares de filosofía
Lo analizó perfectamente Kant –¡qué bien lo explica García Morente!–, una cosa es que nuestra acción se acomode al deber y otra muy distinta que lo que hacemos lo hagamos porque es nuestro deber. No es un juego de palabras. No es diletantismo filosófico. Es una definición de la distancia, la enorme distancia, que separa la mera legalidad de la moralidad convicta. Pensaba Kant que si cumplimos la norma para evitar la sanción o alcanzar el aplauso, nadie podrá objetarnos ilicitud ni incorrección en la conducta. Pero la moral es otra cosa; la moral nace de la convicción, no de la convención, amparo o consentimiento de las leyes. Coincida o no con éstas, nuestra acción debe regirse por sí misma, quererse a sí misma, aplaudirse a sí misma. Sólo eso, nada más –y nada menos– que eso, define la moral.
No pretendo comentar a Kant ni parafrasear a Morente; sólo buceo por algunas preguntas inquietantes. Para mí, por lo menos, lo son. Nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestros días… ¿son morales o simplemente legales? Lo que hacemos, consentimos o evitamos ¿es efecto de la ley, que nos premia o persigue, o es genuina corroboración de nuestro convencimiento? ¿Somos libres porque elegimos lo que creemos deber o nos creemos libres por elegir lo que las leyes, de unos o de otros, dicen que debemos?
La moral es cosa de uno. Por supuesto. Por eso estas preguntas sólo pueden hacerse mirándose fijamente a los ojos.
…Ante un espejo, claro está, que es donde el alma se taladra a sí misma.
Tal vez la sociedad se ha mirado al espejo y ha concluido que si dejásemos los actos al albur de la convicción -teniendo en cuenta las convicciones de algunos- pronto se acabaría la especie propia y varias ajenas. Mejor actuar por convicción que simplemente por evitar un castigo pero ese castigo defiende derechos de terceros más dignos de protección. Es complicado.
ResponderEliminarCreo que en el fondo tienes razón, pero, mira, hoy te interpelo un poco;-)
Te mando igualmente un beso, a ver si no te me enfadas...
Rachels,descubrió que no hay nada tan peligroso que la moral.
ResponderEliminarUn beso,mejor mirandote a los ojos
¿Enfadarme, Olga?... Ni mucho menos. Yo creo en la discusión “a lo griego”; con expectativas de luz, quiero decir. Pero no creo que la sociedad se mire a ningún espejo; menos aún que el castigo a que me refiero se asuma para defender “derechos de terceros.” El tipo de sanción de que hablo puede ser el simple vacío “socializado” frente a la postura personal. Además, tampoco me refiero a la ley, sino a la ética, que son dos polos de innumerables enfrentamientos históricos. Antígona, sin ir más lejos, contraviene la ley de Creonte por un imperativo moral: enterrar a su hermano.
ResponderEliminarUn beso. Y gracias, naturalmente, por tu enriquecedora perspectiva.
Eso, Veridiana, no es un “descubrimiento”; todo lo más, un personal punto de vista tan discutible como cualquier otro al respecto; incluido el mío, naturalmente.
ResponderEliminarNo sé mucho de James Rachels y por lo tanto ignoro dónde se habrá atrevido a presentarse como tal “descubridor”. Y digo “atrevido” porque Hobbes ya dijo eso sobre la moral. Y, antes que él, cosas muy parecidas los remotos sofistas. Lo inquietante de la afirmación son los “compañeros de viaje”: unos eran mercaderes de palabras con ambiciones políticas y el otro, un apoderado teórico del absolutismo, que es algo así como la consagración de una vieja ley animal: el dominio del más fuerte…
Aunque sé que tú no te refieres a eso.
Un beso con igual y decidida mirada.
Claro, una vez asumido que alguna "legalidad" más o menos consensuada debe haber, está el abuso que esa supuesta "legalidad" (muchas veces impuesta a golpe de poder de muy distintos tipos: tiranía sin disfrazar o disfrazada, mediatización sistemática de una opinión, etc) puede ejercer sobre el individuo y sobre el grupo. Y, ante eso, cualquier respuesta tiene algo de heroicidad clásica y, seguramente, se paga siempre caro. Sólo el pensarlo tiene algo de destierro interior. Queda el consuelo de que, si alguien está dispuesto a aceptar las consecuencias, siempre se puede actuar como se debe. Algunos lo hacen de vez en cuando. Son un capítulo de la esperanza. Pero no parece que esté el horno para bollos...
ResponderEliminarNaturalmente estoy de acuerdo, Olga; aunque, repito, esa postura de actuar “de acuerdo con” o “por” deber no se refiere estrictamente a la ley positiva –que también–, sino a la ley moral, al prospecto de usos y costumbres que practicamos cada día en nuestra reducida circunstancia. Es decir, a la valentía de ser quienes queremos –o sabemos– ser
ResponderEliminarGracias otra vez y perdona el retraso: llevo dos días de “evaluaciones” con jornadas laborales de doce horas.
Un beso.