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Ni la verdad ni la esperanza ni la justicia consisten en “gestos” o “frases”. Éstas, las sentencias sorprendentes –a que tan adicta fue mi generación–, son la consecuencia de una entrenada cultura, de un ser humano troquelado por los mensajes breves y acostumbrado a reaccionar ante los relámpagos, más o menos impactantes, de un anuncio. Porque si el pensamiento es más largo que un destello, ya no se soporta; sólo aburre y, por consecuencia, se ignora. La cultura que nos queda está hecha de flashes, configurada por unas lucecitas que destacan ocurrencias puntuales mientras dejan en sombras la causa real y ciegan la posibilidad de pensar su “y-luego-qué”...
Guste o disguste, nuestro tiempo es de titulares y efectos especiales; un tiempo leído en pancartas más que en libros, súbdito de la publicidad y el marketing, siervo no consciente de serlo, que es la más triste de las servidumbres humanas. La promisión de la justicia futura recurre a los mismos mecanismos que la comercial promoción de cualquier gilipollez innecesaria. Occidente está agotado si no tiene un proyecto. Y Occidente, se mire desde sus rascacielos o desde sus plazas, ya no sabe tenerlo.
Así que, guste o disguste, la esperanza se vende en las calles con la misma estrategia que un automóvil o un desodorante. Aunque, si no funciona, si se trata de un producto adulterado, carece de garantía: nunca nos devolverán el tiempo y la vida que invertimos en soñarla.
Son cosas que descubren, más temprano o más tarde, los consumidores habituales de esas lacónicas promesas.
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Guste o disguste, nuestro tiempo es de titulares y efectos especiales; un tiempo leído en pancartas más que en libros, súbdito de la publicidad y el marketing, siervo no consciente de serlo, que es la más triste de las servidumbres humanas. La promisión de la justicia futura recurre a los mismos mecanismos que la comercial promoción de cualquier gilipollez innecesaria. Occidente está agotado si no tiene un proyecto. Y Occidente, se mire desde sus rascacielos o desde sus plazas, ya no sabe tenerlo.
Así que, guste o disguste, la esperanza se vende en las calles con la misma estrategia que un automóvil o un desodorante. Aunque, si no funciona, si se trata de un producto adulterado, carece de garantía: nunca nos devolverán el tiempo y la vida que invertimos en soñarla.
Son cosas que descubren, más temprano o más tarde, los consumidores habituales de esas lacónicas promesas.
"Nunca nos devolverán el tiempo y la vida que invertimos en soñarla".
ResponderEliminarEs verdad. La digna tarea de soñar, tarea propia de dioses y de hombres, debe estar sustentada por algo más que un pensamiento breve. Un eslogan es una estrella fugaz. Demasiada fugacidad de pensamiento.
Pero cómo duele admitirlo...
Un beso.
Muchas gracias, Olga, por acompañarme siempre; incluso cuando mis “ladridos” se empeñan en la impopularidad.
ResponderEliminarUn beso.
La cultura, Antonio, hace mucho, mucho tiempo que ha dejado de ser un valor y "ellos", los valores que teníamos de jóvenes los hemos destruído al llegar a adultos. No hemos sabido o podido conservarlos en medio de tanto tecnicismo; no solo los hemos detruído sino también hemos destruído la posibilidad de crear una esperanza que alimente el desarrollo de un pensamiento que sea más largo que un "destello".
ResponderEliminarMe incluyo porque me "guste o disguste" formo parte de esta era.
Un beso responsable.
Doña Anónima
Aunque se dice que en esta sociedad la gente llega a representar su alma en mensajes de Twitter,o que los hombres que tenemos delante,son simples datos estadísticos,yo creo,que nuestra mente no ha cambiado tanto,y los mensajes actuales,son captados de la misma manera y surten el mismo efecto que en la Edad Media,cuando los pregoneros, anunciaban las noticias y acontecimientos.
ResponderEliminarEso sí,ahora todo es más rápido.
Un beso por sms.
Los “valores”, mi querida Doña Anónima, no podemos “destruirlos”, como no podemos convertir en falso algo que es verdadero. Podemos mentir, ocultar, ningunear y hasta prohibir la verdad, pero no podemos convertirla en su contrario. Con los valores, por olvidos y desprecios a que los condene el hoy triunfante relativismo, ocurre lo mismo: ellos siguen siendo en su “objetiva” pureza, que diría Max Scheler. Y como siguen siendo y estando donde siempre estuvieron y fueron, no hay que lamentarse de ninguna destrucción; pero hay que preocuparse, y mucho, por la obstinada voluntad del hombre en menospreciarlos, tanto y con tan cerril insistencia. Y ya que lo he citado, no deja de ser curioso el ostracismo actual a que parece condenado Max Scheler.
ResponderEliminarNo me vale, mi querida Doña Anónima, esa resignación final, de la que disiento, claro está: no “se forma parte” de una era, “se vive” en ella. La “era”, como los sueños (los de la esperanza, quiero decir) los elige uno. Es lo que hizo Don Quijote sin ir más lejos.
Muchas gracias por tu siempre interesante compañía.
Besos.
Cada día que pasa me sorprenden más los dioses… ¡Una divina hechicera besando “por sms”! No os imaginaba yo paseando por las playas de Eea con un BlackBerry entre las manos… ¿No se habrá prejubilado Hermes, verdad? Siempre fue un poco sinvergüenza, pero esto sería una indecencia excesiva: no están las arcas del Olimpo para pagar una pensión tan millonaria como la suya y encima tener que ponerle un sustituto. Un inútil, probablemente, si es por culpa suya por lo que las diosas ahora nos habláis (o besáis) a los mortales “por sms”.
ResponderEliminarRespecto a lo otro, la “brevedad” a que yo intentaba referirme no era culpa de las nuevas tecnologías, sino dejadez (o cobardía) de unos hombres y una cultura que parecen no atreverse a ser con mayúsculas, que se niegan y contradicen, que hacen lo mismo que critican, que se venden a precio de saldo (en tres o cuatro palabras)…
En fin… todo eso que duele por ser verdades en tiempo de rebajas.
Un beso por pm (“paloma mensajera”, naturalmente).
Pues mira me alegro de saber que siguen estando donde "estaban y donde fueron", porque yo te juro que creí que habían desaparecido de la faz de la tierra.
ResponderEliminarEn cuanto a la "era" Antonio, elegiré entonces esta misma y como Don Quijote me iré a luchar con molinos de viento y de paso a buscar " los valores" que me alegro de saber que siguen estando donde estaban y a ver si encuentro un alma pura que me diga cual es ese lugar.
Un beso, pues , de esperanza
Doña Anónima
No es necesario buscar “almas puras”, Doña Anónima. Sócrates nos dio algunas pistas con aquella délfica apropiación del “conócete a ti mismo”. San Agustín fue algo más explícito: “no busques fuera. Vuelve hacia ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad”.
ResponderEliminarPor lo general nos empeñamos en buscar o deducir los valores de lo que nos rodea. A lo mejor, vete tú a saber, estamos perdiendo el tiempo y resulta que los llevamos en nosotros desde siempre.
Besos de vieja filosofía.
jaja...Hay que reaccionar y participar,es el privilegio por tener acceso a lo terrenal.
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