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Cuando yo era niño, es decir, cuando el tiempo no existía, se ponían muchas películas de submarinos. Había en ellas, naturalmente, buenos y malos; sin paliativos, porque mi Era es anterior a la Corrección Política: a. C.P. (un “aséptico” indicativo cronológico, por cierto, que desde aquí propongo a la “delicada” estupidez de los muchos “puros” que en Occidente habitan; la BBC, por ejemplo). Según cayeran unos u otros por encima o debajo de la superficie del mar, yo sufría más o menos. Pero siempre se repetía una escena “clásica”: el destructor descubría al submarino y empezaba a hacerle la vida imposible. Entonces, el submarino se iba al fondo. Y se detenía. Y se quedaba en vilo, a enorme profundidad, con su inmóvil tripulación sudorosa, escuchando el bip-bip creciente del sónar y temiendo la ocurrencia de lo peor bajo las cargas de profundidad de los buenos –o malos, según correspondiera–. Si las cosas iban bien, el bip-bip se diluía lentamente y acababa perdiéndose en un raro silencio. Entonces el capitán, que era la metáfora etérea de la virtud –o de la perversidad, según tocara–, pulsaba el interruptor de su micrófono y ordenaba con triunfante sonrisa: ¡A toda máquina!
Esta película la he vivido mil veces en días de melancolía y desaliento, que es cuando el alma se va al fondo. En ese fondo he detenido los motores mientras respiraba el poco oxígeno que los destructores me consentían. En ese fondo he aguardado el paso de los acorazados y los despropósitos… Pero ahora, que es tan tarde, el capitán se ha hecho viejo y el submarino herrumbroso…
Y no hay tripulación a que ordenarle nada, absolutamente nada, con una sonrisa triunfante.
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Esta película la he vivido mil veces en días de melancolía y desaliento, que es cuando el alma se va al fondo. En ese fondo he detenido los motores mientras respiraba el poco oxígeno que los destructores me consentían. En ese fondo he aguardado el paso de los acorazados y los despropósitos… Pero ahora, que es tan tarde, el capitán se ha hecho viejo y el submarino herrumbroso…
Y no hay tripulación a que ordenarle nada, absolutamente nada, con una sonrisa triunfante.
Es ley de vida, Antonio, pero la vejez implica sabiduría y... el viejo capitan sabe ahora de corrientes marinas, de tormentas en alta mar, de ciclones y galernas y a pesar de todo... ha sabido llegar a buen puerto y burlar al terrible destructor. Tiene que sentirse orgulloso y sonreir triunfante en su viejo y herrumbroso submarino.
ResponderEliminarUn beso con olor a mar
Doña anónima
Yo, por si acaso, a sus órdenes permanezco.
ResponderEliminarUn abrazo muy, muy fuerte.
El estruendo del mundo, sin duda, se asemeja demasiado al estrépito metálico, inerte e inexorable de las cargas de profundidad.
ResponderEliminarMe pregunto cómo será la vida a piel de mar.
Saludos,
Hernán
Esos relatos maravillosos de esas películas antiguas,nos adentran en unos mundos tormentosos,mágicos, y a veces llena de pesadumbre.
ResponderEliminarNos engañamos si consideramos que esos héroes románticos se introducen en nuestro subconciente humano.
Un beso de cineasta.
Gracias, Doña Anónima. Pensaré en lo que dices. Y oleré el mar… “Manriqueñamente” al menos.
ResponderEliminarBesos.
Una tripulación como tú, querido Samsa, no necesita "órdenes" de ningún capitán. Pero se agradece muchísimo la generosa voluntad de su obediencia: precisamente porque no necesita obedecer nada.
ResponderEliminarUn abrazo.
Yo también me hago esa pregunta, mi admirado Hernán. Y siempre me acuerdo –¡cómo no!– de Platón, de su caverna, del esclavo fugitivo, del enorme resplandor de la superficie…
ResponderEliminarEncantado con su visita.
Un saludo.
No creo, mi temida Circe, que nos engañemos con o por los héroes introducidos en el subcosciente. Lo que yo creo es que los hemos desterrado del consciente inmediato, Y esto es malo porque nos incapacita para pensar la grandeza. Si los héroes anduvieran por el subconsciente, por lo menos soñaríamos con ellos… Lo que no es, exactamente, engañarse.
ResponderEliminarPues yo me uno a la tropa con Francisco (y eso que obedecer aún me causa muchos problemas, pero oye, me apunto porque así estaré del lado de los buenos;-) Si desde el fondo alguna vez gritases ¡a toda máquina!, yo estaría allí.
ResponderEliminarUn beso.
A este paso, Olga, voy a tener que fletar un submarino de verdad para justificar el lujo de vuestra tripulación. Con vosotros será facilísimo recorrer mucho más de “veinte mil leguas…”
ResponderEliminarUn beso y prepárate. Entraré por el Ebro.