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La tristeza avergonzada

 


De las muchas tristezas que hasta ahora han traído estos pandémicos meses, no es la menor para mí la invocación a los “chamanes de la tribu” (léase influencer) con que se pretende concienciar a los más jóvenes ante su presunta indiferencia por nuestros presentes males. Lo he visto y oído hacerse y decirse, con total impunidad y sin ningún pudor, a altos cargos, a medianos cargos, a portavoces de unos y otros, a colaboradores psicologizados y psicólogos “colaborizados”, a presentadores de telediarios, etc., etc. Todos remitiéndose a los datos sobre el significativo descenso en la edad promedio de los contagios. Treinta y ocho años son las últimas cifras al respecto, y se arguye que seguirán bajando. La avergonzada tristeza surge porque la hipótesis que ampara el recurso a esas personas, de tan granada influencia, es que a los más jóvenes no les ha llegado el mensaje con claridad ni han entendido el drama terrible de las cuarenta mil muertes habidas entre la soledad más cruel y la más angustiosa de las asfixias. El cuantitativo adverbial unido a la juventud no es, sin embargo, en ningún caso explicado. ¿Quiénes son “los más  jóvenes”? ¿Se refieren a los de treinta, veinte, quince años? ¿O consideran que todos por igual gozan de las mismas entendederas y de ahí que se invoque a quienes se invoca para que les pongan ejemplos sencillitos y les hablen en “su lenguaje”?

Me parece terrible; la hipótesis de partida y la solución propuesta. Si es cierto que la juventud no ha entendido lo que está pasando, mi avergonzada tristeza se incrementa por lo poco que leen y la nada que comprenden. Si es cierto que la juventud, después de tres meses de país encerrado, no se ha enterado de la tragedia que está ocurriendo, mi avergonzada tristeza aumenta mucho más, porque ni siquiera la vida que han vivido les hizo reflexionar. Y si es cierto que la juventud ni lee ni comprende ni reflexiona, mi avergonzada tristeza se convierte en un desolado terror, porque ya no queda nada; sólo un magma uniformado, con pensamientos de 280 caracteres (como mucho) y una inquietante vocación... de geranio.

Exculpar las conductas indebidas escudándose en la beatitud laica del buenismo y recurrir a que “no se ha entendido a fondo el problema”, en los tiempos que corren, con los medios con que se cuenta y la información de que se dispone es, sencillamente, llamar idiota al pueblo o parte de pueblo a que te refieras. Tal parece que existe verdadero pánico por nombrar a las cosas como corresponde. No hay que proteger la libertad de nadie con la presunta estupidez de todos,  porque los botellones masivos y demás demenciales festejos no han concentrado a tontos inocentes, sino a gente adulta (desde los dieciocho, por lo menos, políticamente lo son) que estaba haciendo lo que quería hacer, lo cual era una barbaridad despreciable y punible. Hay que entrenar en el reconocimiento de la culpa, no en su constante ocultación. Y, sobre todo, no hay que decir “los más jóvenes”, sino “los que hacen esto o lo otro”; es decir, hay que tratar dignamente al único animal libre que conocemos y no escamotearle las consecuencias de los actos de su voluntad. Pero claro, para practicar ese tratamiento se necesita una sociedad con más arrojo y más respeto hacia sí misma que ésta que estamos forjando, que este tenebroso proyecto capaz de tratar la irresponsabilidad y la culpa con chamánicos cursillos de recuperación y el pensamiento con latigazos de pocas palabras, escasas ideas y el mismo vulgar horizonte.


Comentarios

  1. Avergonzada es mi tristeza al pensar lo mucho que hemos fallado a tantos jóvenes que se han convertido en seres egoístas e irresponsables. Aquí no hay que endulzar nada, la verdad es la que es. Lo hacen porque quieren y conscientes de lo que hacen, que no es más que burlar las normas establecidas.
    Está claro que nuestro hacer como adultos en esta sociedad que construimos entre todos es un auténtico fracaso.
    Siento vergüenza y una gran tristeza como tú.

    Un beso

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  2. Ciertamente. Pero es que el proyecto de esta sociedad, a que al final me refiero, no es ya que esté condenado al fracaso, es que es el camino de su autodestrucción.

    Gracias por tu visita.

    Un beso

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  3. Claro que no está condenada al fracaso. Ya ha fracasado estrepitosamente y el camino que le queda, efectivamente, es la destrucción.
    Cada vez es mayor la tristeza.
    Un beso

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  4. En realidad, siempre ha sido así. Después aparecen otros.

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