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Entradas

La melancolía del alma de Fausto

Como si hubiera dejado de quererse, hoy tiene el alma antojos de melancolía, como si se desentendiera de sí misma y no diera pie con bola en los relojes… ¡Como si nunca fuera ya lo único que importa! ¿Adónde vas extraña y decadente por ciudades de ojos sin mirada, a qué jardín de rosas para nadie? El hombre es el único animal que tropieza mil veces en el hombre. El hombre es el obstáculo del hombre, la piedra innumerable, la zanja de sí mismo. Llora el viento de frío y tiritan de abandono los brotes nuevos de los viejos árboles. Y tú, mi enajenada tú, confusa y enigmática, arrojas a los charcos tu vocación de ángel. Porque eres del hombre… A mí me perteneces y caes donde yo caigo; te hundes y te asfixias, anaeróbica hazaña de mis sueños. La noche iguala el infinito con el cero y Dios juega a los dados a pesar del sabio. Somos sólo el capricho de un misterio, la baza breve de un azar inexplicable. No dejes de que...

Decir adiós a Alejandría

Como dispuesto desde hace mucho tiempo, como un valiente, di adiós a Alejandría que se aleja. Y sobre todo no te engañes, no digas que fue un sueño, que se engañó tu oído; no aceptes tan vanas esperanzas. K. Kavafis, El dios abandona a Antonio No es fácil decir adiós a Alejandría. Hay que entrenarse, prepararse intensamente. Mientras la vida se parece a la vida y sólo cree en sí misma, no hay que gastar toda la energía en vivir simplemente: hay que reservar frecuentes intervalos para pensar que uno quiere vivir lo que está viviendo. Porque después, después del verdadero después , llega la debilidad, el engaño pusilánime de que nunca fue real lo que en realidad fuimos , lo que quisimos ser ; de que todo fue un sueño y nosotros una mentira. Ésta es la gimnasia del cobarde, la miserable práctica del que no se atreve a sí mismo. La vida del hombre es creación y debe ser convicción, entrega convencida al acto de crearse. Lo contrario, co...

La tristeza elegante

En Coslada, Madrid, de nuevo (...y viejo) acostumbrado a destrenzar la vida lentamente, a la ausencia prometida, a la imagen maltrecha en el espejo. En Coslada… Y abril sin un vencejo que llevarme a los ojos. Maltraída anda la primavera, confundida entre tildes de invierno circunflejo. Alrededor el mundo (esa rareza ruidosa y cotidiana) ocurre y pasa sin noticia de luz merecedora. De punta en blanco vuelve la tristeza desde el futuro sin futuro a casa. En Coslada… De nuevo aquí y ahora. 7 abril 2013

El pistolero y el desierto

Amo la soledad de los revólveres, sus redondos abdómenes hexástilos, su inquietante advertencia, su amenaza; amo el ojo avisado de la muerte y el ácido perfume de la pólvora en las seis rosas negras de su alma. Debo cruzar el último desierto sin norte ya, ni rumbo ni tarea. Hacia viejos poblados que no existen debo seguir queriendo seguir vivo. Y cabalgar a lomos del silencio. Y cabalgar y cabalgar… por nada. La cobriza tangencia del crepúsculo pone triste la sien de mi caballo. Oigo el silbo de Dios en la llanura… En la llanura inmensa, ilimitada. El desierto es el tacto del olvido, la caricia del vértigo, la fibra terminal de la tierra donde ahora el rostro reconozco de la muerte, donde sólo es verdad esta brillante soledad de un revólver en mis manos. Marzo 2013

Historia de un soldado

Érase una vez un soldado que defendía una plaza rodeada por un desierto. Desde nunca hasta jamás fue cruzado tal desierto por ejército adversario que mereciera la pena de su vana ocupación –ni tampoco aliado, capaz de entretener tan aburrida centinela–. Y aquel turbio soldado, que contaba las horas en clepsidras de tedio, se murió sin hazaña ni nadie con quien cruzar espada o firmar armisticio. Y érase otra vez –o tal vez la misma vez– un soldado defensor de una plaza harto distinta; una plaza en el centro de un rabioso conflicto; una plaza rodeada de ejércitos inconmensurables y enemigos. Tantos eran los frentes que el soldado no sabía por cuál de ellos empezar. Y embotado, confuso e indeciso murió de una granada que silbaba en el cielo camino de otra parte. Lo peor de esta historia es el triste renglón que ocupa el hombre… Ese gris centinela que vigila la nada… Ese ambiguo soldado humillado ante el todo. 4 marzo 2013

Desconcertada especie

Pensar es fácil. Cosa nuestra, vamos. Nacimos para eso. Pero engañar es más fácil todavía, aunque para eso no naciéramos. Parece, sin embargo, que el hombre camina últimamente más por lo segundo que por lo primero. Por el engaño, quiero decir. La culpa es de Mr. Hyde, de la contumacia de Mr. Hyde y de la dejadez de Jekyll. O de los caballos de Platón y de la pusilanimidad de su auriga. Y así no vamos a ninguna parte. Faltan cabezas al hombre y le sobran miembros; piensa con los cascos de sus bestias y cree en su galope con la fe del carbonero. Tal vez estoy viejo (lo soy, sin duda, pero estarlo es cosa más grave), lo cierto es que si levanto los ojos y miro el tiempo que no me queda, no veo luz en el horizonte. Peor aún, no veo horizonte. Claro está que lo que yo vea o deje de ver importa un bledo al resto de las miradas. Pero yo no hablo del ‘resto’ ni pienso –ni jamás lo hice– por el ‘resto’. A lo peor es eso; a lo peor soy náufrago del solipsismo y me falta entrenamiento ...

De solares, moscas y mierdas

A veces uno siente la apetencia de escribir raro. No por nada en particular, sino... en realidad, por todo. Decir para no decir; y vomitar de paso la mala bilis que soporta el alma por la digestión del mundo. Algunas, víctimas de precocidad literaria, lo hacen demasiado pronto. Otras, como la mía sin ir más lejos, demasiado tarde. En ambos casos el resultado es el mismo: la nada exquisita del silencio. Porque hablar de la verdad, de la justicia, de la honradez, no es sino visitar un estercolero; un solar al aire libre donde cualquier mierda se siente importante. Pero ¿cómo se le dice a una mierda que tiene equivocado el sentimiento?; ¿que no es ni más ni menos que el nombre en que se ocupa, o el olor que despide –esa sombra que deja en el olfato su triste desecho–…? Las mierdas tienen una extraña inclinación a valorarse en función del número de moscas por que son elegidas. Craso error. La mosca, como todos sabemos, es caprichosa y de impredecible vuelo: viene y va por el aire sin...

El relevo

Era otra ciudad. Era otro invierno. Otra página abierta de otro libro. Otro poema escrito para nadie. Era otro mundo. Al día le quedaban hora y ganas de perderse por nada: una aventura sin hazaña ni gloria por ejemplo. La esperanza era gratis por entonces; la soledad, amable; atemporal, el tiempo. Era otra ciudad con otras calles y otros parques de otros besos prohibidos por entonces, cuando ‘siempre’ tenía un no sé qué de inactual ‘ahora’ –porque siempre era siempre de verdad y nunca el nunca que jamás sería–. Los nuevos calendarios tienen meses ajenos, fríos que son los fríos de inviernos diferentes, días que inventan besos en ciudades extrañas… Es hora de ceder las horas a otras horas que marcan los relojes de otras almas. 9 enero 2013

El deseo intemporal

No es la primera vez que me plagio. Ésta procede del 2007; para ser exacto, de un veintiuno de diciembre de aquel oscuro “Al atardecer”. Podría haber puesto el ‘link’ simplemente, pero me pareció un gesto inelegante, amén de una abusiva proclamación de mi pereza. En cualquier caso, sigo pensando que define mi mejor deseo para todos los hombres. No es de hoy ni de mañana (ni de ayer pese a su anécdota)… Es de siempre: Os deseo voluntad. Os deseo la voluntad de amar (ya lo dije en otra parte: nihil amatum quin praevolitum ). Os deseo la voluntad de crecer en corazón, de levantarlo, como a su roca Sísifo, no por condena, sino por decisión; aunque luego caiga otra vez al valle; aunque deba después reiniciarse la gravosa tarea. Os deseo la voluntad de creer, de discutir el empeño zafio de los hechos cuando los hechos se afanan en ser crueldad, o injusticia, o simplemente tristeza. Os deseo la voluntad de no desfallecer, de no ceder si las cosas os ponen la zancad...

Palabras para que no reviente el alma

No fue un sueño, sino un fraude; una mentira que se embozó de un sueño. Poblar los días de sueños es embellecer la soledad del justo; arañarlos con mentiras es abrir heridas a la esperanza y llagas a la desolación. Porque de los sueños se despierta, pero de las mentiras se muere. Los primeros conocen sus fronteras y se saben irreales. Las mentiras, sin embargo, esconden sus lindes para enajenar la realidad. La ficción es pragmática: obtiene la eficacia a costa de actos indecibles. La ensoñación, en cambio, no invade la verdad, sólo consuela al alma y espera lo impensable Por eso los mundos del hombre no estallan por culpa de sus sueños, sino a causa de sus ficciones. De éstas es el fin de la paciencia, la ira de la espada, la rabia incontenible de la desesperación. Poned un sueño en el norte sabiendo que nunca lo alcanzaréis y enterrad las brújulas de los almirantes espurios: conquistar el paraíso que señalan las cartas de éstos no es más que desembarcar en un...

La soledad real

La soledad real es la soledad de una ciudad que no existe porque ya no le quedan verdades que paseen por ella; una ciudad con unos pocos barrios, ocupados tan solo por razones contrabandistas. La soledad real –no la individual de pequeñas melancolías, sino la enorme soledad sentida como especie– es un recado amargo que nos llega de la historia sin hoy y sin futuro; la historia en cuyas calles se embarran los zapatos y ensucian los horizontes, o se miran escaparates y compran ideas de segunda mano en las rebajas de sus repetidos fracasos. La soledad real es el nudo en la garganta que se siente al hablar con el silencio tras comprender que es el único interlocutor posible. Porque lo demás es nadie; o nada: un sórdido mercadillo de traficantes y embaucadores. Unos con tenderete y licencia, otros con acera y calle; aquéllos, con el futuro de oferta en sus mostradores; éstos, con la libertad ‘ripeada’ y a precio de saldo… Y los de aquí y los de allá, sorteando entre su clie...

Comprender todas las almas

Hay muchos rincones de uno que no saben pensarse a sí mismos. O no pueden… O no quieren. Me desconcierta su rigor empecinado prohibiendo la entrada a la ordenada corte de las ideas. Me desconcierta –a veces me duele– suponer que no sabré llegar jamás adonde soy verdad y esperanza al cabo. Algunos dicen que el arte puede hallar interesantes pasadizos con que burlar la atenta vigilancia de tan celosas aduanas. Otros están convencidos de que con el psicoanálisis los viajes hacia uno no son más que excursiones en diván de clase turística. Los hay que incluso niegan que esto tenga sentido. Pero en Delfos se escribió la advertencia, y en la soledad de la noche resuena el aforismo socrático: conócete a ti mismo . Saber que no sabemos entristece; saber que no nos sabemos aterra (debería al menos). Y no es por narcisismo, vanidad o cosa que se le parezca; es porque en esos rincones, que no saben pensarse, se guarda el código real de lo que somos, la matemática singularidad de nuestr...

El amor paciente

Dice Hegel que la Filosofía llega siempre tarde, que la lechuza de Minerva empieza a volar cuando declina el día. Al amor le ocurre algo parecido, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. El amor también se descubre tarde. Mejor dicho, se reconoce “después”. Del amor se percata uno cuando ha pasado el barullo de los deseos, que andan siempre desazonados de un lado para otro tropezándose con las cosas. Del amor nos enteramos por la complicidad del tiempo. Del deseo y del apetito, no. Éstos son primitivos e inmediatos: se pretenden en cuanto los sentimos, se persiguen en cuanto nos ocurren. Una tarea de la vida, a la que no se presta atención excesiva, consiste precisamente en eso: convertir el instinto en su demora, convencer al deseo en el amor, transformar la animalidad en humanidad o, como diría Ortega, la biología en biografía… Ojalá hayamos sabido cumplir esa tarea. Ojalá que el último recuerdo que nos deje la vida sea el del amor paciente que nos sostuvo en ella. ...

Ser Cyrano

- CYRANO (A LEBRET) ¿Qué tienes que decirme? Te escucho. (Se sienta ante el mostrador y coloca encima, por el orden indicado, el pastelillo de almendras, el vaso de agua y el grano de uva.) ¡Cena, bebida y postre! Ahora: ¡a comer! ¡Ah! ¡Tenía un hambre espantosa!... (Comiendo.)                E. Rostand. Cyrano de Bergerac Pasear la ficción por la mirada, soldado sin edad, frente al espejo feo, cortés, desencantado, viejo, de verso triste, de gallarda espada. Acabar una estrofa en estocada; batir, parar, herir de un ovillejo; desarmar a un idiota, a un perplejo petimetre al fintar una balada. Cenar un pastelillo solamente; de postre, un grano de uva… Ser Cyrano en verbo de Rostand. Ser personaje con ayer y sin luego en un presente de mentira y cartón, sofista y vano… ¡Ser ceniza de un sueño en el paisaje!   23 noviembre 2011

La borrasca airada

  Esta mañana olían las calles a cielo gris y roto sobre la tierra. Llovía sin la mansedumbre melancólica con que solemos pensar la lluvia; llovía con rabia, como si el amanecer fuera un quijote enloquecido prodigando cuchilladas a los pellejos tintos del día encapotado. No sé qué pasa con el tiempo que últimamente anda tan irascible, tan dispuesto a enfadarse con el mundo y comportarse tan groseramente. Si hace calor, incendia y arrasa; si llueve, arrasa y desborda; si es primavera, cierra pulmones y reparte asmas; si invierno, estrena virus letales de enfermedades viejas… No sé qué pasa con el tiempo. Tampoco con el hombre ni con el mundo, este mundo y este hombre tan extraños. Después de diez mil siglos paseando una exótica verticalidad sobre el planeta, la única constante que uno advierte en él es la nostalgia de sus cuatro patas. Exagero, probablemente exagero; sin duda, porque ‘no sé’, porque soy un ignorante incapaz de advertir norte y sentido a su volun...

La metáfora amable

El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los h...

A/A Caballero inactual

Me gustaría volver a hablar contigo. Aunque, más que una apetencia, es una necesidad; ya sabes, cuando el mundo elige ‘colores’ raros, echo muchísimo de menos tus pinceles sin hoy. Es un mecanismo de defensa, una comezón por redescubrir claridades al margen del tiempo. Tú eres un especialista en los matices acrónicos de la esperanza, ésos que a veces pintan paisajes que no hallarán jamás escena en nuestros ojos; paisajes que, sin embargo, inventan la ilusión suficiente para empujar hacia delante la vida que nos queda. Después de todo, vivir es dibujar un futuro que jamás ocurre, un después en el que pasan otras cosas que no tienen que ver con las que esperábamos. Pero no importa: si el alma se ejercita en presumir la maravilla, el hombre se fortalece para afrontar su imposibilidad; siempre será capaz de reconstruir aquélla. Por eso me gustaría hablar contigo, para escuchar noticias ajenas a los hechos, crónicas de alguna hazaña sin aquí y sin ahora. Porque ahora y aquí no...

El verbo defectivo

Cuando partió, yo tenía veintisiete años. Hace unos días leí que ya estaba a dieciocho mil millones de kilómetros; lo que en la noche es parva distancia: aproximadamente, diecisiete horas de viaje en un tren de Einstein . Un paseíto por la infinitud al fin y al cabo. Claro que a él le ha costado algo más: treinta y cinco años para ser exacto; después de todo, un parpadeo de la eternidad Cuando partió, nadie tenía Internet en casa ni móvil en el bolsillo, hacíamos fotos con sofisticadas cámaras oscuras y grabábamos canciones en cintas magnetofónicas. Los códigos y las gentes estábamos hechos de otra materia, menos sutil, aunque sin duda igual de ineficaz… Hace unos días leí que abandonaba el Sistema Solar con el racimo de palabras y demás señales que el hombre empaquetó en la técnica rudimentaria de su vieja arquitectura. Curioso proceder éste: arrojar signos amables y buscar anónimos interlocutores que, tal vez, no se encuentren nunca. Curioso y desolador, porque, en ...

...En tanto olvido

En Coslada, Madrid. He vuelto a casa. El alma está en su sitio. No he tenido tiempo de hablar con ella aún. Le pido un poco de paciencia. Torpe pasa la tarde calurosa, y se acompasa el corazón, el mundo, su latido, el ruido de vivir, ese rugido, ese tictac brutal que me traspasa. Deshago lentamente el equipaje: la bolsa vieja, la maleta ajada, las horas bien dobladas que he vestido; y el billete del último vïaje; y el destrozo del hombre en la mirada… En Coslada; en el mundo… En tanto olvido. mayo 2012

Dialéctica

La tesis es el entusiasmo, la afirmación gozosa del proyecto, de la luz. La antítesis, el desencanto –su remordimiento estético– cuando los soles de ayer, o de antes, o de hace un momento, descubren que no sirven para todas las oscuridades; tal vez, para ninguna oscuridad. Y la síntesis… Bueno, la síntesis es una chapuza, un combinado de negaciones, una macedonia de contraluces. Por eso la afirmación, que es nacer, halla su negación en el paulatino desnacerse de la vida. Luego está la negación de la negación, la superación final de aquélla en su plenitud de esencia, en su ser acabado, irreversible, ya completo… Y entonces sólo somos el asunto de una barcaza que cruza una laguna oscura. La tesis es nacer. La antítesis, el obligado desvanecerse que es vivir… La síntesis, una barca que aguarda en un desolador embarcadero.