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Jardineros, mirlos y lombrices

...los pueblos degeneran por defectos íntimos .  J. Ortega y Gasset,   España invertebrada Al sistema nervioso le ha costado muchísimo tiempo llegar a la complicada arquitectura del hombre. Su larga biografía está jalonada de tanteos rudimentarios; simples ensayos que, amontonando azarosas estructuras, se han apañado más o menos con los engorros de la supervivencia. Las lombrices, por ejemplo, rastreros y eficaces ventiladores del suelo, se manejan con bastante soltura. En su caso, en lugar de cerebro tienen un par de ganglios gordos y otro montón de ganglios –menos gordos– escalonados, gracias a los cuales al organismo no le va mal del todo. Claro que, a veces, la bota distraída de un jardinero o la depredadora ansiedad de cualquier mirlo dan fácilmente al traste con el futuro de tan precaria arquitectura nerviosa. Pero, mientras tanto, la lombriz puede felizmente seguir comiendo y cagando tierra, que es la tarea que por naturaleza tiene encomendada. ...

El paleolítico de la noche o Preguntas mientras duerme el alma

¿Será que el universo, nuestro cosmos , aún no ha aprendido a cultivarse, aún deambula sobre la desolación del caos ? ¿Será que el ser todavía es el paisaje de un paleolítico grandioso que ignora la agricultura de sus astros, que sólo los persigue y caza, y los engulle y continúa errante buscando nuevas presas que le permitan sobrevivir? ¿Será que el neolítico de la noche, el asentamiento y la ciudad del cielo aún no han ocurrido? ¿Que la parte –nosotros– tenía la tarea inmensa de aleccionar al todo, de enseñarle cómo la prehistoria se hacía historia; cómo la horda, grupo; cómo urbe, el páramo y su hostilidad? ¿Será que éramos el docente microorganismo de un macroorganismo depredador? ¿Será que la heroica empresa de nuestra pequeñez era la civilización de un bárbaro inmenso y monstruoso que llamábamos universo? ¿Será que menospreciamos el potencial de nuestra esperanzadora insignificancia, ésa que frente a lo que ocurre se atrevía a pensar lo que debería ocurr...

Pitia

Hace tiempo soñé que yo era la distancia, un pedazo de olvido mezclado con los hombres, una sombra inaudita de vapores extraños. Hace tiempo soñé que no me despertaba del sueño que tenía el alma de la tierra; y que yo era la tierra, el grano innumerable de sus montes, el polvo sin destino al polvo destinado. Un día desperté y tenía un nombre rodeando el afán del infinito. Anduve algunos años leyendo extraños signos… Y al cabo regresé al sueño que antes era, a ese incrédulo estar donde no estaba, a ese amargo destrozo de haber sido. Octubre 2014

Una vez escribí un cuento para tu madre…

Para Gonzalo, por si un día llega a leerlo El cuento era ingenuo como todos los cuentos, y como todos los cuentos acababa dando la razón a los sueños. Lo escribí para tu madre cuando ella aún no podía leerlo, ni escucharlo siquiera; cuando sólo podía oírlo, de fondo, como el rumor ronco de un viento aún por descifrar. Lo escribí cuando ella tenía ese mismo tamaño que hoy tiene tu ternura. Y lo escribí para que nadie pudiera romperle nunca los sueños, para que ella se hiciera más fuerte que los días de la vulgaridad demostrada. Porque todo lo que se demuestra acaba siendo vulgar, tediosamente vulgar. Y así no hay forma humana de vivir. Tu madre se hizo científica; y tu padre, navegante de igual barco. Pero yo sé que, en el fondo, una y otro llevan cartas de navegar con coordenadas de un no sé qué inalcanzable. El cuento era ingenuo y acababa en una no verdad como todos los cuentos. Y digo no verdad porque los años me empañaron la vida de vulgaridades, es decir, de demostra...

El alquiler

Recuérdame que abra las ventanas y no cierre la puerta, y deje en mi escritorio algún soneto viejo, cualquiera que haya escrito con extrañas palabras, con ésas que no hubieron lugar en estos días ni calle en otros labios, ni distrito postal en otras almas. Recuérdame que deje abierto todo para que el aire reine –anónimo y sin mí– sobre mi ausencia, y el sol entre y se cobre lo que debo por su luz alquilada y los dulces paisajes… Recuérdame que no proteste; o me empeñe en decir que no hay derecho, que el contrato decía que era prorrogable un año cada año… Recuérdame que abra las ventanas y no cierre la puerta… Y deje al viento el verso que debo por la luz de haber vivido. 16 mayo 2014

Los otros días

Todo el dolor, toda la consternación, todo el desaliento, toda la injusticia, todo el horror, todas las llagas, toda la tristeza, todo el fracaso, toda la sinrazón, toda la podredumbre, todo el espanto, toda la iniquidad, todo el silencio, toda la infamia, toda la desolación, toda la angustia, todas las úlceras, toda la traición, todo el vacío, toda la vergüenza, todo el desconsuelo, toda la tragedia, toda la destrucción, toda la desesperanza, todo el pánico, toda la amargura, toda la desazón, todo el abandono, todas las calamidades, toda la necesidad, todo el desastre, todas las heridas, todas las amputaciones, toda la desesperación, toda la enfermedad, toda la muerte, todas las lágrimas… En portada, todos los otros días de la indiferencia  nuestra…. Todos los días de cada día, sin noticia de nuestra voluntad.

La inmolación de la luz

La relación de la luz con las cosas es una relación amorosa: la luz se acerca a ellas, las acaricia, las corteja, las seduce, las invade... Claro está que las cosas se resisten; y esa resistencia, ese frívolo desdén de las cosas hacia la iluminación plena, es lo que nos llega a nosotros como su color, como el color de las cosas. Así que los colores que vemos no son nada más que lo que las cosas menosprecian de la luz que las galantea. Qué sorprendente, verdad, porque eso que no quieren, eso que rechazan es precisamente de lo que se visten ellas para enamorar nuestros ojos. Las amapolas son rojas porque se quedan con todo el arco iris de la luz, menos con el rojo que precisamente las define. Tal vez todo esto habría quedado más claro si me hubiera limitado a decir lo que todos sabemos: que las propiedades de las sustancias absorben ciertas longitudes de onda del espectro electromagnético y nos devuelven otras que el sistema nervioso acaba interpretando como “colores”. Pero s...

El atardecer penitente

Se le ha puesto a la tarde color de penitencia. No sé si será por algún remordimiento que le haya dejado el día o por algún mirar hacia nosotros que la haya desolado. El caso es que se ha cubierto de nubes, moradas hasta casi el luto, y ha empezado a llorar entre suspiros del cielo. Algunos dirán que está de Semana Santa y que piensa en nazareno; otros, que es cosa de abril, disciplinado cumplidor de sus refranes; la mayoría, sin embargo, apenas se habrá dado cuenta de la contrición, tan bella, con que hoy atardecía, o sólo habrá caído en el fastidio de tener que correr a refugiarse de un intempestivo chaparrón. Esto es normal, por supuesto, aunque deja en el paladar del alma el sabor de una sosería insuperable. A veces ­–es casi una obligación de la vida– hay que ser soso. Pero éste no es el problema; el problema es que lo seamos muchos al mismo tiempo. Si tal pasa, ocurre “la mayoría”. Y la mayoría es una realidad insípida; peor aún, engañosa –tal vez por ello, tan deseada ...

Reflexiones sobre la caverna

Todo el mundo tiene sus fobias. Entre las mías, el mal olor ocupa un lugar destacado. Tal vez eso diga poco de mi racionalidad y mucho del animal que la sostiene; aunque, visto lo visto y de lo que es capaz aquélla, no creo que tal minucia deba preocuparme. Sea como fuere, lo cierto es que me pone mal cuerpo hablar sobre (y desde) la caverna, porque en la caverna hay una oligarquía de esclavos con cadenas relucientes que se cagan en las herrumbrosas cadenas de todos los demás. Esto agrava la situación aquí abajo pues, al hecho de vivir entre sombras y mentiras, tenemos que sumar el insufrible olor de su descomposición dominante. La verdad es que da asco la caverna. Algo de esto suponíamos ya desde que un fugitivo escribió sobre nosotros un cuento de penumbras subterráneas y exteriores claridades… De días con sol y noches de luna. Pero aquel prófugo de la oscuridad, que tuvo el arrojo de un regreso sin aplauso, no habló de nuestro olor, no aclaró que, además de padecer el enti...

La insolente realidad de las preguntas

El valor de la filosofía   ha estado desde sus orígenes en las preguntas. Las respuestas son ocupación de la supervivencia; las respuestas pretenden la utilidad. Las preguntas, sin embargo, todas esas preguntas que nos atraviesan el pensamiento sin posibilidad de hallar nunca reposo para su esfuerzo; todas ésas tan denostadas, tan perseguidas, tan ninguneadas por la vanidosa razón –ilustrada primero; instrumental, después; confusamente empirista, siempre–; todas las que desde el siglo XVIII han sido desviadas, sistemáticamente, a la sección de Salud mental por la iniquidad mercenaria de los súbditos de la desesperanza, no sirven para nada; o, mejor dicho, resisten el asedio de la nada. Son, como los acantilados ante los envites del mar, una rocosa fortaleza del alma, un cerco amurallado para el hombre. Porque hablar del alma es hablar con ellas y no querer hablar de ellas es desarraigar al hombre La grandeza de la filosofía está –o estuvo– en no poder responder, en no a...

El credo inevitable o entre el ser y el deber-ser

Hace falta una revolución personalista y comunitaria, no apta para mentirosos y sucios de corazón, que como el cuco cantan en un lado y ponen los huevos en otro. Carlos Díaz. Hay que ser tolerantes. Acontecimiento (109). http://www.mounier.es/attachments/article/166/cdiaz2.pdf Creo en Dios porque el hombre ni es capaz de ser quien dice ni jamás pretendió serlo. Creo en Dios porque los sucedáneos terrenos de la esperanza son falaces y cicateros. Urdir espurias riquezas y falsificar beneficiarios es mala escuela; mejor dicho, es academia de almas prostitutas… Porque también las almas se dedican al oficio más viejo del mundo. Y no hay más que leer la prensa de cada día –que es el pan de nuestras prostituciones– para convencerse de ello.   Me da lo mismo el color de quien haga la calle o aguarde en las esquinas de su facción, partido o ideología: el resultado es un lecho podrido y un beneficio indigno. Creo en Dios porque hay demasiada gente condenada de ...

Metáforas de Dios

Cuesta una barbaridad. Es como levantarse de una larga convalecencia. Flaquean las palabras; son inseguras, igual que el músculo acostumbrado al tedio, a la postración. Pero un día, de repente, el alma se da el alta. Y siente ganas de incorporarse, de echar a andar y pasear por su viejo dormitorio, de levantar las persianas del silencio y comprobar si ya es de día, si ha vuelto a ser de día después de tanta noche. Comprueba entonces que el verano se ha convertido en otoño y el otoño en premonición del invierno. Y que el mundo sigue estando donde estaba y tan poco bien como estaba antes. Dan ganas de no salir, para qué engañarnos. Flaquean las palabras desde luego: la voluntad de su destino descubre un pobre entusiasmo. Pero es voluntad . Al fin y al cabo, voluntad , un órdago de la sinrazón. Y, como Lázaro, el alma se levanta y anda. Un buen amigo, los buenos amigos lo son por su capacidad de tocarnos el corazón, me ha regalado hoy, sin merecimiento por mi parte, un bello CD ...

El tamaño de la noche

De cerca somos impresentables; de lejos, muy de lejos, insignificantes. La verdad es perspectiva, decía Ortega, lo que me inclina a preferir la mirada de la distancia. Carl Sagan, ese poeta del cosmos –ya desaparecido–, definió nuestro mundo como “un punto azul pálido”. Nada más que eso. Se refería a una fotografía que nos hizo el Voyager 2 desde Saturno, casi en la esquina de nuestro sistema, a unos seis mil millones de kilómetros. Desde allí, desde más allá de allí, nos envuelve la perfecta humildad de la insignificancia. La gente “normal” pasa mucho del tamaño de la noche. Si cubriéramos las ciudades con grandes cúpulas oscuras salpicadas de lucecitas, nadie echaría en falta las estrellas; menos aún los planetas, vagabundos a sus anchas sobre la indiferencia de millones de ojos que no los miran y que, si alguna equivocada vez lo hacen, no los reconocen. En realidad, lo que de la noche importa a la inmensa mayoría son los artificios subcelestes que el hombre ha invent...

Matar el tiempo

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna en que era muy hermoso no pensar ni querer... Manuel Machado   De cuando en cuando me gusta volver a los poetas invisibles, a los viejos poetas que apenas tienen lugar en la común memoria. Y es que, últimamente, la común memoria está tan llena de vulgaridad que aburre, si no desespera, la ocupación del alma. Odio el contacto con lo cotidiano, tan adornado de porquería, tan cutre, tan desolador. Lo que no es crimen es fraude; lo que ni aquello ni esto, meridiana estupidez. A veces tengo la impresión de haberme dormido hace mucho tiempo y ser víctima de una soez pesadilla. Pero, por más que me pellizco, no consigo despertar. De cuando en cuando me distraigo con libros añosos. O veo películas antiguas y escribo sonetos para matar el tiempo. Y digo “matar el tiempo” porque eso es lo que quiero. No simplemente dejarlo pasar, sino impedir que ocurra. Tenderle una emboscada y apresarlo y juzgarlo ante todos los ho...

El vano atardecer

Al atardecer, ese alto eucalipto que hay frente a mi ventana sigue empeñado en ser su sombra, en imitarse y creerse espectáculo de un enajenado artificio. El sol último le arranca el alma oscura y enciende un rojo aplauso alrededor de su imposible entusiasmo. Puro teatro de luces y penumbras éste de los atardeceres, como si todos los cuerpos, que están a punto de diluirse en la noche, desearan darse un homenaje de formas irreales. Formas que sólo son memorias abatidas sobre la tierra, fotogramas del inminente olvido de las cosas que se deja el día. Largas sombras de los caminantes sobre los caminos, de las farolas sobre las aceras, de los árboles sobre los jardines... Al atardecer, la realidad se arrastra por la oscuridad de sí misma para interpretarse consistencia no posible. Quizá también la vida, esta ofuscada vida de la conciencia quiero decir, no es más que la hermenéutica trágica de un vano atardecer. Junio 2013  

El fin del mundo

Si el fin es algo, entonces es una causa; causa final decía Aristóteles, es decir, la que explica ‘para qué’ algo es ‘lo que’ es . Decía también el viejo filósofo que el tiempo es un accidente; una de las nueve categorías de la ‘segunda división’ porque la primera está monopolizada por la sustancia , que para eso es la fundamental, el modo más contundente de decirse el ser . Pero Aristóteles importa poquísimo a la gente y al tiempo de la gente hogaño; un tiempo que, además, se ha adueñado de la opción semántica más pobre de la palabra ‘fin’, esto es, la que acaba con todo y deja el mundo como los cines vacíos con sombras sin memoria en las butacas. Por eso, tal vez por eso, la industria cutre de la opulencia –hoy tan perjudicada– se permite el temor del fin del mundo. Aunque se trata de un temor metafísicamente capado: la inquietud por dicho fin es sólo por “su cuándo”, no por “su cuál” A mí –y supongo que no sólo a mí–, sin embargo, me parece fundamental recuperar lo...

Porque...

Porque es triste, muy triste. Porque es inmensa la decepción que sabe la tristeza. Porque han oxidado el presente y amputado la esperanza. Porque han hecho del ayer coartada, del hoy embuste, del mañana vértigo. Porque insultan la vejez que el viejo se merece. Porque anochecen la promesa que la juventud aguarda Porque comercian con la fe del inocente. Porque se han permitido la abundancia robando a la pobreza. Porque son iguales; sólo ellos –¡todos ellos!– iguales. Porque cercan y se baten como lobos por devorar la cierva que aún palpita. Porque han hecho de la tierra de todos cortijo de unos cuantos. Porque ensucian las palabras cuando hablan, Porque pudren las ideas si las piensan. Porque mienten… ¡Porque es triste, muy triste, la filiación de un español en estos días! 27 mayo 2013

Historia de cualquiera

Se presentó de improviso un día de hace tiempo. No me di cuenta entonces de que era quien era. Ni de que íbamos a estar tanto tiempo juntos. De niño me encontraba con ella a diario, nada más despertar, colocando mis cosas en un orden preciso que yo no comprendía. Luego jugábamos a todo lo imposible, a todo lo que no seríamos nunca..., pero éramos felices. Todo cambió cuando murieron los juegos: los días sin infancia se vuelven agridulces. La veía y la amaba, aunque a veces la odiaba y quería que se fuera. Pensé hasta negarle la palabra, romper con ella definitivamente, impedir que amaneciera junto a mí y situara mi tiempo con mis cosas en un orden que nunca he comprendido ­–supongo que esto ocurre en toda adolescencia–. Pero también murieron los agridulces días sin infancia ­–todo acaba muriendo–. Sin embargo, ella siguió junto a mí ordenando los meses y los años; los gozos, las tristezas, las derrotas, los triunfos… No sé si supe amarla entonces; tal vez me limité a co...

La melancolía del alma de Fausto

Como si hubiera dejado de quererse, hoy tiene el alma antojos de melancolía, como si se desentendiera de sí misma y no diera pie con bola en los relojes… ¡Como si nunca fuera ya lo único que importa! ¿Adónde vas extraña y decadente por ciudades de ojos sin mirada, a qué jardín de rosas para nadie? El hombre es el único animal que tropieza mil veces en el hombre. El hombre es el obstáculo del hombre, la piedra innumerable, la zanja de sí mismo. Llora el viento de frío y tiritan de abandono los brotes nuevos de los viejos árboles. Y tú, mi enajenada tú, confusa y enigmática, arrojas a los charcos tu vocación de ángel. Porque eres del hombre… A mí me perteneces y caes donde yo caigo; te hundes y te asfixias, anaeróbica hazaña de mis sueños. La noche iguala el infinito con el cero y Dios juega a los dados a pesar del sabio. Somos sólo el capricho de un misterio, la baza breve de un azar inexplicable. No dejes de que...