sábado, 29 de enero de 2011

Payaso

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La última pesadilla que tenemos en la vida ocurre en los espejos. Nos miramos en ellos y sólo vemos a un payaso vestido de relojes. Grandes, pequeños, enormes, insignificantes; de mentira o verdad; de cartón o de plata ennegrecida; con óxidos remotos, con irrecuperables brillos… Nos miramos y no nos hace gracia ese payaso; o nos da un latigazo de melancolía su barroca indumentaria. Es una pesadilla común y recurrente. Pisa uno la luz, aborda el escenario, se abre paso la palabra… Y en un momento de distracción –o de anónima sabiduría– se mira al público. Pero ya no hay público, ya sólo hay un espejo. Y en el espejo, un payaso. Y sobre el payaso una giubba de grandes relojes, de relojes insignificantes…

Ríe, payaso. Ríete de ti, naturalmente. Regálate el aplauso de tu propia mirada: si el niño debe llorar para empezar a vivir, lo justo es que, para empezar la muerte, te suceda una sonrisa.
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martes, 25 de enero de 2011

Aburrimientos gloriosos

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Esto es una anécdota. Real, en el sentido real de la palabra. Ocurre en una clase de 2º de bachillerato. Historia de la Filosofía para ser exacto. Uno –este uno, impersonal y ajeno, es el docente– en días inmediatos debe hablar de Descartes. Para despertar el aplauso ante la razón, osada y libre, de que arranca el Racionalismo, aquel ingenuo uno predica algunas pretensiones de la llamada revolución científica. Cuenta algunas cosas –pocas porque uno es poco sabio– sobre Copérnico, Tycho, Kepler, Galileo…

De Galileo va la anécdota. Uno, un uno habitualmente pesimista, sufre un relámpago de optimismo. Por un momento cree que hablar del hombre en lucha con la limitación tecnológica de su circunstancia puede ser ejemplar. Y se centra en Galileo, en el ingenio que monta para comprobar las relaciones matemáticas del movimiento de caída libre. No en lo de la Torre de Pisa, que probablemente sea un cuento, sino en la rampa por que dejaba caer bolas pulidas mientras medía, rigurosamente, el tiempo que en hacerlo tardaban. “¿Cómo se medía tal cosa en una época sin relojes electrónicos o cronómetros de precisión agobiante…?” Convencido del callado “¡oh!” o del boquiabierto “¡ah!”, aquel uno tonto dice: “con una clepsidra…” Hay una reacción de colectivo estupor ante esta palabrota, que asume el tonto del uno como algo normal (¡sólo está en 2º de bachillerato!). Inmediatamente aclara: “Usaba un depósito de agua. Abría la espita al dejar caer la bola. La cerraba en el punto de la rampa que había fijado para detenerla. Luego pesaba el agua vertida y establecía las relaciones matemáticas entre los pesos obtenidos y las distancias recorridas en la rampa por la bola. Así comprobó la validez de las leyes que ustedes han estudiado sobre la aceleración uniforme en el movimiento.”

Éste es el momento crucial de la anécdota porque es cuando el idiota del uno dispone las orejas, como un pastor alemán, para recoger un rosario de admiraciones; una especie de tácito aplauso ante la inteligencia del hombre empeñada en una hazaña. Pero no; nada de eso: después de un breve silencio, una voz despierta del alumnado para concluir: “desde luego, ese hombre se aburría mucho.”

Entonces el uno se da cuenta de que no es ni tonto ni idiota, sino un gilipollas habitualmente empeñado en decir que al mundo -que hoy sería posible- le sobran diversiones estúpidas y le faltan gloriosos aburrimientos.
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jueves, 20 de enero de 2011

La esperanza

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Tú no fuiste real. No fuiste nada
que tuviera que ver con estos días.

Tú llegaste de un raro no-sé-dónde
que nunca me dijiste;
de un allí que engañaba coordenadas
y mapas y horizontes y destinos.

Tú no fuiste real; estabas hecha
de todo lo que no define el tiempo,
de todo lo que el mundo desperdicia
–unas horas amables, unos días perfectos,
un sueño derrotando escepticismos,
una hazaña venciendo oscuridades…–

No podías así… Fuiste quien eras
–quien tenías que ser– antes que el hombre
y la pobre humedad de sus acequias
disfrazara de lluvia los campos sin cultivo.

Tú no fuiste real:
real es lo que ocurre en un aquí preciso,
lo que pasa y nos pasa; y nos convence
de sus horas hostiles, sus días imperfectos.

Real es un reloj o un marcapasos…

Tú estás hecha de cosas importantes.


19 enero 2011
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domingo, 16 de enero de 2011

Analfabetismo y melancolía

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Hay tres clases de analfabetismo: el real, el funcional y el desarrollado. Al primero, lo define la injusticia que impide la posibilidad; al segundo, la posibilidad que traduce un injusto menosprecio; y al tercero… Bueno, al tercero, que es un híbrido raro, lector de unas pocas tonterías –o muchas, o muchísimas, incluso– y seguidor de cualquier idiota, lo define un melodrama: la amarga imposibilidad de lo que quiso ser posible.

Desde el punto de vista moral, los primeros son inocentes víctimas; los segundos, vagos impresentables; y los últimos… una inmensa melancolía. Porque el hombre conquistó la palabra para crecer, no para medrar; para pensar, no para confundir; para disentir, no para hipnotizar…

Hay demasiadas palabras hoy que no merecen un solo pensamiento.

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jueves, 13 de enero de 2011

El blasfemo

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Mi reino y mi verdad por nada de esto.
Mi reino y mi verdad… sólo por nada,
por poder blasfemar frente a su gloria.

Para ellos la historia de rebajas:
cien hazañas a cambio de una anécdota,
cien destinos al precio de una hazaña.

Al setenta por ciento del silencio
se venden casi todas las palabras.

Y se dicen después los días de fiesta.

Y presumen las almas de su ganga.

Para ellos el hombre depreciado.
Para mí, la esperanza despreciada.

Mi reino y mi verdad por nada de ellos.

Cualquier nada es mejor... Si es otra nada.


13 enero 2011
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lunes, 10 de enero de 2011

Criando cuervos

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Autrefois, nous n'avions que le pavot. Aujourd'hui, le pavé.

…porque nos han echado a la calle los hijos, o los hijos de los hijos, que escribían cosas como éstas en el 68.

A mí, esto del tabaco me empieza a parecer una astracanada. Al principio lo consideré una majadería más de las muchas con que este mundo se adorna últimamente. Incluso me permití bromear con algunos amigos sobre el inevitable “paso a la clandestinidad” de cuantos somos convictos y confesos fumadores. Menos en broma, critiqué la hipocresía de un Estado que anatematiza con la diestra y exprime con la siniestra (unos nueve mil millones anuales de euros se embolsa gracias a nuestro “pecado”) a cuantos nos empeñamos en morirnos como nos sale de las narices. Claro que, si no fuésemos tan “malos” y tan salubremente “impíos”, habrían de revisarse los impuestos de otras cosas; lo que cabrearía sobremanera a los “buenos” y “saludables” ciudadanos que no fuman.

Sin duda, esto de la pureza y rectitud morales es un problema troncal –del tronco humano, quiero decir–. En los “nublados siglos de la represión” la maldad tenía que ver con el sur de la cintura, que era donde se levantaban las partes pudendas para pecar sin freno y perjudicar la salvación del alma. Sin embargo, en estos “despejados siglos de la liberación”, la lujuria abdominal –finalmente “bendecida”– se ha reinterpretado pulmonar y cardíacamente; lo que es mucho más sensato y científico ya que ahora se salva un cuerpo happy, aunque, se pongan como se pongan, acaba muriéndose igual. De ahí la necesidad de legislar (?).

En mi opinión, la injusta idiotez de esta ley se tendría que haber agotado en los noticiarios a las 48 horas de su aplicación. Pero hete aquí que llevamos ya más de una semana en su padecimiento y es difícil consultar un diario sin encontrarnos con una apostilla o un titular nuevo sobre ella... Que si éste se ha declarado en rebeldía; que si aquel otro también; que si a uno le han partido la ceja; que si al otro lo ha denunciado un vecino… El “balón de oro” se lo lleva, naturalmente, “la ministra”; sobre todo por ese impecable gol “de cabeza” en que se ha decantado por la financiación pública y salvífica de tanto tonto y rebelde fumador. Desde luego, mi idea de la salvación queda mucho más allá de una cajetilla de Ducados. Pero esto es improbable que lo entiendan nuestros ministros, o la mayoría de nuestros políticos. En cualquier caso, tanta insistencia en tan poca importancia me confunde. ¿Será que sufren remordimiento? ¿Será que la raíz de que se alzan, y aún homenajean, les chirría en el alma como una puerta vieja cuyas bisagras oxidan ellos mismos? ¿Será que creen que si una traición se proclama con insistencia se convierte en una lealtad –es una variante moral de la gnoseológica sentencia de Goebbels–? ¿Será que padecen amnesia histórica y no pueden recordar que sus homenajeados progenitores ocuparon la gloria del pasado con proclamas como ne me libère pas, je m'en charge; o, la bourgeoisie n'a pas d'autre plaisir que de les dégrader tous; o, on achète ton bonheur…; o, naturalmente, interdit d'interdire?

¿O será que ese ayer, traicionado pero aplaudido, no fue nada más que un circo?

Cría cuervos…
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miércoles, 5 de enero de 2011

Noche de Reyes

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Hace un año pedí a los Reyes un misterio para todos los niños; un misterio de largo alcance y sin fecha de caducidad que les sirviera para toda la vida. Es un poco pronto para saber si hicieron caso de mi carta. Pero esta mañana he vuelto a ver muchos niños por las calles tras la bufanda de esa bendita sonrisa que santifica la ilusión. Iban de un lado para otro, como si a la felicidad le hubieran salido piernecitas y se hubiera rodeado de pequeños cuerpos para correr entre nosotros o para recordarnos cuando nosotros éramos ellos. Quizá por eso, a muchos adultos se les ponía también una sonrisa de inocencia y lujo: el niño de nuestro ayer (o larguísimo anteayer) en el fondo no acaba de crecernos nunca.

Desde ese niño creo que para perdonar a cualquier hombre bastaría pensar en él a sus cuatro o cinco años… Cuando jugaba, cuando lloraba, cuando reía… Cuando tenía fiebre y su madre le ponía el termómetro, y consolaba el dolor de su pequeña tristeza... Cuando su padre le llevaba al cine para concebir prodigios y él daba cuerda a los sueños en cualquier rincón de la casa... Cuando vivir tenía la costumbre de ser un entusiasmo inagotable… Si pensáramos así en cualquiera, si así en nosotros mismo, puede –no sé– que resultáramos al cabo más amables, más generosos, menos cicateros.

Dejad que los niños se acerquen a mí... Es cita de una verdad humana y evangélica. Claro que, a las alturas de humanidad a que hemos llegado, la aproximación tendría que ser a la inversa: nosotros quienes acercarnos, ellos los que permitírnoslo.

Empiezo a pensar que el misterio que hace un año pedí a los Reyes para todos los niños, tal vez, me lo dejaron ya hace mucho tiempo; antes incluso de que aprendiéramos a contar el tiempo. Por ejemplo, una noche de enero –que aún no sabía que se llamaba enero– a los pies de un niño sin zapatos.

A los pies de un niño que intentaba estrenar la esperanza y el mundo.
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martes, 4 de enero de 2011

La única elección

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La historia es la hazaña de la libertad y la libertad, la hazaña de la historia
Claudio Sánchez-Albornoz



Hace ya algún tiempo comprendí que tomar partido político era algo de pobre trascendencia en la vida de los hombres; un suceso coyuntural siempre; a veces, una gimnasia de estupidez. En los últimos siglos, Occidente se ha dedicado a matar a diestro y siniestro. En el XIX, mató a Dios, según la sentencia de Nietzsche, y se quedó con las ideologías, que eran la caricatura de Dios a escala humana. En los dos primeros tercios del XX, las ideologías, que se habían encarnado en partidos políticos, se mataron unas a otras en dos guerras mundiales (declaradas, porque hay otras que cursaron tácitamente), variopintas “revoluciones” y un par de genocidios más o menos reconocidos. En el ultimo tercio del mismo siglo, las ideologías, exhaustas y arruinadas por su inutilidad –no sé si también por su remordimiento–, acabaron suicidándose. A esto se le llamó posmodernidad, que es algo que no se sabe muy bien qué es y que yo definiría como la anorexia del pensamiento. El caso es que los partidos se quedaron sin carne que encarnar. Así que, fantasmas de sí mismos, empezaron a vagar por nuestras pesadillas arrastrando las cadenas de su esquelético desastre. Como es natural, tomar partido por un fantasma me parece una idiotez.

Cosa distinta es la Historia, porque la Historia no es únicamente la vecindad dramática e innecesariamente brutal de una o dos centurias próximas. La Historia, que es nuestra naturaleza como dijo Ortega, tiene parámetros cronométricos mucho más dilatados de los que abarca el reloj de cualquier idiota empotrado en los telediarios. A lo largo de aquéllos, se hizo, a fuerza de muerte y vida, de dolor y orgullo, de entusiasmo y tristeza, de derrota y gloria, de empresa y naufragio, ese puñado de valores –y derechos– que muchos exhiben hipócritamente con premeditada –o simple, de todo hay– ignorancia sobre su vasta gestación. Aquí sí que no; aquí, no tomar partido es una indecencia. Para un gorrión es prescindible elegir ser gorrión; y lo es porque un gorrión no tiene –afortunadamente para él– la amorfa posibilidad de dejar de serlo. Para un hombre, sin embargo, no querer –o emborronar– la histórica voluntad que le ha permitido ser libre es una inmoralidad.

Así que lo único decente que se puede elegir es la Historia. La de verdad, naturalmente, la que nos hiere el alma pero insiste en su vieja decisión de creer en sí misma, no la que nos salpica los ojos –como un anuncio de camisetas– y, torticeramente, nos vende un fraude.
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