Ir al contenido principal

Analfabetismo y melancolía

.

Hay tres clases de analfabetismo: el real, el funcional y el desarrollado. Al primero, lo define la injusticia que impide la posibilidad; al segundo, la posibilidad que traduce un injusto menosprecio; y al tercero… Bueno, al tercero, que es un híbrido raro, lector de unas pocas tonterías –o muchas, o muchísimas, incluso– y seguidor de cualquier idiota, lo define un melodrama: la amarga imposibilidad de lo que quiso ser posible.

Desde el punto de vista moral, los primeros son inocentes víctimas; los segundos, vagos impresentables; y los últimos… una inmensa melancolía. Porque el hombre conquistó la palabra para crecer, no para medrar; para pensar, no para confundir; para disentir, no para hipnotizar…

Hay demasiadas palabras hoy que no merecen un solo pensamiento.

.

Comentarios

  1. Pensar y disentir traen demasiadas incomodidades tristes en un mundo cuyo dios es la diversión y el placer (que está muy bien, pero no todo el rato). El tercer analfabetismo es, pues, muy difícil de combatir. Cada uno debe hacerlo desde su propio corazón, menudo peligro. Sin embargo, evitar esas tristezas desemboca en la profunda melancolía de la que hablas.

    Cuando una palabra no merece un pensamiento, es casi un deber moral darle la espalda. A veces es muy difícil distinguir, es como si todo estuviese lleno de atractivas trampas. No sé. Yo no me considero a salvo (y quizá ahí esté la única posibilidad de salvación).

    Un beso.

    ResponderEliminar
  2. Genial, Antonio. Es que no puedo ni debo añadir nada más.
    Solo que...ojalá no sienta la tentación de adulterar la palabra. Que jamás se me ocurra dejarla de tratar con respeto. Y que siempre sepa que no sé nada...que siempre recuerde que me queda tanto por conocer.

    Gracias, profesor

    ResponderEliminar
  3. Claro que sí, Olga; claro que “todo es como si estuviese lleno de atractivas trampas.” Es más, si prescindimos del “es como si”, queda más cabal. Porque todo está lleno de atractivas trampas. Tan es así que, a veces, hay que desleer para leer rectamente (y no tiene esto que ver con la “deconstrucción” de Derrida; o quizá sí, pero desde postulados diferentes).

    Y, descuide usted, mi querida Doña, en su caso no hay que desleer, sino todo lo contrario.

    Gracias y un beso.

    ResponderEliminar
  4. ¿“Adulterar la palabra” tú, Sunsi…? Imposible, no se dejaría. Cuando se piensa de corazón no son viables ciertas mixturas.

    Gracias a ti y, repito, lo de “profesor” me hace gracia viniendo de una colega.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

La metáfora amable

El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los h...

La tristeza de la inocencia

Por Julia y a su hijo Julio Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa? …Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades... Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros. He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desco...

Napoleón y el ruido

. Lo he oído de dos formas sutilmente diferentes: la música es el más bello de los ruidos, pero ruido al fin ; y, la música es el menos molesto de los ruidos … Se parecen, desde luego, pero la primera afirmación suena más física y la segunda más militar , más napoleónicamente militar . Es probable, no obstante, que el tímpano de Napoleón, acostumbrado al eco grave y sordo de la pólvora negra, estableciera tan duro contraste entre el ruido y la música con intención que se nos escapa: tal vez pretendía dignificar a aquél, antes que menospreciar a ésta. Si así fuera, yo aplaudiría la frase porque la pólvora negra estalla con la cadencia subterránea y profunda de una tragedia griega. La otra, sin embargo, la que llaman sin humo –la de nuestros días– revienta los oídos como una telenovela hortera de media tarde. Naturalmente, esto es una apreciación muy personal. Lo que es evidente es que hay vibraciones de las moléculas del aire que incomodan – ruidos – y otras que no – música –. Las prime...