miércoles, 31 de agosto de 2011

Septiembre de 2011

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No tengo ganas de septiembre. No tengo ganas de hacer recortables con el alma ni de mirar paisajes que no existen ni existieron, ni van a existir nunca. No tengo ganas de empezar otra colección de sueños en fascículos para no acabarla nunca.

No tengo ganas de septiembre –que ya está, como quien dice, a unas pocas zancadas, a un puñado de horas en el calendario–. Esta vez no; esta vez estoy septembrinamente desganado. ¡Sabe Dios por qué! Bueno, Dios y yo; porque, aunque me esté mal decirlo, de las cosas que tratan sobre mí, sólo Dios y yo tenemos conocimiento. Esto irrita a mucha gente, sobre todo a quienes encanta invadir el alma ajena. La mía es “territorio comanche”, que, como Pérez Reverte afirma, es “el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta”.

No tengo ganas de septiembre porque su tierra prometida es yerma: apunta a lo de siempre, que después se hace nunca, y se ampara en sepulcros blanqueados; pervierte mentirosamente el horizonte y seduce a la inocencia extenuada... Viene de polvos adiestrados en volverse lodos. Viene de mucho tiempo atrás. De siempre, casi. Promete titulares en la prensa y arranca los enardecidos aplausos de la ignorancia provocada y consentida. Reclama educación y lleva veinte años menospreciando su posibilidad. Exige indefinidas “realidades” sin que haya humana forma de traducir su exigencia.

Hay tristezas privadas y tristezas comunes. Cuando se comparan, las primeras siempre tienen un dígito; las segundas, sin embargo, son innumerables siempre. Se puede tener ganas de otro día, de otro mes, de otro año, cuando, orbitando en una de aquéllas, no reparamos en la otra. Pero cuando las dos nos ocurren simultáneas, cuando sucede la planetaria conjunción de las dos tristezas, se nos quitan las ganas de otro año, de otro mes, de otro día…

No sé; quizá sea por eso. En cualquier caso, esta vez no tengo ganas de septiembre. Pero da igual: después de todo, yo sólo soy un albañil cuya tarea es apuntalar un edificio en ruinas… ¡Qué más da que tenga o no ganas de hacerlo!
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lunes, 29 de agosto de 2011

Raptar una sonrisa

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No tiene la menor importancia. Es un recuerdo galante que apareció en mis viejos “atardeceres” un doce de marzo de hace casi un lustro. Se trata de un soneto vanidoso que naufraga en su desencanto y al final se refugia en la irrealidad de otros mundos paralelos. Es un racimo de palabras arrancado de la mecánica cuántica. O de Borges, tal vez, y sus extraños jardines con “senderos que se bifurcan” ilimitadamente.

Hoy me ha apetecido recordarme.

Perdón una vez más por ser innecesario.

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viernes, 26 de agosto de 2011

El sueño

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Anoche tuve un sueño extraño. Todos los sueños lo son, pero algunos más que otros. Era inocente, sencillo, sin ninguna advertencia inquietante. Sin embargo, lo sentí terrorífico. No sé por qué, probablemente porque el terror es tan inexplicable como todas las afecciones que padece el alma. Trabajaba yo en no sé qué rara ocupación que me exigía atravesar largos corredores. Siempre iba de un lugar indefinido a otro indefinible. Y lo hacía corriendo. Atlética y elegantemente por cierto, lo que no creo sea definición precisa de mi modo de correr. En una de esas idas y venidas empezaba a oír a mis espaldas, muy lejos, el ruido metálico, armónico y constante, de unas muletas; algo parecido a los inquietantes paseos del capitán Ahab sobre la cubierta del Pequod. Yo seguía corriendo a una velocidad deliciosamente olímpica. Sin embargo, las muletas, constantes y armónicas, sonaban cada vez más cerca. No lo entendía: la lógica de los sueños es, en el fondo, tan incontestable como la de la vigila. Por eso Descartes tuvo que refugiarse en el “genio maligno” para retorcer su duda; porque los sueños pueden engañarnos con casi todo, pero nunca nos muestran un triángulo con cuatro lados o intentan convencernos de que dos y dos suman cinco. Lo sueños son extravagantes, pero no idiotas.

No; no lo entendía: mi brillante y atlética carrera no podía verse alcanzada por un perseguidor con muletas. Era la aporía inversa de Zenón de Elea: la tortuga por detrás de Aquiles, pero acercándose más y más –sin duda, Parménides fracasa por las noches–. El absurdo era cada vez más evidente; incluso empecé a sentir esa impotencia muscular, tan frecuentemente soñada y malquerida, de pretender correr y no avanzar. Entonces miré hacia atrás…

Ése fue el momento del terror inexplicable. A mis espaldas corrían dos niños sonrientes; uno avanzaba apoyándose en una muleta con el brazo derecho, y el otro hacía lo propio con el izquierdo. Al verlos, grité; no sé por qué, pero grité hasta despertarme.

Y me desvelé con una inquietud ancestral.

¿Qué quería decirme a mí mismo?... ¿Que soy una vanidad estúpida que puede ser alcanzada por su propia insignificancia?... ¿Que tras de mí corre una invalidez mucho más valiosa que su tonto orgullo?...

¿Quién le da permiso al sueño para contarnos derrotas que no le hemos permitido?
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lunes, 22 de agosto de 2011

Cristo, Lope y Velázquez

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Amo el XVII –creo que es evidente en mi perfil–, no porque este siglo alcanzara ninguna perfección especial, sino porque tenía una grandiosa esperanza. Soy consciente de que había tristeza, dolor e injusticia –tánto de todo y más de cada cosa de lo que hoy pudiera imaginarse–. Sé que había tiranía y traición. Y crimen y pordiosería, una enormidad de pordiosería… Sé de todo eso –¡por favor, no me lo cuenten de nuevo!– Pero la verdad es como la hiedra: puede trepar y alzarse cuando encuentra el muro de un edificio consistente, o desmayar su esperanza si la pared no es más que una tienda de campaña.

Entienda quien entenderme quiera. Aunque me da lo mismo que lo haga o no. En todo caso, Lope habló de esta verdad con brillantez sublime y Velázquez bordó tanta trascendencia en la bendición irrepetible de sus pinceles.

Yo sólo puedo ponerles voz y admiración…

Y dedicarlo, de paso, a unos dos millones de jóvenes, más o menos, que esta última semana han avivado su recuerdo.



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viernes, 19 de agosto de 2011

"...y más educación"

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PROTESTA EN MADRID contra la visita papal
Varios miles de manifestantes reclaman "menos religión y más educación"
Jueves, 18 de agosto del 2011 (elPeriódico.com)

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Me parece normal que reclamen educación. A costa de lo que sea. Es verdad: sin educación el hombre no se convierte en un idiota, sino en un absurdo, en una realidad prescindible que ya no puede ser animal –porque genéticamente se le ha olvidado– ni en sí mismo –porque no recibe la posibilidad de serlo–. Cosas parecidas ya las pensó Aristóteles. Se refería él a la sociedad, que –como todos sabemos– es la arquitectura diseñada en los planos de la educación y sin la cual el ser humano se queda indefinido en un limbo donde no llega a ser dios, pero tampoco la bestia precedente. Aunque, a veces, ni sociedades ni tiempos saben gran cosa de Aristóteles. Lo que tampoco parece importar a éstos ni a aquéllas. Sobre todo si la indignación de las últimas se convierte en indignidad; o en otros “in” más patéticos que se creen incuestionables porque azarosamente coincidieron con lo indiscutible para acabar proclamando lo que menos querrían: su triste ignorancia, que arrastra un “in” diluido en la gnosis, es decir, en el conocimiento.

Por eso me parece plausible que demanden “educación”, de cuya escasez, sin embargo, no tiene culpa alguna el cristiano católico peregrino que ha venido hasta nosotros desde lejísimos con la inocente intención de coincidir en el signo de su esperanza.

Lo peor, lo más triste, lo más indigno de una idea es mostrarse inhóspita con cualquier otra que viaja para coincidir con su esperanza. Ahí, precisamente, es donde se entiende que, para paliar tan aberrante hostilidad, exijan justamente una educación mayor.

Sin duda, para no deambular en el metafísico limbo aristotélico...

Con toda seguridad, para no disolverse en el animal que fueron o esparcir la impotencia de pretenderse el dios que nunca serán.
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martes, 16 de agosto de 2011

Iconoclastas

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La iconoclasia es contraria a la razón –las matemáticas son tan icónicas como el Jesús de Medinaceli– y proclive a la engañifa –los no-iconos de los iconoclastas son tan iconos como los que más–.

Unas veces la iconoclasia propende a la soberbia individualizada, particularizada, pormenorizada en la breve importancia de cada uno; otras, no es más que adoración nirvánica de la cobardía humana al interpretar cuanto supera su presunta valentía.

Porque el hombre es un animal que irrumpe en la vida para llenarla de símbolos, para engrandecer aquélla a través de éstos.

Un iconoclasta puro, rigurosamente puro, acabaría demoliendo las palabras, destrozando los conceptos y regresando al árbol del primate más rudimentario que se negó a ser tan rudimentario.

Pero nuestros iconoclastas no son tan iconoclastas; en realidad, son iconoclastas a medias, espurios… ¡Simples traficantes de iconos!

Porque nada hay más icónico que el poder, la riqueza, la soberbia, la gloria…

O el mero aplauso con que se venera a cualquier imbécil que, por histórico azar, se encontró en la circunstancia de no parecerlo.
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lunes, 8 de agosto de 2011

Leyenda Negra

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Te hablaré de Van Gogh a mi regreso.
De Rembrandt, claro está; de los canales
y de algunas tristezas veniales
que se deja un adiós después de un beso.

Te hablaré –y es mentira, porque eso
de hablarte no es real– de flores tales
que aprenden a venderse en las postales
y negocian la luces de su exceso.

En Coslada, Madrid, después de ahora,
de este ahora difuso entre dos luces,
te hablaré de la historia y sus quehaceres.

Y de un grano de polen, de un espora
que el tiempo malsembró en sus contraluces
y regó con dolor y atardeceres.


7 agosto 2011

(Perdón por el silencio de estos días: estaré ausente una semana… Paseando por Ámsterdam).
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viernes, 5 de agosto de 2011

Oficio humano

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Para Lola R. M.


A veces, alguien cercano pasa un mal trago y tiene que cruzarse con un dolor que no se pudo evitar... Sin embargo, seguimos haciendo la vida de siempre… Y no entendemos que esto sea posible, que pueda uno abrir el mismo frigorífico y beber la cerveza acostumbrada, o consultar el mismo periódico y saber de las mismas cosas de todos los días mientras alguien, cercano, se cruza con un dolor que se empeñó en ser inevitable. Pero entonces, uno –que nunca ha sido gran cosa– se da cuenta, además, de que también sigue haciendo la vida de siempre mientras alguien, cualquiera, una enormidad cotidiana de la que todos los días habla el mismo periódico, sufre un dolor evitable, inevitable o trágicamente irreversible. Y es entonces –mientras alguien querido se cruza con el dolor– cuando uno se da cuenta de que ser hombre es una crueldad imperdonable… Porque uno sigue haciendo lo que siempre hace, y el sufrimiento, exactamente lo mismo que siempre hizo.

Supongo que esto es una tontería, pero si el hombre –que sobre la vida lleva la tilde incomprensiblemente divina de la conciencia– alterara un punto de su tedioso egoísmo porque alguien, cercano o no cercano, hubiera tenido que cruzarse con el dolor, entonces, de repente, sobraría todo: los políticos, los banqueros, los ideólogos, los salvadores del mundo, los “indignados”, los creyentes, los incrédulos, los ateos, los agnósticos, los fundamentalistas, los fachas, los “progres”… Todo lo que nos inventamos, toda la caterva submarina de nuestra soberbia que se vende por menos de lo que realmente es: un extraño animal que se encontró con un prodigio –saber de sí, saber de los otros– y no acierta el quehacer de su grandeza.

Perdóname, Lola: yo también estoy entre los que hacen espantosamente mal ese oficio.
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miércoles, 3 de agosto de 2011

Otra forma de entender agosto

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Todos sabemos que agosto es a febrero lo que al invierno el verano. No hay que ser experto en razones matemáticas para darse cuenta. Al día tres, que es hoy, le queda de estío casi lo mismo que a San Blas le falta hasta la primavera. Agosto tendría que ser tan loco como el amputado mes de las extravagancias. Y lo es de hecho: si en éste el perro busca la sombra, en aquél el frío sorprende al rostro. Lo proclama el refranero, que es sabiduría sin cátedra ni tarima, pero sabiduría de muchos quilates. Claro es que después de febrero viene otra cosa, más jovial, más multicolor, más gozosa… Algo que, en cada amanecer, ve aumentar la alegría en los solares de Deméter.

Agosto, sin embargo, es prometeico: su futuro es lo que queda después de una osadía, después del calor y el fuego, después de la hazaña que nos permite vivir, no vacar, sino vivir. Agosto sólo espera a las águilas de otoño hurgándole en el alma; al desgarro cruel de la memoria y la vida. Pero, a pesar de todo, agosto es bello y grande… Porque nada hay más grande, nada más bello, que aguardar la sentencia de una audacia.

Agosto es la advertencia de una condena inevitable… Pero inmensa.
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lunes, 1 de agosto de 2011

Coplas de ausencia del caballero

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No está. Sigue sin estar. Aunque en agosto lo normal es que nadie esté donde es costumbre, lo suyo me extraña. O me alarma. Es mayor; ya es mayor, un comparativo gramatical sin clara referencia que vuelve “normal” cualquier desaguisado. Si le sucede algo a alguien y de él se dice que “era mayor”, lo ocurrido es tristemente evidente… ¿Y si se me ha muerto? ¿Y si el “suceso” es su “natural” ausencia…? No lo quiero pensar porque no sé qué haría yo sin un amigo experto en menospreciar el tiempo.

Éstas son coplas de alguno de sus naufragios:

Aquella noche no tuvo
misericordia. Ya ves,
me dijiste adiós y el tiempo
se me quedó sin después.

Y el reloj sin manecillas.
Y la ciudad sin sus calles.
Y los días sin mañanas.
Y la multitud sin nadie…

Aquella noche embozada
tras la noche de tus ojos
que me dejó entre los labios
eclipses y verbos rotos.

Aquella noche que puso
la esperanza del revés
me dijiste adiós… Y todo
se me quedó sin después.



31 julio 2011
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