.
.

.
Anoche tuve un sueño extraño. Todos los sueños lo son, pero algunos más que otros. Era inocente, sencillo, sin ninguna advertencia inquietante. Sin embargo, lo sentí terrorífico. No sé por qué, probablemente porque el terror es tan inexplicable como todas las afecciones que padece el alma. Trabajaba yo en no sé qué rara ocupación que me exigía atravesar largos corredores. Siempre iba de un lugar indefinido a otro indefinible. Y lo hacía corriendo. Atlética y elegantemente por cierto, lo que no creo sea definición precisa de mi modo de correr. En una de esas idas y venidas empezaba a oír a mis espaldas, muy lejos, el ruido metálico, armónico y constante, de unas muletas; algo parecido a los inquietantes paseos del capitán Ahab sobre la cubierta del Pequod. Yo seguía corriendo a una velocidad deliciosamente olímpica. Sin embargo, las muletas, constantes y armónicas, sonaban cada vez más cerca. No lo entendía: la lógica de los sueños es, en el fondo, tan incontestable como la de la vigila. Por eso Descartes tuvo que refugiarse en el “genio maligno” para retorcer su duda; porque los sueños pueden engañarnos con casi todo, pero nunca nos muestran un triángulo con cuatro lados o intentan convencernos de que dos y dos suman cinco. Lo sueños son extravagantes, pero no idiotas.
No; no lo entendía: mi brillante y atlética carrera no podía verse alcanzada por un perseguidor con muletas. Era la aporía inversa de Zenón de Elea: la tortuga por detrás de Aquiles, pero acercándose más y más –sin duda, Parménides fracasa por las noches–. El absurdo era cada vez más evidente; incluso empecé a sentir esa impotencia muscular, tan frecuentemente soñada y malquerida, de pretender correr y no avanzar. Entonces miré hacia atrás…
Ése fue el momento del terror inexplicable. A mis espaldas corrían dos niños sonrientes; uno avanzaba apoyándose en una muleta con el brazo derecho, y el otro hacía lo propio con el izquierdo. Al verlos, grité; no sé por qué, pero grité hasta despertarme.
Y me desvelé con una inquietud ancestral.
¿Qué quería decirme a mí mismo?... ¿Que soy una vanidad estúpida que puede ser alcanzada por su propia insignificancia?... ¿Que tras de mí corre una invalidez mucho más valiosa que su tonto orgullo?...
¿Quién le da permiso al sueño para contarnos derrotas que no le hemos permitido?
.
No; no lo entendía: mi brillante y atlética carrera no podía verse alcanzada por un perseguidor con muletas. Era la aporía inversa de Zenón de Elea: la tortuga por detrás de Aquiles, pero acercándose más y más –sin duda, Parménides fracasa por las noches–. El absurdo era cada vez más evidente; incluso empecé a sentir esa impotencia muscular, tan frecuentemente soñada y malquerida, de pretender correr y no avanzar. Entonces miré hacia atrás…
Ése fue el momento del terror inexplicable. A mis espaldas corrían dos niños sonrientes; uno avanzaba apoyándose en una muleta con el brazo derecho, y el otro hacía lo propio con el izquierdo. Al verlos, grité; no sé por qué, pero grité hasta despertarme.
Y me desvelé con una inquietud ancestral.
¿Qué quería decirme a mí mismo?... ¿Que soy una vanidad estúpida que puede ser alcanzada por su propia insignificancia?... ¿Que tras de mí corre una invalidez mucho más valiosa que su tonto orgullo?...
¿Quién le da permiso al sueño para contarnos derrotas que no le hemos permitido?
Una amiga mía tiene una teoría sobre los sueños y es que hay sueños de muy diversos tipos y cada uno de ellos señala diferentes aspectos de la vida del que los sueña, pero fundamentalmente están los agradables y los desagradables o los sueños y las pesadillas, agrupándolos en dos categorías extrapoladas para entendernos mejor.
ResponderEliminarDice que en los sueños agradables ocurren cosas que normalmente anhela el soñante que ocurran, lo cual se convierte en un deseo y en los desagradables o pesadillas nos comunican aspectos de nuestra vida o sucesos que tememos que ocurran o que sabemos que pueden ocurrir, algo que en definitiva tememos.
Eso si, disfrazados con ropaje de símbolos, de metáforas…
No cabe duda, que hay algo que temes que ocurra o que pueda ocurrir. Eso según la teoría de mi amiga.
Todos los elementos del sueño tienen un significado, que solo el propio soñante o él mismo con ayuda de un experto en “sueños” puede averiguar.
Que haya suerte
Un beso.
Doña Anónima
En primer lugar, gracias, Doña Anónima: visitarme y comentar un sueño tan prescindible como éste es signo de una sincerísima amistad.
ResponderEliminarEn segundo lugar, es muy sensato lo que su amiga piensa al respecto. Como usted recordará, lo de Freud, sin embargo, era una extravagancia difícilmente digerible –pretender que todos los sueños, agradables o no, nos engañen con la “realización de un deseo” para que la inquietud de éste no nos despierte, suena a truco intencional de difícil explicación–.
Finalmente, también es cierto lo que usted afirma de que sólo el soñante puede interpretar sus sueños; aunque disiento, enérgicamente, en lo que puede aportarme sobre ellos la recurrencia a ningún “experto”. Entre otras razones porque el único experto que en el mundo existe sobre mí soy yo (consciente, además, de que afirmaciones como ésta incomodan a muchos “profesionales del alma”).
Un beso, enfermizamente soberbio.
Querido Antonio, aquí una soñadora que ha vuelto de imaginaria, sonriendo mientras te lee. No creo que seas tan soberbio ni que interpretes bien tu sueño, la verdad. Yo no veo derrota en ese sueño, ni soberbia en tu miedo ni en ti. Simplemente, a veces nos da miedo lo más sencillo, alguna pequeña verdad que avanza despacio y sonriendo mientras nosotros corremos atléticamente para no reconocerla. Pero suelen abrirse camino, las verdades son así de tercas. Busca alguna de esas y espérala mientras llega. No corras, no le tengas miedo y ya está.
ResponderEliminarUn beso... y dulces sueños de verano.
Vaya, Olga, qué alegrón verte por aquí: ¡empezaba a pensar que te me habías enfadado!
ResponderEliminarEs una broma. Tu interpretación del “sueño” es casi tan gratificante como tu visita, aunque no estoy muy seguro yo de que los sueños lleguen mucho más allá del calderoniano diagnóstico, es decir, “que sueños son”.
Gracias, un beso y feliz retorno.
Por citar a Calderón. En los sueños de Segismundo, también hay relidades, Antonio, y... ya se sabe, a veces, la realidad, nos cuesta aceptarla porque simplemente nos duele o nos crea malestar porque aparece así, de repente, sin que nadie la llame, por ser inoportuna.
ResponderEliminarUn beso
Doña Anónima
P.D. Mi amiga, te manda un beso
¿”Realidades”?... ¿De verdad hay “realidades”, Doña Anónima?... Parafraseando a Pilatos: “Realitas… Quid est realitas? La realidad en “la caverna” son las sombras; y los sueños, las sombras de las sombras. La realidad, si algo es, queda lejísimos.
ResponderEliminarEn cualquier caso, lo cierto es que el sueño es un metomentodo
Besos; y póngame a los pies de su amiga.
Si pensamos en "realidades soñadas" o "sueños hechos realidad" o en "sueños soñados"... ¿Importa acaso si son sombras de sol o de luna o de estrellas?
ResponderEliminarEn cualquier caso, son pedacitos de nosotros mismos, en definitiva, polvo de estrellas.
Un beso
Doña Anónima
Parafraseando esta vez a Juan Ramón: “lo que vos queráis, ‘señora’; / sea lo que vos queráis.”
ResponderEliminarSólo quiero hacer una precisión semántica, que quizá sea innecesaria, pero por si acaso. La palabra “sueño” tiene tres acepciones principales: el mero acto de dormir, el acto –y los contenidos– de fantasear mientras se duerme y la última que consiste en dibujar los paisajes del deseo y de, tal vez, lo no posible con el pincel de la voluntad. Sin duda, ésta merece todos mis respetos; sencillamente porque sin tales paisajes perfilados por tal artista, la vida sería una m****a. Del segundo sentido, sin embargo, es del que protesto, porque el sueño ahí es un entrometido y un timador; un trilero que en las calles del alma nos esconde la bolita de la verdad bajo un cubilete que nunca es el que elegimos.
De todas formas, Doña Anónima, a mí me parece que su último comentario se refiere a la tercera acepción porque habla de pensar en “realidades soñadas”.
Gracias una vez más por su compañía.
Quizás, me haya embarullado un poco con la palabra sueño, pero es tan bonita... y el ser humano sería tan terriblemente pobre y triste sin sueños...Creo que sobre el que hablamos los dos es sobre la pesadilla o el mal sueño, el inoportuno, el que se cuela por los rincones. Pero ese, precisamente es el valiente, el que se atreve a decirnos cosas que no queremos ver, ni conocer, que de alguna forma nos avisa que vayamos con cuidado. Para ser honestos con el mal sueño y perdona que no te de la razón; si conseguimos sacarle el aspecto positivo, resultaría ser el guardián de nosotros mismos. El que no nos deja caminar a oscuras.
ResponderEliminarEl nos alerta de que algo puede que no vaya como debiera y nosotros nos asustamos.
No se trata de llevarte la contraria, si no de ver desde distintas perspectivas, las mismas cosas. En definitiva un "tú" y un "yo"
Felices sueños, amigo
Besos no demasiado oscuros
Doña Anónima
No creo que el sueño –la pesadilla en este caso– sea tan bien intencionado como supones. En cualquier caso, probablemente estés más de acuerdo con lo que aquí decía yo hace tres años.
ResponderEliminarUn beso agradecido a su interés, Doña Anónima.
Y, por supuesto, también felices sueños.