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El lugar y las ciudades

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón…

Miguel Hernández


Adquieren las ciudades –sus calles, sus jardines, sus rincones amables– la condición de lugar (categoría diría Aristóteles), no porque estén aquí o allí sobre la piel del mundo, no porque sean sus coordenadas tantos o cuantos grados de latitud norte o longitud oeste; las ciudades –sus calles, sus jardines, sus rincones amables– son lugar gracias a nosotros, gracias a esa pluralidad de encuentros que somos nosotros. Aunque parezca un absurdo metafísico, el lugar es un atributo del alma.

Por eso basta una ausencia, un ausente querido, para que una ciudad deje de serlo, para que se convierta en un no lugar, en una especie de laberinto de imposibles referencias y claustrofóbica inespacialidad, en un nosotros desencontrado. Y cruzamos unas calles que ya no son calles para pasear por jardines que también han dejado de serlo. Existen cosas alrededor, mejor dicho, parecen existir: semáforos, automóviles, árboles, edificios… Pero no están en ninguna parte, no tienen consistencia de exterior entusiasmo ni dimensión conmensurable. No son nada.

Esto se sabe cuando se pertenece a esa clase de hombres que hacen del corazón el animal de tiro de la vida. Otros hay que no lo entienden. Estos son los que hacen de la vida el animal de tiro del corazón.

Comentarios

  1. Si me lo permites, voy a usar este texto para explicarles a los alumnos de mi taller la diferencia, en lo que a espacios narratológicos se refiere, entre escenario y ambiente. Yo les hablaba de la Regenta, pero muchos no la han leído...

    Si te fijas (algo he escrito alguna vez sobre esto) los aeropuertos son los no-lugares arquetípicos, abarrotados y carentes por completo de alma. Por completo.

    Creo que voy a estar unos días fuera de los blogs, porque me han mandado unas pruebas de imprenta y estoy como loco con la cantidad de detalles que me surgen a cada página. Prometo hacer la tarea a la vuelta, siempre y cuando tú prometas que no nos cierras el blog por sopresa numérica jajajja

    Un abrazo,

    Francisco

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  2. Qué triste esa ciudad vacía de entusiasmo. Desde muy pronto casi todos los espacios se convierten en salón de baile de presencias y ausencias más o menos definitivas. Sólo nuestra pecera melancólica se queda hasta el final.
    “Mi corazón ya es lengua larga y lenta…
    ¿Quieres contar tus penas? Anda y cuenta”
    Betty B.

    P.S. Es muy bonito el soneto del amante astrólogo.

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  3. Mi leal visitador, ¡cómo no habría de permitírtelo!
    Entiendo que esas “pruebas” son señales de “nascituro lírico-tuyo” en inminente alumbramiento. Si no marro en el presagio, me alegro lo indecible. En cualquier caso, trátese o no de poesía, harás bien en dejar los blogs. Y aunque yo a lo mejor me doy al reposo y la “meditación” durante algunos días de éstos (tan adecuados por cierto), no tengo síntomas de debilidad pitagórica, que yo sepa al menos.
    Así que, amigo Fran, al “curro”. Mucha suerte y un abrazo.

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  4. Ya San Agustín considera la ciudad separada del espacio, confinada a la comunidad de creencias, hecha, por tanto, de pura interioridad. Tienes razón en que “sólo nuestra pecera melancólica se queda hasta el final”: ésa es nuestra peculiar, aunque dolorosa, grandeza.
    Por cierto, eres una lectora-conocedora (me parece que también escritora) extraordinaria de poesía.
    Gracias, Betty B.

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  5. Mi relación con la poesía sólo es de amor.

    Betty B.

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