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La deducción de las sombras


Me he quedado, como un tonto, mirando la larguísima sombra. A mi espalda, un sol de los que duelen de luz hasta en la imaginación convencía a esta tarde sin complejos de que debía llamarse "claridad", porque era claridad sencillamente… Y lo ha conseguido, por la gracia del viento de marzo, que ya se encarga él de sacar brillo a esa ilusión turquesa que “ni es cielo ni es azul”, como diría Argensola (Bartolomé si no marro en la memoria). La larguísima sombra era una sombra neta, limpia, perfilada, casi lunar, sin gas intermediario de ningún tipo para amortiguar sus lindes. Era una sombra claramente oscura sin limítrofes indecisiones. Y en medio, entre esas dos claridades, entre esa clara negritud y esa clara luminosidad, provocando aquélla por intromisión en ésta, estaba yo, como un tonto, leyendo sobre la tierra mi propia provocación, deduciendo de ella, de su puro no ser, el ser radiante de una plenitud luminosa.

No, no he pensado en Platón, aunque lo parezca; he pensado en el método hipotético-deductivo, he pensado en la ciencia concluyendo la existencia de farolas a partir de las umbrías que se encuentra por el mundo. He pensado en la constatación empírica de las primeras, poniendo focos en los laboratorios que provoquen las segundas. He pensado que formular determinismos rigurosos desde lo que podemos experimentar y controlar y trucar (al cabo, un experimento siempre es un truco), lleva siempre a la idea de que también el agente demostrado es experimentable, controlable, trucable. Eso de conocer para dominar es el huevo de toda la ilusa tecnología, incluso de la precientífica, o ¿acaso no se viajaba a Delfos para saber lo que había que hacer según lo que fuera a ocurrir?

Deberíamos dar una oportunidad a otro proceder, deberíamos admitir que, a veces, por lo menos a veces, las sombras de la realidad no tienen, ni tendrán nunca, una razón que sea puerta de un instrumento. Deberíamos ensayar, de vez en cuando, otro método; por ejemplo, el método poético-deductivo, que me acabo de inventar, pero que veo con fecundas posibilidades para la esperanza del hombre.

Y es que mirando la larguísima sombra de mi breve humanidad, tan indefensa, he sentido más la necesidad de la esperanza, que de la herramienta; más del valor, que de la utilidad; más de Dios, que de Galileo, o de Newton, o de Boyle, o de Einstein, o de Planck… Más, de una farola infinitamente superior que no “sirve” para nada y, sin embargo…

Comentarios

  1. y, sin embargo... es "como el sol que cae alrededor de una cosa desvalida".

    ¡Qué alegría más grande reencontrarte! Y así, con tanta claridad, y este no sé qué de nuevo que no parece solamente el formato...

    Y cuántas cosas atrasadas para ir leyendo con calma. Te tomaste un descanso bien cortito ¿eh? Pensé que no volverías antes de Pascua. Qué bien, qué bien...

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  2. Pues la alegría es recíproca. Espero poder mantener el "no sé qué de nuevo"... Aunque, ya sabes, a veces, "se me va la olla".

    ¡Perfecto el final con que completas la entrada! Ya he visto que es palabra de Whitman (no lo sabía) y exquisitez tuya.

    Gracias siempre.

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