domingo, 20 de abril de 2008

El tiempo y la eternidad


Son las nueve de la noche y aún se adorna mi ventana con ciertas claridades del día. Es una ficción convencional. En realidad no son las nueve, como todos sabemos, sino las siete, como todos olvidamos. Aunque también lo de las siete es igualmente convencional, tanto como el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo, que es la fecha que James Ussher, arzobispo anglicano de Armagh, calculó en el siglo XVII para la creación del mundo. Curiosa –y newtoniana– consideración ésta del tiempo: fluyente, neto y objetivo, al margen de nosotros; con días, con semanas, con meses, con calendarios; tachando y contando jornadas en la quietud inmensa de la eternidad. Curiosa y no enteramente extraña, por cierto, a la confusa convención que nos hace y deshace la vida cuatro siglos después. Porque, a pesar de Einstein, a pesar de Planck, a pesar de todo, seguimos imaginando la medida de la eternidad, seguimos pensado que la eternidad dispone de cronómetros y clepsidras, de minutos y de horas, de secuencias e intervalos.

¡Pobres! La eternidad es otra cosa. Nos lo llevan diciendo más de dos mil años y todavía no nos hemos enterado. ¡Ni siquiera los “especialistas” como Ussher!

6 comentarios:

Manuela Fernández dijo...

La eternidad es entender que el minuto que empieza es el mismo que acaba.
Interesante tu blog, o a mí me lo parece. Saludos.

Anónimo dijo...

Medir la eternidad? Tan absurdo como intentar subir escalones de agua.
Hay personas, instantes, ideas que serán eternas en mi, y sin embargo soy un ser acotado. Un ser acotado que puede poseer eternidades.

Ana.

Antonio Azuaga dijo...

Gracias, manly, por tu parecer y por tu aparecer. Y gracias también por tu definición de eternidad, de la que podríamos decir que es el no-minuto, no-hora, no-día...
Un saludo.

Antonio Azuaga dijo...

Ciertamente tan absurdo, Ana, como espléndida es la imagen con que lo comparas. Es una incomprensión consecuente a una incompatibilidad. Algo parecido a lo que le sucedería a un hipotético ser inteligente que sólo dispusiera de tacto y quisiera pensar el color en forma de caricias.
Gracias y un saludo.

Anónimo dijo...

Te recuerdo hace pocos comentarios diciendo que querer era cosa de la voluntad. Cuando hablabas del atrincheramiento en el santo antojo, Antonio, yo pensé: “a mí me lo vas a contar”.
Cada uno siente la eternidad, o cualquier otra cosa, donde la siente (si es que la siente). Si te parece absurdo es porque no lo entiendes; si no lo entiendes, no lo juzgues.
“Querer pensar el color” de todas formas, no basta; ahí tienes razón, es de esas cosas que no se hacen diciéndolas.

Antonio Azuaga dijo...

Creo, Betty B., que una vez más no me he explicado debidamente. No digo que sea absurda la eternidad, ni juzgo absurdo pensar la eternidad, precisamente porque la entiendo. Lo absurdo es medirla, computarla, apresarla en un reloj, desmenuzarla en mera temporalidad. Tampoco es absurdo el color, lo absurdo sería que el hipotético ser inteligente dotado únicamente de tacto (una especie de extraterrestre que habitara un planeta siempre en sombras) quisiera pensar el color (porque “alguien” le hubiera hablado de su existencia) como si fuera una caricia. En síntesis, que lo absurdo es pensar o juzgar algo haciendo de ello lo que “no” es ese algo. A lo mejor, uno puede sentir así, pero sentir es una operación diferente a pensar. Por eso pensamos las ecuaciones y sentimos las emociones. No al revés.
Gracias por tus palabras.