martes, 8 de abril de 2008

Todo un fastidio


La libertad se hace grande por sus objetivos. La libertad es medio, instrumento biológicamente ensayado en nuestra especie para inventar la Historia. La libertad sólo es fin de modo circunstancial cuando la libertad no es libertad sino demolición del hombre. Pero luego, cuando se alcanza, pierde todo interés para uno, que deja de ocuparse de ella, que sólo de ella habla cuando se refiere a la de los otros, los que aún no la tienen. Lo malo es que no se sepa qué hacer con “la herramienta” cuando ya se posee. Lo malo es que la tengamos colgada en un perchero de prendas inútiles o pasadas de moda y sólo la vistamos en fiestas de disfraces. Lo malo es que su uso quede encanijado en la elección de insignificancias embrutecedoras. Porque para lo demás, para lo grande, para lo que nos hace o no dignamente humanos disponemos de una auténtica enciclopedia de diagnósticos exculpatorios. Conozco vagos, que han elegido su insociable pereza, a quienes “define” una depresión; vándalos, a los que “justifica” una adversa circunstancia social; asesinos, que se "absuelven" por variopintos desequilibrios mentales.

Por si fuera poco, en auxilio de este contumaz asedio a la libertad, o responsabilidad que, al cabo, es de lo que se trata, ha venido la corte de la ciencia de laboratorio y tubo de ensayo. Más contundente, más eficaz, más brillante es la explicación de nuestros actos por causa de una hormona o de un gen distorsionado, que por el etéreo diagnóstico de un psiquiatra. Según leo, hasta los dictadores más brutales deberían ser exculpados de toda su barbarie: la cortedad del gen AVPR1 (que, por supuesto, ignoro qué cosa sea) podría tener la culpa del infame egoísmo de estas criaturas. Nada que no se pueda corregir con tres o cuatro ajustes de probeta.

Si en los años de la falacia Fromm podía pensar que la libertad daba miedo, a mí me parece que, a día de hoy, se la considera un fastidio, como a las moscas del verano. De ahí la búsqueda obsesiva de un insecticida eficaz.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué fácil es echarle la culpa a la genética! Es el cajón de sastre de moda...

Antonio Azuaga dijo...

Es una solución perfecta, Fran: después no hay que preocuparse por nada.

camaradeniebla dijo...

Ya sabes Antonio que los biólogos aportan que hay soluciones ambientales y a día de hoy se discute si dos gémelos monozigóticos, incluso, comparten cadena genética. Genoma y fenoma. Lo que no se puede caer es en el indeterminismo acrítico. Y te lo dice una persona que poco quiere creer en el deternimismo, por llevar en su cadena genética, más de una semilla del diablo (enfermedades congénitas).

Antonio Azuaga dijo...

Ana, no estoy en contra de la ciencia (ya lo sabes), sino del uso de la ciencia. Estoy en contra de algunos hedores ideológicos que despide la utilización posible y subrepticia finalidad de ciertos conocimientos o investigaciones, pero no en contra de los conocimientos como tales. Necesitaría ver el mismo interés colectivo por la ética que por la genética, por ejemplo, para no desconfiar. Sin embargo, la segunda se presenta como asunto de especialistas y la primera como opinión de cualquiera. Aquella aparece con la certidumbre de la verdad, ésta con la incertidumbre de la “vulgaridad”.
Estoy seguro de que hay genes para casi todo, pero si los saberes práctico-morales siguen los derroteros que ahora, social y políticamente, apuntan, esa ciencia de aquí a unos años habrá devorado al hombre. La preocupación del conocidísimo “mundo feliz” de Huxley sigue estando vigente.

Al nacer, el ser humano tiene todas las determinaciones de su naturaleza, de su “biología”; al morir, sin embargo, debe poseer el resultado de todas las “autodeterminaciones de su libertad”, de su elegida “autobiografía”. A eso quería referirme, no al cierre de los laboratorios o a la persecución de las investigaciones. La caricatura hiperbólica del gen AVPR1, no es nada más que un recurso literario para poner de manifiesto ese diagnóstico que a mí me sigue pareciendo válido: hoy por hoy la libertad es un fastidio.

Haces bien en no querer creer en el determinismo. Yo, aunque me lo demostraran matemáticamente, seguiría creyendo en la voluntad: ¡lo es todo!

Muchas gracias, naturalmente, por tus puntualizaciones.

camaradeniebla dijo...

Alguien te repite que tiene dos enfermedades congénitas en su adn, te repite que el determinismo lo es. Una es una miocardiopatía congénita y la otra una enfermedad que degrada el sistema nervioso y hace paralíticos.Yo las poseo en potencia y si tengo progenie transmitiré el testigo.Entiendo a los indeterministas, cuando mi lectura favorita es Constant que no conocía limitaciones.

Antonio Azuaga dijo...

Insisto, Ana, yo no discuto el determinismo fenoménico de la naturaleza: las piedras van a seguir cayendo inevitablemente bajo el rigor de Newton, y el hombre, en tanto que es fenómeno, va a caer igual si resbala de un séptimo piso. Pero el hombre, además, es otra cosa, es libertad; esto es, inversión del capital “determinado” que recibe en voluntad, en decisión de ser. Nadie puede negar “lo dado”, pero con lo dado unos hacen un deportista, otros un científico, otros un criminal, otros una bella persona, etc. Me va a condicionar mi estatura, mi capacidad intelectual, el color de mis ojos, todo eso que encuentro ajeno a mis autodeterminaciones. Y al gorrión le va a ocurrir exactamente igual. Pero a partir de ahí, el gorrión va a seguir siendo gorrión y yo el resultado de mis elecciones.
A eso se ha referido siempre esta entrada, si bien es cierto que, cuando me pongo hiperbólico, llego a pensar la libertad con un poder casi ilimitado, por lo general, buscando el apoyo literario de ese subterfugio que es la incertidumbre cuántica. Pero esto sólo me pasa de vez en cuando.
Un saludo, Ana.