martes, 1 de abril de 2008

Una sonrisa... dolorida


Sin que sirva de precedente, no vaya a verse perjudicada esta imagen de severa seriedad que gasto, un apunte de humor. De humor agrio en segunda lectura, la verdad sea dicha. Pero si uno quiere quedarse con la sonrisa, basta con la primera. No es un cuento, es un hecho; quiero decir, que es de real realidad; de ésa que se palpa en la vida de un día cualquiera.

Mañanita soleada de febrero reciente y aula de mozalbetes en edad de merecer el carné de conducir y el paso por las urnas electorales. El profesor intenta desmenuzar las aristotélicas andanzas del Doctor Angélico. Hay un murmullo tenue que inquieta la atención de quienes quieren guardarla. El profesor se harta: “Ya está bien, o nos callamos o doy el tema por explicado: en mi clase se está como un cartujo”. Pausa en el aire que parece haber hecho efectivo el símil monacal. Pero hay algo en las caras de los alumnos que mueve a la preocupación: “Sabéis lo que es un ‘cartujo’, ¿no?”. El silencio compacta sus moléculas hasta la densidad de una estrella de neutrones. Después de algunos segundos, una voz, salpicada de incertidumbre, logra escapar de la muda atracción gravitatoria y lanza su decidido acertijo: “Un... ¿animal?”.

Mañanita de febrero soleada y aula de jovenzuelos y jovenzuelas que “se rallan” con la filosofía, pero “ligan mogollón” los fines de semana; que canturrean un horror eurovisivo, pero ignoran quién escribió aquello de “Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres…”; que han oído hablar del punto “G”, pero no, claro está, de los cartujos

Aunque no es culpa de ellos. Sólo es… nuestro siglo.

Ah, se me olvidaba, el profesor era yo.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta que refunfuñes. Y el cartujo como animal de compañía tiene su gracia.
Creo que estoy entre ellos y tú, pero todos estamos en nuestro siglo, ése que te trae de calle.
Me haces recordar a mis profesores con cariño. Pocas veces me molesté en mirarlos así y, sin embargo, te veo claramente en mitad de clase, como vi a otros, dudando entre la indignación y la paciencia… y optando por la paciencia.
Qué pena, nunca les llegará ya mi gratitud.
Betty B.

Diego Román Martínez dijo...

Uy, qué blando te estás volviendo. Cartujos... ¿Dónde quedan los gloriosos 'días del club'? "Hoy es el día del club y todos los socios pagan cuota..." ¿No te acuerdas del monacal silencio y de nuestras caras de vaca viendo pasar el tren? Claro, que mi generación, con lo del cartujo, se habría reído... Creo que esto va a ser por la involución de la que nos hablabas. Un abrazo y dale fuerte a Nietzsche, que ya estamos en primavera.

Antonio Azuaga dijo...

No te preocupes, esa gratitud siempre “llega”: te garantizo que ellos la saben, aunque no la oigan. Además, el verdadero dolor no es por culpa de los alumnos; a mí lo que me hace “refunfuñar” (por no decir “desatar la mala l***”) es la impunidad con que se arroja a las generaciones más jóvenes a su descomposición. En mi “tonta” valoración es mucho más grave que un desfalco, por ejemplo. Sin embargo, de este juego nadie pide cuentas. ¡Qué cosas!
Gracias, Betty B., remito tu agradecido recuerdo a sus correspondientes destinatarios.

Antonio Azuaga dijo...

Amigo Diego, no es que se me hayan olvidado, pero me da pereza: tendría que explicar lo que quiero decir con “día”, luego con “club”, después con “día” y “club” todo junto... Más de media clase: ¡demasiado!... Comprenderás por qué todavía no he llegado a Nietzsche… ni, tampoco, a la primavera. Pero esto es por otra razón.
Un abrazo.

samsa777 dijo...

Helada sonrisa.

Yo he desistido de la secundaria por los padres-que-quieren-partir-piernas y, sobre todo, por la heroica tarea de enseñar. Yo soy de los que quedaban en la arena frente a Troya. ¿Nostoi? ¿Empresa interminable? ¿Penélopes? En lo que toca a la enseñanza de cafres, yo ya tuve mi lanzada, caí junto a las cóncavas naves.

Mucha suerte, Antonio.

Anónimo dijo...

Bueno, prefiero que el destinatario seas tú. No pienso volverme sal.
Hoy tienes un no sé qué de realmente triste. De pronto, te he visto desenfocado y muy de lejos.
Betty B.

Antonio Azuaga dijo...

No te voy a discutir, Francisco, la épica actual de la enseñanza: la enalteces bellamente. Lo cierto es que la infantería guerrera no la formamos ni grandes ni pequeños héroes: sólo somos mercenarios (algunos con treinta y no pocos años de espada y lanza) que acabamos por creer que hay honor en el combate. Pero sólo es eso: un “acabar por creer…” Los dioses siempre están demasiado lejos del dardo y de la herida. Creo, por lo que dices, que me entiendes.
Un abrazo.

Antonio Azuaga dijo...

Pues, si así lo prefieres, Betty B., sea. Por lo que a mí se refiere, quedo encantado, de ser su depositario.
En cuanto a lo de "desenfocado", es evidente que lo estoy siempre: no sé qué extraña incompatibilidad existe entre la luz de "estos días" y yo.
Un saludo borroso, no por mi culpa, sino por la lente de los siglos.

Anónimo dijo...

Dedicarse a enseñar tiene un puntito de suicida. Suelo decir/decirme a menudo que los toros siempre tiene la misma edad pero los toreros cada vez son/somos mayores.Y se nota.

Dar clase es como una función de teatro; el éxito , muchas veces que no siempre, depende del espectador, y nuestros espectadores no le ven utilidad a aquello que intentamos meter con paciencia zen en esas cabezas...... esas cabezas cuyo contenido varia entre el vacio absoluto y la plenitud de sabiduria superficial.Ejemplo; Es más úitl saber ejercicios `para que el culo se ponga duro que calcular un área mediante integrales dobles. Ni punto de comparación.
Dar clase a quien quiere aprender no tiene precio (quedan pocos casos......estos alumnos tendrían que formar parte de la lista de especies en extinción).
Dar clase a quien no quiere aprender no se paga con nada.

Un saludo.

Ana ( la "hibirda").

Antonio Azuaga dijo...

Se nota, Ana, que conoces el percal. Y es una pena que el “conocimiento” se busque en función de su “utilidad” y no de su “valor”. Por eso, en los primeros días del curso, yo me curo en salud: “Queridos alumnos, antes de que alguno me lo pregunte, les diré que la Filosofía no “sirve” para nada. Para servir están las sillas, las mesas, las tizas, el encerado, los ordenadores… El servicio es cosa de instrumentos y medios. Los fines son asunto de valores. Y la Filosofía es un fin”. Por supuesto que no me entienden, pero, por si acaso, lo repito año tras año.
Y desde luego, dar clase a quien se resiste, como bien dices, es impagable. Quizá por eso, San Agustín escribió: “No insistas ni molestes a quienes no quieren corregirse”. El problema es que nosotros no le hacemos ni caso.
Un saludo