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El prodigio


Uno espera que ocurra, que de pronto
el tiempo se decida; que suceda
que las calles no quieran ser distancia;
que el mundo se reduzca, se comprima
hasta una superficie manejable,
que no haya solución, ni escapatoria,
ni pretexto; que se haga no posible
recurrir al silencio, a la ignorancia
de que uno sigue allí a pesar de todo,
de que no hay más remedio que arroparlo
con el suave advertir de una mirada.
Uno quiere que todo lo que ocupa
lugar no sea volumen, ni siquiera
lugar; que simplemente estalle el hecho
y llegue a ser el ser inexplicable.
Aunque no quede rastro para nadie
y uno solo recoja su memoria.

Y hay un día que ocurre... Y no sucede
que las calles acerquen, que se anule
el tamaño del mundo, que una voz
te descubra el silencio, que unos ojos
te abriguen el dolor en su mirada…

Uno espera el prodigio… Y el prodigio
no es más que otra ventana a la tristeza.

(27 junio 2008)

Comentarios

  1. Agradezco a un "anónimo" visitante que me indicó la errata de "un" por "uno" en el primer y penúltimo verso. ¡Es que escribo con "un" dedo! Soy un "pato"; y mi dedo también.

    Gracias, amigo.

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  2. Todos esperamos prodigios y nos sentimos derrotados por su ausencia, pero algo hay que ayudar, de lo contrario, es como querer que la vida nos cuente todo mientras nosotros callamos por si acaso. Yo espero merecer alguna vez algún prodigio y saber mirarlo para no ver otra ventana a la tristeza. Esa esperanza ya es un vaso medio lleno. No sé si hay mucho más.

    Buenas noches otra vez.

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  3. El prodigio a que me refiero es el suceso que rompe el orden regular del mundo. Exige que las leyes de la naturaleza se alteren extraordinariamente para que todo ocurra de un modo diferente. No se descubre, ni se dialoga con nada para que sea posible; sólo se espera. Y pasa que, cuando sucede, el prodigio responde a su condición de irrealidad. Entonces uno ya no es capaz ni de esperarlo.
    Gracias Betty B. por tus palabras. Si mi vaso parece medio vacío siempre, es porque soy un gran bebedor.
    Besos.

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  4. Y yo añadiría, que el prodigio nunca es tal, porque vuelve a disolverse en la realidad anodina de lo cotidiano.

    Tu último comentario a mi última entrada es sencillamente fantástico. Creo que escribiré algo en diálogo con esas palabras.

    Un fuerte abrazo.

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  5. Sin duda, Francisco; por mucho que me duela reconocerlo. Aunque haré todo lo posible para que se me olvide este reconocimiento.
    Muchas gracias por tus palabras y por tu cariñosa acogida a ese comentario.
    Un abrazo.

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  6. No siempre el prodigio se ofrece como un acontecimiento visible, ruidoso, en espera de su interpretación. Como cuando en la Roma antigua un rayo partía en dos una estatua o en el cielo asomaban dos soles. El prodigio puede ser silencioso y producirse sin aspavientos, dejando una huella sutil que quizás transforme (quizás sin que nos demos cuenta) esa parte del mundo que nos acoge y angustia. Por eso esperar el prodigio es vano afán.

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  7. Ya decía yo, respetado tocayo, que estaba haciendo el tonto en esa espera. Conste que estoy de acuerdo contigo, pero la convicción en las regularidades de la naturaleza, tanto en el mito, como en la filosofía, como en la ciencia, es la que nos hace tan dependientes de los “efectos especiales” cuando esperamos lo extraordinario. De ahí la decepción y la tristeza consecuentes. A lo mejor, como dices, lo prodigioso del prodigio está en que ocurre muy modestamente.

    Gracias y un saludo.

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  8. Memorables los versos finales, Antonio, de esos que erizan la piel.
    Nos pasamos, es cierto, la vida esperando prodigios y, si alguna vez suceden, pasan, y nos dejan esa amarga sensación de lo que se fue. Ya lo dijo el gran Machado, Manuel: lo precioso es el instante que se va...

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