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La esencia de las tradiciones está en la reiteración. La tradición se repite porque recupera algo que no sabemos muy bien qué es, pero nos invade de una necesidad. Por eso voy a repetirme. Lo colgué de un “atardecer” hará cosa de un año y he querido volver a hacerlo hoy porque el sábado, a la 1:45 P.M., subió de nuevo a su puente y se puso a no andar hacia donde sí quisiera.
Podéis pasar de largo si ya entonces lo leísteis. En cualquier caso, Feliz Navidad.
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Creo que tiene 87 años. Ha sido testigo mudo de la Dictadura de Primo de Rivera, de la caída de la Monarquía, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil, del franquismo, de la Democracia… Tiene nariz aguileña, ojos grandes y tristes, barba y pelo blancos. Viste un traje negro con chaquetilla corta, como de charro salmantino. Anda encorvado y despacio, con los brazos hacia delante para compensar una carga de leña que lleva a la espalda, una carga de piedad que lleva llevando todos esos años a un portal que sólo advierte de lejos, desde el pretil de un puente que cruza un río parmenídeo que ni se mueve ni cambia, que es una palinodia de la sentencia de Heráclito. Porque siempre le hemos puesto ahí, sobre ese puente, unos días antes de todos los inviernos que han caído sobre nuestras vidas.
Allá por 1920 mi abuelo lo situó ante los ojos, infantiles entonces, de mi padre. Tiempo después, hizo mi padre lo propio ante los míos. Años más tarde, yo ante los de mis hijas… Él insiste en salir aún cada invierno de ese envoltorio de papel de periódico en que pasa la mayor parte del año. Cuando lo miro, me viene un olor de corcho, serrín y musgo viejo, que es a lo que olía el comedor de Gómez Ortega en estas fechas. Y la memoria de mi madre, joven, desplumando el pollo de Nochebuena, que era el manjar estelar de entonces. Luego se me enreda la nostalgia en las tres risas infantiles que años después me ordenaron el alma.
Este viejecito parece un manual de nemotecnia del sentimiento. O un eslabón con todos los corazones que anduvieron por estos pagos. Por impopular que hoy sea, repetiré que la tradición es un bien humano, una liturgia de raíces en el tiempo que nos arranca de la mera depredación de la vida y nos hace sentir junto a quienes sintieron y ya no están con nosotros. Que no es química, genética, ordenación cromosómica ni selección natural que valga. Que es decisión del punto y aparte que, si no lo somos, si se empeñan en decir que no lo somos porque los bonobos tienen habilidades cognitivas similares a las nuestras, deberíamos querer serlo. Otra cosa es que nos conformemos con el determinismo del ADN, o que nos tire la selva más que el aula, o más la herencia animal que el templo humano.
No me gusta el mundo que veo. Los hombres de hoy, estos hombres de usar y tirar que se han vuelto "cosa" en su recíproco uso, no quieren tener nada que ver con el pasado; probablemente, con el futuro tampoco –si éste no es técnicamente explotable, por supuesto–. Y el presente, sin uno y sin otro, no es más que un miembro amputado, un muñón inútil que no agarra verdad por parte alguna. Uno debería poder morirse cuando cae en la cuenta de que el mundo que hay ya no le gusta. Sobre todo si está convencido de que no existe arreglo posible y lo único que entonces le apetece es descansar.
Por eso desearía que un día alguna de mis hijas sintiera la necesidad de volver a colocar a ese viejecito sobre su puente; no porque se acordaran de mí, que también, sino porque su mundo siguiera teniendo algún sentido bello para el hombre.
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Podéis pasar de largo si ya entonces lo leísteis. En cualquier caso, Feliz Navidad.
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Creo que tiene 87 años. Ha sido testigo mudo de la Dictadura de Primo de Rivera, de la caída de la Monarquía, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil, del franquismo, de la Democracia… Tiene nariz aguileña, ojos grandes y tristes, barba y pelo blancos. Viste un traje negro con chaquetilla corta, como de charro salmantino. Anda encorvado y despacio, con los brazos hacia delante para compensar una carga de leña que lleva a la espalda, una carga de piedad que lleva llevando todos esos años a un portal que sólo advierte de lejos, desde el pretil de un puente que cruza un río parmenídeo que ni se mueve ni cambia, que es una palinodia de la sentencia de Heráclito. Porque siempre le hemos puesto ahí, sobre ese puente, unos días antes de todos los inviernos que han caído sobre nuestras vidas.
Allá por 1920 mi abuelo lo situó ante los ojos, infantiles entonces, de mi padre. Tiempo después, hizo mi padre lo propio ante los míos. Años más tarde, yo ante los de mis hijas… Él insiste en salir aún cada invierno de ese envoltorio de papel de periódico en que pasa la mayor parte del año. Cuando lo miro, me viene un olor de corcho, serrín y musgo viejo, que es a lo que olía el comedor de Gómez Ortega en estas fechas. Y la memoria de mi madre, joven, desplumando el pollo de Nochebuena, que era el manjar estelar de entonces. Luego se me enreda la nostalgia en las tres risas infantiles que años después me ordenaron el alma.
Este viejecito parece un manual de nemotecnia del sentimiento. O un eslabón con todos los corazones que anduvieron por estos pagos. Por impopular que hoy sea, repetiré que la tradición es un bien humano, una liturgia de raíces en el tiempo que nos arranca de la mera depredación de la vida y nos hace sentir junto a quienes sintieron y ya no están con nosotros. Que no es química, genética, ordenación cromosómica ni selección natural que valga. Que es decisión del punto y aparte que, si no lo somos, si se empeñan en decir que no lo somos porque los bonobos tienen habilidades cognitivas similares a las nuestras, deberíamos querer serlo. Otra cosa es que nos conformemos con el determinismo del ADN, o que nos tire la selva más que el aula, o más la herencia animal que el templo humano.
No me gusta el mundo que veo. Los hombres de hoy, estos hombres de usar y tirar que se han vuelto "cosa" en su recíproco uso, no quieren tener nada que ver con el pasado; probablemente, con el futuro tampoco –si éste no es técnicamente explotable, por supuesto–. Y el presente, sin uno y sin otro, no es más que un miembro amputado, un muñón inútil que no agarra verdad por parte alguna. Uno debería poder morirse cuando cae en la cuenta de que el mundo que hay ya no le gusta. Sobre todo si está convencido de que no existe arreglo posible y lo único que entonces le apetece es descansar.
Por eso desearía que un día alguna de mis hijas sintiera la necesidad de volver a colocar a ese viejecito sobre su puente; no porque se acordaran de mí, que también, sino porque su mundo siguiera teniendo algún sentido bello para el hombre.
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Yo creo que el mundo siempre guarda un sentido bello para los ojos nuevos, para tus hijas y para todos. Pero está bien guardar una vieja figura, parada en ese momento, el de las ganas de ir.
ResponderEliminarUn beso, Antonio.
Feliz Navidad.
El mundo, lo que se dice "el mundo", no guarda nada, quienes se encargan de guardar algo para el mundo son “los ojos” que lo miran. De ahí, la importancia de mimar su lejana mirada.
ResponderEliminarGracias, Olga.
Un beso y, otra vez, Feliz Navidad.
Feliz Navidad, Antonio... ¡Y también para el viejecito!
ResponderEliminarYo también creo que hay que "mimar" esos ojos, pero sin dirigirlos. Porque en el mundo, con todo su horror, aún hay mucha belleza. Feliz Navidad, tocayo, para ti y los tuyos.
ResponderEliminarMuchas gracias, Julio, en nombre de los dos. Y, ya sabes: lo mismo, también de estas dos partes.
ResponderEliminarUn abrazo.
Dirigir, sin duda, no; sólo poder contarles lo que nos hizo querer ser mejores.
ResponderEliminarUn abrazo, Antonio, de recíproco sentimiento.
Aquellos belenes de toda la vida, resistiendo como troyanos ante estos anodinos pinos de plástico y las lucecitas de todo a un euro y engañifa. Qué texto más hermoso. Me ha gustado mucho lo del "río parmenideo". Y qué razón tienes con el pollo. Mi madre me tiene contado que, en su pueblo en Galicia, el manjar de Nochebuena era la coliflor y el pollo.
ResponderEliminarFeliz Navidad, Antonio. Y un abrazo.
…Es que comer pollo era un auténtico lujo, Juan Manuel. Cuando se hizo abundante, cuando se volvió masivo, perdió la gracia, como todo lo excesivo de esta sociedad que a veces se abotarga y hace saltar las alarmas de los noticiarios. Pero dejemos esto.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu inteligente y amable compañía durante este año; y, por supuesto, feliz Navidad, de las de pollo en la mesa y figuritas de barro haciendo senderismo piadoso, de las que no eran simple inercia de días jocosamente fastidiosos, de las que eran “Navidad” y la palabra misma se nos quedaba luego en la memoria infantil como un rescoldo para los fríos de enero.
Así que, feliz Navidad… De la de verdad.
Un abrazo.
No lo leí el año pasado y sí lo hago este. Magnífico, Antonio. Un abrazo y feliz Navidad.
ResponderEliminarMe ecordaste a Quevedo con esa reflexión en torno al pasado, al futuro y al presente. Hermosa reflexión, sabias palabras, entrañable costumbre que esperamos que continúe por muchos años, y nosotros que los veamos. Un abrazo, amigo, y feliz navidad.
ResponderEliminarMuchas gracias, Juan Antonio, que, todo un caballero, escoges hoy tu nombre entero para felicitarme. De persona a persona, quiero corresponder de igual modo, no obstante la común vulgaridad de mis apellidos (denotan, sin duda, mis antepasados noruegos):
ResponderEliminarFeliz Navidad, amigo mío.
Antonio Rodríguez Fernández (yo real de ese otro yo subterráneo que robó de Badajoz un nombre que le gustaba, aunque no tenía nada que ver con la hermosa tierra de los conquistadores)
¡Grande favor hacéisme, amigo Octavio, poniendo mis palabrejas en tal alta compañía! Y pues que igualáis con ello lo desigual a lo inigualable, réstame sólo descubrir en vos el generoso corazón que dignifica al hombre en días como el que hoy celebramos.
ResponderEliminar…¡Qué más quisiera yo!
Muchas gracias y feliz Navidad.