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Apareció pulida de verdad en otro enero
que no era de este exilio de penumbras.
Regateó el precio de mis noches
y me compró el silencio.
No me dijo su nombre ni por qué visitaba
ese viejo almacén que era mi vida.
Me pagó tres monedas, y se fue sonriendo.
Y aquí están, en mi mano,
el amor, la verdad… y su olvido.
26 enero 2010
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Apareció pulida de verdad en otro enero
que no era de este exilio de penumbras.
Regateó el precio de mis noches
y me compró el silencio.
No me dijo su nombre ni por qué visitaba
ese viejo almacén que era mi vida.
Me pagó tres monedas, y se fue sonriendo.
Y aquí están, en mi mano,
el amor, la verdad… y su olvido.
26 enero 2010
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Hiciste mal las cuentas, querido Antonio: también te dio el recuerdo, puesto que tú no la olvidas; y el poema, puesto que lo has escrito.
ResponderEliminarQué misteriosa y bella,"la noche de los dones".
Y aquí estan, en tu mano. Y también en nuestra memoria.
Un beso.
Es magnífico, apareció pulida, ... su olvido
ResponderEliminarTodos y cada uno de los versos, imposible elegir.
Un abrazo
Rotundos, Antonio. Unos versos rotundos y magistralmente ilustrados.
ResponderEliminarUn abrazo
¡ Qué ingrata !
ResponderEliminar¡ Precioso tu poema,me ha impresionado !
Y ese cuadro de Metsys,tan delicado y espiritual,de una gran modernidad.
Y esas Almonedas,donde soy asidua, en busca de piezas únicas y de artículos con historia...
Un beso grato.
Muchas gracias, Olga, pero en el poema no cabe el “recuerdo”, a pesar del piadoso asilo de “vuestra memoria”. La muerte es una compradora implacable.
ResponderEliminarY sí que es bello y misterioso Borges en ese relato; aunque, personalmente, prefiero en este caso “El poema de los dones”:
“…Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.”
Un beso.
Muchas gracias, Capitán, por la generosa navegación que siempre haces en las lagunillas de estas imaginarias.
ResponderEliminarUn abrazo.
Amigo Tato, lo que más “rotundamente” puede aquí afirmarse es la largueza de tus palabras: ¡todo un regalo!
ResponderEliminarUn abrazo.
De muy, muy joven, Veridiana, las mañanas de los domingos solía visitar El Rastro de Madrid: siempre me ha emocionado el testimonio de las cosas que ya no tienen testigos. A la vida le pasa eso, ¿verdad?
ResponderEliminarEstamos de acuerdo: el cuadro me encanta; y la ventana que se abre en su pequeño espejo, aún más.
Un beso
Tuviste en las manos las monedas de la vida, las únicas que hacen de nuestra presencia un verdadero latido, y no, no ha habido olvido. Como dice Olga, has hecho mal las cuentas.
ResponderEliminarY si no, he ahí el recuerdo, su presencia en el brillo que les das a esas monedas cada vez que haces el recuento.
Afortunado en tus recuerdos hoy sólo pagas su precio. El precio de haber latido al lado de algo que respiraba con la esencia de lo eterno.
A pesar de tu tristeza, me alegro. Me alegro del brillo que tienen tus monedas. Me alegro.
En primer lugar, Ana, perdona este larguísimo retraso en atender tu comentario: ando con algunas complicaciones que me dejan poco tiempo disponible.
ResponderEliminarAgradezco mucho tus palabras y que abundes en la idea esa de los errores en mis “cuentas”. Sin duda hay algo –o mucho– de verdad en la lectura que –creo entender– hacéis del poema. Digamos que es una lectura vital. Pero hay otra lectura menos elevada, más común; yo diría, simplemente biológica. Para mejor explicarme: mientras lo escribía, pensaba recurrentemente en mi padre, en sus 95 años y en ese paulatino desarbolarse la memoria que suele ocurrir a edades avanzadas. El olvido a que me refiero es real, muy real; es el olvido de uno mismo, la tercera moneda que nos queda en las manos sobre las otras dos.
Un afectuoso saludo y, otra vez, gracias.
Para un comentario que quiere conservar el anonimato:
ResponderEliminarSólo agradecer la muy generosa valoración que de mí hace, dudar de la inteligencia que me atribuye y quedar encantado de caerle “bien”, aunque esto desconcierte la “insocial antipatía” de que tanto presumo. Luego hablaré con el Mr. Hyde de mis bodegas; se va a llevar una desilusión.
Gracias.
es todo un lujo y una grata sorpresa encontrar esta poesía en la red,pero la sorpresa se torna en alegría cuando descubres que su autor es un viejo conocido tuyo, profesor al que le debes tus conocimientos y comprensión de la filosofía y la afición al mundo de la comedia, tanto como espectadora como "cómica". Gracias por estos estupendos poemas, toda una lección de sentimientos y de buen hacer lingüístico.
ResponderEliminar…Toda una alegría, Rocío, para mí. Y una sorpresa; aunque, si no me falla la memoria, ya me regalaste con tu visita en el otro blog. Lo vuelves a hacer hoy en esta entrada que está pidiendo a gritos sacar de curso legal la “moneda” del “olvido”. En lo que a mí concierne, vosotros sois parte fundamental de las otras dos. Gracias por devolver a éstas su valor de entonces.
ResponderEliminar¡Qué tiempos, Rocío, hechos, de Shakespeare a Bogart, “de la misma materia de lo sueños”!
Un beso y bienvenida.
Paso por aquí por segunda vez. Es obligado dejar rastro, Antonio.
ResponderEliminarTengo la manía de comentar el texto... Y hoy sólo quería decirte que leo y releo sin buscar demasiadas explicaciones... Belleza es lo que encuentro siempre en tus versos... aunque destilen tristeza por olvidos que no se pueden recuperar.
Escribes mucho de olvidos... y quiero entenderlo ... y no lo consigo. Será que no me ha llegado la hora. Pero me fío de un filósofo poeta.
Un afectuoso saludo para ti y, si pudiera, a quien motiva esos versos.
Tienes razón, Sunsi, hablo mucho de olvidos. San Agustín, que para mí es un filósofo enormemente actual, dice en sus “Confesiones” refiriéndose a la memoria, “…allí me encuentro yo a mí mismo y me acuerdo de mí”. Es la primera vez que el hombre habla de su “esencia” como un “quehacer”; de ahí su actualidad. Porque es en la memoria, en el almacén de lo que hemos hecho de nosotros, donde encontramos el yo que nos define. Por eso hablo tanto del olvido, porque es otra forma de morir sin muerte que a veces nos ocurre. Y a mí me preocupa mucho
ResponderEliminarY también tienes razón en no “buscar demasiadas explicaciones”. La poesía, en mi opinión, sólo es un pálpito que quiere decirse, no un hecho que pretende contarse.
Gracias por visitar y por comentar siempre, aunque el zoco de mis vanidades crezca más de lo debido; porque eso de “filósofo poeta”, Sunsi… ¡me viene grande!
Un cordialísimo saludo.
Estos dias se està representando la ópera Tristan e Isolda en el Liceo, tu poema me recuerda el final de la obra: la muerte por amor de Isolda, una transfiguración desde el abandono de si misma, con tres palabras que reflejan a la perfección el sentimiento de olvido de todo, de si misma, para fundirse en otra dimensión con el objeto de su amor...
ResponderEliminarWagner era un personaje misterioso, enamoradizo, filósofo, y también un gran músico, me hubiera gustado conocerle, a tí también me gustaria conocerte, artistas de verdad hay pocos y vale la pena conocerles.
De hecho creo que te conozco a través de tus poemas y escritos, que es la mejor manera de hacerlo. Tus escritos tienen aquella pátina inconfundible y especial que tienen la obras de arte antiguas, tan auténticas, tan ligadas "a un pálpito que quiere decirse, no un hecho que quiere contarse", como bien dices.
Un abrazo Antonio, y gracias por ser como eres.
No, Antonio... La humildad es la verdad. Tu poesía tiene un sello pesonal porque se sustenta en un lirismo distinto... en el sentido de las cosas , de la luz y de las sombras, de las presencias y las ausencias... Y a mí me gusta mucho.
ResponderEliminarUn saludo, de corazón
Wagner fue desmesurado en todo, quizá por eso fue amigo durante algunos años de ese otro hiperbólico personaje que fue Nietzsche. Lo cierto es que tanto uno como otro pueden provocar respuestas de todo tipo, pero nunca nos son indiferentes.
ResponderEliminarProbablemente, Montse, el “…inconsciente, / supremo / deleite”, tras el que muere Isolda, tenga que ver con el olvido, y ese olvido sea un acto de amor, el último de que somos capaces. Pero esto que digo exige demasiadas aclaraciones. Dejémoslo de momento.
Me quedo, eso sí, una vez más con la gratitud por tus palabras y la generosidad con que las escribes: con lectores como tú –como vosotros–, uno duerme tranquilo siempre.
Gracias, y un saludo afectuoso.
Si te gusta, Sunsi, si os gusta a “mis leales desconocidos”, eso vale por todo lo demás. Y más, por supuesto, mucho más, que la última moneda.
ResponderEliminarGracias, de verdad.
pero en el olvido también hay vida,es el olvido voluntario de uno mismo para interpretar los diferentes papeles que desarollamos a lo largo de nuestra vida, unas veces comprendido y otras no. Y es cierto eso de que la poesía es un pálpito, no hace falta entenderla, sólo sentirla.
ResponderEliminarPues mira tú, Rocío, que eso del “olvido voluntario” para hacer la exhaustiva revisión de uno mismo es una afirmación didáctica de lo más metafísico: yo el examinador y mi vida la examinanda. Al final voy a creerme que “el Fune” no era tan plasta como pensaba; y si lo era, lo fue en calidad de “abono”, que ya sabemos de qué se hace.
ResponderEliminarCoprológicas bromas aparte, tienes razón: el olvido ejerce, en multitud de ocasiones, como aliado de la vida. Si no fuéramos capaces de olvidar, dicen los psicólogos, nos sería dificilísimo vivir.
Bien por la observación, Rocío. Además, me haces rejuvenecer: Pirandello, Lorca, Anouilh… Voy a ver si me olvido de mí y me examino.
En cuanto al “pálpito”, Antonio Machado lo dijo mucho mejor que yo: “honda palpitación del espíritu.”
Gracias por volver, y un beso.
Antonio... hablando de olvidos.
ResponderEliminar¿Has leído el libro MÚSICA BLANCA de Cristina Cerezales Laforet? Está publicado por la editorial Destino.
Es sencillamente hermoso. Una manera de ver ese olvido de sí mismo, como un tiempo de ensimismamiento. Quizá no sea olvido... sino remembranza silenciosa.
Esos momentos de total ausencia quizá no deban ser interpretados como una simple ausencia de memoria. No sabes casi nada de los mecanismo del cerebro, mucho menos, de los caminos del alma... Quizá ocurra que, la ausencia de sonido es la presencia de la esencia. Quizá... ese olvido sea palabras no enunciadas, revelaciones de silencio, una comunicación íntima del yo consigo mismo.
No lo sé... me pareció una maravillosa forma de explicar la esencia del silencio en esas personas que se ensimisman... en esos cerebros que se quedan para siempre en sus adentros, rememorando el sonido de un viaje estupendo: la vida.
La música blanca es una música extraña. A veces te desconcierta; se ejecuta suavmente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oir el silencio, y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmáviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.
Alessandro Baricco
Me alegra saber que formo parte del conjunto de personas que hacemos que duermas tranquilo. Me queda sólo la duda de conocer el mecanismo que hace que unas cuantas palabres te hagan un efecto especial, como de somnífero...
ResponderEliminarComo bien dices, ese olvido que glosas tan bien en tu entrada, seria "el último acto de amor del que somos capaces", creo que Wagner en su ópera, también quiso reflejar este olvido tan especial, de una forma magistral.
Me encanta la ópera, y la música me acompaña muy a menudo. También me gusta cantar los lieder alemanes llenos de sentimientos, a través de las poesias de algunos grandes poetas de este país.
Un abrazo cariñoso.
Antonio... perdona... quise decir "no sabemos" casi nada de... ufff... así leído parece que el que no sabe nada eres tú. Y mira por donde que aquí, se aprenden muchas cosas.
ResponderEliminarPerdona.
No había oído hablar de ese libro, Música Blanca, pero parece interesante, creo que lo voy a leer.
ResponderEliminarNo, Ana, no he leído ese libro, pero sí me han hablado de él con apreciaciones semejantes a la tuya. Empieza a ser para mí una deuda necesaria.
ResponderEliminarY no te preocupes del “no sabes...” porque es una verdad hasta generosa. De los caminos del alma, no es que sepa “menos” de “casi nada”, es que no sé “absolutamente” nada. Así que, aunque tu intención fuera distinta, el lapsus mecanográfico recoge una verdad como un templo: los “imaginarias” no tienen ni idea de los sueños de su tropa.
La tranquilidad de mi sueño, Montse, no es cosa de somníferos: nunca los he necesitado. El dormir a que me refiero es soñar. El hombre duerme (o “sueña”) tranquilo cuando los demás le hacen creer que lo que hace tiene algún mérito o algún sentido. Y vosotros sois virtuosos maestros en esta, cada vez más rara, habilidad.
ResponderEliminarLa ópera es la gran pasión de mi padre (que tenía una voz de tenor espléndida, de la que algo conserva). Es más, cuando pretendemos recuperar algún hilo de entusiasmo en él, le preguntamos cualquier cosa al respecto. Hace poco entonó, bastante acertadamente por cierto, el “Che gelida manina” de La Bohème por una pregunta de ésas. Probablemente, la música, en la que yo soy bastante ignorante, sea el engranaje más acabado con la verdad.
Pues sí, Rocío, tenemos un común quehacer pendiente.
ResponderEliminarLa Óprea es fantástica (le decía a Master en Nubes,comparando el Arte moderno)¡ Cuanto más ves más te gusta!
ResponderEliminarSi lo leéis... ya me diréis si os ha gustado por lo menos, la mitad que a mí. Eso será suficiente...
ResponderEliminar;))
Qué suerte! tienes un padre que canta todavia... ahora entiendo muchas cosas. Entre otras, eso que dices de la verdad de la música, así es: una verdad, sin embargo que cada uno la ve a su manera, no es unívoca, y precisamente en ello reside su encanto. Le da a cada uno lo que su sensibilidad le permite apreciar en ella, lo que sus experiencias anteriores la han ido proporcionando de conocimiento de los estilos y las épocas. Este sí es un mundo onírico, gracias a él yo también duermo tranquila, ja,ja! después de un buen concierto o una ópera quedas como en un nirvana total, y después de cantar aún más, si cabe.
ResponderEliminarCreo que a tu padre le gustaria que le dedicara unas canciones,o que cantásemos algun duo.
El lenguaje de la música es mágico, tiene una conexión directa con el alma sin pasar por la razón y por eso tu padre lo conserva en su frágil memoria todavia. Por la misma razón, la musicoterapia en algunos casos, es tanto o más efectiva que algunos fármacos.
Un abrazo para ti y otro para tu padre de mi parte.
Esa “óprea” me indica, tras su modesta disgrafía, que seguís con un brazo en cabestrillo. En cualquier caso, divina Circe, tenéis razón.
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