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No me lo diagnosticaron hasta hace relativamente poco. Yo conocía los síntomas desde hace mucho, pero siempre he sido reacio a las consultas médicas. Al principio, sólo sentía una incomodidad, más o menos tolerable, en las sienes. Poco a poco y con los años, fue convirtiéndose en intensa irritabilidad. Hasta el punto de que mi vida, de sí pobremente social, empezó a resentirse. Fue entonces cuando me decidí a lo que nunca suelo decidirme. Así empezó un largo peregrinaje: del médico de cabecera (yo no sé por qué aún soy súbdito voluntario de la Seguridad Social) a los especialistas, de los especialistas a los hiperespecialistas; de las consultas a los laboratorios, de los laboratorios al estupor de los resultados… Finalmente, dieron con el diagnóstico –que me decepcionó, por cierto, porque abundaba en lo que casi todos los diagnósticos de nuevo y respetable cuño abundan–. Se trata de una malformación genética estadísticamente padecida por una prescindible humanidad. Una rarísima anomalía que no tiene cura posible ni medicación que interese indagar a los laboratorios. Según parece, a esta pobre insignificancia mundial que somos sus perjudicados, se nos quedó en el alma un gen arcaico, una elemental naturaleza que interpreta el ruido intolerable como una amenaza inquietante.
– En quienes humanamente la padecen –me explicó el último doctor–, al principio sólo se da una reacción impropia ante algunos estímulos físicos: estruendos, voces improcedentes, gritos incontrolados… Pero, poco a poco, se metastatiza. A sus años, no hay arreglo posible.
Nunca soporté el ruido, los gritos, el estruendo. Tampoco, la metástasis que más tarde los define; llámese idiotez privada o pública, o privada y pública mendacidad. Porque un mentiroso o un imbécil retumban con escándalo enorme en el alma… Y no hay quien lo aguante; en mi enfermedad, quiero decir.
– ¿Qué puedo hacer, doctor?
– Morirse cuanto antes.
– En eso estamos, doctor; en eso estamos… Usted perdone si molesto.
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– En quienes humanamente la padecen –me explicó el último doctor–, al principio sólo se da una reacción impropia ante algunos estímulos físicos: estruendos, voces improcedentes, gritos incontrolados… Pero, poco a poco, se metastatiza. A sus años, no hay arreglo posible.
Nunca soporté el ruido, los gritos, el estruendo. Tampoco, la metástasis que más tarde los define; llámese idiotez privada o pública, o privada y pública mendacidad. Porque un mentiroso o un imbécil retumban con escándalo enorme en el alma… Y no hay quien lo aguante; en mi enfermedad, quiero decir.
– ¿Qué puedo hacer, doctor?
– Morirse cuanto antes.
– En eso estamos, doctor; en eso estamos… Usted perdone si molesto.
"Pasé una noche a ti pegado como un árbol de vida
ResponderEliminarporque eras suave como el peligro
como el peligro de vivir de nuevo."
Un beso sin diagnóstico.
Ya entiendo Antonio. Por eso ese placer súbito cuando, al filo del cuarto de hora inacabable, apagamos el ruido fatigoso de la tecnología y ¡zas!....escuchamos el silencio. Esa máxima preciosa que te cubre las espaldas.
ResponderEliminarPero no te mueras de esa dolencia....Hay sonidos tan bellos que merecen ser escuchados aunque convivan con el ruido más vergonzante o las voces chirriantes de los imbéciles.
Por ejemplo Mozart y su "lacrimosa", o Bach y su "pasión" o Beethoven y su "pastoral". O tal vez el sonido de la lluvia tranquila en una tarde gris de invierno. ¿Y qué me dices de ti, Antonio, de tu voz recitando a Quevedo o a Lope? ¿No se te alivian los síntomas?
Un beso
Desde luego, Veridiana, la palabra, cuando es palabra y no berrido, cuando es auténtica, sea o no compartida su autenticidad, y se deja caer de un poeta al que la locura no le trastornó la armonía, entonces se siente la fantasía de la curación.
ResponderEliminarUn beso, al que, en realidad, le dan lo mismo los diagnósticos porque nunca resuelven nada.
Vaya, Inma ¬–apunta lo que voy a escribir–, pues “tienes razón”. Como sabes, este título lo “delego” sólo en situaciones excepcionales. En este caso, porque parezco tonto: ¿a quién si no se le ocurre ir al médico en vez de consultar a la excelente profesora de música con quien comparte la cotidiana pacificación de los orcos loesianos?
ResponderEliminarHe tomado nota de la receta, pero –entenderás que haciendo tal “delegación” tenga que poner un “pero”– creo que sobra eso de la “voz”. Mira, Inma, a mí no “me suena”; y yo creo que por eso es por lo que hablo cada vez más bajo. Lo que si es cierto es que parece funcionar en el control de las hordas escolares. Así que, si es para que se callen ellos, vale; pero para mi sanación, mejor las otras “pastillas”.
Un beso, y recuerda que la pancarta esa de “Escucha el silencio” fuiste tú quien la colgó de la pared de Jefatura.