Ir al contenido principal

La verdad, ese humano deber

.

…Quid est veritas?


La verdad es una obligación. Para el ser humano, naturalmente; para las demás criaturas, no. Las demás criaturas son lo que les ha tocado ser. Y no encuentran problema en ello; por eso los geranios se limitan a ser geranios y los saltamontes, saltamontes. La verdad para la naturaleza es la herencia del tiempo acumulado. Las plantas y los animales sólo tienen que vivir de aquélla e invertirla en la prole que habrá de sucederles. Ellos sí que pueden decir que “el mundo está bien hecho”; o, simplemente, que ya está hecho. El hombre, sin embargo, nace sin riqueza y sin verdad. Su herencia es pobre; miserable, diría: apenas tres o cuatro muebles para adornar un edificio desnudo. Y a partir de ahí, tiene que hacerlo todo: descubrirse, ganarse, reinventarse, quererse... ¡Todo! El hombre es el único animal construido naturalmente para conocer el mundo a costa de no saber de sí mismo. Por eso estamos en las metafísicas antípodas de la vida: todos los seres menos nosotros saben la verdad de lo que son; y cumplen con ella rigurosamente. Jamás pastará el lobo ni cazará la oveja jamás. Nosotros, sin embargo, tan atentos y pendientes, tan inquisidores de la exterioridad, tan capaces de predecir la posición de los astros o la evolución de las tormentas, ante un niño, ante la humana pequeñez de un niño, nunca podremos aventurar la imprevista invención de sí mismo que acabará siendo. Nunca, por mucho que sepamos escribir en los laboratorios la ecuación ya resuelta de su modesta esencia.

Una pena, sin embargo, lo poco que la verdad ya nos importa.
.

Comentarios

  1. Es verdad, Antonio, los animales son los únicos que se sueñan a sí mismos y no se engañan ni engañan jamás. El lobo no se disfraza de oveja ni la oveja quiere parecer un lobo. La verdad está en la naturaleza,en su equilibrio, solo cuando el hombre se olvida de que forma parte de ella y vive a sus espaldas es cuando todo va mal. Quizás, las cosas y la propia vida sea más simple de lo que queremos creer.

    Un beso,Antonio y féliz regreso.

    ResponderEliminar
  2. Perdón, no he firmado el comentario anterior.
    Otro beso.
    Doña Anónima

    ResponderEliminar
  3. De acuerdo, Doña Anónima, con su franciscano comentario. Sólo una personal observación: el animal no necesita “soñar” su verdad –su naturaleza– porque ya la tiene; su única ocupación es cumplirla. El hombre, contrariamente, tiene que inventarse a sí mismo. Por eso nuestra verdad –nuestra “naturaleza”– es un deber, una obligación; por consecuencia, una responsabilidad… Bastante maltratada últimamente, dicho sea de paso.

    Muchas gracias y un beso.

    ResponderEliminar
  4. A mí me interesa, como a ti, la verdad humana, porque ni la del lobo ni la de la oveja tiene culpa ni mérito. NO están capacitado para fingir, no eligen. El hombre elige y, con frecuencia, miente a los demás y se miente a sí mismo. Me pregunto también cuánta dosis de verdad propia y ajena somos capaces de soportar. Quizá cada vez menos. No estoy hoy muy optimista... pero igualmente te mando un beso.

    ResponderEliminar
  5. Yo creo, Olga, que si esa “verdad propia” es verdad elegida –es verdad de verdad–, la dosis que de ella podemos soportar es elevadísima. La verdad ajena es bastante más problemática porque nunca la sabemos y sólo podemos creer o no creer en ella. Lo peor ocurre cuando la falsificamos, bien para soportar su peso, bien para servirnos de su ingravidez. Esto pasa a diario, y el mundo está lleno de trapisondistas así (periodistas, políticos, aduladores… sofistas en general).

    Un beso, aunque, como ya sabes, yo casi nunca estoy “muy optimista”.

    ResponderEliminar
  6. Y la verdad, exista o no (la encontremos o no, por no ser categórico) debería de ser la razón de toda búsqueda, la búsqueda misma.

    ResponderEliminar
  7. Siempre atinas, Francisco. Yo no sé, si existe la verdad o no; si hay resultado al cabo o solución del “problema”. Pero estoy seguro, completamente seguro, de que el hombre está aquí para plantearlo.
    Y para no olvidar que su naturaleza, su humana naturaleza, sólo tiene esa obligación, que, curiosamente, además es la que le hace libre.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

La metáfora amable

El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los h...

La tristeza de la inocencia

Por Julia y a su hijo Julio Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa? …Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades... Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros. He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desco...

Napoleón y el ruido

. Lo he oído de dos formas sutilmente diferentes: la música es el más bello de los ruidos, pero ruido al fin ; y, la música es el menos molesto de los ruidos … Se parecen, desde luego, pero la primera afirmación suena más física y la segunda más militar , más napoleónicamente militar . Es probable, no obstante, que el tímpano de Napoleón, acostumbrado al eco grave y sordo de la pólvora negra, estableciera tan duro contraste entre el ruido y la música con intención que se nos escapa: tal vez pretendía dignificar a aquél, antes que menospreciar a ésta. Si así fuera, yo aplaudiría la frase porque la pólvora negra estalla con la cadencia subterránea y profunda de una tragedia griega. La otra, sin embargo, la que llaman sin humo –la de nuestros días– revienta los oídos como una telenovela hortera de media tarde. Naturalmente, esto es una apreciación muy personal. Lo que es evidente es que hay vibraciones de las moléculas del aire que incomodan – ruidos – y otras que no – música –. Las prime...