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La noche más hermosa


No puedo evitar recordarla, aunque haya pasado un cuarto de siglo. Me basta salir a la terraza y escuchar... nada. O mirar las calles y sólo ver la niebla pasear por las aceras. Es la noche más hermosa, reescrita y colgada en otro viejo blog tal día como hoy hace quince años; recuperada después y agrandada con Chopin; repetida ahora porque la edad me exige devoción por la memoria y práctica para no olvidar las tildes de la vida que he querido. 

 (*)

No se oyen gritos, ni frenazos, ni alaridos, ni petardos, ni arcadas, ni sirenas, ni bramidos… No se ven montones de humanidad ni comas etílicos; ni hordas asfixiadas en vinos espumosos; ni envases ni papeles ni suciedad por las aceras, ni borrachos orinando bajo el desprecio de una farola… No se huelen perfumes espesos hasta el vómito, ni alientos de tabaco mezclados con carmín y eructo de champán. No se roza el sudor de un abrazo artificial, ni se engulle el vigésimo polvorón para empapar la inundación obligatoria de los desbordamientos del cava… No pasa nada, no se oye nada, no se ve nada... Si acaso alguna estrella entre la bruma alta, si acaso el ladrido solitario de un perro en la lejanía. 

Es la noche más hermosa, la de sus auténticos amantes, no la de ésos que se lo llaman cuando lo único que pretenden es que deje de ser noche. Porque los amantes de verdad son súbditos de su complemento: lo aman como es, no en modo diferente. No quieren convertirlo en otra cosa, no quieren alterarlo ni transformar su encanto. En la noche se ama el misterio, el silencio, la inmensidad, el decorado infinito de las preguntas, la belleza inquietante de su desamparo… Pero hay mucho proxeneta de su embrujo, mercaderes que la disfrazan de día espurio y venden en las ciudades su inefable fascinación. ¡Mala gente que comercia con la belleza y la embadurna de innecesarios afeites!

Pero hoy no, hoy libra la noche su hermosura: los tenderos, traficantes y profanadores están exhaustos. Agradecida y sola, oigo que no la oigo al otro lado de la ventana; fría sobre los árboles desnudos de este recién invierno, bella como la paz que un soldado celebra a pesar de sus heridas.

A las cero horas y siete minutos de la noche del dos de enero del año dos mil veintitrés… Otra vez, como siempre dedicado a ti, mi noche más hermosa.


(*) Chopin. Nocturne No.2 in E flat major, op.9 no.2. Maria Joao Pires

Comentarios

  1. Si que es hermosa la noche. En sí misma, desnuda de todo aquello que no solo no la adorna sino que la prostituye. Será que el alma, en su majestuosa presencia, se desnuda de todo lo superfluo. Tal vez por eso los pájaros - y los poetas - entonan sus mejores trinos al anochecer. Un saludo.

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    Respuestas
    1. Gracias por la visita. Emotivo retrato el que haces de la noche, esas horas del día que pertenecen a la sensibilidad en las culturas crecientes y se enajenan en sensorialidad en todas sus decadencias.
      Un saludo

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