lunes 23 de noviembre de 2009

A destiempo

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Ayer, domingo 22 de noviembre, parecía -o aparecía- otoño en El Retiro.


Ha perdido otoño el tiempo, vanidoso de ayeres soleados y negándose a sí mismo. Pasa mucho últimamente: casi nada acomoda su hacer a su momento. La tarde ya no es tarde, ya es temprana; la noche se convence de que es día; el niño de que es joven y el viejo de lo mismo; la idiotez de que siempre fue postergada inteligencia…

Y otoño, claro está, perdiendo el tiempo; mirando al infinito de su ausencia, bobalicón y necio, enajenado, clamando por salir en las portadas de la extravagancia. Porque de eso se trata a fin de cuentas, de ser extravagante, de ser lo no debido, de gozar de unos pocos renglones en los mentideros de esta villa que es el mundo. Lo impropio, lo inadecuado, lo impresentable, lo inicuo, lo irracional, lo increíble, lo indecente, lo injusto, lo indecoroso… ¡Qué más da!: todo lo “in-“ está de moda.

Otoño no iba ser menos. Y ahora, que empieza a ser lo que debía, ya casi no tiene tiempo.
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sábado 21 de noviembre de 2009

Los paseos de Humphrey

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(Quede constancia de que estas debilidades métricas y profanas que se adjuntan son cosa del Caballero Inactual, que, por más severidades consejeras que se permita, no deja de ser humano, elementalmente humano, como supondría Nietzsche).


Volví de casa. Y a casa
volví a volver noche y día:
las manos, en los bolsillos;
la chaqueta en la arcadilla
del antebrazo y el brazo
cabeceando, mohína…

Igual que un espantapájaros,
volví en mangas de camisa.

…Como me fui, más o menos
–un Bogart sin gabardina,
con cigarro y sin sombrero–:
silabeando sin prisa
los adoquines amargos,
los besos que anochecían.

Volví de casa y a casa
volví a volver noche y día,
recitando las aceras
que rimaban tus esquinas…

Siempre sin mí, cuesta abajo.

Siempre por ti, rampa arriba.


17 noviembre 2009

jueves 19 de noviembre de 2009

Carta de un idiota o La culpa fue de Orson Welles

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Soy poco inteligente. Lo digo con total sinceridad. Vaya esto por delante para aclarar que lo que aquí pido es ayuda. Desesperadamente; de verdad. Mi problema es que no entiendo. Creo que la culpa de mi “escasez” fue que elegí “Ciencias” en el Bachillerato y, azarosamente, me desvié hacia las “Letras” en la Universidad. En aquel momento debió de suceder algo en mi alma, un cortocircuito neuronal de penosas consecuencias que me dejó “tontito” sin darme cuenta. Así que soy víctima de la estupidez que parió una decisión.

Amables destinatarios, necesito, urgentemente, saber de matemáticas y humanidades. Ocurre que leo… ¡Y no me entero! Peor aún, concluyo mal. Por poner un ejemplo, llevo nueve meses preocupado por una amenaza mundial que empezó en cerdo y acabó en vocal abierta. Desde mi acomodada posición de occidental feliz, esto me parece un serio problema. Sobre todo cuando descubro por los santos medios que la amenaza en cuestión ya se ha cobrado en el mundo más de seis mil doscientas cincuenta víctimas (esto lo leí el 12 de noviembre; ahora, probablemente, estemos por encima de dicha cantidad).

Fue por abril, más o menos, cuando se desató el pánico. ¡Qué verano después, Dios mío! Todas las mañanas abría el periódico, con desazón comprensible, y buscaba los dígitos de esa muerte inexplicable. Porque los médicos titubeaban, la OMS advertía seriamente, las primeras planas se acompañaban con fotos de tristes ciudadanos que se besaban embozados tras hospitalarias mascarillas… El mundo sonaba a catástrofe. Otro “tontito”, que bien conozco, se permitió el lujo de ironizar, allá por el 6 de julio, hablando de niños que mueren por la malaria y no se saben por nadie. Un irresponsable, todo hay que decirlo. Sin embargo, me cabe una duda, probablemente idiota (es lo mío): según tengo leído, en la UE mueren al año unas nueve mil personas por sobredosis de diferentes drogas; creo que otras veinte mil sufren igual final por indirecta relación con las mismas…

No lo entiendo: la OMS, los primeros ministros, los gobiernos, la prensa, los laboratorios farmacéuticos, los productores de mascarillas, moqueros de papel, pastillas de jabón, etc. ¿pueden movilizar el mundo por seis mil doscientas cincuenta griposas tristezas en la totalidad planetaria y no saben qué hacer con lo que mafiosamente acaba con veintiocho mil jóvenes olvidos de una “provincia” suya?... Esto sin contar, claro está, con los estragos en sus demás "provincias" por tan pandémica miseria.

El “tontito” ese, que dije antes, añadiría su millón de niños muertos por la malaria. Y otros muchos anónimos “tontitos” (estoy seguro) serían capaces de incrementar los datos de estas desconcertantes estadísticas con interrogantes similares.

A veces pienso que la culpa de todo la tuvo Orson Welles, que fue el primero en demostrar, empíricamente, que si una palabra (tanto da lo que diga) se hace multitud, se convierte en eficacia multitudinaria. Desde entonces, las hienas y los buitres no hacen sino alimentarse del cadáver de su impremeditado experimento.

Pero esto lo piensa un tonto, como yo, que pide ayuda para dejar de pensar "tonterías " y poder “razonar” como es debido.
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lunes 16 de noviembre de 2009

Diálogos

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…al sueño de la vida hablan despiertos.
F. de Quevedo



No sé por qué las cosas me hablan tanto últimamente;
qué manía le ha dado al reloj que hay en la mesa
de escribirme sonetos; o al sable –que parece
un flamenco de plata velando el paragüero–
de explicarme el graffiti de un lance en su abandono;
o al viejo Colt enfermo, artrítico de herrumbre,
de recitar dianas hexasílabas… No sé
por qué las cosas me hablan, últimamente, tanto,
por qué se han sublevado, de pronto, sus silencios;
ni por qué pasan lista, por si falto, o se sientan
frente a mí cada día para ponerme el alma
de cara a la pared, como a un niño que debe
repetir la lección de una deuda de verbos,
balbuceos que hicieron palabras de herramientas,
razones de locuras, verdades de extravíos...

No sé por qué me hablan un revólver y un sable,
y un reloj sonetista… No sé por qué lo hace
todo aquello que un día me acompañó en la luz
y rodeó la noche para inventar el tiempo...

No sé qué raro adiós creo oír en sus voces.


16 noviembre 2009

(Lo publiqué anoche y me arrepentí: lo borré esta mañana. Esta noche volvió. Lo corregí –no me gustaba; espero que no se leyera–; y regresé a la vanidad de colgarlo de nuevo. No es nada más que una “batallita” personal; así que no tiene importancia. ¡Veremos si no vuelvo a arrepentirme!).

sábado 14 de noviembre de 2009

El orgullo de la anécdota

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Creo que es en Las cuatro plumas; un veterano de la batalla de Balaclava enuncia su gloria: Cañones, cañones, cañones… Y aquí estaba yo. Tal vez me equivoque y la cita proceda de La carga de la brigada ligera. A fin de cuentas, aquellas palabras rodean el mismo hecho; incluso puede que ni siquiera sean ésas, exactamente, las que dice el viejo soldado. Da lo mismo: la memoria a veces nos traiciona, quizá siempre. Y además, yo no pretendía hablar de cine, sino de otro espectáculo. Yo iba a hablar del hombre vulgar, ése que ejerce oficio de ausencia en el tiempo por no tener ni crónica ni hazaña, ése que sólo ocupa un rincón en los días. Yo iba a hablar de pequeñas vanidades y recoletos momentos; tal vez, de insignificantes grandezas. En realidad, yo iba a hablar del derecho a ser anécdota, como si se tratara de un destino de humana generosidad que aun sabiéndose intrascendente, se advierte imprescindible.

Cañones a su derecha,
cañones a su izquierda,
cañones ante sí…

No, esto no es de Las cuatro plumas; esto aparece en La carga de la brigada ligera. En la película y en el poema. Seiscientos jinetes entre húsares, dragones y lanceros. Sin ellos, sin éstos u otros insignificantes seiscientos, Tennyson no habría tenido sobre qué escribir. "Sucederían otras cosas –protestarán los más recalcitrantes– habría otras seiscientas anecdóticas circunstancias que justificaran los versos de Tennyson…" Sin duda, pero tendrían que haber “existido”. Sin la insignificancia no puede ser la grandeza. De vez en cuando, ésta tendría que darnos las gracias: somos su anécdota, pero sostenemos su posibilidad.

Cañones, cañones, cañones… ¡Y aquí estaba yo!

Me encanta esta afirmación de rebelde y pequeño orgullo: ¡Aquí estaba yo! Se me antoja enorme la anécdota que se contenta con acompañar (¿permitir?) la hazaña.
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martes 10 de noviembre de 2009

El ridículo de Don Juan

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Me ha escrito el caballero. Últimamente le ha dado por la crítica monográfica. Lo de “monográfico” lo digo porque sólo se mete conmigo. Me propone, entre otras cosas, que este rincón debería cambiar de nombre, que, en vez de eso de "imaginaria del alma", le iría mejor “El rincón del plañidero”. Dice que siempre estoy con la pena a cuestas como un Sísifo llorón; y que la melancolía no debe ser un lugar de residencia habitual, sino un país turístico para descansar de los negocios de la vida. Incluso añade que a las derrotas y naufragios hay que buscarles un punto de ironía, que es el que nos permite vencerlos con una sonrisa amable. Y me adjunta un ejemplo que, por el título, no desentona con el mes que corre.

Me callo las contradicciones que podría reprocharle (¿por qué se ha ido entonces tan lejos...?). Es más, me callo que mi último soneto empieza neblinoso y acaba a la “altura del cielo”. Me limitaré, pues, a transcribir su “ejemplo”; más que nada porque a mí me ha hecho sonreír. Amablemente, según él dice.


Me gustaba mirarte y suponer
que tú estabas queriendo que lo hiciera;
que detrás de las cañas, los vermús, las aceitunas,
al fondo destronado de la barra,
me advertías a mí, anónimo, mirándote.

Me gustaba esa esgrima de invenciones
que cruza los silencios en los bares,
en los sitios con gente, mucha gente,
donde sólo hay dos almas y cien cuerpos,
donde el resto es paisaje o decorado,
tramoya prescindible, sonido que no importa…

Me gustaba… Y, de pronto, te bajaste
del alto taburete. Yo sentí
un heraldo de gloria en la garganta.
Te acercaste despacio, muy despacio,
engalanando el aire; te acercaste
destronando el imperio de la copas,
la voz del camarero, los verbos embriagados…

Y llegaste hasta mí… Y, sin mirarme,
seguiste caminando, lentamente,
por detrás de un ejército vencido.

Supongo que buscabas el lavabo.


10 noviembre 2009
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viernes 6 de noviembre de 2009

Entre la voz y la niebla

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Vuelve la niebla lenta –aquí, en Coslada–,
como un anillo de humedad y ausencia,
a rodear los ojos de indigencia
y evanescer la luz, arrinconada.

Vuelve el borrón de Dios a la mirada.
Tacha el amanecer la transparencia…
Tú ya no estás. Me roba la paciencia
tu oscuridad… Me dueles… Dime nada

y nada será algo si lo dices:
tu voz lo será todo tras la niebla,
tras esta desazón de la raíces
que el tronco olvida y el desnudo puebla.

Dime nada… y el día alzará el vuelo.
Y tendrá pasto el sol. Y altura el cielo.


6 noviembre 2009
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martes 3 de noviembre de 2009

La pared y el mendigo

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Hay una pared en casa que me preocupa. Cada vez más. Cada día más. Sobre todo ahora que se acerca el invierno. Con los años han ido apareciendo grietas. Al principio pensaba que era cosa de los pilares. Eso, al menos, me decían los expertos en grietas. Pero he dejado de creer en sus diagnósticos: no es que ceda la tierra que sostiene sus cimientos, sino que hay una inclemencia exterior, inevitable, que daña gravemente la salud de su estructura. Se desmorona por simple erosión del tiempo; porque así son el tiempo y su inconsistente materia. Ayer me salió otra cerca de la ventana, justo en la perpendicular de una escarpia que sostenía la foto de no sé cuántas memorias de otros sueños. Y hoy ha insistido el deterioro; y un relámpago oscuro ha crucificado la ventana. Una ventana a punto de caerse. Su marco ha perdido la apacible equidad de los paralelogramos y ya es apenas un trapecio irregular, disforme. Poco a poco, el invierno se vuelve más terrible –más frío, más traidor– con tanta grieta, con tanto decidirse a entrar por cualquier parte. Sobre todo por la más dañada, ésa por la que ya no creo en los diagnósticos expertos, ésa que los albañiles demoran; o regatean el coste y dan largas a su curso porque tienen quehaceres más rentables

Lo peor de esa pared es que tras ella, protegido por ella, estaba el mundo; el mío, mi rincón de certidumbres, mi pequeña provincia de heridas consistencias...

Supongo que al final tendré que regresar a la intemperie.


Para José Luis y para Francisco (ahora ya puedo tutearos), por la grandeza de haber vivido como lo hicisteis… Y por la “pared”, naturalmente, que impedía el frío.
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sábado 31 de octubre de 2009

Lirio de otoño

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Está ahí, escasamente a veinte metros de mi ventana. No recuerdo haber visto nunca un lirio en puertas de noviembre. Será por este raro calor que hemos tenido. Será por un error de los jardines. No lo sé, pero está ahí; y esta mañana posó para mi cámara.


Sólo es un prodigio decepcionado,
un sueño subterráneo que pensó otro equinoccio
y se dijo en octubre cercado de silencios;
de flores en silencio, que son flores de memoria
que los parques añoran entre hojas caídas.

Tiene un aire de duende desolado,
de fracaso telúrico, de error inexplicable;
un aire de no estar donde debiera,
de belleza tardía que no ha llegado a tiempo
o que ha perdido el tiempo de tanto engalanarse.

Tiene un aire de empresa sin futuro
y el coraje de ser cuando no debe,
cuando el cerco del mundo está muriendo
y vivir se desnuda entre los árboles…

Es sólo un dios confuso
empecinado en ser y equivocarse.

Un afán distraído, un verbo inútil.

¡Un error que se atreve a ser belleza!


31 octubre 2009
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martes 27 de octubre de 2009

Algo más que un paréntesis de sombras

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He cruzado últimamente algunas cartas con “el caballero”. Las últimas fueron motivo de un debate interestelar (sigue recluido en Andrómeda) que giraba sobre Antonio Machado. Aseguraba él que la intención del poeta era confusa cuando escribía aquello de…

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve

Con aire iconoclasta, se permitía corregir y discutir al clásico asegurando que el último verso hubiera sido más contundente, más líricamente generoso, si en lugar del aristotélico “es ojo porque te ve”, hubiera sido: “tú eres porque te ve”.

A mí, que me toquen los clásicos me pone de los nervios; razón por la cual la epistolar polémica ha pasado por momentos agrios. En su última carta, cabezón como es él, sólo me ha escrito un poemilla. Como sospecho que yo no podría ser enteramente imparcial, lo dejo aquí, por si a alguien le dice algo que ya no le hayan dicho (lo que me parece bastante improbable).

Por cierto, no sé a qué viene la cita de ese otro sevillano (¿qué pasará en Sevilla con los ojos?) que fue Gutierre de Cetina.


...................................…miradme al menos

Mírame una vez más… Y cuando dejes
de mirarme, no dejes de mirarme
sin mirarme.

No te debes a ti ni a mí te debes:
sólo yo adeudo ser por tu mirada.

No abandones

el oficio de hacerme y permitirme
ser uno entre los otros, ser un poco
más que un sueño…

¡Algo más que un paréntesis de sombras!


26 octubre 2009
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sábado 24 de octubre de 2009

Por qué me pongo tan pesado con Platón...

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Roncar es una descortesía. Estoy convencido de que roncar ocurre porque el alma se va de uno y deja ahí la materia embrutecida y rezongante trastornando el silencio de la noche.

La materia siempre anda a bandazos con la tranquilidad propia y ajena. Por ejemplo las mutaciones; ese azar tan imprescindible para que haya evolución, según parece. La mutación es un signo de lo tonta que es la materia. De repente le da por ahí y se hace otra. Sin ton ni son, sin por qué sí ni por qué no. El medio, sin embargo, parece la sensatez, el orden, el equilibrio. Es como un tribunal de oposiciones que selecciona los mutantes idóneos. Pero no nos engañemos, el medio es igualmente necio: a fin de cuentas, se ha constituido a fuerza de previas e inexplicables trasformaciones paralelas. Es decir, el medio es la colección de los mutantes antañones. En el centro de este cacao de la sinrazón, aparece la razón, que pretende lo contrario: leyes, reglas, armonías, carantoñas de equilibrio, ecuaciones vertebradoras… Esa razón es el hombre; mejor dicho, lo era; y le gustó tanto serlo que en el siglo XVIII se divinizó a sí mismo. Lo malo de subir muy alto es que el batacazo posterior es terrible. Esta razón divinizada tardó unos trescientos años en caer. El morrón fue “de efectos especiales”.

La conclusión de todo esto resulta lamentable: el orden aparece como producto de la oligofrenia de la materia. Ese orden se contenta al principio –y vanagloria después– con su estatus: “Tranquilos, muchachos, todo está controlado”. Más adelante sufre una depresión endógena e irreversible al descubrir que no puede ser Dios ni por asomo. Y, a partir de ahí, ¡la debacle! Ya no sabe si es o no es, si tiene o no sentido, si lo bueno es bueno por su cualidad incuestionable o por la cantidad de aplausos que lo encumbran. Poco a poco, empieza a reproducir las pautas de mutaciones precedentes, animales quiero decir. Y lo justo pierde el vigor de la justicia; y lo bello, de la belleza; y lo adecuado, de su idoneidad; y lo imprescindible, de su necesidad… ¡Y la verdad se olvida de ser ella misma! Entonces la ley selvática, el dominio del más fuerte (fuerza es concepto polivalente, no siempre necesariamente físico) campa por sus respetos: la razón regresa a la sinrazón que fuera antaño, preocupada y arrepentida de haberse rebelado (¿por qué estaré pensando en Anaximandro ahora mismo?). Y todo esto porque la materia no sabe adónde va ni de qué viene, porque lo suyo es jugar a los dados en el garito del tiempo (cosa que Dios no hace, según Einstein) y apostar al despropósito para ganar… un delirio.

Roncar es una descortesía corporal mientras el alma se va adonde le corresponde, que son los sueños. Me importa un bledo que esto cuadre o no con la ortodoxia consensuada. Si me apunto a la materia, el resultado es la ordinariez; si a lo otro (esto es un eufemismo para evitar descalificaciones precipitadas), la consecuencia es la elegancia de un sueño. Yo por lo menos siempre elegiré las fábulas hermosas: la vulgaridad es aburridísima.

¡Me apunto a lo otro!
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domingo 18 de octubre de 2009

Mundo feliz

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Yo creía que el tiempo era una crátera,
un doble de cerveza, dos de vino…

O tres copas, o diez, o siete dobles…

Yo creía que el tiempo era una tarde
en la barra del mundo, un intervalo
para negar la sed entre guitarras…

Que vivir era un sueño que cumplía
los años de una estúpida resaca…

Que el dolor de cabeza de la muerte
se quitaba sin más con no morirse…

Que ocurría el horror en cualquier parte,
y era asunto de ellos, culpa de otros…

Yo creía… No sé, tal vez mentía
o no supe creer jamás en nada:
el polen del hastío en la memoria,
el llanto en los demás… En mí su olvido.


18 octubre 2009
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jueves 8 de octubre de 2009

La caverna, el caracol… y dos grandes poemarios

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Para Olga y Juan Antonio, con mi gratitud (aunque me habéis hecho romper el voto de silencio)


Estoy en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– con Platón en las aulas, repitiendo otra vez esa historia de unos milenarios prisioneros que se contentan con sombras y hablan entre sí de su pobre mundo espurio; allí abajo, en cavernosas oscuridades, ignorantes de luz y de verdad… Hasta que un día, les visita un antiguo fugitivo y les cuenta radiantes maravillas que existen del otro lado de su noche interminable. Y no le creen, claro; Platón piensa que no le pueden creer porque la costumbre de la penumbra siempre acaba siendo mineral certidumbre.

Yo llevo también más de un mes encerrado en mi particular caverna, como un viejo caracol metafísico que sólo examina la espiral logarítmica de su mundo portátil. Incluso parece que ando perdido. Pero no es así: mi paralelismo con los prisioneros platónicos es relativo, porque yo ya he visto maravillas de ese calado. Mi oscuridad no es irreversible, mi gozo en la belleza es recuperable. Y en estos días de apartamiento, me han venido, por gracia decidida de sus dioses, noticias de esa tierra que es real y es infrecuente, y existe más allá de las negras paredes de todas las cavernas. Porque en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– me han visitado las palabras de dos fugitivos de las sombras que, abandonando las precarias antorchas subterráneas, se han paseado bajo el sol auténtico, y con él me han regalado. No los conozco, doy fe. Y sin embargo, ¡los conozco tanto…!

Olga y Juan Antonio, dos nombres que han tenido la generosidad de acompañar estas imaginarias tantas veces, han publicado sendos libros de poesía: Caricias perplejas, Olga Bernad; Señales de vida, Juan Antonio González Romano (ambos en Siltolá Poesía; Fundación Ecoem). No soy quién para reseñarlos. Tampoco lo pretendo: uno es consciente de sus limitaciones. Pero nadie podría negarme la capacidad de sentirlos. Soy un lector de infantería que amontona palabras para traducir lo que siente. Y ¿qué quiere decir esto?, ¿qué es lo que puede sentir y pretender decir un viejo caracol metafísico?…

Caricias perplejas es un río de pasión vital, el estallido de un alma que no cabe en si misma, que se desborda, que arrasa, que lanza dentelladas al cauce que la constriñe, que se sabe destino de mar, de océano inmenso. Caricias perplejas es como las olas suaves que rozan con su mano las vencidas playas o las violentas olas que se estrellan y muerden la resistencia inútil de los acantilados. Tal vez de ahí, su bellísima perplejidad.

Señales de vida, sin embargo, es la mirada a una noche despejada; una de esas noches en que se descubre que las verdades grandes se escriben en palabras pequeñas, en puntitos de luz humildes que nos arrastran de la música celestial de los pitagóricos a las preguntas y soledades de la vida. Señales de vida está lleno de estrellas, de “púlsares” que palpitan en las noches oscuras del alma… con una guitarra de fondo.

Probablemente sea poco decir; pero, indudablemente, yo sé que ha sido mucho sentir. En particular, porque conozco a un platónico prisionero que ha vuelto a ser feliz al recordar la belleza.

(Gracias a ambos. Es la primera vez –que yo sepa al menos– que os he tratado de él y de ella, que os he objetivado. Creo que es innecesario decir que seguís siendo y , mejor dicho, y . Así que, un beso y un abrazo, con evidente reparto en los destinatarios).
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sábado 5 de septiembre de 2009

Recordando a Nietzsche

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Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero.

F. Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral


Uno destila el alma, otro se bebe
cuerpos de desazón, nieblas de olvido;
uno a la soledad del mar se atreve,
otro se aferra al puerto confundido.

Sin fe, sin luz, sin norte, sin marea,
sin viento favorable ni contrario
uno quiere bogar, otro pasea
por las calles de un verbo milenario.

Uno quiere romper, otro se arredra;
uno sueña y no sabe, otro consiente
la vanidad confusa de la piedra
por ser eternidad inútilmente.

Uno es mirar de lágrima enterrada;
otro, un llanto que quiere ser mirada.



4 septiembre 2009

Perdón por la foto, pero es que iba conduciendo y la hice con una mano y desde el móvil. Ya sé, ya sé: me merezco dos multas, una por la infracción y otra por la calidad. Mea culpa.

jueves 20 de agosto de 2009

El niño y los vencejos

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A Jorge, casi hermano, con quien repartí la infancia (nunca dejé de jugar contigo)



Se iban siempre.

Cualquier día de agosto
o de antes de agosto.

De repente, la tarde se creía el silencio
y los ojos de un niño se encontraban la noche
tras la muda estatura de su azul desolado.

Volverán –te decían–
por abril o por mayo;
volverán como todo lo que un día nos deja.

Y siguieron faltando, de año en año, en agosto;
y volviendo a volver,
por abril o por mayo,
cuando el mundo estallaba en jardines
y escribían las rosas balcones al aire.

¡Volverán! –te decían–...

Y dejaron de irse
una tarde agosto,
galopando una moto a remolque de un ángel...

Y dejaron de irse porque ya no volvieron,
por abril o por mayo,
o por siempre o por nunca,
a los ojos de un niño que deshizo la noche.


19 de agosto de 2009, a treinta y seis años de tu ausencia.
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martes 11 de agosto de 2009

Teoría de la evolución

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....................…tan callando.
......................J. Manrique


Para que el tiempo anclara fue preciso
que la palabra se quisiera hazaña,
llanura empecinada en ser montaña,
rebeldía de un páramo insumiso.

Para vivir, romper un paraíso
y amanecer en estatura extraña;
vertical, racional, verdad… ¡Patraña
mendigando a la muerte su permiso!

Para que el tiempo fuera; para eso.
Tan sólo para eso. ¡Para nada!;
para soñar la vida bajo un beso
y un beso por detrás de una mirada.

La eternidad pasó sin hacer ruido:
antes de Dios fue Dios; luego, el olvido.


7 de agosto de 2009
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jueves 23 de julio de 2009

La isla de Calipso

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Estos días que vienen de otros días
enredados en noches engañosas…

Estos días que invaden sin permiso
la celda de mis ojos…

...................................Estos días
esteparios, monótonos, iguales;
sin posada de gestos que he perdido
ni rincones amables donde el alma
deposite una voz, arrope un sueño…

Estos días que pasan, sin que pases
al fondo de sus horas, no merecen
un número, un renglón, un calendario,
un giro de la tierra o de los mares,
una luz, un silencio, un simple mirlo
saltando en mi jardín…

......................................Nada merecen
estos días que no habrían de serlo.

Estos días que insisten en que faltas
después de amanecer y antes de ellos.

Estos días de amor que nada aman.

Estos días tan largos... ¡Estos días!



23 de julio de 2009
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domingo 19 de julio de 2009

La sonrisa invisible

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La naturaleza gusta de ocultarse, escribió Heráclito. Oscar Wilde aseguró que lo que hacía la naturaleza era imitar al arte. Yo no voy a hablar de los “fragmentos” de aquél ni de "La decadencia de la mentira" de éste; yo sólo voy a escribir un tramposo silogismo. Tramposo, porque los silogismos Barbara no son viables en la tercera figura. Qué más da: siempre podré ampararme en la transitividad, tan matemática ella. Así que, haciendo uso como término medio de esa naturaleza a que los dos se refieren, voy a concluir que el arte gusta de ocultarse. Más incluso: no lo hace por timidez, ni mucho menos; lo hace por elegancia, por deber y finalidad, por imperativo de su sentido.

Porque el arte no es contar lo que hay ni inventarse lo que no hay. El arte es partir de lo que hay y velarlo, ocultarlo, para que aprenda a decirse debidamente. Por eso es un desafío siempre para la imaginación y para el sentimiento; porque, sin éste o aquélla, se convertiría en una tomadura de pelo. O en una moda que se haría precipitadamente prescindible. O en un fósil que acompañaría un instante perecedero de la historia. Pero no, porque el arte, el de verdad, es una permanente reinterpretación de lo oculto.

Ayer –qué suerte, El Prado– me prendé de una sonrisa invisible. Una sonrisa que estaba y no había forma de verla, que la dejó Sorolla en un cuadro sin la pincelada de ninguna curvatura amable. Una sonrisa de espaldas, que se siente sin darse uno cuenta, que se le pega a uno en el gesto y hasta la imita inconscientemente de sólo imaginarla. Está “escondida” en una obra menor (?) del pintor de la luz y el Mediterráneo: Después del baño (1902). Título y tema repetidos en su herencia; éste, para mí, de singular emoción.

Hay que fijarse en la joven que está en primer término, la de la camisa blanca. Hay que detenerse en esa parcela precaria de su rostro no visible… Y, entonces, uno ve la feliz sonrisa que no dibujó Sorolla, que sólo nos dejó a nosotros, elegantemente oculta, para que la sintiéramos, para que nos emocionara.

Pintar lo que no se pinta, decir lo que no se dice, alzar lo que no se alza… Soñar, al cabo, lo que no se encuentra.

¿Qué otra cosa es el arte?... ¿O la naturaleza?... ¡O la vida!
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miércoles 15 de julio de 2009

Frente al espejo

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…en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado…
J. R. Jiménez


Me han dejado de hablar las madreselvas.
Los vencejos, apenas si los oigo.
Quedamos, viejo amigo, como siempre,
indagando silencio y simetrías,
soledades de azogue que repiten
perfiles de derrotas, sombras vanas,
ecos de aquel rincón donde la vida
se quiso más que nunca vida, más
que nunca eternidad -prefacio
de sueños sin frontera o territorio,
alambique de aromas, primavera
sin agosto final, sin tanto olvido…-

Me han dejado de hablar las madreselvas.
Y la tarde y la noche. Y la mañana.
Y apenas puedo oír a los vencejos
que se baten de amor, a tanta altura.


15 de julio de 2009
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jueves 9 de julio de 2009

El sueño de Endimión

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No quiero este montón de cosas:
esta mesa, esta silla,
esta hormiga que pasa con una carga enorme;
la gota que en el suelo se cree mar, de repente,
capaz de separarnos;
el aire y el sonido; la voz de gente extraña;
la luz de un faro halógeno
que te hace oscuridad del otro lado,
razón de oscuridad, indescifrable.

No quiero este montón de cosas
que están detrás de ti;
que se ponen en medio o me rodean,
o deciden que somos quienes somos,
quienes hemos de ser, quienes debemos.

No quiero distracciones de los ojos
ni oídos para el mundo que me han dicho que existe
–¿será cierto?–
tras de ti y ante mí, frente a nosotros…

No quiero esta legión de voluntades
que me niegan que puedas ser… un sueño.


9 de julio de 2009

lunes 6 de julio de 2009

Nosotros y ellos

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La malaria se habrá llevado de la luz a un niño en el tiempo que tarde yo en escribir esta frase.

Sin duda soy lento escribiendo, pero la muerte, esa muerte, es rápida. Muy rápida. Treinta segundos son un intervalo de vergüenza para que muera un niño. En el siglo XXI, naturalmente, porque en el X o en el XI, por ejemplo, no disponían nada más que de su fe románica. Nosotros no; nosotros tenemos organizaciones mundiales de loables competencias y laboratorios farmacéuticos de indiscutibles eficacias. Mes y algo debe de cumplirse desde que un virus –que pasaba por un cerdo– se decidiera a prácticas olímpicas de mayor envergadura. Porque saltó al hombre. Un salto con pretensión de récord que a los pocos días llegó a Estados Unidos; y poco después… al resto de Estados Unidos. No tengo nada en contra de ese país ni se trata de una concesión al pensamiento “progre”. Quede claro. Sólo es una premisa más para un silogismo inexplicable que cruza por “Occidente”, este lugar de plenitudes, avances y grandezas que nos permite preocuparnos por penurias de las que en el fondo no hacemos caso alguno. Porque, si ordeno todos los principios del razonamiento, si leo rigurosamente el hilo de los hechos, si pienso en las morales pretensiones de sus derechos universales, veo, por ejemplo, emerger una pandemia contundente en un par de meses, veo una considerable dedicación mediática (se dice así, ¿no?) al número de consecuentes fallecimientos (unos trescientos ochenta en ese tiempo) , veo una laboriosidad industrial plausible en la producción de vacunas disuasorias para tan oscuras aspiraciones víricas, veo… ¡Veo un mar de interrogaciones! Porque en 1982 la malaria provocaba la muerte de un millón de niños; y en 2009, la de uno cada treinta segundos, es decir, más o menos lo mismo. Parece que en estos treinta años no hemos avanzado mucho en eficiencia frente al paludismo. ¿Eficiencia o dedicación?... Claro es que el paludismo pasa por allá y la otra, la puñetera y olímpica gripe, nos puede ocurrir acá

El caso es que preocupa la gripe esa. Normal, científicamente hablando; dieciocho millones de vacunas hemos negociado ya con no sé qué laboratorios. A mí, personal y egoístamente, me preocupan mis hijas, que están en la edad malditamente favorecida por el antojo del virus porcipelo. Pero…, humanamente hablando, que diría Blas de Otero, ¿a quién preocupa de verdad ese otro dolor que sucede cada treinta segundos en el mundo, toda esa inmolación que lleva ocurriendo igual desde hace treinta años…?

¿Somos quienes proclamamos ser o sólo una indecente caricatura de quienes presumimos proclamar que somos?
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jueves 25 de junio de 2009

Mística Coslada

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En Coslada, Madrid. Otro verano
besando la costumbre del solsticio.
Tú, donde siempre: allá en el edificio
perfecto de un delirio transmundano.

Tú donde tú… Y yo, en el mano a mano
con la tierra, el olvido y ese oficio
de inventarle a la luz un artificio
que para nadie alumbra. Luce en vano

la palabra en las noches estrellada;
gravitación inversa del deseo
que se arroja a la altura para nada;
para sacar a un verso de paseo,

como a un perro, y caer donde no existe
nada más que una ausencia larga y triste.


25 de junio de 2009
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domingo 21 de junio de 2009

Cuando el Sol se pone por el Este

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Desde hace algunos días, en esta habitación en donde escribo, el Sol se pone por el Este. A eso de las nueve menos cuarto, por su ventana, que da a Oriente, la certidumbre de un sol inexplicable rompe mi oscura austeridad. No se trata de ninguna revolucionaria distracción astronómica. No se ha decidido el mundo (por desgracia, supongo) a rotar en sentido diferente a su secular costumbre... Es una tontería momentánea, una ilusión especular que viene del sexto piso de un edificio frontero que está a unos doscientos metros de mi casa. Un balcón, los cristales de un balcón… Un solar y provisional rapto.

Cualquiera que me conozca un poco aventurará fácilmente cómo va a terminar este asunto.... Porque me estoy acordando de Platón y de su, por unos y por otros –por mí también, claro está–, manoseada caverna. Porque si yo estuviera encerrado siempre aquí; si sólo desde aquí pretendiera hacerme yo una idea de cómo van las cosas del cielo; sí únicamente pudiera ver ese sol estrafalario a esta hora en estos días del año, tendría que concluir, empíricamente y con toda la razón del mundo, que a mediados de junio, en las fronteras calurosas del verano, el día tiene el capricho de atardecer por el Este. Un universo errático y tarambana, un cosmos sin orden ni concierto… O, mejor aún, un universo bajo el antojo de una decisión incomprensible.

Y es que un platónico de bien siempre piensa que el empirismo sólo puede conducir al caos porque la sabiduría está de un lado diferente al que dicta la experiencia de las cosas. Hacer de ésta el testimonio de la verdad es arruinar la voluntad de aquélla. El sabio no puede conformarse con lo que ve, huele, toca o constata. El sabio tiene que ir más allá. Siempre más allá.

Pero los sabios de nuestros días andan demasiado ocupados en la inmediatez borrosa de sus aciertos empíricos. Lo que está muy bien para que no nos muramos… de gripe, por ejemplo. Pero no sirve de nada para que no nos muramos sin verdad...

O sin razón de haber vivido.
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jueves 18 de junio de 2009

De lejos de hoy

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Sin duda, ha sufrido un ataque de envidia. Es evidente que ha leído esas tonterías mías sobre los ‘apocalipsis’ cósmico-humanos o bélico-eróticos y ha querido reivindicar horizontes más platónicos para el amor. Platónicos a la vieja usanza, que dicen el mundo por nombres y hablan de eternidades y sentidos.

No voy a hacerle el feo de callar su mensaje. Por el móvil, ése que hogaño celebramos con ‘Príncipes de Asturias’, me han llegado sus seguidillas. Se las perdono por la intención: yo creo que pretenden decirme que los géneros, o sexos, o lo que sea, son capaces de encontrarse y desencontrarse en el mundo de un modo más amable que el usual, egoísta y demoledor a que, últimamente, tan acostumbrados estamos…



Me llevé un equipaje
de resquemores,
de dolor y otras rosas
sin tierra o dónde.
Y ya se sabe:
los jardines del sueño
los piensa el aire.

Por tu nombre escribía,
para tu nombre;
de tu nombre tan sólo…
¡y no respondes!
Qué mal oficio
escribir para el nombre
de un artificio

Por tu nombre, en tu nombre...
¡Cómo dolía
ese nombre rondándome
día tras día…!
Quedó pendiente
de aprobar el silencio,
para septiembre

Los vencejos –me dicen–
volando se aman,
y descansan volando,
volando cantan.
Ay, los vencejos,
tan allá de nosotros;
tú y yo tan lejos.

La distancia no es cosa
de los paisajes,
sino asunto de almas
que andan de viaje.
Mira que es terca
la distancia, aunque estemos
los dos tan cerca.

Si los mapas supieran
caligrafía,
en tu piel y en tu cuerpo
me escribirían…
No son los mapas
los que ponen las lindes
que nos separan.

Porque el mundo es espacio…
y amar, el tiempo
que me queda de vida,
sin dividendo.
¡Qué más quisiera
que vivir por vivirte
se dividiera!

Me llevé un equipaje
de sinsabores
a rondar lejanías
y desamores.
Todo por nada;
por el nombre que un día
me rompió el alma.



17 de junio de 2009
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lunes 15 de junio de 2009

De las miserias al paño... o el choque de los mundos

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Un joven de 22 años asesinó ayer a puñaladas a su pareja en un área de servicio…
EL PAÍS, 4 de junio de 2009 (… aunque, da lo mismo la fuente, el día y el lugar)


Está ahí. Unas veces lo vemos al atardecer; otras, poco antes de despuntar el día. Es rocoso y brillante; prometedor en el alba, evocador frente al crepúsculo. Lucero de la mañana y estrella de la tarde. Venus siempre: rocoso, brillante y con fases. Como la Luna, según los manuales de astronomía. Como el amor, según los cuadernos de la memoria. Cuarto creciente, si el Sol lo acaricia prometiendo plenitudes; cuarto menguante, si advierte inevitables melancolías… ¿Por qué se llama Venus a esa bola de luz que mengua, o crece? ¿Por qué tienen las cosas un nombre que coincide con su crucial sentido?

He leído, en esta centinela de la noche, que dentro de tres mil, de cuatro mil, de cinco mil millones de años, podría estar tan cerca de la Tierra que su roca reventaría nuestros mares –un destino que debe de estar escrito en los negros renglones de la noche para cumplir los párrafos del tiempo–… ¡Demasiados milenios soñando amaneceres y crepúsculos en los ojos de los hombres!... Todo el amor ahí, lejano, dando vueltas alrededor de la mirada, para chocar después de tanto vuelco; para que, al cabo, llegue Venus al mundo, rompa el cielo y la luz… ¡Todo un desastre!

Aunque dicen, también, que no es sólo capricho gravitatorio de Venus: las simulaciones estadísticas flirtean de igual modo con Marte y con Mercurio. Vamos, con el amor, con la guerra, con los informativos… Recuerdo una película remota de la infancia: “Cuando los mundos chocan”. Me impresionó, qué duda cabe: un planeta peregrino y malintencionado estampándose contra nosotros. Obtuvo un Oscar por unos efectos especiales que hoy no provocarían en nosotros ningún especial efecto. El delirio catastrofista acababa en una especie de Disney World, con el bueno, la chica y unos cuantos elegidos, sonrientes, desembarcando de una nave con aspecto de supositorio Rovi en su nueva tierra prometida.

Nos hemos pasado la Historia temiendo del cielo los males que estaban en nosotros. ¡Vaya con el hombre: siempre echando balones fuera! Al paso que vamos, no creo que tengamos que esperar mucho para que Venus, Mercurio o Marte nos pasen factura con sus cataclismos. Más que nada porque ya nos hemos encargado nosotros de convertir el amor en una guerra (no sé muy bien si los combatientes son géneros o sexos; o parejas o tríadas de hecho o de desecho); y las guerras de tanto desamor, en la rentable industria de unos cuantos mensajeros de la miseria.

Kant acabó su personal ajuste de cuentas con la razón práctica proclamando aquello de “el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral en mí”. Habría que pensárselo, no sea que hayamos conseguido lo contrario: una suerte de nuevo “giro copernicano” con el cielo empapado en el rigor deontológico de su destino y el patético ser humano, sin norte de sentido, condenado a ser brutal Apocalipsis de la verdad, de la ética, del amor…

Condenado a ser barbarie tras haberse soñado libertad.
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lunes 11 de mayo de 2009

Por si llueve mayo

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Ayer llovió, y el jardincillo que tengo delante de casa se puso a oler como sólo sabe hacerlo cuando llueve mayo.

No tenía ganas de escribir, sino de recordar. Y entre esos tejemanejes de la memoria, me vino con el olfato este soneto de hace más o menos un año; de allá por este mes, cuando 2008. Alguno lo recordaréis.

Cuelgo aquí su lectura como agradecimiento a la entrañable y espléndida parcela de amigos que tanto –y tan generosamente– me habéis acompañado.

Por si llueve mayo…

Por si podéis oler después en un jardín su amable invento...

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jueves 30 de abril de 2009

El adiós del "caballero"

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Se va. Se ha vuelto insolente y se va. No entiendo bien por qué, pero se va. He recibido una carta suya que lo dice. Éstos son los últimos párrafos:


…Tu mundo lo vende todo: frigoríficos, coches, motos, ordenadores, móviles 3G, casas, libros, pueblos… Todo. También la salud, el dolor, la agonía, la tristeza, la desolación, la alegría, el entusiasmo, la pasión, el terror… Y la vida. ¡Y la muerte…! Nada queda fuera del mercado. Tu mundo es indecente porque piensa que el sufrimiento es cosa de los otros, y que estos otros son unas cosas bípedas que salen en los telediarios para morirse a chorros todos los días. Porque es lo normal, porque es “lo que siempre ha sido”. Hasta que, de pronto, un día descubre que él también es vulnerable. Y no se lo cree, y dice “esto no puede ser”. Pero vende su incredulidad. Y fabrica mascarillas a mansalva. Y se reúne. Y hace estadísticas y pronósticos desconcertados… Y vende… ¡Vende! Vacas en vez de cerdos, cerdos en vez de pollos, pollos en vez de vacas… Cualquier cosa en lugar de cualquier otra que se tercie. Y además de venderlo, vende su venta a un pensamiento –el pensamiento–, a una idea –la idea–. Entonces, “se” piensa, “se” habla, “se” preocupa el mundo. Un “se” demasiado heideggeriano para que yo lo soporte.

Me voy a Andrómeda que, como sabes, me gusta muchísimo porque uno se muere cuando le toca. Y los que quedan lloran de verdad su ausencia… Y admiran la grandeza sin suponer que lo son… Me voy a Andrómeda porque sé que no existe y me da lo mismo que vuestras utopías hayan dejado de funcionar: cuando la razón pierde la esperanza en lo que “no es”, se convierte en la caricatura de lo que “podría haber sido”.

Lo siento mucho, amigo mío, pero no tenéis ni idea de lo difícil que es merecer la pena de ser hombre.

P.S.: te dejo un poema “de recuerdo”. Es un fracaso personal, cuya razón me callo, pero se acerca demasiado a lo que os pasa. Lo demás es cosa vuestra.


Perdón por la verdad. Perdón porque soñara
la verdad ser verdad. Perdón por las heridas
que me llevan y arrastro –¡su huella y el dolor!-

Perdón por la batalla y el ruido del combate,
gozoso tras un roce de repente sublime
–una mano en la mano, un vencejo en el aire,
el instante de un tacto que pasó y no sabría
suceder otra vez, ocurrir otro nunca–.

Perdón por el empeño, la terca voluntad
del corazón vencido; por el lirio en la nieve,
la branquia ante el desierto, el día entre la noche,
el siervo del esclavo, el norte y el deseo,
la quilla en la mirada rompiendo lo imposible…

Perdón por el jardín que no hubo primavera.
Perdón porque he perdido la paz frente a unos ojos.
Perdón por tantas cosas… Perdón por la derrota. …

Perdón por no pedir clemencia al desengaño.


(24 de abril de 2009)

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domingo 26 de abril de 2009

Los lugares y los sitios

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Me duelen los lugares que ya no tienen sitio,
que han perdido su sitio,
aquella propiedad de la memoria
que quedó pincelada en otro espacio.

Me duelen los lugares que ya nada sitúan,
geografías del tiempo sin testigo
que pueda confirmar alguna calle,
algún patio escolar,
algún parque con besos inventados
robado cualquier noche de los ángeles.

Me duele la ciudad que se levanta
sobre la resistencia del olvido.
Sus bloques de viviendas, sus ensanches,
sus altos rascacielos,
sus largas avenidas…
Ese mundo tan raro y tan ajeno
que está del otro lado de las almas.

Parménides ha muerto y los periódicos
no quieren recoger la necrológica.
Tan sólo hablan de Heráclito: predicen
más lugares aún sobre lugares
sin sitio que encontrar,
sin sitio a que volver,
sin sitio de vivir…

Sin ningún sitio.



(26 de abril de 2009)
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jueves 23 de abril de 2009

Los libros... y nosotros

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Acerca de nosotros saben más los libros que hemos leído que todas las soledades que nos hemos contado.

Con el tiempo, los libros nos arruinan los ojos… Y se enteran, con el tiempo, de nuestras almas. Son pequeños cofres para guardar la vida y proteger nuestras humanas y modestas verdades, que no tienen que ver, exactamente, con lo que luego hacemos y después nos pasa. La alcancía de la memoria auténtica está llena de dioses que cosechamos en palabras ajenas. La grandeza de un libro está en la mirada suya, que nos conoce, que sabe de nosotros tanto, que sólo nos lo puede contar a nosotros. Abrir un libro nuevo es voluntad de alzarse; abrir un libro añejo, ya leído, es deseo de saberse. Por eso, con los años, uno tiende a releer con más frecuencia viejos libros; porque entonces, cuando todo está ya casi hecho, sólo queremos saber si estuvo bien el tiempo, si mereció la pena el tiempo. Si fue verdad la vida...

Si la verdad... fue un libro.

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martes 21 de abril de 2009

La lección de Geometría

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Hoy, primera lección de Geometría.
Veamos si no sabes lo que sabes:
van navegando, en alta mar, dos naves
a la misma distancia, noche y día.

¿Cómo son las estelas que vería
la vertical mirada de las aves?...
Dos rectas enfadadas, serias, graves,
que sólo el timonel desmentiría.

De voluntad se muere un postulado,
sólo de voluntad: las paralelas
convergen siempre si querer decides.

Mañana, un teorema derivado:
el ángulo que cierra las estelas
es cosa del amor… ¡Qué sabrá Euclides!



(21 de abril de 2009)

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domingo 19 de abril de 2009

El profeta

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Oír la lluvia es un acto religioso. Lo digo porque lo religioso siempre anda peleando con el tiempo; no el de las palpitaciones del clima, sino el de las demoliciones de los relojes. El taconeo insolente de la lluvia en un patio es una burla para todas las cronometrías. No es un tic seguido de un tac periódico y mensurable, sino un tic sorprendido por dos imprevisibles tacs; o media docena de tacs interrumpidos por dos inesperados tics. La lluvia es un ejercicio de rebeldía contra los cronómetros. Y nosotros, que no somos nada más que galeotes al remo de los segundos, deberíamos venerar su adorable impertinencia. No es exactamente metáfora de la eternidad, sino tiempo caprichoso que ocurre y no puede encarcelarse. Para criaturas como los hombres, que sin tiempo no somos nada y con el tiempo acabamos siendo lo mismo, es todo un ejemplo: no es cosa baladí suceder de modo tan desconcertante para los segunderos. A pesar de Machado y su “monotonía / de lluvia tras los cristales”, yo proclamo la acracia atemporal y liberadora de los días lluviosos.

Tanto adoro la lluvia, que me he convertido en su profeta. Por eso soy impopular. Porque un profeta amparado en la común aquiescencia… ni es profeta ni es nada.
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miércoles 15 de abril de 2009

El caminante

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A veces, sólo a veces;
sin tangencia real de nada real;
sin posible memoria de que fuera
alguna vez posible;
sin cuerpo, sin verdad, sin cercanía…,
hace el alma equipajes con olvidos;
se levanta de sí, se pone en marcha.

Desde el valle, la cumbre de unos ojos
se convierte en empresa.

Y camina.

Allá arriba, tan lejos,
tan ausentes,
tan extraños,
están mi confusión y mi sentido.

A veces, sólo a veces,
si esos ojos me miran,
me pongo la mochila y la esperanza.


(15 abril 2009)
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jueves 9 de abril de 2009

Jueves Santo

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En Coslada, Madrid. Tarde de un jueves
hecho de soledades y de olvido.
Tarde de atardecer enmudecido.
Allá lejos, aún se ven las nieves

últimas del invierno –tenues, leves
pinceladas que ya han palidecido–.
Aquí un jardín y un pájaro atrevido
inventan en la luz altorrelieves.

Aquí el muro, la acera, la calzada
vacíos… Y el balcón, su vano en vano.
Hoy, ni mirar se atreve a ser mirada,
ni la caricia al vuelo de una mano.

En Coslada, Madrid, hoy tiene nombre
de soledad la voz, de olvido el hombre.


(9 abril 2009)
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miércoles 8 de abril de 2009

El aplauso

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A los dieciocho años la vida es algo que está ahí; a los cincuenta y nueve, algo que empieza a no estar donde se espera. A los dieciocho, uno está seguro de que el teléfono lo descolgará alguien. A los cincuenta y nueve, uno empieza a temer que no lo haga. De joven se piensa que la muerte sucede por orden de lista. De viejo, se descubre que ya se ha puesto falta a demasiada gente en el listado. Y uno sale al patio del recuerdo y se encuentra con muchos vacíos, y uno entra en el aula de la memoria y advierte demasiadas ausencias. “¿Qué habrá sido de…?” Los puntos suspensivos siempre traen un sobrecogimiento mudo… ¡Qué habrá sido…! ¿Seguirá siendo ese “sido”?

A los dieciocho años los detalles pasan desapercibidos porque la mirada es enorme y cree alcanzar el otro lado del horizonte. Luego empieza uno a reparar en los perfiles de la insignificancia. Y los vencejos de siempre, se vuelven únicos; y los jardines de toda la vida, rincones irreemplazables; y los atardeceres de todas las tardes, un milagro sin explicación posible. El mundo se llena de cosas que hay que mimar; no de grandes hazañas, sino de pequeñas tareas. A veces, basta con mirar un cielo encapotado con urgente intención de desbordarse, para que parezca hermoso lo que antes se consideraba un fastidio.

A los muchos años, uno se dice: si aún estoy aquí, será por algo Y ese algo, de pronto, se convierte en pregunta. Y la pregunta en apremiante decisión de responderse. Entonces le dan a uno ganas de hacer cosas rarísimas, como observar la propia sombra sobre el suelo y pensar que hay un fotón de luz para el que era necesario que uno estuviera en medio, o quedarse mirando una amapola para que no muera sin admiración su modesta y anónima belleza.

Con los muchos años, uno entiende, de verdad, por qué la vida tiene derecho a nuestro aplauso.
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lunes 6 de abril de 2009

La mirada del plenilunio

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Mirada ancilar, la luna.
Aquí, la noche insistente.
Ojos en cuarto creciente,
menguante de negra duna.
Y su redonda tribuna,
alta y lejos… Nadie advierte
–sólo esos ojos, su inerte
mirar, de otra luz esclavos–
que en la sangre de unos clavos
morir se dejó la muerte.


(4 abril 2006)
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viernes 3 de abril de 2009

Una lección de gallardía

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Siempre que ando en desavenencias conmigo, me escapo de estos lugares. De los de ahora y de aquí, no de ésos que son de los de uno de siempre. Y cuando yo digo “de siempre”, todo el mundo comprende que me he ido a la corte de los Austrias más tontos, ésos que pueden justificarse en la historia por haber sido comparsa de los tiempos que supieron de Lope, de Cervantes, de Velázquez, de Quevedo, de Góngora, de Villamediana, de Calderón, de… En fin, del increíble prodigio que fue nuestro XVII. Estos monarcas, súbditos en el fondo de tan alta compañía, deberían estar agradecidos de que la circunstancia así los regalara. Incluso del anónimo adorno popular, que los coronó de leyendas con más gracia que el desaguisado de sus desgobiernos.

Felipe IV se lleva la palma en aquéllas. Un rey que, según es fama, llevaba el cetro donde no correspondía: una cuarta más abajo del ombligo, lugar poco adecuado para ejercer un reino. Tentaban demasiado a Don Felipe los peligros del sexto. Buen susto se llevó con la novicia de San Plácido; aunque, gracias al regio desconcierto, debamos los demás que encargase a Velázquez un cristo que es “El Cristo” que tenemos en El Prado. Muchas más leyendas hay de semejante enjundia. Como ésta, también conocida:

Tuvo Su Majestad desahogo con una hermosa joven a la que entregó cuatro doblones en pago de su disfrute. Luego ocurrieron el tiempo y otras cosas, y en el transcurso de aquél se cruzó una cacería. Y allá que se fue con su espingarda de chispa nuestro real personaje (léase “real” como se quiera, y “chispa” y “espingarda” de igual modo). El caso es que había entre los lacayos uno de esbelta compostura. Al anochecer, llegóse éste al regio cuarto y, en tanto el de los Felipes se adormecía, desnudóse mujer y entró a su lecho. Lo que allí sucedió no es preciso contarlo. Sí la venganza final, sí el cumplido desagravio. Al alba, tras despedirse la que, siendo mujer bella, gentil lacayo se mostrara, arrojó a Su Real Majestad una bolsa con doscientos doblones al tiempo que le decía: así pago yo a mis cortesanas.

A esto llamo yo una lección real de gallardía.
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miércoles 1 de abril de 2009

Cosas de Prometeo

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Respondiendo a Rafa


No son ganas al cabo: son desgana
las ganas de la noche. Sobra el día,
la promesa del sol en la alcancía
de un corazón cerrado; esa persiana

que no quiere tratar con la ventana
los negocios de la melancolía,
que llora de querer cuanto perdía
ahorrando amaneceres sin mañana…

Sólo eso: el fuego que se aguarda
desesperadamente, la vencida
convocatoria del amor, la guarda
vigilante de un día más de vida…

Sólo eso, ni ganas ni deseo:
¡cosas de acá y de allá de Prometeo!


(31 marzo 2009)
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Nota del viernes 3:

Era natural que Rafael Herrera, o el embozado, respondiera. Hoy lo ha hecho con la impecable elegancia que le caracteriza. Buscad abajo en los comentarios. Además, como él dice ...en estas estrofas las hay para ti, para Antonio Serrano, para Sunsi, para Olga, y creo que también alguna para mí. Gracias, amigo mío, desde el otro extremo del Mediterráneo y al norte de tu Córdoba, si no me confundo.

lunes 30 de marzo de 2009

Niebla de nada

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… y atrapar vientos
Eclesiastés, 2, 17



Las ganas de la noche no se cuentan,
no se dicen a nadie, no se escriben,
no se ponen en boca de los otros
ni se adornan teoremas a su costa.

Las ganas de la noche se descubren
una tarde cualquiera –sin razones
aparentes de grávida importancia–
colgadas de los árboles o el cielo,
detrás de un contraluz imprevisible;
o en un fotomatón, agazapadas,
como una identidad de oscuridades.

Las ganas de la noche son remite
del sobre de un silencio: esa indigencia
de una carta que no nos llegó nunca,
que nunca se escribió ni fue pensada,
que no fue más que niebla… Nada y niebla;
niebla de nada en un buzón vacío.


(29 de marzo de 2009)
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jueves 26 de marzo de 2009

Glosando a Don Juan de Tassis

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Siempre he sentido una especial debilidad por Villamediana. Este Conde, este Don Juan de Tassis, tan de su tiempo y leyenda, se me ha cruzado cientos de veces en la vida. Leía ayer una composición suya sobre el desengaño; y se me que quedó la última redondilla. Lo justo era glosarla.

Me gusta la lejana musicalidad que deja una glosa. No son frecuentes hoy, o yo no las conozco. Recuerdo a Gerardo Diego, otra debilidad mía, haciéndolo –también del “Conde”– sobre un soneto de milagrosos ojos que no se conoce lo suficiente (en mi opinión por lo menos).

Innecesario es decir que lo mío no es más que un ejercicio de temporal vecindad del alma. Y, ya se sabe, hay vecinos que viven en el “Bajo”, yo por ejemplo, y vecinos que miran desde el “Décimo”, Don Gerardo sin ir más lejos.



Las razones que no digo
no son las que menos siento,
mas por no darlas al viento
quiero que mueran conmigo.


Tantas cosas he callado
a lo largo de la vida;
tanta palabra vencida;
tanto yugo y tanto arado
de silencio ha roturado
el verso que va conmigo;
tantas veces fui mendigo
de su ausente circunstancia,
que no tienen importancia
las razones que no digo.

Qué más da si un verbo acierta
o es como un sueño de nieve
que a ser blanco no se atreve
por si de pronto despierta.
Qué más da si un alma abierta
de par en par cuenta un cuento
de soledades por ciento.
¡Un porcentaje indecible!
Lágrimas de lo imposible
no son las que menos siento.

Para no escribir escribo,
para el silencio morderme,
pero no por no saberme
la muerte de estar tan vivo.
Presente de imperativo
de no sentir lo que siento
me hace mentir si desmiento
y confundir confusiones,
no por negar sus razones,
mas por no darlas al viento.

No hay calor para esta hoguera
ni fuego para esta fragua;
ni para esta sed hay agua…
Nada aguarda, nada espera.
Nunca hallar haza quisiera
tanto sentir enemigo
que siembra en la roca el trigo…
Estas calladas semillas
que ruedan por mis orillas
quiero que mueran conmigo.


(26 de marzo de 2009)
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Nota del sábado 28: léase aquí la “Doble glosa del revés” con que un extraordinario “embozado inactual”, de nombre Rafa Herrera -aparece como "Anónimo"-, tiene la generosidad de responderme un poco más abajo, en los comentarios.

martes 24 de marzo de 2009

Tiempo de liquidación

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En la agencia del tiempo que me queda
se regalan paisajes. No es preciso
haber sido cliente de sus días
ni inversor habitual en su memoria.
Podrán beneficiarse de la oferta
cuantos vengan de lejos de sí mismos
o acrediten al año nueve meses
al menos de derrotas esporádicas.

Son paisajes de días que no fueron,
radiantes alboradas... Cosas de ésas
que se cuelgan después de la mirada
y parece real lo no posible.

Se pueden recoger cuando anochece
a cualquier hora... de cualquier tristeza.


(24 de marzo de 2009)

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lunes 23 de marzo de 2009

La mirada decadente

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He visto esta misma luz de tardo atardecer cientos de veces. Miles, tal vez. Aunque no es la misma. Ya se sabe: uno ve, o uno mira… He mirado esta luz, una única vez, hoy, ahora. Las otras, cientos, miles quizá, eran de otra mirada; eran, por tanto, otra luz. Me cuesta hablar con esas otras miradas que ya me han abandonado, que no reconocen esta tristeza o este estupor o esta melancolía o esta advertencia en los ojos de hoy. Me cuesta hablar conmigo en las lindes de la noche, que es cuando la fiebre sube en los enfermos, que es cuando la belleza –oro rojo, ámbar violáceo– se ha derrumbado ya en el horizonte. Porque entonces se pone el cielo de un azul opaco, grisáceo, indefinido. Todavía no hay estrellas para la fantasía ni oscuridad rotunda para la imaginación. Sólo paréntesis de sombras indecisas, pausa de irrealidad…

También así la edad del hombre, su vanidosa Historia. ¿Cuántas veces sobre el mismo suceso, diferente crónica? ¿Cuántas la luz secular, ya atardecida, sin oriente en los ojos ni Polar aún en la mirada? Tienen fiebre los tiempos. Es muy tarde. No suficientemente tarde aún sin duda. Vendrá la noche luego, volverá su rara fantasía…

He mirado esta luz, una única vez... Hoy. Ahora…


Con profunda tristeza, a Jade Goody, víctima y producto de una cultura acabada.
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viernes 20 de marzo de 2009

Primavera

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Fue una excusa vivir. Yo apenas era
una piedra en la sombra desterrada
barruntando relojes, descontada
del tiempo y de la nada prisionera.

Una ecuación sin alma, pordiosera,
confesándose luz cristalizada,
que se puso a pensar una mirada
y se quiso vivir en primavera.

Yo era niebla de alientos indecisa,
aroma de montañas, voz de olvido,
silencio mineral, cristal de cuarzo.

Y me puse a pensar una sonrisa...
Se hizo empeño la piedra; su latido,
la excusa de un jardín para ser marzo.


(20 de marzo de 2009)
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martes 17 de marzo de 2009

Las acelgas, el mono y la virtud

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Hay un mono de muy mala baba en el zoo de Furuvik, que está en Suecia al norte de Estocolmo. De entrada, ya hay que tener ganas para llevarse un mono hasta allí, con lo largas que son ciertas noches y lo fríos que son los inviernos. Pero esto no debe de ser problema para los suecos. Para el mono, probablemente sí; lo que podría explicar su mala baba. El caso es que el mono en cuestión, un chimpancé mal encarado, recoge piedras, las pule con esmero y, cuando llegan las visitas, hace lo que cualquier ser humano más o menos cabreado haría: se las tira.

La psicología animal es de lo más aleccionador. Que un mono haga tales cosas sitúa las primeras ideas del sistema nervioso en el nivel de la precaución y de las malas intenciones. Nada de hacer amigos –¡ingenuo Rousseau!–, sólo alejar molestias –aquí, Hobbes se arrellana satisfecho en los libros de filosofía–. Porque la secuencia es clarísima: primero la mala uva y el egoísmo, luego la respuesta. Cuando ésta se vuelve más elaborada, se hace sofisticadamente previsora: hay que preparar la agresión y luego ejecutarla. He aquí un nuevo logos, un inesperado pensamiento príncipe: apedrear la contrariedad. ¡Para que luego venga un tal Azuaga beatificando lindezas del pensar!

La verdad es que, leída al pie de la letra, la fundamentación axiológica de la evolución y el pensamiento tiene muy mala cara. A uno le cuesta Dios y ayuda encontrar un lugar racional al bien, a la virtud, a la justicia, a la solidaridad, al amor fraterno, a todos los amores escritos con mayúsculas… Las empatías, al estilo de Hume, saben a poco; realmente, a nada. Un nombre para designar lo que no se sabe ni se cree; puro nominalismo, semejante a ese otro demoledor de la vieja metafísica. Ni que decir tiene lo “reforzados” que salen los valores cuando se presentan consecuentes a convencionalismos interestatales. Una risa lamentable, a juzgar por lo “en serio” que se lo toman quienes firman tales armonías de la civilidad.

Así que el mono de mala baba y sus retorcidas ideas sólo me permiten concluir dos cosas:

1. Que la evolutiva aparición de los valores de la humanidad son un bien objetivo, consecuencia de algo grandioso e inexplicable.

2. Que si no es así, que si tales valores son mera circunstancia (lo que, a pesar de otras mentiras, no es más que simple provisionalidad) de un baremo histórico inexplicado, es preferible ser acelga, tan estúpida e insípida, pero tan inocente al cabo.

Entre las acelgas y los místicos, yo, desde luego, me quedo con los místicos. Algunos, incluso, escribieron divinamente.
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viernes 13 de marzo de 2009

Si lo pensaras...

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Si pensaras que todo este cansancio,
este hacerme fantasma de mis días
y verme el alma del revés del alma…

Si pensaras que tanto desacierto
y tanta confusión, tanta extrañeza,
tanto ir y venir por las espadas…

Si pensaras que no durmió un quejido
sin llamarte de noche cuando todo,
queriendo descansar, no descansaba…

Si pensaras que he muerto en no vivirte,
en no saber qué cosas distraían
ceñidas por la vida tu mirada…

Si pensaras que todo era tu nombre;
por tu nombre, en tu nombre, de tu nombre...
Sólo eso, ya ves... ¡Si lo pensaras!


(12 marzo 2009)
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domingo 8 de marzo de 2009

Coplas de ya sabemos quién

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Mañana empiezo una semana horrible: tengo exámenes. Para mí, es lo más ingrato de este mester que desempeño. Los exámenes son más o menos incómodos en todas las asignaturas; en filosofía, son un horror; algo parecido a la ingesta de unos cuantos bocadillos de polvorones, por lo general, poco dulces: después de cuatro o cinco, uno se descubre mucho más tonto de lo que habitualmente es. Voy a estar para pocas palabras estos días. Por eso quería dejar hoy algo medianamente lúcido; algún poemilla de enjundia que entretuviera el posible intervalo… Nada: he malparido unos alejandrinos de corte de digestión. Así que he llamado al “caballero” por si tenía algo a mano.

– ¡Hombre, Azuaga…! Qué te cuentas.

Le he puesto al tanto de mi sequedad literaria y se ha ofrecido a sacarme del atolladero. A los quince minutos tenía en el Outlook estas coplas de un sueño que, sin duda, no quiso tener.

De todas formas, a mí me sirven para el apaño.


No quería yo soñar
con esos tejemanejes
que el alma se trae entre manos
y el silencio en sus pinceles.

No quería sus engaños,
sus mentiras cardinales,
sus luces de medianoche
distrayendo oscuridades.

No quería, no, soñar,
sino olvidar y dormir;
descansar y amanecer
menos allá y más en mí.

¡Hilo de luz que ilumina
rincones de la memoria
a traición, sin que queramos
que un cuerpo sea una sombra,

para tener que volver
a mirar y no encontrar…!
Las sombras después del sueño
son sólo su oscuridad.

Por eso yo no quería
soñar los tejemanejes
del alma con sus olvidos,
del amor con sus vaivenes.

Y he tenido que rendir
mis torres ante la dama…
Ya nunca más dormiré,
por los sueños que me pasan.


(8 marzo 2008)
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miércoles 4 de marzo de 2009

La negación, la lluvia y el paraguas

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Para Rafa, que con tan amable interés acompaña estas entradas
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El peligro de hablar sobre la negación es que uno parezca de pensamiento negativo. No, desde luego que no. Es decir, que no es negativo; por tanto… es positivo. Me estoy haciendo un lío. O sólo trampas: la lógica es formal. No quiere esto decir, naturalmente, que sea una señora seria y respetable, de buena familia, sino, lo que todos sabemos, que sólo trata de formas, postulados y coherencias deductivas sobre su intimidad. Una elegante indiferencia hacia los hechos adorna todas sus exactitudes.

La desgracia de nuestra animal racionalidad es que somos fronterizos, que vivimos entre dos territorios. En tanto animales, sufrimos el chaparrón inevitable de los hechos. En tanto racionales, nos pasamos la vida abriendo los paraguas de las formas y de las ecuaciones para protegernos. A estos paraguas los llamaría genéricamente razón, palabra, logos... Tanto monta: es la manera que tenemos de hacernos un hueco apacible y confortable, no excesivamente húmedo, ante la inclemencia climática de eso que llamamos realidad. Cuando este protector es opaco, lo llamamos creencia; cuando es transparente, ciencia empírica. Con aquélla nos sentimos resguardados, aunque no sabemos lo que pasa por encima de nosotros; con ésta, disfrutamos de similar protección, pero además creemos ver (saber, en nuestra jerga) la lluvia que nos está cayendo. Una ilusión que ya destapó Kant con el abrelatas de sus categorías: no podemos ver la lluvia, sino su choque, las gotas que resbalan sobre el paraguas de la razón. Heisenberg, por cierto, en La imagen de la naturaleza en la física actual, dijo algo parecido: “…las leyes naturales que se formulan matemáticamente en la teoría cuántica no se refieren ya a las partículas elementales en sí, sino a nuestro conocimiento de dichas partículas.” Vamos: a la gota estallada, no a la lluvia.

Vuelvo al principio, a la negación de la negación, no parezca que estoy divagando sobre el cambio climático. La tragedia del hombre es su desamparo. Lo sabemos desde la filosofía existencial, pero lo intuíamos desde siempre. La historia de la humanidad no es más que la búsqueda infatigable de un apacible cobijo. Podemos negarnos a hacerlo, pero entonces renunciaremos a nuestra peculiaridad, que es el “paraguas”. Podemos negar que el paraguas opaco sea el bueno porque lo consideremos mera creencia. O asegurar que el correcto es el otro, el de la transparencia ilusa, porque nos hace creer que sabemos. En el fondo, es negar que negamos (que es igual que afirmar) lo más importante: que no somos capaces de ser sin ese paraguas abierto de la palabra. Mito, logos, filosofía, ciencia, hasta poesía... Una fe irrenunciable para poder vivir sin reúma en la esperanza. Nada más, y nada menos, que intentar evitar la hidropesía del alma.

…Y consultar la prensa cada día, a ver si de una vez nos habla del anticiclón de Dios.
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lunes 2 de marzo de 2009

Dos años

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Hoy no he tenido ganas de casi nada en todo el día. Unas pocas, las normales, ésas que son prolongación de la costumbre, escama que se deja caer desde la piel del alma. Ya sabes tú por qué me pasaba eso; qué no querido recuerdo tenía hoy que ocuparme las rendijas capitales de las horas.

Por aquí… Qué te voy a contar que tú no sepas. He ido a trabajar, naturalmente. He visto un mirlo correteando por el jardín. Me he fijado en los brotes, ya casi entusiastas, de los árboles. He leído algo, casi nada: tres o cuatro tontadas sobre Kant. Pero he sentido mucho. Frío también; tal vez porque los días de memoria malintencionada hacen todo lo que pueden por ser desapacibles.

Ayer comimos en casa. Lo ves: sigo diciendo “en casa”, aunque hace ya más de treinta años que ese lugar, ese “en”, no es refugio de mis malos días ni cobijo de mis muchas noches. Tú seguías sin estar. Qué manía, qué empeño de no hacer lo que fue siempre. Y es que sólo me dejas hablar contigo por teléfono. A las once, ya muy tarde, mientras cenan tus nietas y me espera Charo… Mientras yo preparo las cosas para ese mañana que aún sigue siendo otro después. Sólo entonces…, aunque los dos sepamos que la línea está cortada y que nos sobran, hace mucho –dos años hoy–, los cables y las centralitas.

No quería escribir, sino escribirte. Cuando los nombres se van, sólo nos quedan los pronombres. Con el tiempo, uno acaba por verlos como la fuga musical que nos deja la gramática en el alma, esa morfología de tristeza irreversible.

Un fortísimo beso, mamá.
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viernes 27 de febrero de 2009

Génesis

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… la luz con el tiempo dentro.
Juan Ramón Jiménez



Estuvo allí la nada antes de nada,
antes de ser tribulación del verbo,
antes de andar la oscuridad la luz,
la sombra el contraluz, el mar el cielo.
Estuvo rodeada de sí misma
hablando de no hablar con el silencio,
en un punto –ni siquiera era un punto–,
en un sueño –ni siquiera en un sueño–,
en el ciego algoritmo del vacío
y la extraña razón de lo inextenso;
sin ayer y sin hoy; sin duración,
sin nunca; sin ser que supiera serlo…

¿Qué hermosa fantasía no posible
pudo querer que despertara el sueño?

Acarició a la nada la palabra.

Y se creyó la eternidad el tiempo.


(27 febrero 2009)
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domingo 22 de febrero de 2009

El pensador

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(Frente al Jardín Botánico, en Madrid se ha sentado un pensador)


¿Qué piensa el pensador tan tristemente? ¿Piensa acaso en la gente que le mira, ésa que está en el margen de la foto deformada por el reflejo de una ventana? ¿Piensa en las precarias existencias que él va a sobrevivir y ahora le observan?... ¿Qué piensa el pensador tan seriamente? ¿Será en el bronce propio? ¿No será el bronce quien reflexiona a fuerza de emular el gesto humano? ¡La idea, muda y remota del metal, de la materia, del ser, del lejanísimo ser que hemos olvidado, volviéndose volumen, seriedad, tristeza; indagándose a fondo ante la absorta mirada de los hombres…!

¿Pensó Rodin si pensaría el bronce después de disponerlo en ese estricto gesto de indagación anónima?

¿Qué piensa el pensador que hemos dejado de pensar nosotros, los demás de carne y hueso, los que ahora le miramos con curiosidad callada?...

Todo en el ser es esfuerzo… Por decirse, primero; por saberse, después; por pensarse, más tarde. Pero las cabezas del siglo están llenas de cosas de andar por casa, de inquietudes instrumentales, de eficacias experimentadas. No quedan grandes preguntas ni vigor humano ante ellas, sólo estúpido desprecio por todo cuanto las supera. La realidad se humilla con esas provincianas preocupaciones y se enloda lejos de su majestad ontológica.

Esto es lo que piensa el pensador, que ha cogido el testigo de nuestro abandono, que se ha quedado en su gesto con la empresa que nosotros hemos menospreciado, la única que tiene raíz en la verdad, aunque, probablemente, también imposibilidad de hallarla.

Heroica tarea de un volumen perfecto… Pero a nosotros nos falta el amor, la voluntad, la fe de Pigmalión… Nos falta todo lo que le sobra a ese montón de bronce.
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jueves 19 de febrero de 2009

Destiempos del caballero inactual

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Lleva una lentitud amarga tras los ojos. Él dice que es normal, cosa del tiempo. 'Deuda de los años y de las vulgaridades de la vida –me asegura– que ganan peso en la mirada y gravedad en su paisaje'. Se me pone poético y tópico, esdrújulo de pensamiento: 'envejecer no es más que acercarse a la extrañeza de uno mismo; averiguar la lejanía de los árboles y descubrir la magnitud del arbolado'. Me mira, con cierta burla ahora, y me pregunta si llevo encima algún papel en blanco. Registro los bolsillos y encuentro una cuartilla, casi limpia: tiene escrito en un margen algunos números –un teléfono quizá– que alguna vez quisieron no ser olvido. Se la doy y él, luego de apurar el último renglón de una cerveza, empieza a garabatear –tiene una letra infame– palabras, palabras, palabras…


Sólo vengo a esta calle
por si sucede
que de pronto te cruzas
entre su gente;
¡mira si tengo
aún la ciega esperanza
de ver el cielo!

Sólo vengo por eso:
por si me ocurres,
por si el tiempo se apena
de lo que sufre
un reloj triste
que ha perdido las horas
que tú cumpliste.

Y convoco tus pasos
todas las noches:
sortilegios heridos
y extrañas voces.
Voces extrañas
que te acercas me dicen…
Pero me engañan.

Así, día tras día,
vengo a esta calle
a negar lo que sólo
mi reloj sabe.
¡Ay, quién tuviera
el poder de que el tiempo
se arrepintiera!


(19 febrero 2009)
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viernes 13 de febrero de 2009

172 años antes... Y después

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El otro al otro lado; extraño, sostenido
por una fantasía vertical: una falacia
de muebles, cuadros, sombras; balcones a la calle,
paredes sin desnudo… Al otro lado, el otro;
mirándote a los ojos, rodeándose de cosas
que aún te pertenecen –ese aún tan volátil,
ese invento del pulso en la muñeca–. Y tú…
¿qué estás pensando tú que no pensaste nunca?,
¿qué palabra callada estás ahora diciéndote,
diciéndonos a nadie, los que estamos tan lejos,
–los demás, como siempre, somos la lejanía:
un paisaje de otros que apenas nada advierte,
un escenario amargo, un teatro de olvidos…–?

El último relámpago que quiso ser un nombre:
la daga de Salgari, el revólver de Pavese,
la lenta sed del mar bebiendo de Alfonsina…,
y el salto desde Dios, brutal, hasta la tierra
de un hombre sin rincón para el recuerdo.

El último arrancarse de uno mismo sin signos
para nadie: abandonar el sello de la vida
junto a la soledad, delante de un espejo.


(13 febrero 2009)
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martes 10 de febrero de 2009

La ínsula interior

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Es asunto del putamen (que nada tiene que ver con lo primero que suena, sino con una cosa que hay en el cerebro) y de la ínsula (que tampoco se refiere a Barataria, sino a otro rincón cerebral de pretensión oscura). Su oficio es el odio, la mala uva contra alguien o algo; un apéndice de maldad que en unos es mayor y en otros ni se nota; o se tiene pequeño, pequeñito, y se consigue que apenas te delate. Bueno, esto no es exactamente así; no es cuestión de tamaño, sino de actividad: el putamen y la ínsula se confabulan en su excesivo ejercicio para que odiemos. ¡Y yo que creía que la ínsula tenía que ver con la tristeza y que me hacía arrendatario del tabaco…! Porque, de no sé cuándo, tenía yo leído que provincia tan honda del asiento material del alma se poblaba con tales desajustes.

Entendamos, pues, que el odio es un ladrido del sistema nervioso. Un ladrido con clarísima intención de dentellada que suena como la voz de un mastín en las noches del inconsciente. Lo malo es que confunde, que también el amor, el romántico y apasionado, encandila el putamen y la ínsula; que si uno se enamora, esas cositas se ponen como locas. Será por eso aquello que decía Ortega sobre “el enamoramiento” y el “estado de miseria mental”. Miseria mental, ¡qué duro fue aquí el maestro! Encima nos destierra del recto juicio. Vamos, que el amor nos vuelve un mucho tontos y un bastante agresivos. Queda claro, neurológicamente, por qué Orlando se puso como una moto de pura ira ante los coqueteos de Angélica, y por qué Otelo invocaba, enrabietado, aquella causa (“¡…la causa, la causa, alma mía!…") poco antes de “romper relaciones” con la pobre Desdémona.

Algunos debemos de ser tontos de otra manera, por eso hacemos sólo servicios de imaginaria. Y es que las almas dormidas son como los niños: sus odios y sus amores son verdades de mentira que ni atontan a uno, ni dañan al otro. Juegos de sombras siempre reversibles, donde la luz sólo está provisionalmente apagada. Combates de amor o de odio, con disparos de salva, en las insulares tierras de nuestros secretos silencios.
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domingo 8 de febrero de 2009

Bandera blanca

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Desde la M-607, al Guadarrama esta mañana le bajaba la blancura hasta las rodillas. Más abajo incluso, diría yo. Como una rendición, el horizonte ondeaba banderas blancas ante el tozudo invierno. Quiere ya la tierra el sol, la luz, la flor temprana; la ladera encendida y el pulso renovado; las tardes prolongadas en tertulias y el día entre amoríos de una nueva adolescencia. Quiere recuperar la altanería sensual de los jardines inventando flores que se le han olvidado. De niño, recuerdo haber oído en labios de mi madre que si la Candelaria plora, el invierno fora; si non plora, ni dentro ni fora. Pues ploró la Candelaria… Y el invierno, como si con él no fuera.

Mea culpa, gélido amigo mío: tanto penar tus ausencias, tanto alabar tus melancólicas virtudes, tanto insistir en tu tibieza de los últimos años, tanto decir que ya no eras como antes…, te ha llegado a tocar el amor propio. Por eso has estallado. No das tregua por eso. De acuerdo, bandera blanca. Pero déjate ya herir por el presagio de otra primavera en los almendros, déjate confundir ya por la otra blancura de su resurrección.

Te lo pido yo que he sido el más recalcitrante de tus aliados. Y el Guadarrama, esa costura láctea sobre el horizonte que he visto esta mañana desde la M-607.
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jueves 5 de febrero de 2009

Museo de cera

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El poema, de 1994, cerraba “La asamblea de las sombras”. El poema era un recorrido por todas esas sombras… Que sigo llevando, que no sé cuánto tiempo más llevaré aún. La grabación es de 2001 y, además, corre protegida por el esplendor de Bruckner (¡así cualquiera!) en su Sinfonía nº 7. La decisión, de hoy, de esta imaginaria fría y un tanto amarga del 5 de febrero de 2009. Y... algo de eso que me pasa a veces: un tener ganas de no tener ganas.

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martes 3 de febrero de 2009

God, God...! Gödel

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Las ciencias más rigurosas son las formales; es decir, la lógica y las matemáticas. Uno es feliz en ellas porque el pan siempre es pan; y el vino, vino. Son saberes de impecable elegancia y exquisito respeto por la verdad que no consienten medias tintas ni “dependes” que valgan. Las envidiosas disciplinas empíricas siempre les han reprochado su platónico aislamiento, su atrincheramiento en las formas, su total indiferencia por lo que ocurre fuera de ellas. Es de entender: a fin de cuentas, las otras ciencias tienen que pegarse con el mundo, batallar con el antojo de los fenómenos (o si no que se lo digan a los meteorólogos) y su defectuosa interpretación de las perfecciones platónicas.

Pero las matemáticas se apoyan en axiomas de los que viven sus bellos teoremas. Y los axiomas son certidumbres incuestionables. Bueno, esto era así hasta que en el siglo pasado Gödel puso una zancadilla a tanta hermosura. Porque desde entonces ya no podemos establecer la verdad de todos y cada uno de esos pilares indiscutibles. El siglo XX fue un siglo perverso (una pena que yo naciera en él) que se empeñó en buscar inestabilidades en todo y nos llenó de preocupantes incertidumbres. Así en la historia, la política, la moral, el arte, la ciencia, la filosofía, el sentido de la vida… En fin, un siglo con mala leche, hijo de otros dos siglos que formaron un matrimonio de conveniencia. ¡Natural que fuera como fue su desdichada prole! Lo peor es imaginar lo que puede pasar con los nietos.

El hombre se ha vuelto un animal desconcertante, siempre dispuesto a conspiraciones de todo tipo. Yo, por lo menos, veo clarísima la secuencia: primero nos comimos una manzana y luego devoramos el producto de su digestión. Primero hicimos de la Razón la razón de nuestra rebeldía; luego, de nuestra rebeldía la razón de nuestra sinrazón. Yo creo que con la manzana era suficiente: lo otro es coprofagia.

Entre tanto, Dios, que asiste como convidado de piedra –gracias a nuestra acidosis– al espectáculo, debe de estar aburridísimo. O infinitamente triste... ¡Porque también es posible creer en su infinita tristeza!
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viernes 30 de enero de 2009

Carta desde la niebla

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En Coslada, Madrid, treinta de enero.
Viernes de poca luz. Tras la ventana
el pálido telón de la mañana;
la niebla y la humedad... El día entero

robándome los ojos, prisionero
de su oscuro antifaz, de su desgana,
de esa pereza de mirar mundana
que no encuentra en el sol su mensajero.

Nada puedo contar sino que duele
la oscuridad, el frío, la agonía
de una luz que no está por donde suele,
de una luz indecisa de ser día…

Sólo la niebla hoy; aquí, en Coslada,
entre mi voz y el eco de la nada.


(30 enero 2009)
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lunes 26 de enero de 2009

E lucevan le stelle…

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A mi padre, a sus 94 años de pasión por la música, más debilitados cada día, con el dolor de saber que él nunca llegará a leer este sincero homenaje.


Me has hablado otra vez de días antiguos
cubiertos de una niebla color sepia.
Otra vez, de caballos y simones,
de calles troceadas y adoquines;
de otros inviernos, de otras primaveras.
Me has hablado del Parque del Retiro,
y del Apolo y del Maestro Villa
–que era pequeño, muy pequeño, dices;
y era grande, muy grande, luego exclamas–,
y después de Miguel, de Miguelón, de Fleta;
como siempre de Fleta. Y de Puccini
y La Tosca… –“E lucevan le stelle…”,
entonas con dolor y voz quebrada.

Otra vez. Cada vez con menos tildes,
con menos decisión, con más tristeza,
como si tanta niebla ya fuese insoportable;
y tanta luz, un resplandor de fondo
que no quiere dejar de ser memoria.

Me has hablado otra vez –siempre lo haces–
de esos días que son los otros días
que el tiempo ha extraviado,
que el tiempo ya no encuentra;
que ni él mismo se explica
cómo fueron posibles cuando fueron;
cómo pudo ocurrir que se hayan diluido
con tanta impunidad, tan de repente...

Y te quedas mirando a un lugar que yo aún no veo;
allí donde la vida es su vencido equipaje,
allí donde es pasión hablada de su ausencia.


26 enero 2008
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sábado 24 de enero de 2009

El vino de la nada

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Cierro el día. Portazo en la mirada
y la noche de pronto; de repente,
la oscuridad: estamos, frente a frente,
bebiéndonos el vino de la nada.

Robo al silencio –voz fantaseada–
un beso de palabras impaciente…
¡Y no me dices más!… Creo que hay gente
del otro lado de tu voz robada.

Las sombras de la noche son de acero
templado en mi rabiosa vigilancia;
tu sombra, su ternura sin embargo.

Otra vez cierro el día y aún espero.
Regálame un renglón de tu distancia:
no bebamos de un vino tan amargo.

Prueba de sonido

(
23 enero 2009)

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miércoles 21 de enero de 2009

De la esperanza y los sueños

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No es igual: los sueños se hacen a traición de la voluntad y poniéndole zancadillas a la conciencia. Son bufones engañosos y seductores que se disfrazan en los camerinos del alma. Los sueños se ven, se tocan, se sienten; son sensuales hasta el desmoronamiento de la razón. Se construyen como la vida, pero aligerándola del peso de las vidas de los otros. Son el anárquico espectáculo que estrena el yo ante sí mismo cada noche para aliviar las magulladuras del combate cotidiano. Aunque a veces no tienen ninguna gracia. Y entonces deseamos que nos salve una vigilia inesperada. Son sueños mal encarados que quieren vengarse de uno; negra pasión de fondo, tanática y rencorosa.

No es igual, aunque la gente los confunda. La esperanza no es un sueño convertido en expectativa, sino una voluntad que cree poder educar a un sueño. La esperanza no hace tropezar a la conciencia; al contrario, la quiere levantada y vigilante, atenta a lo que ocurre, siempre dispuesta a cauterizar la derrota con su lejana mirada. La esperanza no prescinde de los otros: exige que los otros la acompañen; no construye, como el sueño, un escenario de comparsas que repiten el guión de su deseo. La esperanza nunca nos traiciona, que es lo que hacen las pesadillas de mala idea; en todo caso, somos nosotros los que la traicionamos. Porque desesperar es cosa nuestra, no de ella.

La esperanza le hace grande al hombre, le da condición de especie porque por ella crece el deseo hasta volverse voluntad. Los sueños simplemente ocurren, como en un animal cualquiera. Y nos engañan. Y ponen boca abajo la obligatoria vocación de no rendirnos.
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domingo 18 de enero de 2009

Tonteando con los prodigios de hogaño

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La entrada de hoy es una tontuna experimental: me daban cierta envidia (sana desde luego) esos lujos multimedia con que a veces se adornan los blogs de casi todo el mundo. Así que me he puesto manos a la obra. Un par de fotos de mi almena cotidiana, dos grabados de Doré que venían al caso, un soneto de archivo (26 de febrero de 2008, tal vez alguno lo leyó entonces) de, cómo no, el “anacrónico caballero” y, en la memoria, una cita de mi buen amigo Juan Antonio que, en su entrada del reciente día 10, afirmaba: “En el caso de la lírica, su medio natural es el oral. Donde adquiere todo su sentido la palabra lírica es en la recitación”.

Tales fueron los ingredientes del experimento; el resultado, esa pequeña chapuza que aparece más abajo. La grabación de voz recoge sonidos de fondo (no tengo ahora mismo ningún editor que me permita corregirlos) y no es de muy buena calidad porque está hecha con una PDA; en cuanto a las imágenes, dejan bastante que desear por haberse convertido desde PowerPoint en archivo de vídeo.

En cualquier caso, “esto es hecho”, que dijo el Conde; o mejor, a lo comediógrafo de antaño:

…perdonen sus muchas faltas.
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video

miércoles 14 de enero de 2009

Carta por soleares del "Caballero inactual"

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Es noticia breve la que de él hoy me llega. Sigo sin saber de dónde; “tierra de nadie” me dice, y además en verso. Pero… ¡ya le conocéis! Recojo aquí su irreal noticia para desengrasar las tenebrosidades matemáticas de mis últimas tontunas (o torturas):


Estoy en tierra de nadie:
ya sabes lo que me gusta
besar el aire del aire.

Cascarrabias, taciturno,
poeta de medio pelo
inventor de plenilunios,

que se cree que por arar
la oscuridad se ilumina
y ya no es oscuridad…

Así se me van las horas,
soñándome claridades
entre unas cosas y otras.

“Después de todo –me digo–
ser cada cual cada cual
es lo que debe haber sido

desde siempre… ¡y que después
no vengan con que morirse
es lo que no puede ser!”

Por lo demás, poca cosa:
días que van y que vienen
perseguidos por su sombra.


14 enero 2008
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martes 13 de enero de 2009

Divisibilidad por nada

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No tiene resultado innumerable
por mucho que se empeñen los teóricos
que han roto la aritmética del hombre.
No es derrota ni hazaña no posible
ni naufragio infinito. No es un dígito
absurdo que agoniza en los axiomas…

La verdad es el resto, lo que habría
que sumar al producto del cociente
de un sueño dividido por la nada.


13 enero 2009
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viernes 9 de enero de 2009

La nevada

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Parece (remotamente) un poema y, en realidad, es la crónica de un día que ha puesto Madrid patas arriba por una contrariedad meteórica. Es como el envés de un alma platónicamente estúpida.

Camino de la 'Estación de Cercanías' tras renunciar, definitivamente y por circunstancial imperativo, a esa otra lata de la vida que es el coche.




Todo el día pensando en otras cosas,
ajeno a lo importante, preocupado
por el largo camino del regreso;
con el alma en conserva, en esa lata
del cuerpo –que además es una lata,
un molesto envoltorio que se queja
del frío y la fatiga, del cansancio,
del dolor en los pies, de los atascos,
de la falta de sal en las aceras,
de la impune elegancia del político
que escurre, como el hielo, su indolencia–.

Todo el día en el cuerpo, secuestrado
por estos cuatro enlaces de carbono
que adornan la ortodoxia de estar vivo.

Y todo los demás, lo que importaba,
trastornando los campos en blancura
con promesa de bienes florecidos
tras otro alborear la primavera…

Y todo lo demás, lo que importaba
–que el asfalto ocultara su tristeza
de negra confusión; que los jardines
se vistieran de gala por los niños;
que el día decidiera disonancias
con ser habitual; que se embozara
tras la capa que sueña ser pureza…–,
perdido para siempre… Como el tiempo.

Qué idiota he sido hoy, qué desperdicio
de voluntad andar tan preocupado
porque el mundo se hubiera vuelto incómodo.

…Y entretanto, la nieve recogiendo
su blanca dilación en tu mirada.
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miércoles 7 de enero de 2009

Una vulgaridad peligrosa

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Telón: la commedia è finita. Una bandeja con trozos de turrón de Jijona en exceso aceitosos, algunos polvorones desolados ante la indiferencia golosa de las últimas visitas, medio roscón con dos caras de miga seca, como un Jano aburrido, sombrío y taciturno... ¡Telón! ¡Telón!... No hay aplausos, aunque el último acto los merezca. La noche queda al otro lado de todas las ventanas embozada en sus oscuros silencios. Tres o cuatro balcones sostienen por inercia algunas lucecitas azules, encarnadas, naranjas… palpitantes. Todo, una vez más, demasiado deprisa. Una vulgaridad, lo sé, hablar de ello.

Antoine de Saint-Flour, ese personaje de Anouilh tan humano, tan demasiado humano, que nos hace vivir el desconcierto de que todo suceda al mismo tiempo, se pregunta en el segundo acto de Los peces rojos: “¿Qué es lo que ha pasado?”. Antoine se mira al espejo probándose un sombrero de copa mientras se viste para la boda de su quinceañera hija. Antoine se pregunta por una vulgaridad vertiginosa; esa que solemos llamar vida y que le pone a uno de repente ante su precipitación inesperada.

Yo sabía lo de los 30 Km/s del viaje de la Tierra en torno a su luciérnaga dorada. Y ahora me he enterado de que, además, esta Vía lechosa de nuestras totalidades va más rápida de lo que se creía: a unos 270 Km/s. ¡Qué barbaridad! El día menos pensado se nos retira el permiso de circulación por el cielo. Demasiado deprisa; ¡cómo no se nos va a escapar el ser en un suspiro! Habría que exigir que pusieran unos cuantos semáforos en la noche.

Y es que, aunque esto del correr del tiempo sea una vulgaridad, lo cierto es que tanta vulgaridad nos acaba matando.

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lunes 5 de enero de 2009

Una carta para esta noche

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Queridos Reyes Magos:

El 14 de enero del año pasado os escribí una carta a la que no hicisteis ni caso. No sé si porque le di cuerpo de poema y pretencioso título o porque ya era un poco tarde. Tal vez os pareció demasiado personal. Pero no era eso, o no solamente eso. Lo que en realidad os pedía, lo que vuelvo otra vez a pediros, es que a los niños se les deje serlo, que no se robe la infancia de la infancia ni se emborrone el párrafo de su irrepetible maravilla. Porque después, cuando a la vida sólo le quedan los arrestos de la memoria, el hombre necesita su reencuentro. Y estos hombres de hoy andan tan tontos que no se dan cuenta de que se están sembrando de vacío, de que un día se llega a sombrías latitudes y no se lleva encima la brújula de ningún sueño.

Así que lo único que os pido es que nos obliguéis a cultivar la infancia y no segarla antes de tiempo, a no romperla o llenarla de anticipos indebidos a sus años, a permitirle residir en el prodigio sin ensuciar su casa con nuestros desencantos y crueldades, a no arrojarla al mundo para que empiece a creerse adolescencia sin serlo o juventud sin necesitarlo. Os pido la sensatez para el tiempo y su medida, y el respeto a los plazos de la ilusión que nos concede la inocencia, que últimamente parece que nos molestan los niños, y cuando los dejamos ser, hacemos todo lo posible para que el paréntesis de serlo se les pase enseguida.

Todo esto, confiando en vuestra generosidad, porque bueno, lo que se dice bueno, lo he sido bastante poco. Más bien, nada.

Tres saludos y mi agradecimiento anticipado.
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sábado 3 de enero de 2009

Probablemente...

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Quería escribir algo sonriente y relajado, purgar mi antipática despedida del 2008. Pero he leído el periódico. Una torpeza, lo sé, porque en los periódicos sólo se suelen hallar dolores o tonterías. De las segundas va la entrada de hoy. Dos autobuses van a pasear por las calles de Barcelona el siguiente anuncio: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Se trata de la clonación de una campaña londinense que, al amparo de un grupo de librepensadores (?), quiere abrir un debate social (?) sobre este particular. Yo no sé si se puede polemizar sobre algo que tan mal se enuncia; primero, porque llega a quienes no querría llegar; segundo, porque desvela lo que no les hará ninguna gracia que se desvele; y tercero, porque el eslogan patina en su pretensión de defender lo que defender desearía. Más explícitamente:

1. La campaña está dirigida indudablemente a los no creyentes porque, para el creyente, Dios no es la conclusión probable de ningún grupúsculo de supuestos librepensadores, sino un sentimiento profundo de difícil traducción a quien no lo siente. Tan difícil, como explicar el tacto a un corcho más o menos listo o la luz a un murciélago espabilado.

2. Los no creyentes viven bastante preocupados con la idea de Dios y necesitan que se les anuncie la probabilidad de que no existe para poder vivir tranquilos y gozosos. Es decir, al no creyente las inquietudes teológicas le quitan el sueño. Curioso.

3. El eslogan quiere ser muy moderno y estar a la última en lo que a enunciación de conclusiones científicas se refiere. Nada de determinismos clásicos a lo Newton. Lo último es el probabilismo cuántico y el caos: “la noción del caos nos obliga a generalizar la noción de ley de la naturaleza y a introducir en ella los conceptos de probabilidad e irreversibilidad”. Así se expresa al menos Ilya Prigogine en Las leyes del caos, que haberlas haylas a pesar de la aparente contradicción entre éste y aquéllas. Así que, “probablemente” Dios no existe… Pero los responsables del eslogan parecen haber leído sólo los titulares; quiero decir, que la probabilidad de que se habla en ciencia es matemática, está sometida a leyes y tiene un valor; no es un albur, no es un “pa mí que el electrón no va estar por aquí”. Vamos, que para ser consistentes, para transmitir alguna certidumbre que tranquilice a los no creyentes, que son los afectados, habría que aquilatar un poco más; por ejemplo, poner algún dígito contrastado a esa probabilidad o por lo menos encabezarla con un “Con toda probabilidad…” Cuando yo digo que “probablemente” llueva, también estoy diciendo que “probablemente” no lo haga; lo único que añado es mi personal adhesión a su posible suceso; es decir: “pa mí que va a llover”. Y para mí, ese pa-mí se diferencia de cualesquiera otros pa-mís en que tiene dinero para pagar sus pa-mís. Y yo lo único que puedo es lamentar lo mal que lo invierten, ¡con la de tristezas que hay por el mundo urgidas de unos pocos euros que las atenúen! Aunque, probablemente, pa ellos tales tristezas son cosa de comisiones parlamentarias, conferencias internacionales, protocolos de no sé qué, encuentros en no sé dónde o lazos en la solapa que exhiban como jazmines secos la miseria moral de su decadente cultura. Porque hay que ser decadente si para vivir con tranquilidad basta con colgar de un autobús esa probabilidad dudosa de que Dios no exista.

Si eso es todo lo que necesitan para “despreocuparse” y “disfrutar” de la vida, es para que, creyente o no creyente, pero humanamente honrado, uno se preocupe: podemos imaginar qué suerte le aguarda al mundo de las tristezas cuando el de estas ateo-teológicas desazones se haya sacudido el único peso que, a tenor de lo que dice, es lo que le impide disfrutar (¡más aún!) de un amanecer cualquiera.

Por desgracia, probablemente tengo razón.
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martes 30 de diciembre de 2008

Examen de conciencia

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Me dan lo mismo los análisis políticos, las disecciones ideológicas o la anatomía de las creencias. Me dan exactamente igual las culturas tras sus palabras o las civilizaciones bajo sus silogismos. Me importa un bledo el rigor erudito de las fortalezas en que quiere refugiarse la justicia, la cuota miserable de mentirosas ecuaciones que enarbola exponentes de equidades perdidas. Cuando veo la foto de un niño muerto en Gaza hace unas pocas horas, cuando leo que en el Congo se asesinó a 150 personas en un templo durante un concierto de Navidad, cuando repaso la delirante crónica “habitual” de esa bestialidad que con patético e incomprensible “eufemismo” han decidido llamar “violencia de género”, cuando un pretendido intelectual de mierda intenta poner zancadillas a la inteligencia para que el tiro en la nuca de un mafioso parezca la bandera de una idea… Cuando la vida humana no vale nada, los argumentos valen aún menos. Cuando la persona pasa a ser renglón intercambiable por razones, las razones se vuelven sentina de cualquier verdad.

Cuando estas cosas ocurren, uno siente vergüenza de pensar en otras cosas, de inquietarse por si habrá o no de aquietar los delirios de su economía; de si subirá, bajará o se mantendrá el zepelín antojadizo de la bolsa; de si brindará con champán o con cava… Cuando estas cosas están pasando, uno sufre de severo astigmatismo si se mira al espejo, o da un puñetazo a la pared a ver si su dolor pequeño le distrae de tanto remordimiento.

Incluso uno piensa que decir “feliz año”, aunque de corazón lo haga, es una inmoralidad. Porque el mundo sigue siendo el mundo que decimos que no debe ser. Y no pasa nada. Y no se detiene, con o sin estúpidas consignas para engalanarse el alma asegurando que quiere apearse. Lo cierto es que mi generación lo dijo. Lo evidente es que mi generación no lo hizo. Lo triste es que, en cuanto ha seguido sucediendo, yo no he visto ningún cambio.

Perdón por mi “confusa simpatía”.

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domingo 28 de diciembre de 2008

Segunda parte. Ahora que hablamos de la felicidad…

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Para Francisco (y perdón por el retraso en el “combate”: he estado fuera de casa todo el sábado)


Cometí un error el otro día: antes de ponerse uno a hablar de algo, lo primero que debe hacer es acotar los términos que piensa emplear; sobre todo si esos términos se acompañan de una confusa polisemia. La felicidad es un concepto escurridizo que anda lastrado por otros en apariencia afines. Aristóteles lo sabía y empezó su Ética a Nicómaco desautorizando los sentidos espurios con que el vulgo se refiere a ella. Pero claro, él era un sabio y yo no.

La felicidad es un mecanismo de supervivencia humana como lo es la satisfacción para la supervivencia animal. Para salir adelante, para no regresar al laxo estado mineral, el ser vivo necesita enterarse de que está haciendo lo adecuado para seguir vivo. A esa noticia sobre la idoneidad de su conducta es a lo que llamo satisfacción o saciedad –o bienestar orgánico–. Cuando se da ésta, el animal sabe que puede poner a descansar la maquinaria de sus determinaciones. Aunque es una pausa eventual: en cuanto se descuida, torna a romperse el equilibrio alcanzado y tiene que volver a empezar. Esto es una de las teorías de la motivación que, sin duda, ya habréis reconocido. La tomo como ejemplo porque con la felicidad ocurre algo semejante. Pero, claro, aquí hablamos del hombre, y para mí el hombre da un salto cualitativo al arrancarse de la naturaleza. Ya no se trata únicamente de alcanzar órdenes y armonías en ésta, ahora hay que “hacerse la vida”; no sólo conservarla, sino “hacérsela”. Porque el hombre es libre; eso es le que le pasa al hombre, que es libre, mal que le pese. Sin embargo, igual que el resto de los animales, necesita un indicador que le informe sobre la adecuación entre su quehacer y su proyecto de hacerse. Yo llamo felicidad a ese indicador, por eso, insisto, considero a aquélla un mecanismo de supervivencia, porque si no funciona, la vida humana está haciendo agua.

Hablo entonces de la felicidad como plenitud, como coherencia, como aplauso que se dedica el hombre a sí mismo porque lo que quiere se acomoda con lo que hace, lo que defiende casa con lo que piensa, lo que ama se iguala con lo que le define. La confusión sobre estos principios arrastra a otras cotidianas confusiones. Nuestra sociedad (la de los pocos que podemos permitirnos el lujo de titubear cuándo y en qué medida somos felices) no es una sociedad de la felicidad, sino una sociedad del bienestar; es decir, del estado previo, del nivel orgánico en que se siguen buscando provisionales equilibrios entre necesidades (tanto da que éstas sean naturales o artificiales) y satisfacciones. Me parece muy bien el bienestar; tanto, que su territorio no debería ser un feudo minoritario en el mundo. Pero la felicidad de que hablo está más allá, bastante más allá: es una obligación de nuestra humana naturaleza, no sólo una continuación de nuestra naturaleza animal.

Que no se disparen las alarmas, por favor. Sí, he dicho “obligación”, de obligar, de ob-ligare; es decir, ligar, atar a algo. Porque, indudablemente y por esa condición de indicador sobre lo bien o mal que nos estamos haciendo la vida, está ligada, atada a nuestra naturaleza. Más aún: “obligación” porque somos “libres”, ya que únicamente estamos o nos sentimos obligados ante aquello que podemos elegir no hacer (el infortunado que por un resbalón se precipita al vacío desde un décimo piso no se siente en absoluto “obligado” a llegar al suelo, pero lo va a hacer, sin ninguna duda).

Desde luego que, por lo general, a la felicidad se le piden otras muchas cosas mientras que de nosotros exigimos muy pocas. De ahí que me atreviera el otro día a plantearlo al revés. Aunque, bien pensado, y ya que he hablado de plenitud, lo que debiéramos pedirle ya lo dijo con hermosísima humildad Amalia Bautista en ese maravilloso poema que es Al cabo y que acaba con tres perfecciones para el alma de los hombres:

…Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


La felicidad es eso. Quizá debí empezar por aquí y haber borrado todo lo demás.
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viernes 26 de diciembre de 2008

Ahora que hablamos de la felicidad...

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La felicidad no es un anticiclón de días luminosos que nos viene a la vida merecidamente. La felicidad, como todo lo que al hombre se refiere, es un esfuerzo, un empeño tenaz porque madure. La felicidad es oficio de horticultores y campesinos del alma, de gente que toma la tierra que tiene y la limpia y la abona; y la siembra y la riega; y protesta por el pedrisco o la helada del suceso adverso, pero sigue mimando el haza que esforzadamente ha arado y la semilla que dejó en su entraña.

Cuando es posible el territorio (lo que no siempre ocurre: hay demasiada gente en el mundo que no tiene tiempo para pensar si es feliz porque lo único que se le permite desear es ver amanecer el día siguiente), cuando tenemos la suerte de disponer de su posibilidad, hay que cuidarla a pesar de la corte inevitable de sus variopintas infelicidades. Y esto es lo que no queremos; esto, lo que rechazamos de plano: deseamos una felicidad sin concesiones al disgusto o la contrariedad, pretendemos el día luminoso siempre; queremos su perfección. Es curioso el mercadeo que nos traemos los hombres con esto de la perfección. Cuando se trata de dar, no existe; cuando de recibir, negamos que no exista. Siempre estamos dispuestos a decir “no soy perfecto” para justificar una metedura de pata, para limar las asperezas de una negligencia o de una debilidad. Pero ante la felicidad, como ante la libertad, nunca. Aquí no hay irregularidades que valgan: la felicidad tiene que ser redonda porque la perfección lo es. La consecuencia es que muchos de los que disponen del territorio lo abandonan porque hubo tormenta y granizo inesperados o porque heló en primavera y se arruinaron algunos brotes tiernos. Luego van al psiquiatra.

Hay tragedias que rompen la vida de los hombres en todos los rincones del mundo con o sin territorio de viable felicidad. Ni por lo más remoto me refiero a ellos. Hablo de la acomodada intransigencia de los decadentes, de los egoístas, de los que piensan que tienen derecho a una felicidad perfecta sin conmover un solo pálpito de su corazón, de los que olvidan el inmerecido lujo que recibieron de poder hacerla posible. Hablo de no menospreciar la tierra que se halla ni de convertirla en un solar de escombros.

Hablo de exigir un poco más de nosotros y un poco menos a la felicidad.
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lunes 22 de diciembre de 2008

El viejecito (bis)

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La esencia de las tradiciones está en la reiteración. La tradición se repite porque recupera algo que no sabemos muy bien qué es, pero nos invade de una necesidad. Por eso voy a repetirme. Lo colgué de un “atardecer” hará cosa de un año y he querido volver a hacerlo hoy porque el sábado, a la 1:45 P.M., subió de nuevo a su puente y se puso a no andar hacia donde sí quisiera.

Podéis pasar de largo si ya entonces lo leísteis. En cualquier caso, Feliz Navidad.
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Creo que tiene 87 años. Ha sido testigo mudo de la Dictadura de Primo de Rivera, de la caída de la Monarquía, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil, del franquismo, de la Democracia… Tiene nariz aguileña, ojos grandes y tristes, barba y pelo blancos. Viste un traje negro con chaquetilla corta, como de charro salmantino. Anda encorvado y despacio, con los brazos hacia delante para compensar una carga de leña que lleva a la espalda, una carga de piedad que lleva llevando todos esos años a un portal que sólo advierte de lejos, desde el pretil de un puente que cruza un río parmenídeo que ni se mueve ni cambia, que es una palinodia de la sentencia de Heráclito. Porque siempre le hemos puesto ahí, sobre ese puente, unos días antes de todos los inviernos que han caído sobre nuestras vidas.

Allá por 1920 mi abuelo lo situó ante los ojos, infantiles entonces, de mi padre. Tiempo después, hizo mi padre lo propio ante los míos. Años más tarde, yo ante los de mis hijas… Él insiste en salir aún cada invierno de ese envoltorio de papel de periódico en que pasa la mayor parte del año. Cuando lo miro, me viene un olor de corcho, serrín y musgo viejo, que es a lo que olía el comedor de Gómez Ortega en estas fechas. Y la memoria de mi madre, joven, desplumando el pollo de Nochebuena, que era el manjar estelar de entonces. Luego se me enreda la nostalgia en las tres risas infantiles que años después me ordenaron el alma.

Este viejecito parece un manual de nemotecnia del sentimiento. O un eslabón con todos los corazones que anduvieron por estos pagos. Por impopular que hoy sea, repetiré que la tradición es un bien humano, una liturgia de raíces en el tiempo que nos arranca de la mera depredación de la vida y nos hace sentir junto a quienes sintieron y ya no están con nosotros. Que no es química, genética, ordenación cromosómica ni selección natural que valga. Que es decisión del punto y aparte que, si no lo somos, si se empeñan en decir que no lo somos porque los bonobos tienen habilidades cognitivas similares a las nuestras, deberíamos querer serlo. Otra cosa es que nos conformemos con el determinismo del ADN, o que nos tire la selva más que el aula, o más la herencia animal que el templo humano.

No me gusta el mundo que veo. Los hombres de hoy, estos hombres de usar y tirar que se han vuelto "cosa" en su recíproco uso, no quieren tener nada que ver con el pasado; probablemente, con el futuro tampoco –si éste no es técnicamente explotable, por supuesto–. Y el presente, sin uno y sin otro, no es más que un miembro amputado, un muñón inútil que no agarra verdad por parte alguna. Uno debería poder morirse cuando cae en la cuenta de que el mundo que hay ya no le gusta. Sobre todo si está convencido de que no existe arreglo posible y lo único que entonces le apetece es descansar.

Por eso desearía que un día alguna de mis hijas sintiera la necesidad de volver a colocar a ese viejecito sobre su puente; no porque se acordaran de mí, que también, sino porque su mundo siguiera teniendo algún sentido bello para el hombre.
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viernes 19 de diciembre de 2008

Ropa tendida

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Me queda este consuelo, este paisaje
de señales colgando en la ventana,
ropa limpia de verbos y tristeza
tendida al sol confuso de diciembre.
Sólo eso: palabras de impotencia
tantas veces lavadas en mis lágrimas.
Que el viento las arranque y las eleve,
y arrastre su rumor a alguna parte,
a algún rincón donde el silencio pueda
recuperar del aire tanto olvido.


(19 diciembre 2008)

miércoles 17 de diciembre de 2008

Animal de compañía

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Después de todo, le tomé cariño. No responde a una raza definida, es cierto. Tiene algo de golfo –en el buen sentido de la golfería, que es el de vagabundear sin norte ni encomienda–. Pero quiere ser amable y próximo; tan próximo, que a veces se me pone ñoño, casi gatuno. Da vueltas a mi mesa, se detiene, no quiere distraerme y, sin embargo, lo consigue. Se aleja, se aproxima. Luego parece que se cansa de mi vano empeño de ignorarlo... Y se tumba a mis pies y no hace nada; recoge la mirada debajo de los párpados y se queda dormido.

Pero no siempre es tan fácil: también me ha hecho destrozos, también ha mordisqueado algunas de los rincones que más quiero. Me duelen esos gestos de intratable rebeldía, ese afán de romper los equilibrios agónicos de mis precarios paisajes.

Hace tiempo, lo sacaba a la calle después de que la tarde dejará de serlo. Hasta que empezaron a agobiarlo sus estrechas avenidas. Cada vez salíamos con menos ganas, como si hiciera frío aunque fuera primavera. Y decidimos no hacerlo. Fue un acuerdo común, casi inconsciente: yo me sabía viejo; él, se sentía. Y abrimos la noche para inventar vigilancias, prescindibles, sin duda, pero nuestras al cabo.

Ya sabéis de qué hablo: una parte de uno sin raza de renombre, un compañero golfo, en el buen sentido de la golfería. Para algunos, una parte del alma a que se toma cariño. Después de todo, un blog… para otras tantas soledades.
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domingo 14 de diciembre de 2008

Noche oscura

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A Juan de Yepes (en el mundo, se entiende), con mi devota admiración


En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada…


S. Juan de la Cruz




Ha dejado la noche la estatura
de su alta oscuridad, de su distancia,
de ese herir la paciente vigilancia
del alma a que enamora su locura.

Ha dejado de ser la noche oscura
la escasez que soñaba su abundancia:
un racimo de amor, una fragancia
de jardines, de rosas, de blancura.

Hiede el centro del hombre envanecido
a barrios luminosos, a basura…
Tras la noche no hay Dios, sino su olvido.

¡Y yo sigo creyendo en quien saliera,
inflamada de amor en noche oscura,
de esa casa del alma prisionera!
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14 diciembre 2008

viernes 12 de diciembre de 2008

...las hierbas que él arrojó

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Para mis alumnos que, por supuesto, no saben que estoy por aquí
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Estaba convencido de que había filosofías de todas las cosas; de las insignificantes quiero decir. No es de extrañar en tiempos en que la filosofía se ha vuelto comodín de ideas; una carta en la manga de los tahúres mediáticos que avala la dignidad de todas sus jugadas. Así, hay filosofías de entrenadores deportivos, de cadenas de hipermercados, de industrias de zapatillas, de ONGs pro-marsopa, de AMPAs (no hampas, que también), de asociaciones vecinales… Vamos, de todo. Así que yo me consideré con derecho a pensar las mías, las de poca monta, las de casi nada. Me hacía sentir bien eso de dar importancia a lo que no era importante. Eso que estaba ahí, rodeado de vulgaridad por ser común: un jardín, un día de lluvia, una mirada traicionada por los ojos responsables, un periódico viejo con noticias que archivó su intrascendencia, la soledad de una hoja a punto de ser danza cualquier tarde de octubre… Me acordaba de Azorín –del que nadie se acuerda–, de su “pequeño filósofo”: a mí me gustaba un lirio mucho más que los delirios del mundo; el renglón de cualquier día, mucho más que los párrafos de sus provisionales dioses.

Me equivoqué, lo confieso. Pero ella tuvo algo de culpa. Ella que se vendió a los mercaderes para no abandonar los titulares; ella que se hizo espanto para tener lugar en las palabras; ella que se prostituyó en los lupanares a cambio de unas pocas monedas. La filosofía siempre fue de lo próximo, de lo inmediato; de lo que está ahí, al alcance de todos… O de nadie. Empezó su andadura por el agua y se extendió bajo el aire de Mileto, se disfrazó de números en Samos, se conmovió por el fuego en Éfeso, se creció hasta los cielos en Atenas y a la tierra regresó en Estagira. Y más tarde, en Hipona, quiso a la caza dar alcance… Algunos siglos después, rodó por los burdeles: ¡gozo de muchos y verdad de nada!

Agua y aire. Fuego y cielo. Llano con decisión de altura… ¿Hay algo más cercano, más simple, más común para los hombres?

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lunes 8 de diciembre de 2008

"Solaya..." o un baño de vanidad

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De vez en cuando es bueno. Por ejemplo, cuando uno está frisando edad de “batallitas”, ese punto del tiempo en que se mira atrás, ingenuamente, soñando encontrar paisajes portentosos. Por lo general, no los hay. Por lo común, lo único que se divisa es el deshielo de unas cuantas ilusiones montañosas. La insistencia nos permite descubrir algunos prados. Y eso es suficiente; lo demás se convierte en distracción neblinosa; como debe ser, ¡más faltaría! Entonces uno empieza a hablar, y a hablar, y a hablar… de su hermosa pradera memorable. Como ésta, sin ir más lejos:

1982. Madrid de invierno en decadencia galopando sobre un mes capón en días. Calle del Duque de Medinaceli, entre “el Palace” y la iglesia del Cristo de igual nombre. Calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Calle para quedarse a morir, porque entre Lope y Cervantes sólo se puede morir y después hablar con Dios. Salón de Actos del Centro de Humanidades del CSIC. Unas cuantas palabras de Cadalso se le están diciendo en alto y por primera vez al mundo. Fuimos nosotros, un grupo de teatro aficionado que llevaba por nombre Conrado Ojalvo, aquel amigo que se nos volvió memoria demasiado pronto. Solaya o los circasianos, un dramón prerromántico, no vamos a engañarnos a pesar de otros pesares, cuyo verdadero valor residía más en el trabajo de investigación de Francisco Aguilar Piñal que en los méritos dramáticos del apasionado capitán de caballería. El propio Aguilar nos brindó la ocasión, por mediación de Luis Alberto (que fue además “actor invitado”), de representar en teatro leído la inédita tragedia cadalsiana al hilo de su edición príncipe.

Ahora miro la foto y veo la impecable estampa de la gente que me ha regalado el tiempo. En los extremos, dos alumnos remotos, Consuelo y Juan Pablo –Casalia y Kaulin–, de quienes, hace mucho, sólo poseo los días de entonces. A mi izquierda (no podía ser de otro modo), Félix Sánchez Montesinos –Hadrio–, un alma de teatro en carne y hueso, un amigo antes que nada –y un familiar después de todo–, que más tarde embrazó adarga y enarboló lanza y se arrojó a las tierras de Castilla, las de San Juan y Machado, para desfacer agravios y recuperar los reinos que voceros malandrines han robado a la esperanza. Y el “malvado” Casiro, que soy yo, claro está. Y una tríada después de la que pocos podrán presumir de haber tenido en tal vecindad. A mi derecha, Amalia Bautista –Solaya, naturalmente–, alumna también y amiga luego (¡qué demonio!: si de presumir se trata, no me voy a callar esto). Junto a Hadrio, Julio Martínez Mesanza –que es Heraclio–, con quien la amistad ya entonces se había definido irreversible trayectoria. Y, casi en primer término, Luis Alberto de Cuenca –aquí, Selin–, al que conocí gracias a Julio…

Nunca fuera caballero
de vates tan bien servido…

Estoy seguro de que Lanzarote habría dicho lo mismo. Es evidente que estoy presumiendo, ¡quién no lo haría!; pero además estoy dejando en el aire, para panegiristas, antólogos, biógrafos o simples curiosos, esta anecdótica circunstancia de tres grandes poetas. La parte de vanidad inevitable es que yo estaba al lado de ellos, en el local de esa calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Esa calle en la que cualquiera se puede quedar a morir…; en mi caso, y por lo dicho, por doble razón y en doble residencia.

Sabe Dios en qué pasaje de la obra se dejó la luz esa memoria, ésa que hoy me ha robado la tristeza mientras me salpicaba el orgullo. Ésa que hoy me ha empapado de nostalgia.
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jueves 4 de diciembre de 2008

La mirada y el alma agonizante

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No permitas que Andrómeda diluya
ese velo de nieblas tan lejanas.
No consientas que el éter se interponga
y confunda mi sueño en sus relámpagos.
No distraigas los astros ni emborrones
el lento acontecer de su belleza.
No convoques los cirros de la tarde
a la oscura asamblea de su olvido
ni trastornes el cielo, el espectáculo
callado y portentoso de la última esfera.

Deja estar al deseo en su delirio.

No niegues residencia a la esperanza,
a ese polen de estrellas esparcido
que atraviesa tus ojos cuando miras
mi niña vigilancia.

No dejes que la luz se desmorone.

No dejes de mirarme.
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4 diciembre 2008

martes 2 de diciembre de 2008

Noche fría

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A los otros fríos y soledades, que son verdad, aunque no siempre salgan en los telediarios
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¿A quién habla la noche cuando es fría,
cuando el viento es un sable en la mirada,
cuando duele la piel del mundo helada,
cuando hiela hasta Dios? ¿A quién diría

la noche que no quiere no ser día?
¿A quién le contará su madrugada
que se teme vencida, derrotada,
sol dudoso, incapaz tras su agonía?

Qué soledad tan grande, tan perfecta,
la de la noche al cabo, qué locura
gemir sin voz ni pena que la nombre.

Cuánto olvido en su lágrima incorrecta
que no sabe llorar, que se tortura
porque hiela las lágrimas del hombre.
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2 diciembre 2008
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jueves 27 de noviembre de 2008

La sombra

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Sólo la oscuridad, sólo tenerte
confusamente oscura; sólo ajena,
a punto de no ser; sólo tu arena,
el resto de tu tierra. Sólo verte

en niebla indefinida, padecerte
ausencia horizontal que el día estrena
sin ser día, sin ser aurora plena,
sin ser tú. Mirar… y suponerte.

Sólo indagar tu sombra enajenada,
ese resto de ti que el sol olvida
y esparce por el mundo, indiferente.

¡Sólo tu confusión desdibujada!
…Y a la luz castigar por distraída
por sólo merecer tu sombra ausente.
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27 noviembre 2008
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sábado 22 de noviembre de 2008

El corazón del guerrero

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El otro día leí que hay glaciares inmensos bajo la superficie de Marte, agua que aguarda eleáticamente, desde hace millones de años, tal vez para aplacar la sed de unos lejanos visitantes. Eso al menos han pensado en la NASA: una mina de posibilidades bajo la cobriza coraza de un planeta muerto.

¿Quién podría extrañarse? El corazón del guerrero alberga un mar de helada indiferencia, un subterráneo desamor de ausencia y frío que deja, sin embargo, el reguero encendido de su sangre cuando cruza la noche. El corazón del guerrero es la implacable demolición de cualquier fracaso. Los contrarios acaban con Parménides y Heráclito es verdad después de todo. Del hielo nacerá el calor, del invierno eterno el provisional verano.

Porque, nos guste o no, eso es la vida. Vivir no es abundar en terciopelos para poder acariciar dulzuras decadentes. Vivir es estrellarse con la nada, descubrirla de pronto, dolerse en su combate. Y seguir, ajeno e indiferente, convencido de que al cabo no es inútil luchar contra su sombra.

El sueño del guerrero, su alto sacrificio, es que al hielo del alma un día le lleguen el sol y los cultivos, los parterres bordados por las flores, las hojas moribundas del lentísimo otoño.

Si aplicáis a la ventana el oído de la noche, aún podréis escuchar una voz valerosa, el eco de un susurro convencido de que, después de todo, no es inútil la muerte. Ni siquiera en la derrota.
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miércoles 19 de noviembre de 2008

El “e-mail” del caballero

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Qué cosas tiene este hombre que, de “caballero inactual”, ahora parece quererse atemporal y caballero. Un “email”, que le cuadra menos que a mí la simpatía, unas pocas palabras…

Amigo mío, le adjunto unas seguidillas que, aunque no se lo crea, son de verdad. No son “seguidillas compuestas”, que viajan con coda, sino “simples”, que a mí me nacen del corazón y sus razones. No le envío mi domicilio porque ahora mismo vivo en ninguna parte. Ya le contaré.

No sé qué tendrá que contarme, pero como yo sigo en huelga –que no holganza– de palabras, he aprovechado el latido de ese corazón anacrónico para que suene el silencio de este otro envejecido.


Sin querer me dijiste
que me querías,
esas cosas te pasan
por distraída.

Por mirar de reojo,
por no mirarme,
por dejarme a la suerte
de un tal don nadie.

Por cruzarme contigo
sin tu mirada,
pasajero del día,
sombra nublada.

Que ni sombra me dejas
que me permita:
un solar que la luz
nunca visita.

Sin querer, mira que eres,
y yo sabiendo:
¡estocadas al aire
y herir al viento!

Que por mucho que digas,
por más que niegues,
es negar, si así niegas,
que no me quieres.


(19 noviembre 2008)

viernes 31 de octubre de 2008

Nada nuevo

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Asfixia el mundo, este mundo que se construye desde el juicio acelerado; tan acelerado, que se adelanta a sí mismo, que deja de ser juicio para ser prejuicio, ortodoxamente, “pre-juicio”, algo que volcamos sobre los demás sin darles ocasión de nada, sin saber realmente nada de lo que pasa o les pasa, guiándonos de tres o cuatro señales mal leídas y peor interpretadas, dando crédito al ruido para invertirlo en mensaje, convirtiendo nuestra fantasía en injuria y condena…

Por eso he perdido las ganas de escribir. Últimamente ando en tratos dolorosos –y reales– con los años. Con los muchos, por el duelo de ver los escombros de su ruina; con los pocos, por la pena de saber la inanidad de su proyecto; con los medios, por su errático andar tras la opinión de más aplauso… Con los míos, por la inmensa lejanía de mi mismo.

No tengo ganas de escribir porque cada día tiene el día menos ganas de serlo, porque todo lo que habrá de establecerse al cabo de vivir puede que sea para nada; porque tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo; porque la edad de Dios sigue hablando de jardines amables a pesar de su destrozo; porque la luz se ha hecho sólida en muchísimas miradas; porque Teseo ha decidido la espada y la tristeza; porque del sueño horrible no se acierta a despertar bajo el beso de una voz o su memoria

No tengo ganas de escribir…

Si será verdad, que lo escrito aquí ya estaba escrito.
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jueves 23 de octubre de 2008

El sueño

.


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Tantas veces es cierto que no es cierto,

que no es verdad; que tiembla y no sucede;

que el aire se estremece y luego cede…

Y es mentira… Y no es… Ese desierto,

.

que se quiere jardín y está cubierto

de oscura confusión, un día puede,

porque sí, con decisión, adrede

desconcertar su mudo desconcierto.

.

Y desatar un párrafo imposible,

la pleamar ingrávida y desnuda

de un verbo que se quiere trayectoria.

.

Y surgir enredada, imprevisible,

sólo una voz, la voz, tu voz sin duda;

el beso de tu voz o tu memoria.

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(23 de octubre de 2008)

lunes 13 de octubre de 2008

La decisión de Teseo

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Cortar la seda. Cercenar el vínculo.
No querer escapar del laberinto amargo
ni del monstruo posible que al final nos aguarda.
Quedarse aquí,
dentro de uno,
con la daga sangrando y el último silencio;
con el alma asustada y su oscura agonía.

No querer olvidarse de uno mismo,
de la bestia encerrada que nos sigue esperando
cada noche en su cueva,
cada noche en su noche sin aurora,
eterna o intemporal, cruel, heroica,
oscura soledad de piedra y musgo
que no sabe los triunfos y sus días.

Solos al fin la tristeza y la espada;
y el monstruo en su rincón, en su condena,
aguardando la muerte, la sangre de decirse,
el bramido glorioso de haber sido.


(13 octubre 2008)

domingo 12 de octubre de 2008

Noticias del "caballero inactual"

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Melodramático anda este hombre que se me antoja cada vez más raro. Hacía tiempo que no sabía de él, que no me visitaba ni me escribía, que no encontraba sus llamadas perdidas en mi móvil, ese rastreo de imposibles respuestas al otro lado de nuestras inquietudes. Y, mira tú por dónde, ayer, sábado 11 de octubre, me encontré al llegar a casa una larga carta suya. Cinco folios y medio para ser exactos. Me contaba allí experiencias extravagantes, sucesos extraordinarios que ponen en entredicho los límites de la verdad, cosas que para creerlas hay que hacer religión de la amistad.

Sí, está cada vez más raro, tanto que su condición de inactual parece empezar a desearse convicta irrealidad, fantasía enfermiza, vanamente encarnada. Mucho me temo que el día menos pensado se acomode en él la doble disonancia del tiempo y del espacio. Un acomodo comprensible, al menos para Einstein.

Entre la retahíla de extravagancias, me dejó este poema que transcribo. También extraño que lo firme él, por aquello de los versos blancos. Aunque, bien es verdad, que sigue observando –puntilloso como siempre– el mando de la sexta, la tónica de toda la vida. ¡Flaquezas de su condición!



La mirada sin palabras


Estuvieron allí
antes de que la luz se hiciera sólida en tus ojos,
tan sólida que ya nunca podría
excavar en su fondo mi refugio.

Cuánto amé esa mirada,
ese rastro de sol mientras caía
el alma en mi jardín como una rosa vieja,
sin alba prometida, sin mañana radiante,
sin mirlos en el aire, sin otra primavera…

Estuvieron allí, allí fingieron
la voz hospitalaria de decir sin decirse:
caricias en la piel
de un silencio ordinal y riguroso,
cronómetros de un verbo que no amanecería…

Cuando la luz se fue volviendo densa,
espesa, impenetrable, cruel como un destierro,
supe que esas palabras –que estuvieron allí
alguna vez, acaso cuando nunca–
eran sólo un refugio fabulado,
una amarga intemperie,
un amparo falaz;
el delirio de un dios frente a su olvido.


(11 octubre 2008)

viernes 3 de octubre de 2008

La edad de Dios


A mi padre.


No están ya con nosotros, ni siquiera entre nosotros. Viven en otras casas; comen en otros platos; hablan con otras gentes. Comercia su palabra con otros asuntos; secuestra su corazón una extraña distancia. Su tiempo marca un orden de sucesos que ya no nos concierne; que alguna vez lo hizo, tal vez, allá por esos años de reciente emerger de la conciencia. Cuando niños, muy niños. Cuando decíamos mal el nombre de las cosas y ellos nos iban inventando la memoria. Y eso, que en nosotros ya es sólo biografía, se hace acontecimiento intraducible en las salpicaduras de su mirada.

No son ya de este tiempo. Por eso cuando es octubre, puede ser junio; o cuando martes, domingo. O estar anocheciendo y ser temprano; o ser ayer sin haber sido nunca.

No están ya con nosotros; aunque a veces nos encontramos con ellos en el relámpago de una frase. Un destello momentáneo, un cruce fugaz, como a traición de su locura (¿o será nuestra?), en que parece posible lo que jamás podrá serlo.

Se rompen por dentro porque están solos, porque los rostros que ven no coinciden con las caras que sabían, porque la noche es hostil y está llena de ausencias. Se rompen, y deciden otra historia. No la inventan, la deciden. Se asemejan a Dios porque crean el mundo; porque lo llenan de gente no posible; porque logran el milagroso rescate de su último silencio.

Se parecen a Dios porque sufren... Aunque sigan hablando de jardines amables.

lunes 29 de septiembre de 2008

El jardinero

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Las poquitas ganas que le van quedando a uno de casi todas las cosas; la gota de amargor inevitable que no renuncia a caer sobre la piedra de cada día… Y su advertencia, su amenaza de convertirse en desbordada precipitación sobre el punto, antes granítico, de una inútil resistencia. Las horas y las horas, los libros aplazados, los poemas perdidos, la distracción del sentimiento en un recuerdo hermoso, la presunción del alma frente a un deseo no posible…

Llega un momento en que la vida se queda de pie y no puede sentarse, sólo mirar al día siguiente renunciando a su discurso. Y aguantar el temporal. Seguir de pie a pesar de todo. Respirar, a pesar de todo. Hablar, a pesar de todo. Intentar pensar… a pesar de todo. Y en algún rincón, profundo y propio, cultivar un jardín que nadie entiende; que a nadie importa; que no es fundamental ni necesario; que no sabe a qué es debido que haya rosas en otoño; que no puede, sin embargo, evitar que septiembre –octubre casi– huela aún a primavera sobre el acre silencio de las hojas caídas.
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sábado 20 de septiembre de 2008

La memoria ancilar

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Me quedo con las noches esforzadas,
las horas del cansancio, la fatiga.

Me quedo con los días subterráneos
y el dolor de la luz sobre los ojos.

Con la nada me quedo, decidido
a negar otra vez el desencanto.

Sin tiempo de morir con casi nadie,
me quedo con vivir en el olvido.

Allí solo, pequeño, resguardado
por el arco de Dios en tu sonrisa.


(20 de septiembre de 2008)

miércoles 17 de septiembre de 2008

La llamada II

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Uno espera y espera... Uno excede
la paciencia del tiempo y aún espera
un renglón en el aire, una quimera,
un párrafo indecible… Y no sucede.

Uno quiere poder lo que no puede:
romper con el silencio; esa manera
de estar dentro de uno estando fuera,
duelo que avanza, paz que retrocede.

Y un día, de repente, suena un sueño,
rompe el aire un teléfono, difunde
su agotadora desazón sin calma.

La mano oprime el corazón sin dueño...
Y uno besa una voz que a Dios confunde,
una voz que es un vínculo del alma.


(17 de septiembre de 2008)

miércoles 10 de septiembre de 2008

La "partícula de Dios"


La llaman la partícula de Dios y la buscan por anillos colosales donde la insignificancia se estrella contra la insignificancia y provoca la ilusión de lo grandioso. Un bosón, el bosón de Higgs, una casi nada que, suponen, tiene la culpa de casi todo. Y puede que la tenga. Puede que un día nos sorprendan con el descubrimiento de su rastro. Porque sólo se podrá leer su rastro. Y todo será coherente; todo incuestionable, explícito y rotundo. Las cuatro fuerzas sólo serán dos –la gravitatoria, suave y tenaz, es una fuerza contestataria que se resiste a las reducciones hasta el aburrimiento de los sabios–. En el fondo, seguimos buscando el arjé.

La partícula de Dios es como la sexta vía del Aquinate saltándose los siglos y trocando el método aristotélico-deductivo por el método científico-experimental. Claro que ya no se busca a Dios, sino su partícula; mejor dicho, el rastro de su partícula: un renglón sobre una pantalla. Para ello hay que recrear la Creación a cien metros bajo tierra… Y nos encontraremos con un dios pequeñito y tonto (los bosones no se enteran de lo que hacen) al que le salió por casualidad un mundo ordenado bajo el rigor de la causalidad.

Yo soy un pobre tonto, inerme de ecuaciones, sin aceleradores ni colisionadores de hadrones o cosa que se le parezca. Tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo. Mis hipótesis son desamparadas. Sin embargo, he visto la partícula de Dios en muchos guiños de la vida: todos los días, en los periódicos del dolor del mundo; hace un rato, en unos ojos bellos bajo la gravitación de la ternura.

domingo 7 de septiembre de 2008

Para nada


Una rara fracción de eternidad…
Un divisor común de polvo y tiempo…
Una ecuación de amor de primer grado…
Un decidido hacer de la tristeza…

A veces me sucede. A veces siento
que sucede. Un instante. Un recorrido
del corazón por todo lo que debe
callar, por todo lo que calla;
por todo lo que habrá de establecerse
al cabo de vivir, de haber amado,
de haber herido el tiempo inútilmente
para sanar en nada la voz y su locura...

Para llegar a nada.

Para nada.



(7 septiembre 2008)

sábado 30 de agosto de 2008

Puerta de septiembre

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Cada día tiene el día menos ganas de serlo;
cada día es más breve su entusiasmo;
cada día, su luz más apagada,
más vencida su altura,
menos firme.

Cada día es más noche y menos día,
más estrella ilegible,
menos sol recitado…

Cada día que pasa.

Cada día.


(30 de agosto de 2008)

martes 26 de agosto de 2008

Testigos nuestros


Hace dos meses, bajando por la calle “Camino de la Huerta” en San Fernando de Henares, se podía ver una casita derruida por la intransigencia voraz de las excavadoras. Durante algunos días distraje la vulgaridad de mi rutina circulatoria con los restos tenaces de su doméstica biografía, focos de resistencia en que las cosas se empeñan para que no se olvide que alguna vez fueron testimonio. Me llamaba la atención un friso alicatado y fragmentario, blanco y azul, de rancia estética, que había sobrevivido de tanto adherirse al edificio colindante. Puede que allí estuviera la cocina, ese rincón de las casas que fue hogar por excelencia, cuando el hogar era hoguera gracias a la cleptomanía prometeica. No podía evitar reconstruir el resto, disponer en el mosaico de cascotes las piezas fantasmales de un pasado del que nadie sabrá nada en poco tiempo. Me parecía escuchar risas o advertir lamentos, recuperar tristezas o fracasos, rescatar alegrías o grandezas. Días felices y días terribles, relojes con voluntad de que el tiempo se detuviera o, todo lo contrario, corriera y pasara cuanto antes. La vida, la humana más que ninguna, no sabe suceder sin proclamar en dónde ha sucedido.

Hace un mes que Roma anduvo bajo mis pasos salpicando eternidad sobre este pobre montaje de carbono que se volvió mirada y corazón hace más de medio siglo. Hace un mes me vi en rincones donde la belleza se vuelve santidad y la Historia armonía exultante de los muros. Hace un mes me ocurrió lo mismo que hace dos y que hace siempre, lo mismo que me ocurre en los museos, lo mismo que me pasa ante cualquier rastro del hombre: que no puedo evitar que me asalte una legión de biografías insignificantes, de gentes que sufrieron y gozaron sin firmar en anales de importancia; que lucharon, creyeron, padecieron, supieron, ignoraron; que dejaron allí su lágrima y sudor, su empeño y sacrificio, su gozo y esperanza, como un rescoldo de la vida que vivieron, del hogar que alguna vez lo fue sobre su piel, bajo su alma.

No lo puedo evitar: así es el manantial de esta vulgar memoria. Una pena que nos pase inadvertido, que no nos demos cuenta del grandioso papel de ser pequeños, que ignoremos que la identidad del tiempo nos tendría que estar agradecida… Si lo hiciéramos, creceríamos en rotundidad existencial, en certidumbre de sentido, en felicidad por disponer de este breve intervalo en que tan mal tratamos con la vida y su frontera indeseada.

lunes 25 de agosto de 2008

Parábola para un agnóstico


…Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’; y se desplazará y nada os será imposible.

Mat. 17-20.


“Sólo sé que no es posible”, dijo un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que hablar pudiera). Y se hizo adolescente para ser Helio. Mucho después, envejeció en Carbono; y, decrépito al fin, murió afán inorgánico para nacerse vida.

Hubo un punto y aparte. De repente, las cosas ya no eran como siempre habían sido: mecánica de enlaces, ecuaciones previsibles. Las cosas se habían vuelto un proyecto capaz de ser un sueño, un sueño capaz de duplicar su proyecto inexplicable.

Después sucedió el mar y su promesa… Y la tierra más tarde. Y un efecto sin raza ni fronteras que aprendió a medir el tiempo y pergeñar su curso. Empezó por creer... Y creyó que sabía…

“Sólo sé que no es posible”, dijo el hombre. Y la memoria de un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que la tuviera) protestó en los rincones de la noche: “lo imposible no es más que voluntad amedrentada, pavor a su victoria”.

miércoles 23 de julio de 2008

"Partir c'est mourir un peu"


Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en el siguiente capítulo.

Quédase Don Quijote, al final del octavo capítulo, con la espada en alto ante el enfurruñado vizcaíno. Usa Cervantes aquí de industrias que hoy nos son harto familiares cuando en la serie televisiva de rigor, por ejemplo, se nos queda el héroe en inminente peligro o presumida gloria con el ademán suspenso hasta el siguiente episodio. Yo, sin embargo, abuso de la cita sobre interrupción tan meritoria para decir “hasta pronto”, que es lo que suele decirse en estos meses de ocios desmelenados. Partir de alguna parte parece en nuestros días un gesto necesario, partir hacia alguna parte tiene en cambio connotaciones más dramáticas. Aunque partir siempre tenga algo de abandono del servicio, un dejar de vivir que Edmond Haraucourt ya se encargó de universalizar:

Partir c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime;
On laisse un peu de soi-même
En toute heure et dans tout lieu

Lo curioso es que nos pasamos la vida partiendo. No es necesario que nos vayamos a ningún lugar diferente, basta un golpe de voluntad de esos que tenemos tan a menudo, mejor dicho, que tenemos constantemente. Porque entonces estamos diciéndonos adiós, viajando desde nosotros hacia “otros nosotros” de los que ya no podemos regresar. Así que vivir es morir bastante; es más, vivimos de tanto como morimos y no al revés, que es lo comúnmente creído.

Y aunque, al cabo, partir sea morir un poco, uno prefiere la acción simplemente interrumpida, uno se queda con Don Quijote y con su espada en alto; o, mejor aún, uno se queda tarareando aquel bolero que empieza diciendo Cuando vuelva a tu lado… y acaba en una cuenta, o en un cuento:

…y cuenta los latidos
de nuestro corazón.

lunes 21 de julio de 2008

La cigarra y la hormiga


Ha tenido la culpa una chicharra enloquecida que se ha pasado la tarde cantando la ardiente pasión de la Niña Chole; del verano, quiero decir.


Las recojo del suelo, donde nadie las quiere,
donde quedan absurdas, desprendidas
del disfraz de las horas;
hebras de una sonrisa o de un enfado,
de un momento común… Cualquier anécdota.

Las recojo y las guardo en refugios del alma.

Almaceno su historia sin hazaña ni empresa,
su renglón de humildad desconcertante.
Almaceno el residuo de esas horas
para pasar el tiempo que me queda
–el invierno que aguarda después de este verano–
y tener otra vez su risa, su mirada,
su forma de decirme “buenos días”,
de sentarse y hablar,
de escoger un silencio y hacer que no lo sea,
de volver prodigioso
el momento común que el mundo olvida.

Las recojo y las guardo con ternura indecible
en este subterráneo rincón de la memoria.

Otros hay que se quedan con el tiempo
–su telar luminoso, su estricta indumentaria–.
Y lo cantan y viven y acarician,
y desprecian los restos de su tacto.

De ellos son la palabra y el paisaje infinitos.

De aquí abajo,
el jardín,
el pétalo caído,
el silencio…

(21 de julio de 2008)

jueves 17 de julio de 2008

Ser hombre


Ser hombre es no tener por suficiente
la parcela de luz de la mirada,
es querer –sin tener ganas de nada–
ver el sol más allá de su occidente.

Es saberse cobarde, y ser valiente.
Es poner la verdad frente a la espada.
O morirse de pena arrinconada
una tarde de siempre entre la gente.

Ser hombre es ni pensar que se le ocurra
al amor denegarle su fianza,
al tiempo escatimarle su intermedio.

Ser hombre es desear que Dios discurra
por la espina dorsal de la esperanza.

Ser hombre es no tener otro remedio.


(17 de julio de 2008)

martes 15 de julio de 2008

Para nadie


Tenía que venir
herida en un mensaje;
atravesar la noche
sin que yo lo supiera.
Decirme: “estoy aquí”;
o, “¿por qué me esperabas?”
Y hacer que nada fuera inexplicable.

Tenía que haber sido
alguna vez, sin lujo
ni noticia especial;
sólo haber esparcido
el perfume de un verbo,
sólo ser la señal
señalada en los mapas del silencio.

Tenía que venir, aunque yo no supiera…

Tenía que venir. Y nunca vino.

(15 de julio de 2008)

El dolor


Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?
Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?

Juan Boscán


Es un dolerme distraído, a un lado
de la respiración, pero constante;
justo aquí, donde dobla la inquietante
esquina vertebral de mi costado.

Una señal tal vez, quizá un recado
de impaciencia del alma; una apremiante
protesta, un declarar que ya es bastante
el tiempo en este pozo enajenado.

Es un dolor que advierte una locura,
que se quiere arrancar de donde duele
por sanar más allá de su frontera…

Y herir la latitud de la ternura
donde el dolor de serlo se rebele
y halle puerto el afán de su galera.

(15 de julio de 2008)

domingo 13 de julio de 2008

Vocabulario aclaratorio


Como complemento a la entrada de ayer, y para ser plenamente riguroso, quisiera hacer algunas precisiones semánticas sobre algunos términos empleados, quiero decir, cómo allí fueron empleados. Esto es:

SERIEDAD: no es un estado de ánimo, sino una disposición del mismo que debe acompañar a la actuación del hombre en su trato con el mundo. La seriedad no está reñida con el humor ni con la alegría, pero es incompatible con la diversión.

DIVERSIÓN: en su raíz etimológica (‘divertere’) recoge el sentido de ‘separación de’. El hombre divertido es un hombre que se ‘separa’ del rigor. Este ‘apartamiento’ es necesario, ocasionalmente, como descanso del trato habitual con el mundo; pero es patológico cuando pretende suplantar a dicho trato. La cara de la diversión siempre es un poco idiota, y está muy bien tenerla de vez cuando, pero es preocupante si queremos que se nos quede.

CHISTE: Tontada puntual, a veces acompañada de cierto ingenio, que tiene la función momentánea de distraer, es decir, ‘divertir’; esto es, ‘apartar’ del ojo la gota de sudor consecuente al rigor y al esfuerzo. Parece evidente que, si no hay esfuerzo ni rigor, tampoco habrá gota que apartar y, por lo tanto, el ‘chiste’ se convertirá en un gesto vano y consecuentemente imbécil.

FILOSOFÍA: Lo mejor sería recurrir al compuesto semántico y quedarnos con lo del ‘amor a la sabiduría’. Pero el deterioro de ambos conceptos podría inducir a verdaderas aberraciones, algo así como: ‘tener trato sexual con unas cuantas ideas tontas de ciertos seres humanos’. Digamos, para evitar la confusión, que la filosofía es una necesidad humana amputada por una sociedad que vive de la invención de necesidades absurdas (léanse aquí todas las adicciones de que somos capaces; desde las drogas a las “marcas”, la lista es innumerable); una necesidad que lleva unos dos mil setecientos años esforzándose seriamente por saciarse; por saber qué es el mundo, qué es el conocimiento, qué es el bien, qué es y qué sentido tiene un ser que quiere, o quería, saber lo que es, o era, el ser. Claro que dos mil setecientos años sin resultados plenamente satisfactorios son un intervalo lo suficientemente largo como para considerarla económicamente ineficaz. De aquí el empeño en su amputación.

En tiempos tan divertidos, aunque la seriedad nada tiene que ver con la tristeza, es inevitable que, como la princesa de Rubén Darío, la seriedad esté triste.

sábado 12 de julio de 2008

De paupere philosophia


Me he acordado hoy por culpa de un ornitorrinco que he visto en Google. Fue una estupidez por mi parte. O un pecado, de los mortales, de esos que te remuerden hasta el agotamiento por mucho que uno haga por distraerlos de la conciencia. Porque a veces es pecaminoso comprar un libro; mejor dicho, leerlo. Y si ese libro se anuncia como best seller, entonces son necesarios por lo menos quince días de ayuno en el desierto de Atacama.

Mea culpa: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar…” (no digo los autores para no dañar su imagen y quebrantar un derecho humano) es una sandez deudora de esa idea que es el libro-consumo. Producto de una ocurrencia (las “ocurrencias” son moneda corriente en nuestros días), el libro plantea un recorrido “diver” (“tido”, naturalmente) a través de la filosofía. Encima, lo “diver” (“tido”, claro está) son chistes. Así que la conclusión es que la filosofía es un chiste. El razonamiento mercantil es de una simpleza palmaria: lo gracioso vende, luego hagamos “gracia”. Tanto da que la visión que al lector común le quede sobre la filosofía sea la de un colectivo de patanes con la cabeza llena de tonterías que resultarían mucho más digeribles en boca de “verdaderos intelectuales”, los de hogaño, quiero decir, los del “Club de la comedia”, por citar un ejemplo.

Hay actualmente una obsesión enfermiza porque todo sea “diver” (“tido”, por supuesto). No sé cuántas veces habré echado pestes de esta visión saltarina, sonriente y light frente a todo lo que es seriamente humano. Tampoco sé a qué inconfesables intenciones puede responder tan miserable empeño. O sí lo sé, y me callo para quitar argumentos a quienes usan la paranoia contra quienes olfatean las mentiras en que se amparan. Porque el dolor es el dolor, y existe por desgracia. Y la seriedad es la seriedad y debe existir para nuestro bien. Pero la verdad, según parece, es más infrecuente que la falacia; por eso, probablemente, tenga menos éxito. O ninguno, al paso que vamos.