.Me ha escrito el caballero. Últimamente le ha dado por la crítica monográfica. Lo de “monográfico” lo digo porque sólo se mete conmigo. Me propone, entre otras cosas, que este rincón debería cambiar de nombre, que, en vez de eso de "imaginaria del alma", le iría mejor “El rincón del plañidero”. Dice que siempre estoy con la pena a cuestas como un Sísifo llorón; y que la melancolía no debe ser un lugar de residencia habitual, sino un país turístico para descansar de los negocios de la vida. Incluso añade que a las derrotas y naufragios hay que buscarles un punto de ironía, que es el que nos permite vencerlos con una sonrisa amable. Y me adjunta un ejemplo que, por el título, no desentona con el mes que corre.
Me callo las contradicciones que podría reprocharle (¿por qué se ha ido entonces tan lejos...?). Es más, me callo que mi último soneto empieza neblinoso y acaba a la “altura del cielo”. Me limitaré, pues, a transcribir su “ejemplo”; más que nada porque a mí me ha hecho sonreír. Amablemente, según él dice.
Me gustaba mirarte y suponer
que tú estabas queriendo que lo hiciera;
que detrás de las cañas, los vermús, las aceitunas,
al fondo destronado de la barra,
me advertías a mí, anónimo, mirándote.
Me gustaba esa esgrima de invenciones
que cruza los silencios en los bares,
en los sitios con gente, mucha gente,
donde sólo hay dos almas y cien cuerpos,
donde el resto es paisaje o decorado,
tramoya prescindible, sonido que no importa…
Me gustaba… Y, de pronto, te bajaste
del alto taburete. Yo sentí
un heraldo de gloria en la garganta.
Te acercaste despacio, muy despacio,
engalanando el aire; te acercaste
destronando el imperio de la copas,
la voz del camarero, los verbos embriagados…
Y llegaste hasta mí… Y, sin mirarme,
seguiste caminando, lentamente,
por detrás de un ejército vencido.
Supongo que buscabas el lavabo.
10 noviembre 2009.