viernes, 5 de agosto de 2016

La tristeza de la inocencia



Por Julia y a su hijo Julio


Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa?

…Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades...

Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros.

He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desconcertada contra las paredes del silencio, de tanto silencio como nunca pensó que pudiera llenar una casa.

 He pensado en su tristeza pura, sin las alas livianas con que, a veces, los otros somos capaces de sortearla...

He pensado en la tristeza perfecta, sin fisuras ni vanos, sin puentes para los argumentos ni brechas para las razones...

La tristeza de las almas de los niños, la tristeza de la inocencia.





miércoles, 3 de agosto de 2016

El hombre como inecuación


Las inecuaciones son una fantasía matemática en la que, por ejemplo, tres veces un sueño más cinco veces la voluntad no puede ser igual a nada –o sí, y lo es entonces en modo disyuntivo–, sino algo menor o mayor que una constante indefinida. Por eso, si despejamos el sueño, resulta algo menor o mayor –o raramente igual– que un tercio de la diferencia entre la indeterminada constante y el quíntuplo de la voluntad. Dicho en modo más claro:

3s + 5v < = > k

De donde resulta,

s < = > 1/3 (k - 5v)


Las inecuaciones son algunas de las abundantes tangencias de la razón con la irracionalidad. Las inecuaciones nos asfixian con su incertidumbre incluso cuando se resuelven. Tal vez por eso a mí me parecen tan humanas. Tan dramáticamente humanas. Después de todo, nuestros actos, nuestras esperanzas, nuestros sentimientos siempre andan oceánicamente indefinidos entre lo mayor y lo menor –o lo raramente igual– a lo que alguna vez soñamos.



viernes, 15 de julio de 2016

"Palabras, palabras, palabras..."



A Gonzalo, mi nieto, que, como todos los niños, es inventor de signos y creador de espectáculos


Lo mejor es el silencio. No hablar de nada, ni con nadie. Lo primero por la insuficiencia de las palabras; lo segundo, por la pobreza de nuestra voluntad. Los diálogos del hombre son monólogos adulterados: no dicen nada ni a nadie alcanzan. Los monólogos de un niño, sin embargo, son diálogos de un dios pequeño con su sorprendente creación. Los niños hablan solos para inventar y para inventarse. Se inventan los signos antes de entrar en la ortodoxia semántica de los adultos; y son capaces de decirlo todo, de abarcarlo todo. A fin de cuentas, para ellos todo es cualquier cosa: ese tiovivo que les entusiasma, aquel estanque que les fascina, este beso que les tiene pendientes de una atemporal ternura... Los niños escogen la realidad más insignificante y la transforman en espectáculo. Para nosotros los signos son un instrumento de la razón; para ellos, una creación del asombro. Y cuando el entusiasmo se constriñe en racionalidad, la verdad se diluye en argumentos... ¡Y los argumentos empañan el alma! Nada es claro entonces; sólo nos queda la obstinación de los silogismos, el esfuerzo fatuo por convencer y convencernos con los pocos mimbres de nuestras mal pergeñadas certidumbres. Los niños no necesitan certidumbres ni se inquietan por su contrario. Les sobra con el juego cósmico de su vocal heterodoxia porque el mundo tiene el nombre que ellos le ponen. Su palabra lo crea, pletórico y admirable; la nuestra, sólo aspira, raquíticamente, a interpretarlo.

Por eso precisamente, porque ya nunca seremos niños, lo mejor es nuestro silencio.


martes, 14 de junio de 2016

La palinodia


En realidad, este soneto tiene sentido leído , si alguien hay que quiera hacerlo, a continuación del publicado ayer. Una retractación de la desesperanza sólo puede entenderse después de su experiencia.


Quiero las horas nuevas, que han perdido
su norte en los relojes de los hombres,
las horas del amor, no de su olvido,
los nombres nuevos de sus viejos nombres.

Quiero creer que el sol sigue en sus trece
de encender horizontes a  la vida,
que el tiempo no es del tiempo, que obedece
la esperanza en los días encendida.

Quiero la eternidad a que se atreve
la voluntad de ser una grandeza,
no  su cobarde pequeñez  aleve,
no la claudicación, no la tristeza.

Quiero la luz, el pájaro insumiso,
la rota libertad del paraíso!



14 de junio de 2016


lunes, 13 de junio de 2016

La obstinada costumbre del tiempo



No quiero ya las horas diferentes,
los crédulos relojes, sus promesas
de rotos paraísos. Odio esas
malditas dilaciones de las gentes

que cultivan palabras; las valientes
cobardías de inventar sorpresas
en hogueras extintas; las pavesas
de sus podridos verbos decadentes.

El tiempo es la costumbre del retorno,
la tristeza del hombre que no alcanza
más allá del poco ser que da al abismo.

No quiero ya las horas de su adorno;
no el disfraz con que miente su venganza:
el tiempo sólo se hace de sí mismo.



13 de junio de 2016


martes, 24 de mayo de 2016

Irreal mayo



Se me ha ido mayo sin darme tiempo de pensar en mayo;
a traición de sí mismo, distraído, distante.

Se me ha ido mayo sin tiempo de saber de mayo;
sin el olor del cielo en los jardines o el beso enamorado de sus signos;
sin inventar las rosas tras la lluvia ni prender de amapolas los solares.

Se me ha ido mayo sin haberme asomado a los balcones de mayo;
sin oír los vencejos,
la bendita algazara que establece la linde entre Dios y los hombres;
encerrado en mis torres de tiempo y ausencia
entre cuatro relojes implacables, extraños
al empeño venial de la tierra por dejar de ser polvo,
al humilde destino de nacer, de morir...;
ignorando el prodigio del día de volver a ser día
­–sin luego, sin antes; sin aquí ni más lejos–
con el limpio milagro del sol en los ojos y el rocío reinando en el alma...

Se me ha roto mayo donde nunca fue mayo;
en las manos del hombre, en los ojos del hombre,
en los verbos del hombre...
Ha pasado de incógnito entre tanto barullo de gentes y cosas
igual que una pasión sin aliento, sin signos...

Y de pronto,
no ha quedado de mayo nada más que la nada...

¡Nada más que una rosa recitando su olvido!


25 mayo 2016




jueves, 5 de mayo de 2016

¿Campaña electoral...?


En una de esas encuestas que tanto gustan a la prensa "online", leía hace un par de horas esta prescindible pregunta "¿debería suprimirse la campaña electoral para el 26 J?"... Y me ha salido, casi sin querer, aquella copla del más oficial de los Machado:

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta,
¿quién te podrá responder?

Porque, me digo yo, ¿todavía resta alguien en este país de intención tan masoquista?, ¿es posible que exista algún sistema nervioso capaz de resistir tan patético espectáculo?, ¿quién hay que pueda esgrimir una sola palabra ilusionante que en las noches y días de los últimos meses ­–o años– no hayan puesto del revés los sofismas de su bocaza?

La única campaña admisible que, según yo, deberían hacer los miembros y "miembras" de todos los partidos, se resumiría en un escueto mensaje: "Ciudadanos (y ciudadanas, naturalmente), el 26 de junio tenéis que votar ("votarnos" ya sería excesivo). Perdón por las molestias". Luego se retirarían compungidos a un convento religioso o laico, ­que haberlos deber los hay pues comuniones y bautizos con tal condición se han dado.

Sería más honrado... Y más barato.

jueves, 3 de marzo de 2016

El amor de la filosofía



Cualquier escolar que haya tenido algún contacto con esta agónica y hoy –por decreto ministerial– agonizante disciplina habrá oído eso de que la filosofía consiste, etimológicamente al menos, en el amor a la sabiduría. Cualquier ciudadano que recuerde haber sido escolar, también. Pero la sabiduría hace ya mucho tiempo que se convirtió en cosa diferente de lo que suponía Pitágoras, el semilegendario personaje que, según dicen, fue el primero en adoptar el nombre de filósofo. En realidad, ni Pitágoras ni ninguno de cuantos después se empeñaron en tan  erótico oficio amaban esa praxis ancilar que hoy por saber entendemos, ésa que predice los fenómenos y controla sus eficacias o  los demuestra y trastorna la naturaleza. No amaban el saber de los oráculos –hoy laboratorios– ni el de sus ritos –hoy tecnológicas liturgias–. Tampoco la sofística perversión de los políticos ni su rentable inversión en urnas o demagogias. El amor, que cualquier escolar habrá oído o recordará cualquier ciudadano, era bastante más humilde que todo eso.

La filosofía nunca amó la sabiduría que aspira a ejecutar respuestas. Eso es cosa de otros saberes. La filosofía era algo mucho menos eficiente y mucho más radical; mucho más necesario ("inevitable" dice Ortega) y benditamente inútil. Una pasión salvajemente racional; una razón apasionadamente amada. Así fue en los orígenes, cuando incendió las raíces mágicas del pensamiento humano (los mitos son bosques arbolados de respuestas); así después, cuando se empeñó durante dos mil años en mantener vivos los rescoldos de sus preguntas. La filosofía siempre creyó que lo único digno de ser amado no era lo que podíamos dominar, sino lo que no podíamos evitar que nos dominara.

Así pues, el nombre de esta pasión es... una bendita ignorancia. Un saber que "no sabe nada", como de sí dijera Sócrates; un saber masoquista  que no menosprecia su desamparo, que vive de desvivirse y se enriquece de su inevitable pobreza. Por eso –qué pena que sea por eso– ya no le importa a nadie; ni a los científicos ni a los políticos ni a los empresarios... A nadie importa porque en nada "productivo" se traduce. Las preguntas sin respuesta no son rentables: no se pueden invertir ni consumir ni anunciar en los paneles luminosos de los rascacielos. No sirven de aval en los préstamos bancarios, ni proporcionan alternativas viables a los viajes espaciales. Las preguntas sin respuesta no tienen cabida ya en las alforjas de nuestro tiempo... tan estúpidamente feliz, tan presuntamente sabio, tan sumamente cobarde que no se atreve a leer los renglones en blanco de su irreal realidad.

La filosofía no es más que el desazonado amor por lo que ya nadie ama.


jueves, 25 de febrero de 2016

La lección de geometría (II)


Apareció publicado en este mismo blog hace siete años, en abril de 2009. Trasteando hoy por los archivos, me he encontrado una grabación de no sé cuándo de aquel soneto. He tenido un golpe de nostalgia –últimamente, padecimiento mío de molesta frecuencia– y he decidido subirlo. Presenta algunas modificaciones, no significativas, sobre el original; anteriores, según creo, al que entonces publiqué. En cualquier caso, me sigue trayendo buenos recuerdos; como la amable memoria de cuando creía, con firmeza mayor que la actual, que la razón estaba al servicio de la voluntad y que las "razones del corazón" amparaban la frágil verdad de la arquitectura humana.

...Por si alguien hay a quien interese oírlo





jueves, 4 de febrero de 2016

El último paraíso


A mi padre

Fue allá por 2006, con poca primavera y abril a medio hacer, en una de esas tardes en que Madrid concede al cielo el privilegio azul de su mirada. Entre tus nietas y yo te habíamos arrancado del dolor aún cercano del último día de mamá. La música siempre fue el paraíso terrenal de tu consuelo, el rincón en que el alma reconoce la alta estatura de su esperanza. Por eso, aquella luminosa tarde te subimos con nosotros a lo más alto del Teatro Real, a ese otro paraíso donde la música y la palabra de los escenarios sueñan la vecindad de los ángeles.

La Bohème... Siempre te gustó La Bohème. Tal vez porque en el fondo siempre fuiste un artista, una voz prodigiosa que ahogó la dramática circunstancia del país más estúpido que ha conocido la Historia. Recuerdo ahora aquella tarde con dolorosa alegría. Y te recuerdo a ti, sentado a mi lado, moviendo los labios en callado acompañamiento de los acordes de Puccini. Al final del Acto I, cuando la hermosísima aria Che gelida manina conmovía todos los silencios que en el mundo caben, no pude evitar mirarte. Tenías los ojos convencidos de lágrimas. Sólo tú y yo sabemos che gelida manina estabas acariciando con el alma en aquel momento.

Han pasado diez años. Para ti diez años de paulatino alejamiento de todo, diez años de vida sin la vida de quienes la hicieron, diez años de ti casi sin ti. Tu distancia de la palabra convirtió las miradas en diccionarios. ¡No sabes todo lo que he podido leer en tus ojos!... Como entonces, como en aquel abril a medio hacer...

Ya sólo podré leer en tu recuerdo.

La semana pasada, un día gris y lentamente lluvioso, cogí tu mano... Tú estabas ya en el último paraíso.

3 febrero 2016






sábado, 2 de enero de 2016

Una vez más, la noche más hermosa


Para ti, Gonzalo, y para todos los niños, que ­quiera Dios les permitamos llegar a ser la gente de paz que nosotros, después de todo, no fuimos.


...Porque es la noche después de los escándalos, la noche respetada, la noche sin detalle en titulares ni señales extrañas en el cielo... Noche pura, noche forjada de sí misma; de silencio, de descanso en las ciudades del exceso; ajena a las hipérboles del hombre. Noche en que sólo cabe la armonía de un piano y un nocturno; más en concreto, de este nocturno de Chopin evocado en tantas imaginarias de mi alma ( *). Esta vez con un guiño de complicidad hacia mi nieto porque, desde la breve historia de su año y medio, gusta de sentarse en mis rodillas y atender con deliciosa seriedad a la espléndida ejecución de Yundi Li que una vez más reproduzco. Sea pues para él, para su hoy y su mañana, para el día aún no escrito en que pueda descubrir qué tenía esa noche que su abuelo llamaba la noche más hermosa.






miércoles, 18 de noviembre de 2015

La lección repetida e ignorada



Podría empezar como si fuera un cuento:

...Hace muchos, muchos años, se crecía entre voces desnudas de imagen. Por entonces, sólo las palabras, escritas o habladas, abonaban las párvulas inteligencias de  los niños. Leían y escuchaban sólo libros, sólo enormes aparatos de radio. Y tenían de sobra porque nadie echa en falta lo que no tiene ni  piensa que pueda tenerse. Algunos supondrán que aquél era un tiempo oscuro. Nada más incierto: la claridad no es patrimonio de la luz en los ojos, ni mucho menos. Es más, la luz de verdad hay que buscarla en otra parte; tal vez en las bodegas del pensamiento. Y ahí, desgraciadamente, el hombre se parece al holandés errante y a su fantasmal navío: siempre navega en mares de repetida sombra.

Hace muchos, muchos años, cuando yo era niño, unos pocos minutos (la abundancia no estaba aún inventada) de las tardes de invierno se llenaban de cuentos y fábulas que uno escuchaba, casi religiosamente, por la radio. Voces amables sin paisaje ni rostro a las que había que poner rostro y paisaje. Recuerdo muchas de aquellas deliciosas narraciones donde se aprendía la pausa de la reflexión en el colofón brevísimo de una moraleja.

...Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

Así acababa uno de aquellos cuentos. Y los niños, todos los niños, entendíamos que los dos conejos de Iriarte eran demasiado tontos; tan tontos que acababan entre los dientes de los perros por discutir sobre lo que nada tenía que ver con el final que se les venía encima. Curiosa lección aquélla: aprender de las palabras que las palabras también pueden ser nuestra perdición;  descubrir que lo mismo que es capaz de construirnos, lo es también de envanecernos e idiotizarnos hasta el desastre.

Dice la Historia, o las historias de la Historia, que hace muchos, muchos más años, allá por donde Oriente le pone tierra al Mediterráneo, había un reino de cultura esplendorosa y ancestral sabiduría. Severas cuestiones teológicas ocupaban los trabajos y los días de sus sabios; asuntos de muy grande trascendencia, como determinar, de una vez por todas, qué sexo sería el sexo de los ángeles. Y dice también la Historia, o las historias de la Historia, que en esta inquietud se distraían las inteligencias y las voluntades mientras caían los muros de su luminoso imperio ante ejércitos anunciados.

Si uno mira alrededor y observa con la memoria de sus cuentos, siente un raro escalofrío. Porque uno ve galgos, podencos y dialécticos conejos. Y sabios retóricos. Y ejércitos infames... Y moralejas que parecen  inquietantes oráculos... El problema es que en medio estamos tú y yo, y otros muchos yos y muchos tús que hacen e hicieron posible nuestro histórico andamiaje. Todos provisionalmente reales, todos encerrados en la incertidumbre de una cíclica narración cuyo final ya sabemos...

Aunque saberlo no parece servirnos para nada.



16 noviembre 2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

Palabras mientras noviembre



A mi padre, por todos los que le faltan, y a mí, por tantos que ya no tengo



Uno empieza a vivir ajeno a casi todo cuando se da cuenta de lo poco que tiene que ver con casi nada. En realidad, la vejez consiste en eso: en apartarse con estoica elegancia del mundo, indiferente ya al sueño por que alguna vez lo creímos sostenido. Un capitán honorable se hunde con su barco y llora el naufragio de su tripulación; un miserable salta por la borda y chapotea reclamando el auxilio de los equipos de salvamento.

Se muere de adentro hacia fuera cuando la vida nos traiciona, cuando se entrega a su negación antes de lo debido y, con tan infame alianza, nos expulsa de la luz y de los otros. Y se muere de afuera hacia dentro cuando la vida nos consiente, cuando nos autoriza a vivirla más tiempo del que pensamos mientras nos roba las almas con que la hicimos... Nos morimos entonces de todos los demás, de todos los que nos faltan; de cuantos, piedra a piedra, levantaron los muros de que arropamos las noches y, verbo a verbo, los balcones que abrimos a la esperanza... Nos morimos porque la vida se vuelve extranjera.

En el primer caso, la muerte encierra la crueldad de un destierro; en el segundo, la desolación de un abandono. Porque, cuando la vida te da tiempo, se muere de soledad; de la intratable soledad de los álbumes y la memoria.



Noviembre 2015

miércoles, 14 de octubre de 2015

El otoño y la Historia


Miré los muros de la patria mía...
Francisco de Quevedo

Me gustaría escribir sobre el otoño como hace algunos años escribía. Me gustaría reunir en la palabra los ocres y los oros de sus árboles, los rojos melancólicos de sus rosas decadentes, los atardeceres tempranos de sus ciudades y campos. Me gustaría, pero ya no puedo. Y no puedo porque los trabajos y los días se han embadurnado de tintes profundamente desagradables. Tanto que pretender adornarlos de estacionales exquisiteces se me antoja intención bastante inicua. No son tiempos de lindezas; son tiempos de inexplicables aberraciones y de explicaciones aberrantes. A veces tengo la sensación de que hoy se vive la fantasía de una mente enferma, de que somos (de que soy) los extras de una película (malísima, por cierto) en la que unos descubren el Mediterráneo en el bidé de su adosado y otros cruzan un Atlántico al que confunden con el charco estancado de sus ideas. Se leen tantas tonterías a diario en los periódicos, que el único alimento que al alma le queda es un sándwich mixto de ajena vergüenza y tristeza. De aquélla, por el ridículo de quien lo exhibe; de ésta, por la pesadumbre gástrica de quien lo ingiere.

La Historia, como la biografía de cada cual, tiene la mala costumbre de ser pasado. Existencialmente hablando, el pasado es un anciano incorregible; tal vez, no por su voluntad, sino como irrefutable condición de la libertad que tanto le pesa. Lo único que no podemos rectificar es lo ya que hemos sido. Si pudiéramos hacerlo, no seríamos los que somos. De encontrarnos en tal caso con nosotros, no nos reconoceríamos ni en broma. Sobra decir que si tal rectificación la extendiéramos a cualquier momento de la Historia, no sólo ésta sería irreconocible para sí misma, sino que cualquiera de nosotros, probablemente, no habría llegado a existir. Y si la particular fórmula genética que nos define se hubiera dado a pesar de todo, la inédita circunstancia en que nos encontraríamos habría configurado un yo tan irreconciliable con el nosotros de hoy como el de esa Historia consigo misma. No es necesario invocar el "efecto mariposa" o la "teoría del caos" para entenderlo, basta pensar que si  Julio César no hubiera sido asesinado cuando lo fue, o Colón descubierto América cuando lo hizo, nada de lo que hoy sucede tendría que ver con lo que en tal caso sucedería. ¿Sería mejor? ¿Sería peor?... ¡Qué más da! El pasado (la Historia, la biografía) es (debe ser) razón de aprendizaje para el hombre, no pretexto de oportunismos políticos ni ocasión de acomodaticias justificaciones axiológicas. A esto último, la psicología lo diagnostica como neurosis. A lo primero, los únicos diagnósticos que a mí se me ocurren son alienación y cobardía.


...¡Cuánta pena me da este otoño del hombre ante sí mismo!


viernes, 21 de agosto de 2015

Cuando ayer no es ayer





                                                 

Cuando ayer no es ayer, o cuando es cualquier día
que alguna vez lo fue, que completa sus horas
con risas y palabras en relojes sin tiempo
–o que ya no son tiempo, sino confuso abismo
donde esparce el invierno su memoria maltrecha
de vida arrinconada–. Cuando arrecia el pasado
un temporal de lágrimas y vuelven quienes eran
un rostro en el olvido, o trastornan la vida
sin permiso del alma extrañas muchedumbres...

­¿Qué tiempo es ese tiempo que anochece ciudad
y amanece suburbio, que anquilosa los miembros
y enfría las manos, que invierte en nostalgia
el pudor del silencio y su noche infinita?...

Cuando ayer no es la causa de que hoy sea un día
diferente a otros días, sino sombra estampada
en un mismo reloj de quietud intratable.

Cuando ayer se detiene porque es nada y fue todo.

Cuando no es voluntad de quererse mañana.

Cuando quiere ser siempre… y  no quiere ser más.

Un día que no tiene más días de reserva.
Una casa cerrada, una ciudad vacía…

¿Qué día es ese día que ya no quiere serlo?




Agosto 2015

miércoles, 15 de julio de 2015

Viejos días de julio




Se me ha llenado la vida de demasiados ayeres. Es cosa normal a mis años. Para un viejo, recordar es la definición del instinto de supervivencia. Y hoy, hundido en estos días tan térmicamente espesos, me ha saltado en la memoria una entrada de "Al atardecer" que hablaba del mismo sentimiento sobre julio que tengo enquistado en el alma desde hace muchísimo tiempo. Así que me plagio –¡tengo derecho a ser mi propio sinvergüenza!– porque quería escribir y tenía pereza de  hacerlo. Por eso no me limito a poner un vínculo que al hacer clic sobre él te lleve al rincón que pretendes. Eso sería citar, no plagiar. Mi pereza, entonces, no sería enteramente indecente...


Tengo malos recuerdos de estos días; mala memoria de un remoto entonces, cuando era joven y se me murió un amigo el día en que el hombre pisaba la Luna. Puede que por eso haya puesto a este mes de cara a la pared y siempre quiera que se pase muy deprisa. Se me hace antipático su rigor, se me hace insufrible su crueldad.

Pero no es sólo el alma la que en julio se queja, es todo lo demás. Es el ojo y es la piel, es la vista del cielo y el roce de la tarde: cálido, asfixiante, seco; amarilleando planicies que pesan en la mirada, decolorando azules que apesadumbran el horizonte. Nada más triste que esos días tórridos de grises diluidos, esos días en que la temperatura se hace casi grávida y el cielo uniformemente pálido y vulgar; esos días de calima y bochorno, de hipérbole de estío, de naturaleza petrificada; esos días en que las tres de la tarde suenan a chicharra enloquecida, oculta entre las ramas de todos los árboles. Tienen el fuego, el ardor, casi el fantasma de la Niña Chole, pero les falta el colorido. Son como una pasión que extralimita sus años, que revienta una edad que no le corresponde. Los amantes de Verona nos seducen por el color de su juventud; fuera de ésta, toda fogosidad es fatigosa, es agobiante, es antiestética.

Los días de julio arden. Los días de julio arrasan la belleza.



6 de julio de 2007

jueves, 2 de julio de 2015

La última palabra



La última palabra,
la hazaña sin después que ocupará mis labios.
El último acercarse
del alma a su intención de rara eternidad.
El último refugio
para acoger la vida que aún resista,
cercada y solitaria como nunca lo estuvo...

¡La vanidad de un signo que se creyó pensamiento!

Y aleccionar al día con su noche inminente:
su larga oscuridad sin alborada,
sus ojos sin estrellas ni misterio,
sus besos sin noticia de la carne...

Cuanto he sido, de pronto, entre mis labios
mendigando una argolla donde colgar su tiempo.

Y la ciudad, detrás de las ventanas...
Y el ruido de las cosas con sus nombres...
Y el trajín de la vida por las calles...

De pronto, cuanto he sido
no tendrá más hogar que una palabra.



Julio 2015

viernes, 19 de junio de 2015

¿Quién se para a pensar en la inocencia?



Tengo abierta la ventana. A esta hora atardecida, junio se vuelve amable. De fuera me llega el  aire tibio de algún jardín recién regado. Siento una deliciosa cenestesia: frescor, sosiego, paz... Huele a madreselvas y a tierra mojada. El zureo de una paloma, empeñada en hacer el amor que le toca, adorna el pretil  de la terraza. Se oyen voces suaves, amortiguadas por la distancia, enredadas en sonrisas y destinos perdidos (¿a qué destino podría ir cualquier sonrisa hoy sino a la nada?). Es buena gente, el mundo está lleno de buena gente (cuando le dejamos llenarse de ella, naturalmente). Pero el mundo es difícil y raro; hostil, sin duda, al esfuerzo de estos atardeceres de junio en las ciudades  apacibles. El mundo está repleto de otras cosas amargas Me siento ante el ordenador y me atrevo a su tragedia. Habla de asuntos turbios: de venganzas, de guerras, de corrupciones, de asedios,  de injusticias...  Difama, acierta, insulta, salva... Antojos de no sé cuántos, veredictos de no sé quiénes...

¿Quién tendrá tiempo de pensar en la inocencia? ¿Quién en el bien? ¿Quién en la bondad? Odio las palabras; cada espanto que ocurre, odio más las palabras. Hasta esas voces suaves, que amortigua la distancia, son una falsificación. Nadie piensa el horror de lo que dice porque a nadie le inquieta  la nada que lo avala. Aquello es un barullo de signos sin razones; esto, una sinrazón sin signos y sin esperanza. Hoy más que nunca los hombres  hablamos desde gargantas ajenas donde la destrucción se ha convertido en empecinada empresa. No se me entiende, claro; pero, si la inocencia se maldice, ¿qué hacemos sino empollar los huevos de su ruina?...

¿Y si es inocente la inocencia? ¿Y si no es real el barro que la embarra? ¿Quién da la menor ocasión a su posibilidad?...


¿Quién se para a pensar hoy en la inocencia?

jueves, 7 de mayo de 2015

La risa, la única risa




La risa del hombre, cuando alcanza la presunta estatura de su definición, se vuelve ácida, amarga; en ocasiones, con un lastre de crueldad, insulto o menosprecio. No deja de llamar la atención que la manifestación más espontánea de la alegría –en realidad, la única viable en la naturaleza– pueda acabar retorciéndose hasta extremos tales. Somos los únicos animales dotados de una musculatura especializada en su posibilidad: somos los únicos capaces de reír, de hacer el gesto de la gratitud y la felicidad, o la inocente comprensión de la inocencia pura. El niño, esa metáfora ontológica, esa luz que estrena el alma en unos ojos, es el más delicioso de los ejemplos. ¿Habéis visto reír alguna vez a un niño sin apenas edad ante cualquier simpleza? ¿Habéis oído el precioso estallido de su carcajada porque un objeto cayera de forma imprevisible, porque alguien de repente estornudara, porque cualquier insignificancia desvelara de pronto su condición de espectáculo y maravilla?... ¿No habéis sentido entonces la más amable de las infecciones, los síntomas de la enfermedad más añorada, la fiebre de la inocencia, la necesidad de reír al paso de esa risa...?


¿No habéis entendido aún que a nuestra contradictoria especie le sobra toda la acidez, toda la amargura, toda la crueldad, todo el menosprecio de que, por desgracia, somos capaces?


martes, 3 de marzo de 2015

De utopías



                          ...si existe ese país que ofende al hombre,
                                  asolaré en justicia sus dominios.
                                 J.M. Mesanza, Contra Utopía II



¿Cuánto dolor un sueño necesita
para volverse hastío, desencanto;
escombro, polvareda, sombra...; cuánto
amanecer en lágrima maldita?

¿Qué horizontes, qué tierras deshabita
un verbo pordiosero, sin encanto,
que va de nada en nada...; qué entretanto
de tiempo espurio, de señal proscrita?

Cerrad los libros viejos: todo es nada,
burbuja antojadiza, voz sin dueño,
quehacer de un dios sin Dios y sin empresa...

Y una pregunta aún, desesperada:
¿Cuánta tristeza necesita un sueño
para dejar de ser una promesa?



3 marzo 2015