viernes, 30 de enero de 2009

Carta desde la niebla

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En Coslada, Madrid, treinta de enero.
Viernes de poca luz. Tras la ventana
el pálido telón de la mañana;
la niebla y la humedad... El día entero

robándome los ojos, prisionero
de su oscuro antifaz, de su desgana,
de esa pereza de mirar mundana
que no encuentra en el sol su mensajero.

Nada puedo contar sino que duele
la oscuridad, el frío, la agonía
de una luz que no está por donde suele,
de una luz indecisa de ser día…

Sólo la niebla hoy; aquí, en Coslada,
entre mi voz y el eco de la nada.


(30 enero 2009)
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lunes, 26 de enero de 2009

E lucevan le stelle…

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A mi padre, a sus 94 años de pasión por la música, más debilitados cada día, con el dolor de saber que él nunca llegará a leer este sincero homenaje.


Me has hablado otra vez de días antiguos
cubiertos de una niebla color sepia.
Otra vez, de caballos y simones,
de calles troceadas y adoquines;
de otros inviernos, de otras primaveras.
Me has hablado del Parque del Retiro,
y del Apolo y del Maestro Villa
–que era pequeño, muy pequeño, dices;
y era grande, muy grande, luego exclamas–,
y después de Miguel, de Miguelón, de Fleta;
como siempre de Fleta. Y de Puccini
y La Tosca… –“E lucevan le stelle…”,
entonas con dolor y voz quebrada.

Otra vez. Cada vez con menos tildes,
con menos decisión, con más tristeza,
como si tanta niebla ya fuese insoportable;
y tanta luz, un resplandor de fondo
que no quiere dejar de ser memoria.

Me has hablado otra vez –siempre lo haces–
de esos días que son los otros días
que el tiempo ha extraviado,
que el tiempo ya no encuentra;
que ni él mismo se explica
cómo fueron posibles cuando fueron;
cómo pudo ocurrir que se hayan diluido
con tanta impunidad, tan de repente...

Y te quedas mirando a un lugar que yo aún no veo;
allí donde la vida es su vencido equipaje,
allí donde es pasión hablada de su ausencia.


26 enero 2008
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sábado, 24 de enero de 2009

El vino de la nada

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Cierro el día. Portazo en la mirada
y la noche de pronto; de repente,
la oscuridad: estamos, frente a frente,
bebiéndonos el vino de la nada.

Robo al silencio –voz fantaseada–
un beso de palabras impaciente…
¡Y no me dices más!… Creo que hay gente
del otro lado de tu voz robada.

Las sombras de la noche son de acero
templado en mi rabiosa vigilancia;
tu sombra, su ternura sin embargo.

Otra vez cierro el día y aún espero.
Regálame un renglón de tu distancia:
no bebamos de un vino tan amargo.

Prueba de sonido

(
23 enero 2009)

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miércoles, 21 de enero de 2009

De la esperanza y los sueños

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No es igual: los sueños se hacen a traición de la voluntad y poniéndole zancadillas a la conciencia. Son bufones engañosos y seductores que se disfrazan en los camerinos del alma. Los sueños se ven, se tocan, se sienten; son sensuales hasta el desmoronamiento de la razón. Se construyen como la vida, pero aligerándola del peso de las vidas de los otros. Son el anárquico espectáculo que estrena el yo ante sí mismo cada noche para aliviar las magulladuras del combate cotidiano. Aunque a veces no tienen ninguna gracia. Y entonces deseamos que nos salve una vigilia inesperada. Son sueños mal encarados que quieren vengarse de uno; negra pasión de fondo, tanática y rencorosa.

No es igual, aunque la gente los confunda. La esperanza no es un sueño convertido en expectativa, sino una voluntad que cree poder educar a un sueño. La esperanza no hace tropezar a la conciencia; al contrario, la quiere levantada y vigilante, atenta a lo que ocurre, siempre dispuesta a cauterizar la derrota con su lejana mirada. La esperanza no prescinde de los otros: exige que los otros la acompañen; no construye, como el sueño, un escenario de comparsas que repiten el guión de su deseo. La esperanza nunca nos traiciona, que es lo que hacen las pesadillas de mala idea; en todo caso, somos nosotros los que la traicionamos. Porque desesperar es cosa nuestra, no de ella.

La esperanza le hace grande al hombre, le da condición de especie porque por ella crece el deseo hasta volverse voluntad. Los sueños simplemente ocurren, como en un animal cualquiera. Y nos engañan. Y ponen boca abajo la obligatoria vocación de no rendirnos.
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domingo, 18 de enero de 2009

Tonteando con los prodigios de hogaño

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La entrada de hoy es una tontuna experimental: me daban cierta envidia (sana desde luego) esos lujos multimedia con que a veces se adornan los blogs de casi todo el mundo. Así que me he puesto manos a la obra. Un par de fotos de mi almena cotidiana, dos grabados de Doré que venían al caso, un soneto de archivo (26 de febrero de 2008, tal vez alguno lo leyó entonces) de, cómo no, el “anacrónico caballero” y, en la memoria, una cita de mi buen amigo Juan Antonio que, en su entrada del reciente día 10, afirmaba: “En el caso de la lírica, su medio natural es el oral. Donde adquiere todo su sentido la palabra lírica es en la recitación”.

Tales fueron los ingredientes del experimento; el resultado, esa pequeña chapuza que aparece más abajo. La grabación de voz recoge sonidos de fondo (no tengo ahora mismo ningún editor que me permita corregirlos) y no es de muy buena calidad porque está hecha con una PDA; en cuanto a las imágenes, dejan bastante que desear por haberse convertido desde PowerPoint en archivo de vídeo.

En cualquier caso, “esto es hecho”, que dijo el Conde; o mejor, a lo comediógrafo de antaño:

…perdonen sus muchas faltas.
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video

miércoles, 14 de enero de 2009

Carta por soleares del "Caballero inactual"

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Es noticia breve la que de él hoy me llega. Sigo sin saber de dónde; “tierra de nadie” me dice, y además en verso. Pero… ¡ya le conocéis! Recojo aquí su irreal noticia para desengrasar las tenebrosidades matemáticas de mis últimas tontunas (o torturas):


Estoy en tierra de nadie:
ya sabes lo que me gusta
besar el aire del aire.

Cascarrabias, taciturno,
poeta de medio pelo
inventor de plenilunios,

que se cree que por arar
la oscuridad se ilumina
y ya no es oscuridad…

Así se me van las horas,
soñándome claridades
entre unas cosas y otras.

“Después de todo –me digo–
ser cada cual cada cual
es lo que debe haber sido

desde siempre… ¡y que después
no vengan con que morirse
es lo que no puede ser!”

Por lo demás, poca cosa:
días que van y que vienen
perseguidos por su sombra.


14 enero 2008
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martes, 13 de enero de 2009

Divisibilidad por nada

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No tiene resultado innumerable
por mucho que se empeñen los teóricos
que han roto la aritmética del hombre.
No es derrota ni hazaña no posible
ni naufragio infinito. No es un dígito
absurdo que agoniza en los axiomas…

La verdad es el resto, lo que habría
que sumar al producto del cociente
de un sueño dividido por la nada.


13 enero 2009
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viernes, 9 de enero de 2009

La nevada

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Parece (remotamente) un poema y, en realidad, es la crónica de un día que ha puesto Madrid patas arriba por una contrariedad meteórica. Es como el envés de un alma platónicamente estúpida.

Camino de la 'Estación de Cercanías' tras renunciar, definitivamente y por circunstancial imperativo, a esa otra lata de la vida que es el coche.




Todo el día pensando en otras cosas,
ajeno a lo importante, preocupado
por el largo camino del regreso;
con el alma en conserva, en esa lata
del cuerpo –que además es una lata,
un molesto envoltorio que se queja
del frío y la fatiga, del cansancio,
del dolor en los pies, de los atascos,
de la falta de sal en las aceras,
de la impune elegancia del político
que escurre, como el hielo, su indolencia–.

Todo el día en el cuerpo, secuestrado
por estos cuatro enlaces de carbono
que adornan la ortodoxia de estar vivo.

Y todo los demás, lo que importaba,
trastornando los campos en blancura
con promesa de bienes florecidos
tras otro alborear la primavera…

Y todo lo demás, lo que importaba
–que el asfalto ocultara su tristeza
de negra confusión; que los jardines
se vistieran de gala por los niños;
que el día decidiera disonancias
con ser habitual; que se embozara
tras la capa que sueña ser pureza…–,
perdido para siempre… Como el tiempo.

Qué idiota he sido hoy, qué desperdicio
de voluntad andar tan preocupado
porque el mundo se hubiera vuelto incómodo.

…Y entretanto, la nieve recogiendo
su blanca dilación en tu mirada.
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miércoles, 7 de enero de 2009

Una vulgaridad peligrosa

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Telón: la commedia è finita. Una bandeja con trozos de turrón de Jijona en exceso aceitosos, algunos polvorones desolados ante la indiferencia golosa de las últimas visitas, medio roscón con dos caras de miga seca, como un Jano aburrido, sombrío y taciturno... ¡Telón! ¡Telón!... No hay aplausos, aunque el último acto los merezca. La noche queda al otro lado de todas las ventanas embozada en sus oscuros silencios. Tres o cuatro balcones sostienen por inercia algunas lucecitas azules, encarnadas, naranjas… palpitantes. Todo, una vez más, demasiado deprisa. Una vulgaridad, lo sé, hablar de ello.

Antoine de Saint-Flour, ese personaje de Anouilh tan humano, tan demasiado humano, que nos hace vivir el desconcierto de que todo suceda al mismo tiempo, se pregunta en el segundo acto de Los peces rojos: “¿Qué es lo que ha pasado?”. Antoine se mira al espejo probándose un sombrero de copa mientras se viste para la boda de su quinceañera hija. Antoine se pregunta por una vulgaridad vertiginosa; esa que solemos llamar vida y que le pone a uno de repente ante su precipitación inesperada.

Yo sabía lo de los 30 Km/s del viaje de la Tierra en torno a su luciérnaga dorada. Y ahora me he enterado de que, además, esta Vía lechosa de nuestras totalidades va más rápida de lo que se creía: a unos 270 Km/s. ¡Qué barbaridad! El día menos pensado se nos retira el permiso de circulación por el cielo. Demasiado deprisa; ¡cómo no se nos va a escapar el ser en un suspiro! Habría que exigir que pusieran unos cuantos semáforos en la noche.

Y es que, aunque esto del correr del tiempo sea una vulgaridad, lo cierto es que tanta vulgaridad nos acaba matando.

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lunes, 5 de enero de 2009

Una carta para esta noche

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Queridos Reyes Magos:

El 14 de enero del año pasado os escribí una carta a la que no hicisteis ni caso. No sé si porque le di cuerpo de poema y pretencioso título o porque ya era un poco tarde. Tal vez os pareció demasiado personal. Pero no era eso, o no solamente eso. Lo que en realidad os pedía, lo que vuelvo otra vez a pediros, es que a los niños se les deje serlo, que no se robe la infancia de la infancia ni se emborrone el párrafo de su irrepetible maravilla. Porque después, cuando a la vida sólo le quedan los arrestos de la memoria, el hombre necesita su reencuentro. Y estos hombres de hoy andan tan tontos que no se dan cuenta de que se están sembrando de vacío, de que un día se llega a sombrías latitudes y no se lleva encima la brújula de ningún sueño.

Así que lo único que os pido es que nos obliguéis a cultivar la infancia y no segarla antes de tiempo, a no romperla o llenarla de anticipos indebidos a sus años, a permitirle residir en el prodigio sin ensuciar su casa con nuestros desencantos y crueldades, a no arrojarla al mundo para que empiece a creerse adolescencia sin serlo o juventud sin necesitarlo. Os pido la sensatez para el tiempo y su medida, y el respeto a los plazos de la ilusión que nos concede la inocencia, que últimamente parece que nos molestan los niños, y cuando los dejamos ser, hacemos todo lo posible para que el paréntesis de serlo se les pase enseguida.

Todo esto, confiando en vuestra generosidad, porque bueno, lo que se dice bueno, lo he sido bastante poco. Más bien, nada.

Tres saludos y mi agradecimiento anticipado.
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sábado, 3 de enero de 2009

Probablemente...

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Quería escribir algo sonriente y relajado, purgar mi antipática despedida del 2008. Pero he leído el periódico. Una torpeza, lo sé, porque en los periódicos sólo se suelen hallar dolores o tonterías. De las segundas va la entrada de hoy. Dos autobuses van a pasear por las calles de Barcelona el siguiente anuncio: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Se trata de la clonación de una campaña londinense que, al amparo de un grupo de librepensadores (?), quiere abrir un debate social (?) sobre este particular. Yo no sé si se puede polemizar sobre algo que tan mal se enuncia; primero, porque llega a quienes no querría llegar; segundo, porque desvela lo que no les hará ninguna gracia que se desvele; y tercero, porque el eslogan patina en su pretensión de defender lo que defender desearía. Más explícitamente:

1. La campaña está dirigida indudablemente a los no creyentes porque, para el creyente, Dios no es la conclusión probable de ningún grupúsculo de supuestos librepensadores, sino un sentimiento profundo de difícil traducción a quien no lo siente. Tan difícil, como explicar el tacto a un corcho más o menos listo o la luz a un murciélago espabilado.

2. Los no creyentes viven bastante preocupados con la idea de Dios y necesitan que se les anuncie la probabilidad de que no existe para poder vivir tranquilos y gozosos. Es decir, al no creyente las inquietudes teológicas le quitan el sueño. Curioso.

3. El eslogan quiere ser muy moderno y estar a la última en lo que a enunciación de conclusiones científicas se refiere. Nada de determinismos clásicos a lo Newton. Lo último es el probabilismo cuántico y el caos: “la noción del caos nos obliga a generalizar la noción de ley de la naturaleza y a introducir en ella los conceptos de probabilidad e irreversibilidad”. Así se expresa al menos Ilya Prigogine en Las leyes del caos, que haberlas haylas a pesar de la aparente contradicción entre éste y aquéllas. Así que, “probablemente” Dios no existe… Pero los responsables del eslogan parecen haber leído sólo los titulares; quiero decir, que la probabilidad de que se habla en ciencia es matemática, está sometida a leyes y tiene un valor; no es un albur, no es un “pa mí que el electrón no va estar por aquí”. Vamos, que para ser consistentes, para transmitir alguna certidumbre que tranquilice a los no creyentes, que son los afectados, habría que aquilatar un poco más; por ejemplo, poner algún dígito contrastado a esa probabilidad o por lo menos encabezarla con un “Con toda probabilidad…” Cuando yo digo que “probablemente” llueva, también estoy diciendo que “probablemente” no lo haga; lo único que añado es mi personal adhesión a su posible suceso; es decir: “pa mí que va a llover”. Y para mí, ese pa-mí se diferencia de cualesquiera otros pa-mís en que tiene dinero para pagar sus pa-mís. Y yo lo único que puedo es lamentar lo mal que lo invierten, ¡con la de tristezas que hay por el mundo urgidas de unos pocos euros que las atenúen! Aunque, probablemente, pa ellos tales tristezas son cosa de comisiones parlamentarias, conferencias internacionales, protocolos de no sé qué, encuentros en no sé dónde o lazos en la solapa que exhiban como jazmines secos la miseria moral de su decadente cultura. Porque hay que ser decadente si para vivir con tranquilidad basta con colgar de un autobús esa probabilidad dudosa de que Dios no exista.

Si eso es todo lo que necesitan para “despreocuparse” y “disfrutar” de la vida, es para que, creyente o no creyente, pero humanamente honrado, uno se preocupe: podemos imaginar qué suerte le aguarda al mundo de las tristezas cuando el de estas ateo-teológicas desazones se haya sacudido el único peso que, a tenor de lo que dice, es lo que le impide disfrutar (¡más aún!) de un amanecer cualquiera.

Por desgracia, probablemente tengo razón.
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