jueves, 30 de abril de 2009

El adiós del "caballero"

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Se va. Se ha vuelto insolente y se va. No entiendo bien por qué, pero se va. He recibido una carta suya que lo dice. Éstos son los últimos párrafos:


…Tu mundo lo vende todo: frigoríficos, coches, motos, ordenadores, móviles 3G, casas, libros, pueblos… Todo. También la salud, el dolor, la agonía, la tristeza, la desolación, la alegría, el entusiasmo, la pasión, el terror… Y la vida. ¡Y la muerte…! Nada queda fuera del mercado. Tu mundo es indecente porque piensa que el sufrimiento es cosa de los otros, y que estos otros son unas cosas bípedas que salen en los telediarios para morirse a chorros todos los días. Porque es lo normal, porque es “lo que siempre ha sido”. Hasta que, de pronto, un día descubre que él también es vulnerable. Y no se lo cree, y dice “esto no puede ser”. Pero vende su incredulidad. Y fabrica mascarillas a mansalva. Y se reúne. Y hace estadísticas y pronósticos desconcertados… Y vende… ¡Vende! Vacas en vez de cerdos, cerdos en vez de pollos, pollos en vez de vacas… Cualquier cosa en lugar de cualquier otra que se tercie. Y además de venderlo, vende su venta a un pensamiento –el pensamiento–, a una idea –la idea–. Entonces, “se” piensa, “se” habla, “se” preocupa el mundo. Un “se” demasiado heideggeriano para que yo lo soporte.

Me voy a Andrómeda que, como sabes, me gusta muchísimo porque uno se muere cuando le toca. Y los que quedan lloran de verdad su ausencia… Y admiran la grandeza sin suponer que lo son… Me voy a Andrómeda porque sé que no existe y me da lo mismo que vuestras utopías hayan dejado de funcionar: cuando la razón pierde la esperanza en lo que “no es”, se convierte en la caricatura de lo que “podría haber sido”.

Lo siento mucho, amigo mío, pero no tenéis ni idea de lo difícil que es merecer la pena de ser hombre.

P.S.: te dejo un poema “de recuerdo”. Es un fracaso personal, cuya razón me callo, pero se acerca demasiado a lo que os pasa. Lo demás es cosa vuestra.


Perdón por la verdad. Perdón porque soñara
la verdad ser verdad. Perdón por las heridas
que me llevan y arrastro –¡su huella y el dolor!-

Perdón por la batalla y el ruido del combate,
gozoso tras un roce de repente sublime
–una mano en la mano, un vencejo en el aire,
el instante de un tacto que pasó y no sabría
suceder otra vez, ocurrir otro nunca–.

Perdón por el empeño, la terca voluntad
del corazón vencido; por el lirio en la nieve,
la branquia ante el desierto, el día entre la noche,
el siervo del esclavo, el norte y el deseo,
la quilla en la mirada rompiendo lo imposible…

Perdón por el jardín que no hubo primavera.
Perdón porque he perdido la paz frente a unos ojos.
Perdón por tantas cosas… Perdón por la derrota. …

Perdón por no pedir clemencia al desengaño.


(24 de abril de 2009)

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domingo, 26 de abril de 2009

Los lugares y los sitios

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Me duelen los lugares que ya no tienen sitio,
que han perdido su sitio,
aquella propiedad de la memoria
que quedó pincelada en otro espacio.

Me duelen los lugares que ya nada sitúan,
geografías del tiempo sin testigo
que pueda confirmar alguna calle,
algún patio escolar,
algún parque con besos inventados
robado cualquier noche de los ángeles.

Me duele la ciudad que se levanta
sobre la resistencia del olvido.
Sus bloques de viviendas, sus ensanches,
sus altos rascacielos,
sus largas avenidas…
Ese mundo tan raro y tan ajeno
que está del otro lado de las almas.

Parménides ha muerto y los periódicos
no quieren recoger la necrológica.
Tan sólo hablan de Heráclito: predicen
más lugares aún sobre lugares
sin sitio que encontrar,
sin sitio a que volver,
sin sitio de vivir…

Sin ningún sitio.



(26 de abril de 2009)
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jueves, 23 de abril de 2009

Los libros... y nosotros

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Acerca de nosotros saben más los libros que hemos leído que todas las soledades que nos hemos contado.

Con el tiempo, los libros nos arruinan los ojos… Y se enteran, con el tiempo, de nuestras almas. Son pequeños cofres para guardar la vida y proteger nuestras humanas y modestas verdades, que no tienen que ver, exactamente, con lo que luego hacemos y después nos pasa. La alcancía de la memoria auténtica está llena de dioses que cosechamos en palabras ajenas. La grandeza de un libro está en la mirada suya, que nos conoce, que sabe de nosotros tanto, que sólo nos lo puede contar a nosotros. Abrir un libro nuevo es voluntad de alzarse; abrir un libro añejo, ya leído, es deseo de saberse. Por eso, con los años, uno tiende a releer con más frecuencia viejos libros; porque entonces, cuando todo está ya casi hecho, sólo queremos saber si estuvo bien el tiempo, si mereció la pena el tiempo. Si fue verdad la vida...

Si la verdad... fue un libro.

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martes, 21 de abril de 2009

La lección de Geometría

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Hoy, primera lección de Geometría.
Veamos si no sabes lo que sabes:
van navegando, en alta mar, dos naves
a la misma distancia, noche y día.

¿Cómo son las estelas que vería
la vertical mirada de las aves?...
Dos rectas enfadadas, serias, graves,
que sólo el timonel desmentiría.

De voluntad se muere un postulado,
sólo de voluntad: las paralelas
convergen siempre si querer decides.

Mañana, un teorema derivado:
el ángulo que cierra las estelas
es cosa del amor… ¡Qué sabrá Euclides!



(21 de abril de 2009)

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domingo, 19 de abril de 2009

El profeta

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Oír la lluvia es un acto religioso. Lo digo porque lo religioso siempre anda peleando con el tiempo; no el de las palpitaciones del clima, sino el de las demoliciones de los relojes. El taconeo insolente de la lluvia en un patio es una burla para todas las cronometrías. No es un tic seguido de un tac periódico y mensurable, sino un tic sorprendido por dos imprevisibles tacs; o media docena de tacs interrumpidos por dos inesperados tics. La lluvia es un ejercicio de rebeldía contra los cronómetros. Y nosotros, que no somos nada más que galeotes al remo de los segundos, deberíamos venerar su adorable impertinencia. No es exactamente metáfora de la eternidad, sino tiempo caprichoso que ocurre y no puede encarcelarse. Para criaturas como los hombres, que sin tiempo no somos nada y con el tiempo acabamos siendo lo mismo, es todo un ejemplo: no es cosa baladí suceder de modo tan desconcertante para los segunderos. A pesar de Machado y su “monotonía / de lluvia tras los cristales”, yo proclamo la acracia atemporal y liberadora de los días lluviosos.

Tanto adoro la lluvia, que me he convertido en su profeta. Por eso soy impopular. Porque un profeta amparado en la común aquiescencia… ni es profeta ni es nada.
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miércoles, 15 de abril de 2009

El caminante

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A veces, sólo a veces;
sin tangencia real de nada real;
sin posible memoria de que fuera
alguna vez posible;
sin cuerpo, sin verdad, sin cercanía…,
hace el alma equipajes con olvidos;
se levanta de sí, se pone en marcha.

Desde el valle, la cumbre de unos ojos
se convierte en empresa.

Y camina.

Allá arriba, tan lejos,
tan ausentes,
tan extraños,
están mi confusión y mi sentido.

A veces, sólo a veces,
si esos ojos me miran,
me pongo la mochila y la esperanza.


(15 abril 2009)
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jueves, 9 de abril de 2009

Jueves Santo

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En Coslada, Madrid. Tarde de un jueves
hecho de soledades y de olvido.
Tarde de atardecer enmudecido.
Allá lejos, aún se ven las nieves

últimas del invierno –tenues, leves
pinceladas que ya han palidecido–.
Aquí un jardín y un pájaro atrevido
inventan en la luz altorrelieves.

Aquí el muro, la acera, la calzada
vacíos… Y el balcón, su vano en vano.
Hoy, ni mirar se atreve a ser mirada,
ni la caricia al vuelo de una mano.

En Coslada, Madrid, hoy tiene nombre
de soledad la voz, de olvido el hombre.


(9 abril 2009)
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miércoles, 8 de abril de 2009

El aplauso

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A los dieciocho años la vida es algo que está ahí; a los cincuenta y nueve, algo que empieza a no estar donde se espera. A los dieciocho, uno está seguro de que el teléfono lo descolgará alguien. A los cincuenta y nueve, uno empieza a temer que no lo haga. De joven se piensa que la muerte sucede por orden de lista. De viejo, se descubre que ya se ha puesto falta a demasiada gente en el listado. Y uno sale al patio del recuerdo y se encuentra con muchos vacíos, y uno entra en el aula de la memoria y advierte demasiadas ausencias. “¿Qué habrá sido de…?” Los puntos suspensivos siempre traen un sobrecogimiento mudo… ¡Qué habrá sido…! ¿Seguirá siendo ese “sido”?

A los dieciocho años los detalles pasan desapercibidos porque la mirada es enorme y cree alcanzar el otro lado del horizonte. Luego empieza uno a reparar en los perfiles de la insignificancia. Y los vencejos de siempre, se vuelven únicos; y los jardines de toda la vida, rincones irreemplazables; y los atardeceres de todas las tardes, un milagro sin explicación posible. El mundo se llena de cosas que hay que mimar; no de grandes hazañas, sino de pequeñas tareas. A veces, basta con mirar un cielo encapotado con urgente intención de desbordarse, para que parezca hermoso lo que antes se consideraba un fastidio.

A los muchos años, uno se dice: si aún estoy aquí, será por algo Y ese algo, de pronto, se convierte en pregunta. Y la pregunta en apremiante decisión de responderse. Entonces le dan a uno ganas de hacer cosas rarísimas, como observar la propia sombra sobre el suelo y pensar que hay un fotón de luz para el que era necesario que uno estuviera en medio, o quedarse mirando una amapola para que no muera sin admiración su modesta y anónima belleza.

Con los muchos años, uno entiende, de verdad, por qué la vida tiene derecho a nuestro aplauso.
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lunes, 6 de abril de 2009

La mirada del plenilunio

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Mirada ancilar, la luna.
Aquí, la noche insistente.
Ojos en cuarto creciente,
menguante de negra duna.
Y su redonda tribuna,
alta y lejos… Nadie advierte
–sólo esos ojos, su inerte
mirar, de otra luz esclavos–
que en la sangre de unos clavos
morir se dejó la muerte.


(4 abril 2006)
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viernes, 3 de abril de 2009

Una lección de gallardía

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Siempre que ando en desavenencias conmigo, me escapo de estos lugares. De los de ahora y de aquí, no de ésos que son de los de uno de siempre. Y cuando yo digo “de siempre”, todo el mundo comprende que me he ido a la corte de los Austrias más tontos, ésos que pueden justificarse en la historia por haber sido comparsa de los tiempos que supieron de Lope, de Cervantes, de Velázquez, de Quevedo, de Góngora, de Villamediana, de Calderón, de… En fin, del increíble prodigio que fue nuestro XVII. Estos monarcas, súbditos en el fondo de tan alta compañía, deberían estar agradecidos de que la circunstancia así los regalara. Incluso del anónimo adorno popular, que los coronó de leyendas con más gracia que el desaguisado de sus desgobiernos.

Felipe IV se lleva la palma en aquéllas. Un rey que, según es fama, llevaba el cetro donde no correspondía: una cuarta más abajo del ombligo, lugar poco adecuado para ejercer un reino. Tentaban demasiado a Don Felipe los peligros del sexto. Buen susto se llevó con la novicia de San Plácido; aunque, gracias al regio desconcierto, debamos los demás que encargase a Velázquez un cristo que es “El Cristo” que tenemos en El Prado. Muchas más leyendas hay de semejante enjundia. Como ésta, también conocida:

Tuvo Su Majestad desahogo con una hermosa joven a la que entregó cuatro doblones en pago de su disfrute. Luego ocurrieron el tiempo y otras cosas, y en el transcurso de aquél se cruzó una cacería. Y allá que se fue con su espingarda de chispa nuestro real personaje (léase “real” como se quiera, y “chispa” y “espingarda” de igual modo). El caso es que había entre los lacayos uno de esbelta compostura. Al anochecer, llegóse éste al regio cuarto y, en tanto el de los Felipes se adormecía, desnudóse mujer y entró a su lecho. Lo que allí sucedió no es preciso contarlo. Sí la venganza final, sí el cumplido desagravio. Al alba, tras despedirse la que, siendo mujer bella, gentil lacayo se mostrara, arrojó a Su Real Majestad una bolsa con doscientos doblones al tiempo que le decía: así pago yo a mis cortesanas.

A esto llamo yo una lección real de gallardía.
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miércoles, 1 de abril de 2009

Cosas de Prometeo

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Respondiendo a Rafa


No son ganas al cabo: son desgana
las ganas de la noche. Sobra el día,
la promesa del sol en la alcancía
de un corazón cerrado; esa persiana

que no quiere tratar con la ventana
los negocios de la melancolía,
que llora de querer cuanto perdía
ahorrando amaneceres sin mañana…

Sólo eso: el fuego que se aguarda
desesperadamente, la vencida
convocatoria del amor, la guarda
vigilante de un día más de vida…

Sólo eso, ni ganas ni deseo:
¡cosas de acá y de allá de Prometeo!


(31 marzo 2009)
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Nota del viernes 3:

Era natural que Rafael Herrera, o el embozado, respondiera. Hoy lo ha hecho con la impecable elegancia que le caracteriza. Buscad abajo en los comentarios. Además, como él dice ...en estas estrofas las hay para ti, para Antonio Serrano, para Sunsi, para Olga, y creo que también alguna para mí. Gracias, amigo mío, desde el otro extremo del Mediterráneo y al norte de tu Córdoba, si no me confundo.