Ir al contenido principal

Especie en extinción


La vida natural es como un diccionario de necesidades: a la derecha de cada una de éstas aparece escrita la correspondiente satisfacción; y una serie de notas, un exquisito prospecto del proceder debido en cada caso. Por eso lo que uno admira en la naturaleza es la cantidad de respuestas, el disciplinado desarrollo del ser tras la rara afirmación que lo convierte en ser vivo, que, al cabo, es una auténtica peculiaridad ontológica. Pero si en tales diccionarios buscamos la palabra “hombre”, a su derecha no encontramos nada. No ha previsto la naturaleza respuestas eficaces para esta criatura del misterio, no satisfacciones universales, no necesidades de identidad específica. En realidad, su gran necesidad es necesitar; no alisar desniveles, sino provocarlos; no taponar brechas, sino abrirlas; no consumar equilibrios, sino arriesgar locuras. Por eso lo que nos sorprende del hombre es la inmensidad de sus preguntas.

Nada hay peor, nada más aberrante, nada más contrario al ejemplo de generosidad de la naturaleza, que el empeño por disolver unos modos de ser en otros. No se puede leer un texto sin signos de puntuación, no se pueden mezclar conclusiones y premisas. Hay un punto y aparte entre el ser humano y las demás criaturas. Hay una conclusión que habría que mantener siempre a salvo y vigilar su perpetuación.

Uno entiende que haya organizaciones que velan por la supervivencia del gorila, del lince, del oso pardo… Uno comprende que se quieran mantener las espléndidas definiciones del diccionario natural que nos admira. Lo que uno no logra entender es el manifiesto desinterés por la especie de las preguntas inmensas, o, por mejor decir, la descarada tozudez por negarle el vacío grandioso de su misterio... con unos pocos renglones, con una rancia respuesta.

Comentarios

Entradas populares

La metáfora amable

El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los h...

La tristeza de la inocencia

Por Julia y a su hijo Julio Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa? …Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades... Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros. He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desco...

Napoleón y el ruido

. Lo he oído de dos formas sutilmente diferentes: la música es el más bello de los ruidos, pero ruido al fin ; y, la música es el menos molesto de los ruidos … Se parecen, desde luego, pero la primera afirmación suena más física y la segunda más militar , más napoleónicamente militar . Es probable, no obstante, que el tímpano de Napoleón, acostumbrado al eco grave y sordo de la pólvora negra, estableciera tan duro contraste entre el ruido y la música con intención que se nos escapa: tal vez pretendía dignificar a aquél, antes que menospreciar a ésta. Si así fuera, yo aplaudiría la frase porque la pólvora negra estalla con la cadencia subterránea y profunda de una tragedia griega. La otra, sin embargo, la que llaman sin humo –la de nuestros días– revienta los oídos como una telenovela hortera de media tarde. Naturalmente, esto es una apreciación muy personal. Lo que es evidente es que hay vibraciones de las moléculas del aire que incomodan – ruidos – y otras que no – música –. Las prime...