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Los pequeños elegidos

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Para ti, Antonio, arquetipo real de mi irreal ‘caballero inactual’, tras ese sereno “todo esto para morirse uno” que me has dicho esta mañana embozado tras una mascarilla de oxigeno. Aunque tú y yo sepamos que ese plástico era de mentira… Porque lo que a ti te va es el fieltro galante de una capa y el taller de un piropo regalado a los ángeles.
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Dios también tiene pequeños elegidos; no todos son de titular y portada. Dios también coloca modestos catalizadores entre los hombres para que este montón de pequeñas circunstancias que somos los demás aprendamos a escribir la tilde que no vemos –ni nos permite la gramática– en la vida. Son un regalo que se parece a los jardines en primavera, algo que surge de vez en cuando para poner entusiasmos en el horizonte de nuestros ojos. Un lujo de la vida que convierte en superfluo todo el tejemaneje de la historia para humanizarnos. La humanidad, moralmente hablando, precede a su discurso y su proclama; es un proyecto genético-divino que ignoramos con una facilidad pasmosa. Por eso necesitamos de esta gente, cercana, común y grande, que tenemos al lado durante años sin casi darnos cuenta; gente que sufrió hachazos indecibles en su modesto transcurso y, sin embargo, siempre anduvo regalándonos con el buen humor de la esperanza.

He tenido la suerte de conocer a gente así. Algunos, por cierto, fuera de la ortodoxia circunstancial de los calendarios de su tiempo; y ya sabemos hasta qué punto es estúpidamente acomodaticio esto del tiempo. La verdad de la vida, sin embargo, es una cosa que aprende a interpretar el corazón cuando es dictado de la buena gente. Se escriba en los renglones que se escriba, hay cientos de pequeños elegidos que nos hablan de ello a su manera.

Y conviene estar atentos siempre, no sea que por nuestra dejadez nos pasen desapercibidos.
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Hoy cinco de abril, una semana después, te han quitado la mascarilla. Ya puedes respirar un aire mucho más limpio y de más altura. Da un beso a mamá, tu hermana, y a todos los demás. Echaremos de menos tu vitalidad y tu buen humor de siempre. Mucho, Antonio... No sabes cuánto.

Desde nuestra tristeza, un fuerte abrazo.

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