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Entre la posverdad y la preverdad

  Veritas? Quid est veritas? Se preguntaba escéptico o irónico Pilatos en su inesperado encuentro con la Trascendencia…   Nosotros ya no nos hacemos preguntas de ese calado, ni siquiera escéptica o irónicamente. Tal vez porque la Trascendencia ha perdido el interés por nuestra insignificancia o quizá porque hemos adulterado tanto la verdad que somos incapaces de curiosear en sus profundidades. Por lo pronto, de un tiempo a esta parte, la hemos escoltado de compañeras bastardas, muy poco recomendables y aventajadas discípulas del confusionismo y la mentira. Primero fue la posverdad que llegó a adquirir galones semánticos y pudo figurar en el diccionario de la RAE. Por ahí anda ahora una callejera ─todavía─ y no menos repugnante preverdad haciendo méritos para colonizar nuestro vocabulario y, lo que es peor, nuestro pensamiento. De la primera, ya sabemos que, como dice el DRAE, es deliberada distorsión de realidades y manipulación de creencias, esto es, magisterio de demago...

El imperativo categórico, la pandemia y la lejanía moral

  La formulación, en mi opinión más elegante, del imperativo categóríco kantiano aparece en la Fundamentación de la Metafísica de las costumbres y dice así: obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio. No creo yo que un acto que merezca el aplauso de la recta moralidad pueda apartarse ni un ápice de esa idea de la humanidad como fin   único del mismo. Y no se trata de moralinas o buenismos ortopédicos, esos artificios morales que tantos se calzan para caminar por encima de la basura que ellos mismos unas veces provocan, otras consienten y las más instrumentalizan para sus impresentables ambiciones. Por otra parte, cualquier concepción del ser humano pensada con mayúsculas (soy consciente de que en estos días hay punteras personalidades a las que esto les resulta imposible) es moralmente incompatible con las ideas de medio o instrumento, es decir, con su cosificació...

Delirios decadentes de un viejo platónico

Un día te levantas y descubres que el alma cojea, que apoya el pie sutil en un vacío y pierde el equilibrio porque no encuentra el cuerpo donde habita. Y se tropieza. Y cae entre los muebles de siempre, que siguen donde siempre con esa parmenídea vocación de ser refugio de las sombras. Porque las sombras se quedan pegadas a las cosas, no se mueven jamás de donde estaban, no acumulan paisajes ni aventuras nuevos; ni sucesos comunes o infrecuentes, distintos de sí mismos. Son sólo testimonio imperturbable de un ayer irreal en el que fuimos –quién sabe– un poco más felices de lo que hoy nos pensamos.   Un día, mientras el alma va dando tumbos entre las cosas, que son como el disco duro de nuestras vidas, te das cuenta de que el cuerpo no está ya donde ayer lo dejaste, que en su lugar hay una caricatura tuya, ajada y derrumbada, sin brillo ni vigor, sin carnal entusiasmo. Una carcasa estrecha o ancha que se ajusta en modo horrible a las ideas que de ti te quedan. Algunos se rebelan e...

Bajorrelieves del silencio

De un tiempo a esta parte tengo ganas de muy pocas cosas. O de cosas muy simples, de cosas muy-poca-cosa . Cosas que no he advertido casi, que fueron y, tal vez, no me di cuenta.   Tonterías quizá; humildes alegrías o modestas tristezas. Sonidos que vibraron en lejanos rincones un día que no sé cómo pudo enterrarse en tanto olvido.   De un tiempo a esta parte me cansan las palabras, las errantes palabras que van de boca en boca y dejan mal aliento. Y embrutecen audiencias y trafican con sueños inocentes que venden luego al diablo.   Me apetece hablar conmigo sin embargo. A solas, claro está, a solas y apartado; no a voces con el mundo, rodeado de gente.   Me apetece leer los jeroglíficos de los bajorrelieves del silencio y estudiar la arqueología de las almas, la ruina de sus triunfos y sus glorias, de un tiempo a esta parte mientras todo es lo mismo: lo que pasa y me cuentan, lo que es y detesto; la falaz correcció...

El pequeño plural

  Qué rara sensación   vivir tan cerca de dejar de vivir y no importarme, ni querer apremiarlo o entorpecerlo, ni desear que ocurra o que se impida. Qué raro así vivir, con todo ya camino de su nunca, sin mi gente, que ya sólo en los álbumes habita, sin las calles aquellas, sin aquellas palabras que ordenaban el destino y las horas amables... Ya no acampan los sueños en mis noches, ni en mis días las vigilias fabulan horizontes. Todo parece ya que está cumplido, que no hay después que aliente al viejo ahora ni hazaña que cumplir. No queda tiempo. Qué rara sensación seguir paseando con esta indiferencia por las calles que fueron de mi gente, repitiendo   los verbos que aprendiera de sus labios, sin importarme ya que nada sea o deje ya de ser… Y, sin embargo, aborrecer tener que así perderos, mi   pequeño plural, que aún tanto amo.   30 agosto 2020     Foto original de Alex Carrillo

La tristeza avergonzada

  De las muchas tristezas que hasta ahora han traído estos pandémicos meses, no es la menor para mí la invocación a los “chamanes de la tribu” (léase influencer ) con que se pretende concienciar a los más jóvenes ante su presunta indiferencia por nuestros presentes males. Lo he visto y oído hacerse y decirse, con total impunidad y sin ningún pudor, a altos cargos, a medianos cargos, a portavoces de unos y otros, a colaboradores psicologizados y psicólogos “colaborizados”, a presentadores de telediarios, etc., etc. Todos remitiéndose a los datos sobre el significativo descenso en la edad promedio de los contagios. Treinta y ocho años son las últimas cifras al respecto, y se arguye que seguirán bajando. La avergonzada tristeza surge porque la hipótesis que ampara el recurso a esas personas, de tan granada influencia, es que a los más jóvenes no les ha llegado el mensaje con claridad ni han entendido el drama terrible de las cuarenta mil muertes habidas entre la soledad más cruel y la...

La admiración y el desprecio

  …el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio . Es un final optimista. Esperanzador, al menos. Aparece en la última página de La peste. Durante nuestro confinamiento pasado circuló por las redes otra cita, falsamente atribuida a Camus y a la misma obra, que decía, precisamente, todo lo contrario: Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso. Lo gracioso del caso es que, en aquellos momentos, el texto que debería haber circulado es el que recojo primero; porque entonces, en aquellos días de silencio y melancolía por las calles, había gente, ancianos sobre todo, muriéndose a borbotones ...