miércoles, 26 de octubre de 2011

Cosas de otoño y del alma

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Ocurre cuando otoño se olvida de tonterías y se acepta sin más, cuando deja de coquetear con lo que ya no puede ser y se decide a sí mismo, a la arrogancia melancólica de sí mismo, a los fríos improvisados, a las primeras lluvias.

Ocurre una tarde cualquiera de temprano octubre si es un otoño serio y como Dios manda, o de octubre tardío –de octubre casi noviembre– si es un otoño-viejo-verde y galanteador, un otoño de ésos que tanto pasan últimamente porque, como todo, quiere alargar su verano más allá de lo posible.

Ocurre de repente. Miramos a través de la ventana, y el día está en silencio. Llueve, y la luz no suena. Y el sol, el último sol del último verano, se hace nudo en la garganta del paisaje.

Ocurre sin querer –quiero decir, sin que nosotros queramos– a lo largo de siempre. Miramos a través del alma, y el mundo está en silencio; y nosotros estamos en silencio… Y el sol, el último sol de la última hazaña inviable, se hace nudo en la garganta de la vida.

Porque sabemos, como el otoño sabe, que la siguiente primavera es empresa que ya no nos concierne.
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lunes, 24 de octubre de 2011

Sueños

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Hay horas que jamás tuvieron días
para ser y contarse, horas rotas
que giran en el cielo por órbitas extrañas
soñando aterrizar en un reloj cualquiera.

Son horas con sucesos prodigiosos
que conservan un tiempo que no ocurre
ni nunca ocurrirá porque la historia
sólo es fragua de hazañas sin sorpresa.

Pero a ellas les da igual:
como el polvo de un astro reventado,
giran alrededor de días hostiles
por la pureza de no haber sucedido.

A veces cae alguna en la atmósfera de un sueño
y deja un arañazo en la razón del hombre,
un reguero de luz como una estrella
de ésas que no lo son y aran el cielo.

A veces pasan cosas en el alma
que no ocurrieron nunca,
que no tuvieron días para ser y contarse,
ni nunca tendrán horas donde escribir el tiempo.



23 octubre 2011
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miércoles, 19 de octubre de 2011

El pensamiento breve

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Ni la verdad ni la esperanza ni la justicia consisten en “gestos” o “frases”. Éstas, las sentencias sorprendentes –a que tan adicta fue mi generación–, son la consecuencia de una entrenada cultura, de un ser humano troquelado por los mensajes breves y acostumbrado a reaccionar ante los relámpagos, más o menos impactantes, de un anuncio. Porque si el pensamiento es más largo que un destello, ya no se soporta; sólo aburre y, por consecuencia, se ignora. La cultura que nos queda está hecha de flashes, configurada por unas lucecitas que destacan ocurrencias puntuales mientras dejan en sombras la causa real y ciegan la posibilidad de pensar su “y-luego-qué”...

Guste o disguste, nuestro tiempo es de titulares y efectos especiales; un tiempo leído en pancartas más que en libros, súbdito de la publicidad y el marketing, siervo no consciente de serlo, que es la más triste de las servidumbres humanas. La promisión de la justicia futura recurre a los mismos mecanismos que la comercial promoción de cualquier gilipollez innecesaria. Occidente está agotado si no tiene un proyecto. Y Occidente, se mire desde sus rascacielos o desde sus plazas, ya no sabe tenerlo.

Así que, guste o disguste, la esperanza se vende en las calles con la misma estrategia que un automóvil o un desodorante. Aunque, si no funciona, si se trata de un producto adulterado, carece de garantía: nunca nos devolverán el tiempo y la vida que invertimos en soñarla.

Son cosas que descubren, más temprano o más tarde, los consumidores habituales de esas lacónicas promesas.
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domingo, 16 de octubre de 2011

El escéptico

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A mis años es muy difícil reconvertir la fe. Si se tiene, naturalmente; si no se tiene, es imposible crearla, por mucho que digan. El hombre es un animal que siente libremente –alegría, tristeza, desesperación, confianza, indignación, beneplácito…– y que sabe que siente. Después, es un animal que piensa y cree saber lo que piensa. Pero ya no siente, ya ha convertido su sentimiento en una red de ideas; no platónicas, que son por sí mismas; sino cartesianas, que son por el pensamiento. A partir de entonces, el hombre cree verdad lo que aquél urde. Y lo adora y lo convierte en proyecto. Así nacieron todas las ideologías: de un sentimiento real que “se” pensaba libre. Pero también así murieron todas: de un “pensar adiestrado” ya incapaz de sentir nada. Por eso cometieron todo género de iniquidades, porque ya no sufrían con el dolor de nadie ni gozaban con la felicidad de ninguno, sólo aspiraban a atrapar en su red de ideas a todos los hombres.

Es ley de vida. O, mejor dicho, ley de historia; ley que acaba llamando libertad a la negación de su viejo sentimiento.
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martes, 11 de octubre de 2011

La tristeza de Teilhard

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…para un marciano capaz de analizar tanto psíquica como físicamente las radiaciones siderales, la primera característica de nuestro planeta sería ciertamente la de aparecerle no ya azulado por sus mares, o verdeante por sus bosques, sino fosforescente de Pensamiento.

Teilhard de Chardin. El fenómeno humano.




Demasiados iconos prescindibles.

Demasiado cartel de signo vacuo.

Demasiadas palabras sin palabra
que merezca la pena haberse dicho.

Demasiada señal por todas partes.

Por aquí, por allá… Por las moléculas
del aire tembloroso. Por la tinta
común de los bolígrafos… Por páginas
de blanco maltratado o autopistas
de apremiante vaivén y banda ancha.

Demasiado de todo… Demasiado
algoritmo sin cálculo y propósito
creyéndose ecuación innovadora.

Demasiado de nada que se quiera
lo bastante a sí mismo.

............................................Enajenada,
cruza la noche el alma como un astro
que supo amanecer... Y atardeció,
costra seca de sombra en el vacío.


11 octubre 2011
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viernes, 7 de octubre de 2011

Películas viejas

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Cuando yo era niño, es decir, cuando el tiempo no existía, se ponían muchas películas de submarinos. Había en ellas, naturalmente, buenos y malos; sin paliativos, porque mi Era es anterior a la Corrección Política: a. C.P. (un “aséptico” indicativo cronológico, por cierto, que desde aquí propongo a la “delicada” estupidez de los muchos “puros” que en Occidente habitan; la BBC, por ejemplo). Según cayeran unos u otros por encima o debajo de la superficie del mar, yo sufría más o menos. Pero siempre se repetía una escena “clásica”: el destructor descubría al submarino y empezaba a hacerle la vida imposible. Entonces, el submarino se iba al fondo. Y se detenía. Y se quedaba en vilo, a enorme profundidad, con su inmóvil tripulación sudorosa, escuchando el bip-bip creciente del sónar y temiendo la ocurrencia de lo peor bajo las cargas de profundidad de los buenos –o malos, según correspondiera–. Si las cosas iban bien, el bip-bip se diluía lentamente y acababa perdiéndose en un raro silencio. Entonces el capitán, que era la metáfora etérea de la virtud –o de la perversidad, según tocara–, pulsaba el interruptor de su micrófono y ordenaba con triunfante sonrisa: ¡A toda máquina!

Esta película la he vivido mil veces en días de melancolía y desaliento, que es cuando el alma se va al fondo. En ese fondo he detenido los motores mientras respiraba el poco oxígeno que los destructores me consentían. En ese fondo he aguardado el paso de los acorazados y los despropósitos… Pero ahora, que es tan tarde, el capitán se ha hecho viejo y el submarino herrumbroso…

Y no hay tripulación a que ordenarle nada, absolutamente nada, con una sonrisa triunfante.
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martes, 4 de octubre de 2011

Discurrió en ambiente festivo…

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Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

Miguel Hernández


No lo entenderé nunca, por más que lo lea con agobiante frecuencia: “la manifestación se caracterizó por el ambiente festivo…” Si uno fuera extraterrestre y estuviera recién caído en la Tierra, pensaría que la gente se sentía feliz, que celebraba algo extraordinario, tan extraordinario que lo festejaba en las calles con volatines, tambores y panderetas.

Lo que pasa en el mundo, lo que pasa en España, lo que entre nosotros ocurre (mejor dicho, lleva ocurriendo veinte años) en “educación”, es tan dramáticamente serio, que la escenificación jocosa de sus consecuencias resulta ofensivamente patética.

No hay que quemar contenedores ni romper escaparates, por supuesto; pero tampoco hay que deambular, estúpidamente sonriente y “disfrazado”, para denunciar la incompetencia de quienes nos gobiernan o la injusticia con que lo hacen… A no ser que la denuncia sea una estafa, un fraude sustitutorio –estratégicamente concebido por el “poder confuso” de la demagogia– para invertir la torpeza “del otro” en beneficio propio y blanquear su despropósito en la iniquidad de siempre.

A veces se echa de menos la seriedad del hombre. La seriedad aquella que se dolía de sí misma…

Y de sí misma seriamente hablaba.
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Imagen obtenida de
http://www.elmundo.es/index.html?a=GRU3a32267d29eed3055f33c86080d5c3e9&t=1317766487

domingo, 2 de octubre de 2011

La verdad, ese humano deber

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…Quid est veritas?


La verdad es una obligación. Para el ser humano, naturalmente; para las demás criaturas, no. Las demás criaturas son lo que les ha tocado ser. Y no encuentran problema en ello; por eso los geranios se limitan a ser geranios y los saltamontes, saltamontes. La verdad para la naturaleza es la herencia del tiempo acumulado. Las plantas y los animales sólo tienen que vivir de aquélla e invertirla en la prole que habrá de sucederles. Ellos sí que pueden decir que “el mundo está bien hecho”; o, simplemente, que ya está hecho. El hombre, sin embargo, nace sin riqueza y sin verdad. Su herencia es pobre; miserable, diría: apenas tres o cuatro muebles para adornar un edificio desnudo. Y a partir de ahí, tiene que hacerlo todo: descubrirse, ganarse, reinventarse, quererse... ¡Todo! El hombre es el único animal construido naturalmente para conocer el mundo a costa de no saber de sí mismo. Por eso estamos en las metafísicas antípodas de la vida: todos los seres menos nosotros saben la verdad de lo que son; y cumplen con ella rigurosamente. Jamás pastará el lobo ni cazará la oveja jamás. Nosotros, sin embargo, tan atentos y pendientes, tan inquisidores de la exterioridad, tan capaces de predecir la posición de los astros o la evolución de las tormentas, ante un niño, ante la humana pequeñez de un niño, nunca podremos aventurar la imprevista invención de sí mismo que acabará siendo. Nunca, por mucho que sepamos escribir en los laboratorios la ecuación ya resuelta de su modesta esencia.

Una pena, sin embargo, lo poco que la verdad ya nos importa.
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