lunes, 31 de marzo de 2008

La otra gula


Tengo el ánimo para pocas lindezas. Una especie de empacho semántico. Una indigestión de palabras. Debería consultar a un especialista y, sobre todo, vigilar la dieta de adjetivos: su abuso aumenta el colesterol del alma.

Por la boca muere el pez; no sé si sería oportuno añadir, y por la palabra el hombre. Mejor, no: podría entenderse lo que no se debe, incluso, algo injusto. Me acuerdo de Zenón, el estoico, el de Citium: la naturaleza nos dotó de dos orejas y una boca, porque hay que escuchar más y hablar menos. Elemental proporcionalidad aritmética. Hablar o… escribir, qué más da.

En El caminante y su sombra, Nietzsche enuncia este aforismo para una moral de constructores: Una vez construida la casa, hay que quitar los andamios. Estoy de acuerdo, pero la moral principal está en la relación estructura-edificio, no sea que al quitar una –la estructura–, resulte que el otro –el edificio– es nada: indigesta verba, simplemente.

Debo hacerme un chequeo inmediato para ver si el aparato digestivo del silencio funciona como es debido. A partir de cierta edad, hay que vigilar el metabolismo del lenguaje.

domingo, 30 de marzo de 2008

Servicio de imaginaria


Están dormidas. La mayoría. Algunas remolonean durante la larga noche. No sé por qué me toca tan a menudo este servicio. No es que sea duro: en realidad, no hago nada. No paso frío ni calor, no tengo que soportar la lluvia ni la nieve ni que me duelan los ojos con el frío del amanecer o con el sol que cumple puntual la obligación del día. Sólo tengo que estar. En vela, desde luego, pero nada más. Cumplir la imaginaria consiste en eso, en vigilar el sueño de todas las almas. Sólo en eso; para que, cuando amanezca, se calcen la vigilia de su ilusa voluptuosidad.

Las sirenas


Me mintieron. No son hermosas ni seductoras sus voces. No confunden con noticias de paraísos caídos en islas fascinantes ni crece mi sabiduría por oírlas. No dicen nada que no sea dolor o aviso de tristeza. Su canto es advertencia de oscuros alborotos, de incendios, de enfermedades, de agonías, de muertes... Desatadme y huyamos de este infierno.

Cruza de nuevo otra sirena inquietante.

No sé qué ocurre los domingos de madrugada, pero hoy quisiera descansar en Ítaca contigo .

viernes, 28 de marzo de 2008

La ciudad hostil


Al recuerdo de Lorenzo Goñi y de aquellas ilustraciones que enamoraron mi infancia


Ya no quedan tejados con tejas de rojo apagado y triste, o pardo rojizo, oscuro, un punto brillantes en días de lluvia. Miento: no quedan o quedan apenas, sobre casitas viejas y ruinosas a veces, a punto de abandonar alzados para convertirse en solar provisional y luego en edificio de catorce plantas y mil cuatrocientos “apartamentos inteligentes”, con un 'cuarto de estar salón cocina dormitorio baño trastero plaza de garaje' convertible, en cualquiera de sus siete usos, con sólo pulsar un mando a distancia. Ya no quedan, o a mí ya no me da la vista para verlos, tejados en Madrid, como aquéllos de Goñi que hacían evidente la curvatura espacio-tiempo en las páginas del ABC de los domingos, ni gatos en centinela de altura con su atenta indiferencia por la ciudad inferior, ni chimeneas pequeñas de hojalata con capirote oscuro y humo de cocina recién encendida.

Hoy he visto gatos en el aparcamiento, gatos que han echado pie a tierra y se han vuelto decididamente subterráneos, que se han convertido en criaturas de luz de neón y en habitantes del primer, del segundo, del tercer sótano. Pobres gatos desalojados del día, sin vigilancia que atender ni rondas de amor bajo la Luna llena. En breve se harán de porcelana para que no maúllen como en el tango ese del número 348 de la Calle Corrientes.

Ni gatos, ni tejados curviamorfos, ni Goñi, ni gente que conozca por las calles… Definitivamente, la ciudad ha prescindido de mí.

jueves, 27 de marzo de 2008

Las puertas del misterio


La calle del Sacramento, en ese Madrid viejo que llevamos en el alma quienes de verdad amamos Madrid, es una calle de hermosas leyendas. Siempre me atrajo aquélla, conocidísima, del galante guardia de Corps, un pinta donjuanesco de pasión mudadiza, que acabó en fraile, como es de rigor en estos casos. Recuerdo lo importante: noche desapacible y guardia en Palacio; el de Corps disfraza obligaciones y se da un garbeo por calles misteriosas (y en silencio, no como ahora). Cruza la del Sacramento. Un balcón y una bella mujer de carne y hueso. Tonteo arriba, tonteo abajo. Resultado: noche de vehemencia, besos, abrazos y… lo que se supone. Despedida precipitada al alba, tras oír el toque de relevo en la magna residencia. Ya en la calle Mayor, ¡Santo Dios, qué despiste!: se ha olvidado el espadín. A desandar lo andado. Y entonces… el prodigio: la casa de hace un momento, vieja y en casi ruinas. Silencio, telarañas, vacío… Y en una habitación de polvo y sombras, sin lecho ni memoria de pasiones encendidas… ¡el espadín olvidado!... El guardia, naturalmente, se fue a un convento.

A mí me gusta. Y me sorprende, una vez más, la permanencia del alma. Quiero decir, que una leyenda de esta belleza hoy sería una película de saltos cuánticos, enlazando túneles del tiempo y ambivalencias onda-partícula, presumiendo a Schrödinger o flirteando con su gato (como yo) en endecasílabos al atardecer.

Pero, lo reconozco, la leyenda popular es mucho más hermosa: en ella se abren las puertas del misterio y de la ensoñación; en lo demás, se apagan uno y otra, y se enciende la justificación venerada de las ecuaciones.

Es nuestro siglo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

El epitafio de Don Quijote


Ni el del Cachidiablo, académico de La Argamasilla, ni el del bachiller Sansón Carrasco tienen que ver con la realidad. El verdadero epitafio de Don Quijote, dictado por él mismo en un rebufo de conciencia, que, no se sabe por qué, Don Miguel silenció, fue éste:

Si el tiempo no es cabal, alejaos del tiempo. No merece la pena hacer curso de su enemistad. Los sueños no envejecen ni olvidan. No son ellos los derrotados, sino nuestro comercio con el mundo.

No entiendo cómo a Unamuno le pasó inadvertido.

martes, 25 de marzo de 2008

La indolencia


Hay días de intención precaria que no quieren salir de sí, que se conforman con su enmudecida vulgaridad, que empiezan con ánimo indigente y ataduras en el alma, que se miran a los espejos y no se reconocen tiempo. Son días que no saben muy bien qué hacen ahí, colgados en un calendario; que son como un reloj roto, con las manillas inmóviles en una hora absurda en que lo único importante que sucede es su propia avería. Hay días de torpe centinela aguardando un relevo que no acaba de llegar.

Uno intenta espabilarlos a fuerza de empujones en las horas; y empieza a preparar tareas que mañana serán inaplazables. O abandona las tareas, aplazadas al cabo, y abre un libro y lee un rato. O deja el libro y enciende este silencio de diecisiete pulgadas para escribir silencios que no tienen tamaño. O sale a la calle y repara en las primeras hormigas que trepan por el tronco de una acacia aún desnuda… Ni por esas. El día, cruelmente parmenídeo, sigue ahí, con su tedio insolente, con su vacío insultante.

Entonces es cuando empieza el remordimiento, porque no hay derecho a que haya días de esa raza. No, si uno sigue vivo, no si el mundo sigue siendo doloroso, no si en alguna parte unos ojos ven caer su última sombra, no si un cáncer se está comiendo a un hombre o si un grito desgarra una tristeza, no si un poder acaba de fundar una injusticia… No hay derecho a este lujo de la desidia, no hay derecho a los días que se cuelgan de las paredes y no hacen nada a cambio.

No hay derecho a la indolencia.

lunes, 24 de marzo de 2008

Entender lo que no es "entender"


La voluntad siempre es parámetro de valoración de nuestras acciones como buenas o malas, como audaces o cobardes, como sensatas o estúpidas. Y esto no sólo en moral, sino en cualquier empresa que acometamos. Imaginemos, por ejemplo, que un sujeto quisiera investigar la temperatura de los decibelios o la longitud de los litros. No habría problema de conciencia para calificar al estudio de incomparable sandez; y al estudioso en cuestión, con parejo atributo. Ya sabemos que la ignorancia es atrevida, pero también la inteligencia debe serlo. Por lo menos, cuando enuncia hipótesis audaces, ésas que acaban en revoluciones científicas, según Kuhn dice. Pero de ello, naturalmente, no se desprende que todas las hipótesis valgan. Tienen que cumplir ciertos requisitos; porque si no, la audacia se convierte en tontería. Por ejemplo:

¿Alguien ha oído hablar de la teoforina? La teoforina es una hipotética proteína que podría, si se descubriese, explicar la experiencia religiosa del ser humano (algo así como la feniletilamina y el amor). Como juego metafórico lo expuso Carl Sagan en 1985 en las Conferencias Gifford, que, desde el siglo XIX, pretenden promover la Teología Natural. Dejando aparte que los términos teología y natural se acoplan, tal y como aquí se entienden, con naturalidad dudosa, lo cierto es que Sagan no pretendía la búsqueda de la religiosa molécula, pero resulta evidente que se podría explicar la fe si se descubriese algo así. Quiero decir, que su voluntad era clara y, lo siento mucho, claramente estúpida.

Pero mucho más claramente estúpida es la noticia que he leído esta mañana, donde la intención no es metáfora, como en Sagan, sino proyecto real; con dos millones y medio de euros, por cierto, de presupuesto. La fundación John Templeton ha destinado este capitalito (probablemente no haya destinos más prioritarios) al Centro Ian Ramsay para averiguar por qué los hombres (algunos, supongo) seguimos creyendo en Dios. Estoy casi seguro de que el objetivo es descubrir la teoforina.

Puedo entender a los ateos y a los agnósticos; puedo entender el credo quia absurdum, creo porque es absurdo, de Tertuliano; puedo entender (mejor en este caso) el credo ut intelligam, creo para comprender, de San Agustín… Pero nunca entenderé que se pretenda entender nada para creer algo, o para acabar con quienes creen en algo. La incompatibilidad de esta secuencia, si se quiere investigar, es semejante a la pretensión de averiguar la longitud de un litro: una llana estupidez.

Queda claro que hasta la Diosa Ciencia Consagrada hace el tonto. A ver si dejan en paz, de una vez por todas, ese vacío inmenso del Misterio, que no es vacío porque nada tenga, es vacío porque no debe llenarse de razones: ¡es el corazón del hombre!

domingo, 23 de marzo de 2008

Especie en extinción


La vida natural es como un diccionario de necesidades: a la derecha de cada una de éstas aparece escrita la correspondiente satisfacción; y una serie de notas, un exquisito prospecto del proceder debido en cada caso. Por eso lo que uno admira en la naturaleza es la cantidad de respuestas, el disciplinado desarrollo del ser tras la rara afirmación que lo convierte en ser vivo, que, al cabo, es una auténtica peculiaridad ontológica. Pero si en tales diccionarios buscamos la palabra “hombre”, a su derecha no encontramos nada. No ha previsto la naturaleza respuestas eficaces para esta criatura del misterio, no satisfacciones universales, no necesidades de identidad específica. En realidad, su gran necesidad es necesitar; no alisar desniveles, sino provocarlos; no taponar brechas, sino abrirlas; no consumar equilibrios, sino arriesgar locuras. Por eso lo que nos sorprende del hombre es la inmensidad de sus preguntas.

Nada hay peor, nada más aberrante, nada más contrario al ejemplo de generosidad de la naturaleza, que el empeño por disolver unos modos de ser en otros. No se puede leer un texto sin signos de puntuación, no se pueden mezclar conclusiones y premisas. Hay un punto y aparte entre el ser humano y las demás criaturas. Hay una conclusión que habría que mantener siempre a salvo y vigilar su perpetuación.

Uno entiende que haya organizaciones que velan por la supervivencia del gorila, del lince, del oso pardo… Uno comprende que se quieran mantener las espléndidas definiciones del diccionario natural que nos admira. Lo que uno no logra entender es el manifiesto desinterés por la especie de las preguntas inmensas, o, por mejor decir, la descarada tozudez por negarle el vacío grandioso de su misterio... con unos pocos renglones, con una rancia respuesta.

viernes, 21 de marzo de 2008

La idolatría del signo


Todo empezó con la crisis de identidad de la Metafísica, aquella depresión que le atacó el sistema nervioso (semántico, quiero decir) cuando la hija mayor se le fue de casa, cuando la Filosofía Natural, que entre los amigos acabó usando el hipocorístico Física (que es como Choni respecto a María de la Ascensión), se fue a ver mundo por su cuenta y riesgo, dejando entrever que mamá Ontología empezaba a chochear. La cosa empeoró en el siglo XVIII, en que las hermanas menores quisieron seguir el mal ejemplo. Hume, primero, y Kant, después, aplicaron su cruel análisis para decirnos que los conceptos, otrora brillantes, de la Filosofía Primera no eran sino afeites para disfrazar su decadencia. El escocés los convirtió en meras palabras que no contenían nada; el de Königsberg, en un especie de estanterías vacías (categorías las llamó él), tan hueras como las de Hume, pero destinadas a que colocásemos en ellas los fenómenos, físicos por supuesto (me callo historias posteriores, como el Neopositivismo, para no espesarme).

Resultó, pues, que la Filosofía, que había imperado como referente de verdad durante dos mil años en Europa, estaba llena de signos (emplearé éste término para referirme a “significante”; lo aclaro para protegerme de los puristas) sin significado. No es de extrañar que pronto se extendiesen las salpicaduras de ese destrozo a otros quehaceres del hombre. Roto el valor del signo, éste se fue convirtiendo en otras cosas, siempre como corte ancilar de la intocable ciencia, naturalmente. Y la mancha del horror llegó al arte, y mordió en la poesía, y arruinó la moral, y… Bueno, ya sé que se me tachará de catastrofista, pero me da igual.

Lo cierto es que el hombre es un animal semiótico por naturaleza, y destrozar los signos es destrozarle a él. El niño goza de la intuición genética de ese valor. Por eso, cuando empieza sus primeros tratos con la palabra escrita, trata de emular su grandeza. ¿Quién no ha visto a un párvulo que, sin saber leer todavía, abre un cuento y empieza a parlotear como si estuviera leyendo realmente?, ¿quién no se lo ha encontrado haciendo circulitos o rayajos en un papel para decirnos después que estaba escribiendo su nombre?... El niño intuye una mágica relación entre aquellas menudas oscuridades, que no entiende, y algo que debería entenderse desde ellas. La aberración cultural nuestra consiste en perpetuar ese estado de invención, mantener a la gente en la idea de que el significado del signo procede del santo antojo de quien lo exhibe. Por eso cualquier tontería, hoy por hoy, es arte, es expresión cultural, es manifestación de algo. Basta que exista un portavoz, un patrocinador, un medio que lo anuncie o lo defina. A veces, incluso lo último sobra: basta el anuncio.

Una anécdota tiene la culpa de esta entrada. Hablaba el otro día con mi buen amigo Julio sobre cuánto me molesta ver plásticos enredados en las ramas de los árboles; a lo que me respondió que eso no era nada, que hasta zapatillas había visto él. Ignorante yo, como siempre, no sabía que dicha práctica existe, que es común y extendida, que –ayer lo leí– es un “movimiento cultural” que hasta nombre tiene (se llama “shoefiti”)… y que es un síntoma más de lo que arriba digo, esto es, que el destrozo entre signo y significado, unido a la inevitable naturaleza semiótica del hombre, ha provocado una sandia idolatría y una triste verdad: somos adoradores de la “vaciedad” en un mundo “patas arriba” (dicho sea por lo de ensuciar la visión del cielo con unas deportivas sudadas).

¡Lo que hay que aguantar!

miércoles, 19 de marzo de 2008

Plenilunio de silencio


Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?


Caiga el silencio como nieve blanda
sobre el olvido del amor del hombre.

Caiga y cubra el silencio algunas horas
su asamblea de sombras, su estridencia.

No salga hoy a segar aquél que arroja
la esperanza en el borde del camino.

No quien la muerte siembra siembre hoy nada.

Duerma el arado y la guadaña ceda;
y los ojos del hombre puedan ver
sus campos recubiertos de tristeza,
la tierra atribulada por sus manos,
el pan de su crüenta cobardía.

Caiga el silencio como nieve blanda…
y llore cada cual su injusto olvido.


(19 marzo 2008)

martes, 18 de marzo de 2008

Espejos de pulsera


Debería ser obligatorio llevar uno siempre encima. No por coquetería. No para disfrazar nuestra disconformidad física antes de afrontar la mirada de los otros. Se trataría de una herramienta realmente revolucionaria. Podrían ser pequeños; tal vez circulares, del tamaño de un reloj de pulsera por ejemplo, y, ahora que lo digo, con una correílla, como éstos, que facilitara su constante portabilidad. Sumergibles, por supuesto, y resistentes a los golpes, claro está (seguro que existe alguna “aleación de algo” que hace viable todo lo que digo).

El caso es que estuvieran siempre a mano para poder mirarnos los ojos de frente cuando mentimos, cuando traicionamos, cuando despreciamos, cuando somos cobardes, cuando rompemos la voluntad y dejamos los trozos tirados encima de la desidia, cuando ignoramos el bien que tenemos y lloramos el bien que suponemos no tener; cuando somos injustos, o mezquinos, o crueles… Tengo la impresión de que nunca se nos olvidarían esos ojos nuestros, ese artificio intencional de la mirada que disimula un párpado, una lágrima, una fijeza confabulada con el deseo, la ambición o la mentira. Y creo que después nos pediríamos perdón, nos arrepentiríamos de nosotros… Y los índices de la barbaridad sufrirían un serio revés en el mercado bursátil de todas las almas.

Como se ve, el método poético-deductivo, pese a lo que ayer pudo entenderse, no se limita a logros contemplativos, tiene también derivaciones técnico-instrumentales: el espejo de pulsera, sin ir más lejos, que es un acelerador moral de cuyo éxito estoy plenamente convencido. De momento, no he encontrado ninguna firma dispuesta a su fabricación y comercialización. Pero todo se andará. Creo que dedicaré los beneficios a alguna Fundación humanitaria, O.N.G., o algo así.

Ya veré.

lunes, 17 de marzo de 2008

La deducción de las sombras


Me he quedado, como un tonto, mirando la larguísima sombra. A mi espalda, un sol de los que duelen de luz hasta en la imaginación convencía a esta tarde sin complejos de que debía llamarse "claridad", porque era claridad sencillamente… Y lo ha conseguido, por la gracia del viento de marzo, que ya se encarga él de sacar brillo a esa ilusión turquesa que “ni es cielo ni es azul”, como diría Argensola (Bartolomé si no marro en la memoria). La larguísima sombra era una sombra neta, limpia, perfilada, casi lunar, sin gas intermediario de ningún tipo para amortiguar sus lindes. Era una sombra claramente oscura sin limítrofes indecisiones. Y en medio, entre esas dos claridades, entre esa clara negritud y esa clara luminosidad, provocando aquélla por intromisión en ésta, estaba yo, como un tonto, leyendo sobre la tierra mi propia provocación, deduciendo de ella, de su puro no ser, el ser radiante de una plenitud luminosa.

No, no he pensado en Platón, aunque lo parezca; he pensado en el método hipotético-deductivo, he pensado en la ciencia concluyendo la existencia de farolas a partir de las umbrías que se encuentra por el mundo. He pensado en la constatación empírica de las primeras, poniendo focos en los laboratorios que provoquen las segundas. He pensado que formular determinismos rigurosos desde lo que podemos experimentar y controlar y trucar (al cabo, un experimento siempre es un truco), lleva siempre a la idea de que también el agente demostrado es experimentable, controlable, trucable. Eso de conocer para dominar es el huevo de toda la ilusa tecnología, incluso de la precientífica, o ¿acaso no se viajaba a Delfos para saber lo que había que hacer según lo que fuera a ocurrir?

Deberíamos dar una oportunidad a otro proceder, deberíamos admitir que, a veces, por lo menos a veces, las sombras de la realidad no tienen, ni tendrán nunca, una razón que sea puerta de un instrumento. Deberíamos ensayar, de vez en cuando, otro método; por ejemplo, el método poético-deductivo, que me acabo de inventar, pero que veo con fecundas posibilidades para la esperanza del hombre.

Y es que mirando la larguísima sombra de mi breve humanidad, tan indefensa, he sentido más la necesidad de la esperanza, que de la herramienta; más del valor, que de la utilidad; más de Dios, que de Galileo, o de Newton, o de Boyle, o de Einstein, o de Planck… Más, de una farola infinitamente superior que no “sirve” para nada y, sin embargo…

domingo, 16 de marzo de 2008

El cáncer vertical


Nos hemos vuelto periféricos, y la periferia es condición de enajenación, de extrañamiento desconcertado, de destrozo en el alma que se vuelve del revés, como un guante, y deja al aire todas sus costuras. Hace años decía cosas así un poco metafóricamente, como un augur que leyera el vuelo de las aves y las entrañas de las tórtolas. Hoy es un hecho tan palmario que su enunciado se ha vuelto tristemente verdad, carne de crónica cotidiana que, sin embargo, nos deja indiferentes. La falta de uno para uno mismo es un síndrome terrible. Ya nadie está en nadie. Todos –los más jóvenes, más– están “en otra parte”, asediados, necesitados del asedio, de una estimulación constante, de una diversión permanente. Sólo los ancianos caminan por las calles solos, pensando o recordando, o llorando hacia dentro. Sólo ellos van con ellos. Los demás van con otra cosa, junto a algún género de ruido que no supera los niveles inferiores del encéfalo. Pura “sensorialidad”, exterioridad casi unicelular, bacteriana, biológicamente primitiva. Ya he dicho otras veces que no se le da tiempo al pensamiento, que nuestros días están desentrenados en su ejercicio, que no se disfruta de nada porque únicamente se pretende que todo “distraiga”. Qué verbo tan horrible, tan “antiaristotélico”, para condensar hogaño el ideal común de felicidad: “distraer”, divertir, apartar la atención, vaciar la cabeza

Cada vez me asusta menos la experimentación genética: es mucho más aterradora la evolución histórica. La “deshumanización” social está consiguiendo un engendro biológico de difícil taxonomía, una especie que se aburre de sí misma, que se enajena a sí misma, que se destruye desde ella misma... ¡Un cáncer vertical, implume y bípedo!

sábado, 15 de marzo de 2008

Días felices y perdidos


… cómo después de acordado
da dolor…
Jorge Manrique


¿Dónde están?… A veces, incluso dudo
que llegaran a ser. He registrado
mi agenda y mi reloj ensimismado,
sus crónicas de niebla, su desnudo

dolor en blanco y negro, su tozudo
afán de ser verdad, de haber pasado
realmente, su tiempo inacabado
que quiso consistir, que acaso pudo.

Esos días, de ayer confuso o vano,
que recuerdo, o me invento, cardinales
para el alma, que fueron –¿o no han sido?–...

¿dónde están?, ¿qué convicto empeño humano
los soñó o los vivió tan irreales
que perderlos no es culpa del olvido?

(15 marzo 2008)

viernes, 14 de marzo de 2008

Cielo turbio


No soporto los días de cielo turbio, de azul asfixiado, de azul ceniza. Son días que parecen quedarse entre la claridad y su ausencia, a medio camino de ser nublados o ser despejados. Uno levanta la mirada y se encuentra un lamparón derramado de luz. Y resulta que es el Sol, agónico y confuso, detrás de un intento de nubes que no se sienten capaces de ser nubes de verdad. Estos días de ambigüedad luminosa, que no se atreven a ser azul cobalto y esplendente o gris compacto y lluvioso, son unos días cobardes e hipócritas que quieren quedar bien con todo el mundo, que buscan un aplauso cómodo de mayorías y encuentran el abucheo de quienes no comulgamos con las indefiniciones. Porque las indefiniciones son traicioneras y acaban dándote una puñalada por la espalda cuando menos lo esperas. Son como esa gente de sonrisa intermedia, de mirada intermedia, de razón intermedia, que, si te das media vuelta, se decantan por la mitad que te ofende. Y viceversa. Es gente que me suena a la queja de Fray Luis en su oda A Nuestra Señora:

…a cien flechas estoy que me rodean,
que en herirme se emplean;
siento el dolor, mas no veo la mano,
ni me es dado el huir ni el escudarme…

¡Y bien que sabía Fray Luis de esas dobles verdades!

Definitivamente, hay que estar con Parménides, que, por cierto, es lo mismo que estar con Platón. El ser o el no ser, el día de luz o el día de oscuridad, la mano tendida y franca o la espada esgrimida con nobleza. Nunca la síntesis perversa, jamás la ambivalente comodidad.

Por eso me gustan las matemáticas –donde “x” es igual a 2– y me cabrea la estadística –donde “x” podría ser 2 o podría ser 4–, que, desde que se alió con las ciencias humanas, no ha hecho sino llenarlo todo de medias verdades. Una media verdad siempre corrompe porque, según quien la enuncie, acaba por convertirse en una verdad de apariencia entera. Lo que es terrible por demagógico.

jueves, 13 de marzo de 2008

El lugar y las ciudades

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón…

Miguel Hernández


Adquieren las ciudades –sus calles, sus jardines, sus rincones amables– la condición de lugar (categoría diría Aristóteles), no porque estén aquí o allí sobre la piel del mundo, no porque sean sus coordenadas tantos o cuantos grados de latitud norte o longitud oeste; las ciudades –sus calles, sus jardines, sus rincones amables– son lugar gracias a nosotros, gracias a esa pluralidad de encuentros que somos nosotros. Aunque parezca un absurdo metafísico, el lugar es un atributo del alma.

Por eso basta una ausencia, un ausente querido, para que una ciudad deje de serlo, para que se convierta en un no lugar, en una especie de laberinto de imposibles referencias y claustrofóbica inespacialidad, en un nosotros desencontrado. Y cruzamos unas calles que ya no son calles para pasear por jardines que también han dejado de serlo. Existen cosas alrededor, mejor dicho, parecen existir: semáforos, automóviles, árboles, edificios… Pero no están en ninguna parte, no tienen consistencia de exterior entusiasmo ni dimensión conmensurable. No son nada.

Esto se sabe cuando se pertenece a esa clase de hombres que hacen del corazón el animal de tiro de la vida. Otros hay que no lo entienden. Estos son los que hacen de la vida el animal de tiro del corazón.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Cometas o El amante astrólogo


Milagros en quien sólo están de asiento
alta deidad y ser esclarecido…

Conde de Villamediana


Son señales oscuras, advertencias
de tierras sublevadas, de seísmos,
de infartos en el mar, de cataclismos,
de incendios, de epidemias, de dolencias

sin cuento. Son oscuras evidencias
de lejanos augurios, silogismos
que la noche razona en sus abismos
y esparce en el temor sus consecuencias.

Y no me sé guardar de su amenaza,
de ese discurso que acaricia y funde
auspicios con espectros infrarrojos.

Están ahí, su desazón me abraza,
su belleza me inquieta y me confunde...
¡Me ahogo en el presagio de tus ojos!

(12 marzo 2008)

martes, 11 de marzo de 2008

La vigilia de ser

Un prodigio afanoso.
Un deseo de alzarse por encima
de su afán prodigioso…
y arruinar esta ruina
de carne y duda, de rosal y espina.

Un no ser que se niega
a no ser. Un axioma indecible.
Un dolor que delega
su ecuación previsible
y quiere ser arrojo no imposible.

Levanta, viejo amigo:
es tiempo de otra espada y otra lanza;
tiempo de otro enemigo,
de otro hacer, de otra andanza,
de otro molino al viento, otra esperanza…

Es tiempo sin remedio,
con derrota final o sin derrota,
con sinrazón por medio,
y escudo, adarga y cota,
y empeño vertebral, y fe remota.

De confusión hicieron
los hijos de la sombra su constante…
¡Y el alba proscribieron!
Es hora que adelante
la voluntad su tedio diletante

para que nadie pueda
negar que sigue el corazón al mando;
o el sueño que le queda
andar trastabillando
del bando de la luz hacia otro bando.

Sea sólo querer
lo que la vida de vivir espera
la vigilia de ser…
¡Y que un día cualquiera
un silencio se vuelva primavera!

(9 marzo 2008)