domingo, 29 de junio de 2008

Geometría euclidiana


No fue culpa de Euclides; él hablaba
por una decisión enfurecida
de ser recta la recta y ser medida
de un punto que a otro punto encadenaba;

de ser ella la mínima, la esclava
de exacta rectitud, la definida
distancia entre uno y otro, tensa brida
que una nada a otra nada entrelazaba.

Mas nosotros supimos que fue vano
axioma de una recta prisionera
aquella noche de calimas calmas.

Que allí, en la esquina estricta del verano,
tú y yo callamos… Y el silencio era
la distancia más corta entre las almas.


(29 de junio de 2008)

viernes, 27 de junio de 2008

El prodigio


Uno espera que ocurra, que de pronto
el tiempo se decida; que suceda
que las calles no quieran ser distancia;
que el mundo se reduzca, se comprima
hasta una superficie manejable,
que no haya solución, ni escapatoria,
ni pretexto; que se haga no posible
recurrir al silencio, a la ignorancia
de que uno sigue allí a pesar de todo,
de que no hay más remedio que arroparlo
con el suave advertir de una mirada.
Uno quiere que todo lo que ocupa
lugar no sea volumen, ni siquiera
lugar; que simplemente estalle el hecho
y llegue a ser el ser inexplicable.
Aunque no quede rastro para nadie
y uno solo recoja su memoria.

Y hay un día que ocurre... Y no sucede
que las calles acerquen, que se anule
el tamaño del mundo, que una voz
te descubra el silencio, que unos ojos
te abriguen el dolor en su mirada…

Uno espera el prodigio… Y el prodigio
no es más que otra ventana a la tristeza.

(27 junio 2008)

Demasiado tarde


Hamlet vuelve a quejarse: "Palabras, palabras, palabras…" ¿Cuántas veces ha contado la eternidad la misma historia? ¿Cuántas veces la misma combinación de hechos, la misma sucesión de hostilidades, el mismo astro en el centro de la noche, la misma incapacidad de la mirada? ¿Cuántas veces la ocasión ha sido olvido; el gesto, desamparo; el ademán, indiferencia?... ¿Cuántas veces lo único ha sido indecente pluralidad?

Palabra, palabras, palabras… Demasiado tarde para oírlas decir lo de siempre. Demasiado nunca para hacerlas hablar como quisieran. Demasiado tarde para todas las palabras.

miércoles, 25 de junio de 2008

La legión del olvido


A mi padre con tristeza, a mí por un presagio



Todo olvido es una aniquilación de la realidad, una descomposición de la circunstancia que aísla cruelmente la identidad propia. La desaparición de los hechos en la memoria es la conversión del paisaje del alma en una inhóspita y terrible llanura. Nada existe sino el abandono, el silencio y el frío; nada, sino la inabarcable soledad de los desiertos. Cuando la memoria muere, el mundo muere antes que uno mismo. Sólo queda la pregunta vacía de preguntas, el doloroso desconcierto de seguir estando vivo y no saberlo.

La legión del olvido es el ejército más cruel, más brutal, más implacable a que debe enfrentarse en la vejez el hombre.

martes, 24 de junio de 2008

El astrónomo de Vermeer y el tacto


Siempre me enamoró esa mano, ese tacto temeroso como si se aproximase a una burbuja maravillosamente frágil. Se puede suponer que pretende moverla, que el gesto está animado de curiosidad, que busca una constelación, que está trabajando con la minuciosidad de un orfebre, reconociendo gemas sobre la caricatura esférica de la noche… Pero nunca lo he visto así, jamás he visto un astrónomo, un sabio, un erudito, sino algo previo, más elemental, más simple: una caricia; una asombrada caricia ante lo desconocido, frente a la inmensidad, sobre la maravilla.

Es el más primario de nuestros sentidos, el más burdo sin duda, hecho de reacción a lo inmediato. El tacto exige el cuerpo a cuerpo, la cercanía, el naufragio de la sensación en su estímulo. Es el límite donde los ángeles saben su razón de tierra. Quizá por eso desee el amor la proximidad, porque el amor está más allá de todo y quiere creerse posible también en lo inmediato.

Bajo una luz prodigiosa, el astrónomo (¿qué hace un astrónomo trabajando de día?) quiere acariciar la perfección. Sólo eso. No poseerla –es una mano temerosa y suave–, no dominarla –es una mano rendida, admiradora–. Sólo quiere sentir la inmensidad en la yema terrena de sus dedos; sólo la eternidad, en la provisionalidad sorprendida de su tacto.

lunes, 23 de junio de 2008

Verdad y pragmatismo


Antes no era así. Desde los milesios la verdad era inseparable de la belleza y la armonía. Sócrates buscaba lo permanente en la virtud, lo que no cambiaba de unas a otras, lo que en definitiva había en todas ellas que las identificaba precisamente como virtud. Es más, estaba convencido de que una vez que lo supiéramos, ya siempre obraríamos virtuosamente porque el mal sólo era ignorancia. Marraba aquí el sabio sin palabra escrita al ignorar la autonomía de la voluntad, pero eso no afea en absoluto su propósito. Platón siguió la estela de su maestro con los mismos supuestos: la verdad era lo que estaba ahí, desde siempre, en su intangible perfección y, una vez conocida, lo único que teníamos que hacer era imitarla. Se trataba de saber para aproximar, para asemejar, para igualar... A esto, posteriormente, se llamó totalitarismo.

Sé que huele a rancio, a cofre sacado de un desván con telarañas y silencios milenarios. Sé que nuestra nariz respira un aire más familiar con sentencias como ésta: La ciencia del hombre es la medida de su potencia, porque ignorar la causa es no poder producir el efecto… Sí, lord Bacon, a pesar de las deficiencias de su método, está más en nuestra órbita. Porque la verdad ya no es una perfección que descubrir e imitar, sino una eficacia con la que controlar y producir. Se trata de hacer con ella otra cosa, un monstruo incluso. Los delirios literarios del XIX ya lo imaginaron. No queremos la verdad para ser mejores, sino para sentirnos dioses, o Dios, que es lo que ocurre, según Freud, cuando resolvemos el complejo de Edipo. Y esta luz, se mire por donde se mire, es la que esplende en nuestra anónima e impersonal ideología. La otra se fue apagando hasta convertirse en una luminosa ridiculez, en una luciérnaga insignificante dentro del corazón del hombre.

Para mí, por lo menos, una verdad así lo único que despierta es la necesidad urgente de su ausencia.

sábado, 21 de junio de 2008

Lejos del cielo


Un buen poema no debe tener excesivas referencias cronológicas o espaciales. Éste y su complementario (‘Cerca del mundo’, 6 de junio) las tienen. Un buen poema debe ser capaz de saltar sobre su circunstancia, de hacerse atemporal e inespacial. Éste y su complementario no lo hacen. Así que, ni éste ni su complementario son buenos poemas. Solamente ‘son’ porque no he sabido evitarlos.


Quince días después, a doce horas
del verano reciente, para nada
decirte que no sepas, pena alada,
te escribo desde casa turbadoras

palabras. Mira tú si las decoras
con tu voz para un alma aterrizada,
mira esta soledad enajenada
que no sabe qué hacer si las ignoras.

Quince días… Calor –es junio al cabo­­–.
Y yo, de nuevo, con el verbo a cuestas,
a rastras con tu no y mi desconsuelo.

Te escribo sin deber: como a un esclavo
me das la vida y libertad me restas.
En Coslada, Madrid, lejos del cielo.


(21 de junio de 2008 a las 2:03 P.M.)

viernes, 20 de junio de 2008

La reverencia


Era una extravagancia. Lo hacíamos por ejercicio de la vanidad explosiva en los años mozos. Por eso y por reverencia real y compartida. Plaza de Santa Ana en Madrid, con ese olorcillo próximo del rastro de los Austrias. Plaza para que el Teatro Español pueda mirarse en los ojos eleáticos de Calderón de la Barca. Pocos años setenta, cuatro o cinco, más o menos; y nosotros, igual que en la Comedia, la Divina quiero decir, recorriendo el Purgatorio de las calles. Desde las Cuevas de Sésamo, tal vez, con aquella leyenda machadiana en la memoria que enmarcaba (no sé si lo sigue haciendo) su entrada:

¡Bajar a los infiernos como el Dante!
¡Llevar por compañero
a un poeta con nombre de lucero!...

No era el infierno, desde luego, y el poeta tenía (y tiene) nombre de mes canicular, de emperador, que no dejaron ser, romano. Yo no era “el Dante”, naturalmente, pero él sí era el poeta. El caso es que llegábamos allí, nos plantábamos ante el impertérrito maestro Calderón e, inclinando torso y frente, le rendíamos nuestro reconocimiento con una exagerada reverencia.

Después, o antes, o antes y después, recalábamos en la Cervecería Alemana y devolvíamos el mundo a las palabras junto a una rubia, siempre adornada de la virtud de la lealtad, que jamás abandona ni al vencedor ni al derrotado (me arriesgo demasiado en afirmaciones como ésta: la Inquisición de lo políticamente correcto tiene el mundo poblado de sicarios y delatores).

Era una extravagancia de la que no me arrepiento. Porque era joven. Porque era ante Calderón. Porque el poeta que tenía al lado era Julio Martínez Mesanza.

miércoles, 18 de junio de 2008

Tarde de junio


Tarde de junio ya, de por fin junio, que últimamente el tiempo ha presumido en exceso de antojos y extravagancias para confundirnos. Tarde para que vayan acostumbrándose los balcones a estar abiertos y a recaudar bullicios de las calles, y del cielo enmarañado por las pequeñas algarabías de los vencejos (qué despiste el de Machín con sus “angelitos negros”, qué distracción la suya para no darse cuenta de que ya tenían pintor, pintura y bóveda atardecida todos los veranos). Tarde para escolares pre-ociosos (“pre” o “pos” o “siempre” ociosos: hoy no importa ni pienso reprochárselo). Tarde para escuchar sancionadoras advertencias en el aire: ¡Carlitos, como te vuelvas a tirar al suelo, te quedas sin Kinder!; y Carlitos, que luce una camiseta con el número 1, se vuelve a tirar al suelo.

Tarde para sentarse a no hacer nada, en un banco, en un parque; para regalarse una ráfaga de madreselvas o un espectáculo de azules degradados sobre el horizonte. Para consolar a un niño por ese raspón canalla que se ha hecho en la rodilla después de un mal rodar su lúdico entusiasmo. Tarde para que la vida se permita un homenaje por serlo y esta vieja arquitectura se tome una cerveza para que no todos los lujos sean propiedad del mundo.

Tarde de junio, bella, sencilla, que me ha puesto un nudo en la garganta, como siempre, por culpa del recuerdo, por culpa de otros junios, de otros muchos junios que guardo bajo el otoño –¡tan de repente!– del alma.

lunes, 16 de junio de 2008

Quiero...


Quiero manos de viento porque sólo
me queda tu distancia entre las manos.
Ojos quiero que puedan ver la ausencia,
la nada de tu cuerpo, en su mirada.
Quiero oídos capaces de inventarte
en sonidos que callan, que no existen.
Quiero ser quien no soy, ni puedo serlo:
las manos que acarician tu vacío,
los ojos que te ven, aunque no ocurras,
los oídos que advierten tu silencio…

Quiero ser quien no soy, quien nadie ha sido:
la oración vertical de tu palabra.


(16 de junio de 2008)

domingo, 15 de junio de 2008

El gato tonto


Decíamos que era tonto; un espécimen inusual, añadiría hoy, una vergüenza entre los de su clase. Yo lo recuerdo como una anécdota extravagante de la infancia: un gato con vértigo, un gato con miedo a las alturas. Pero tonto porque el miedo le entraba después, quiero decir, una vez que las había coronado. Me explico: el animal debía de sentir el tirón depredador de su sistema nervioso y empezaba a trepar por un árbol en busca, probablemente, de algún nido de gorriones; pero, cuando llegaba arriba, le daba un golpe de preocupación: “Dios mío, ¡qué he hecho!”, supongo que pensaría. Y empezaba a maullar aterrorizado. Entonces avisábamos a Luis, que era un oficial de la platería de mis tíos, hombre menudo y ágil capaz de reproducir la trayectoria del felino en un suspiro. Y allá que se iba mi buen Luis para, al poco, depositar en la estable certidumbre de la tierra a aquel animal de más elevada vocación que arrojo.

No sé, pero a veces creo que algo parecido nos ocurre cuando queremos pensar alto, más alto, como para dar a la caza alcance. Y nos pasa que, arriba, a la altura de unas cuantas ideas, nos sacude un sobrecogimiento, un temor de no saber volver a las pocas certezas de todos los días. Y empezamos a maullar, aterrorizados, deseando fervientemente que alguien se decida a llamar a nuestro particular Luis. Antiguamente, este Luis era el nombre que se ocultaba debajo de voces de mayor enjundia, digamos Religión, o Filosofía, o Ciencia. Por desgracia, en mi opinión al menos, hoy hemos renunciado a la vocación por carecer del arrojo: ya no somos gatos tontos, nos sobra el gato.

jueves, 12 de junio de 2008

El verano siguiente a la tristeza


Se ha llenado de sombras hoy la tarde.
Y no quiero estas sombras. No estas nieblas.
No quiero este racimo de abandonos
ni estas uvas amargas. No este aviso
repentino que salta de un teléfono,
de un temor en el aire. No lo quiero.
No quiero que me llamen. No que digan
que estaban por el alma convocadas,
que han venido de lejos de mí mismo
y son la población de mi memoria.

No sé qué ha sucedido de repente
que ha bajado la niebla aunque no es tiempo,
aunque huela el jardín a madreselvas
y el silencio a vencejos en el aire.

Aunque estemos en junio, a casi el día
del verano siguiente a la tristeza.


(12 de junio de 2008)

miércoles, 11 de junio de 2008

La mirada y la ausencia


No estaba allí, donde solía
aminorar la luz el paso,
entretenerse, dilatarse,
confundirse bajo los párpados.

No estaba, convenciendo al mundo
de ser real por ser milagro;
no allí, la mirada perfecta
ni su voluntad de espectáculo.

El silencio estaba en la sombra.
Y en la sombra, un reloj parado.


(11 de junio de 2008)

martes, 10 de junio de 2008

El apagón II


El 5 de abril lo “colgué” en esta red. No sé si alguien lo llegó a leer porque a las pocas horas decidí quitarlo. Me molestaba… y 'apagué el apagón' (puede leerse allí mi arrepentimiento). Por mero azar, haciendo pruebas con un ‘explorador’ que he instalado hoy en la PDA, me lo he vuelto a encontrar con una casualidad deportiva extraordinaria. Y me he dejado arrastrar por la curiosa coincidencia. Vuelvo, pues, a encender mi oscuro hallazgo, aunque sigo sintiéndome incómodo cuando lo leo.

No sé muy bien por qué.


Estaba soñando. Un sueño amargo, espeso, terrible: un apagón en el momento en que España iba a lanzar un penalti decisivo en la Final de la Eurocopa. ¡A la mierda! Total oscuridad. Ni una brizna de luz en parte alguna. Tanteo de muebles. Tropezón… “¡Me cago en…!” Qué manía de poner mesitas bajas en los salones. Una mesita baja no sirve para nada, salvo para interrumpir la trayectoria de la espinilla cuando se va la luz. En el registro, todas las palanquitas en orden. “Será una avería de todo el edificio”. Más tanteo de objetos. ¿Cómo es posible que pueda uno vivir con tantas cosas por medio? Llegada al recibidor. “En el rellano de la escalera estarán las luces de emergencia”. Menos mal, empezaba a ser agobiante esa inutilidad de los párpados abiertos sin fruto de claridad… Pero no, detrás de la oscuridad había otra oscuridad. Empezaba a incomodarme el sueño. Sonaba un silencio raro; en realidad, la única sensación que me llegaba era el olor de las rosas de la terracita del Primero. Por lo menos quince minutos tardé en bajar la escalera. ¿Qué extraño que no se oyese nada? Bueno, como era un sueño, seguro que se había cambiado el día y ya no se jugaba ningún partido de la Eurocopa ni se lanzaba ningún penalti decisivo. Finalmente, el portal. Ahora sí, alguna lucecita tendría que haber en alguna parte: la noche más cerrada nunca llega a ser cerrada enteramente… Pero la calle estaba empapada de oscuridad, de una agobiante oscuridad. ¡Maldito sueño! Fue entonces cuando, suavemente, por el aire se deslizó una vocecita entre asfixiada y llorosa:

¡Pobre hombre! Y no era tan mayor ¿verdad?... Si es que no somos nadie.

Me entró un sudor frío… Y me desperté de pronto.

Y me di cuenta de que no estaba soñando.

lunes, 9 de junio de 2008

Cosas grandes


No pido grandes cosas.
Si acaso un ramillete de señales,
de modestos indicios, de lágrimas cómplices,
de pequeños relámpagos…
Una fuente sin ruido ni espectáculo.
Una sonrisa a tiempo, una mirada
que me busque los ojos de repente.
O una voz que me hable sin prodigios.
O el deseo inocente de rozar una mano.
O la inquietud, común y transitoria,
de una preocupación ajena, inexplicable…
O querer que mañana siga siendo mañana
y que siga después y no deje de serlo,
y amanezca otra vez para que alguien me diga
“buenos días” y vuelva enamorarme.


(9 de junio de 2008)

domingo, 8 de junio de 2008

Un libro


Hay un libro encima de la mesa. Huele a nuevo y es nuevo: ni quince días hace que abandonó la maternidad de la imprenta. Todos los libros nuevos tiene el olor de septiembre en las mochilas colegiales, ese aroma de principio de curso que conservamos en la pituitaria de la memoria y es casi un “reflejo condicionado” de la nostalgia.

Hay un libro encima de mi mesa del que bastaría decir quién lo ha escrito para entender por qué es bello. Pero además es un libro de imagen hermosa, de fotos que hablan y palabras que fotografían el sentimiento, la tristeza, los destrozos del alma o de la ciudad, que, al cabo, es el alma que vivimos cada día. Un libro para mirar y sentir desde la maravillosa cámara oscura de José del Río; y para leer y emocionarse por culpa del verso perfecto de Amalia Bautista.

Roto Madrid (Editorial Renacimiento), es un libro que pone el dolor del paisaje urbano junto al microcosmos herido de la vida humana. Leerlo es descubrir los renglones en que se escriben las ciudades, o las derrotas que jalonan el curso de nuestras tristezas.

Pero esto no es una reseña: no soy quién para hacerla y tampoco sabría. Esto es una emoción que os dejo en el aire.

viernes, 6 de junio de 2008

Cerca del mundo


Madrid, a quince días del verano.
Te escribo desde casa. No podía
soportar la distancia, la agonía
de mi mano en la niebla de tu mano.

Ese estar que no está, o ese lejano
saberte allende la melancolía,
allí donde la luz no es ya la mía,
ni el monte es monte, ni llanura el llano.

Te escribo para nada, porque suelo
enamorar palabras de mentira
para fundar grandezas que confundo.

Pero tú eres verdad, en otro cielo.
Si aún respira esta voz, por ti respira.
En Coslada, Madrid, cerca del mundo.


(6 de junio de 2008)

jueves, 5 de junio de 2008

Existencialmente hablando...


No queremos vivir con esa carga. Por eso no pensamos en ella. Es preferible sortear su trascendencia en cada gesto, en cada decisión, en cada ademán. Y discurrir por el día enajenando el peso de su certidumbre. Porque en cada momento, en cada minuto, en cada instante tenemos aún el tiempo que nos queda. El tiempo siempre debería ser algo que nos quedara. Para que, antes de morir del todo, tuviéramos la posibilidad de una última pincelada en la vida, algo así como esbozar una sonrisa o desatar una lágrima. Toda la dignidad podría estar en ese momento. Toda la libertad.

Realmente, para el hombre al menos, es cuando su esencia alcanza la plenitud.

martes, 3 de junio de 2008

Campo de cenizas


Fue costumbre de ti y ya es olvido,
hábito de silencio, horma de ausencia,
acto de regresar y no encontrarte
sentada en la mirada del crepúsculo.

Fue costumbre que se hizo con los días
de un año en las palabras… Y en tus ojos.
Un año de mentira robado al imposible
jardín de unas acacias irreales.

Fue costumbre tenaz porque no fuera
el amor otro campo de cenizas,
otra tierra infecunda y maldecida,
pasto sólo de escarcha en los inviernos.

Fue costumbre de ser no siendo nada:
niebla que se inventó en el horizonte
para poder soñar que era un paisaje.


(3 de junio de 2008)

lunes, 2 de junio de 2008

La metáfora de la vida


Para Ismael y Víctor, que nunca leerán esto, que nunca querrán entenderlo


Llueve y el sol lo sigue consintiendo. A pesar de la impaciencia. A pesar de querer que los campos nos adornen ya los ojos de exuberancia. De vez en cuando se cuela por la distracción de una nube y pone un rayo sobre las rosas, entre los árboles, bajo la vigilancia tormentosa de un cúmulo cárdeno, como si la lluvia anduviese preparando una sorpresa en el paisaje y la luz curioseara por las rendijas del cielo. Pero la transparencia flirtea con la osadía y riñe al sol… Y le torea el intento con un arco de colores de mentira.

Hoy ha sido un día terrible, un día en que la historia se ha vestido de crueldad con quince años. Hoy he visto a la inocencia ensañarse hasta la repugnancia: violencia imberbe y rabiosa capaz de matar por una simple mirada. ¡Mundo imbécil y bárbaro!

Menos mal que la tarde ha querido ser belleza, por más que de tormentas se enfadara. Menos mal.

A veces, hasta pienso que no nos merecemos la metáfora de la vida humana, esa que sustituye la realidad animal por un sueño hermoso y, al parecer, inviable.

domingo, 1 de junio de 2008

Teatro Apolo


Para dos entusiastas de la zarzuela: Antonio, que está con nosotros y, sin embargo, no lo llegará a leer, y Enrique que, aunque nos dejó, lo va a leer esta noche; estoy seguro.


Ya no recuerda la fecha; hoy me ha dicho que sobre el 31. He visto por estos pagos que fue en 1929, el 30 de junio para ser exacto. Noventa y tres años empiezan a serle edad de mucho olvido. Sin embargo, se sigue emocionando cuando me habla de aquella función última del Teatro Apolo, el viejo, el que estaba en la calle de Alcalá junto a la iglesia de San José, sobre las oraciones enterradas del convento de San Hermenegildo, hoy suelo de especulaciones bancarias y estampa de coleccionistas nostálgicos, o atril de melancolías para un puñado de supervivientes de entonces, cuando aquella dificilísima España empezaba a llenar de acidez su incierto futuro.

No recuerda la fecha, pero sí que sonaron acordes de La Verbena de la Paloma y de La Revoltosa, sí que Selica Pérez Carpio anduvo con la voz poniendo orden en los átomos del aire, sí que él era joven, muy joven, tan joven que la niñez le quedaba a un par de años de distancia… ¡Se le tensa la frente y parece que se le asfixia la mirada al recordarlo!

No entiendo de música; en realidad, creo que no entiendo de nada. Lejos, pues, de mi intención cualquier atisbo de mal intencionada crítica. Lo único es que, mientras escribía esto que quería ser un homenaje a las melancolías de mi padre, me ha estado sonando por los rincones del alma el preludio de La Revoltosa, “género chico” (qué modestia), género popular (qué ironía), que se tarareaba por condes, menos condes y nada condes en las calles de Madrid. Y, no he podido evitarlo, se me ha aparecido un sujeto en el lado oscuro de la memoria cantando una cosa muy popular, hoy por hoy, llamada el Chiki-Chiki…

No sé, pero algo raro está pasando.