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La borrasca airada

  Esta mañana olían las calles a cielo gris y roto sobre la tierra. Llovía sin la mansedumbre melancólica con que solemos pensar la lluvia; llovía con rabia, como si el amanecer fuera un quijote enloquecido prodigando cuchilladas a los pellejos tintos del día encapotado. No sé qué pasa con el tiempo que últimamente anda tan irascible, tan dispuesto a enfadarse con el mundo y comportarse tan groseramente. Si hace calor, incendia y arrasa; si llueve, arrasa y desborda; si es primavera, cierra pulmones y reparte asmas; si invierno, estrena virus letales de enfermedades viejas… No sé qué pasa con el tiempo. Tampoco con el hombre ni con el mundo, este mundo y este hombre tan extraños. Después de diez mil siglos paseando una exótica verticalidad sobre el planeta, la única constante que uno advierte en él es la nostalgia de sus cuatro patas. Exagero, probablemente exagero; sin duda, porque ‘no sé’, porque soy un ignorante incapaz de advertir norte y sentido a su volun...

La metáfora amable

El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los h...

A/A Caballero inactual

Me gustaría volver a hablar contigo. Aunque, más que una apetencia, es una necesidad; ya sabes, cuando el mundo elige ‘colores’ raros, echo muchísimo de menos tus pinceles sin hoy. Es un mecanismo de defensa, una comezón por redescubrir claridades al margen del tiempo. Tú eres un especialista en los matices acrónicos de la esperanza, ésos que a veces pintan paisajes que no hallarán jamás escena en nuestros ojos; paisajes que, sin embargo, inventan la ilusión suficiente para empujar hacia delante la vida que nos queda. Después de todo, vivir es dibujar un futuro que jamás ocurre, un después en el que pasan otras cosas que no tienen que ver con las que esperábamos. Pero no importa: si el alma se ejercita en presumir la maravilla, el hombre se fortalece para afrontar su imposibilidad; siempre será capaz de reconstruir aquélla. Por eso me gustaría hablar contigo, para escuchar noticias ajenas a los hechos, crónicas de alguna hazaña sin aquí y sin ahora. Porque ahora y aquí no...

El verbo defectivo

Cuando partió, yo tenía veintisiete años. Hace unos días leí que ya estaba a dieciocho mil millones de kilómetros; lo que en la noche es parva distancia: aproximadamente, diecisiete horas de viaje en un tren de Einstein . Un paseíto por la infinitud al fin y al cabo. Claro que a él le ha costado algo más: treinta y cinco años para ser exacto; después de todo, un parpadeo de la eternidad Cuando partió, nadie tenía Internet en casa ni móvil en el bolsillo, hacíamos fotos con sofisticadas cámaras oscuras y grabábamos canciones en cintas magnetofónicas. Los códigos y las gentes estábamos hechos de otra materia, menos sutil, aunque sin duda igual de ineficaz… Hace unos días leí que abandonaba el Sistema Solar con el racimo de palabras y demás señales que el hombre empaquetó en la técnica rudimentaria de su vieja arquitectura. Curioso proceder éste: arrojar signos amables y buscar anónimos interlocutores que, tal vez, no se encuentren nunca. Curioso y desolador, porque, en ...

...En tanto olvido

En Coslada, Madrid. He vuelto a casa. El alma está en su sitio. No he tenido tiempo de hablar con ella aún. Le pido un poco de paciencia. Torpe pasa la tarde calurosa, y se acompasa el corazón, el mundo, su latido, el ruido de vivir, ese rugido, ese tictac brutal que me traspasa. Deshago lentamente el equipaje: la bolsa vieja, la maleta ajada, las horas bien dobladas que he vestido; y el billete del último vïaje; y el destrozo del hombre en la mirada… En Coslada; en el mundo… En tanto olvido. mayo 2012

Dialéctica

La tesis es el entusiasmo, la afirmación gozosa del proyecto, de la luz. La antítesis, el desencanto –su remordimiento estético– cuando los soles de ayer, o de antes, o de hace un momento, descubren que no sirven para todas las oscuridades; tal vez, para ninguna oscuridad. Y la síntesis… Bueno, la síntesis es una chapuza, un combinado de negaciones, una macedonia de contraluces. Por eso la afirmación, que es nacer, halla su negación en el paulatino desnacerse de la vida. Luego está la negación de la negación, la superación final de aquélla en su plenitud de esencia, en su ser acabado, irreversible, ya completo… Y entonces sólo somos el asunto de una barcaza que cruza una laguna oscura. La tesis es nacer. La antítesis, el obligado desvanecerse que es vivir… La síntesis, una barca que aguarda en un desolador embarcadero.

La sombra

. . No había nada allí después de todo: una ciudad común, dos o tres árboles, algunas horas demasiado usadas, un poco de las cosas de la gente, un algo de tristeza, un no sé qué de mí que ya no estaba… Y el viento, el frío azul de un dios desapacible… Y la memoria de un eclipse viejo, de un sol sin sol ni tú, frente a los ojos. No había nada. Burbujas de palabras lentas balanceándose en el aire y ese ir y venir por el invierno de un día inactual sin tú ni día. Después atardeció, como es costumbre. Y anocheció después... Y no había nada: una ciudad común, dos o tres parques, algunas horas en las papeleras… Y un servicio eficaz de recogida de los sueños tirados por la calle. Te escribo de estas cosas porque, a veces, paseo por allí… Y no te encuentro. Y no sé dónde estoy… Ni si ocurrimos… Ni si algo sucedió, después de todo. 24 febrero 2012 .

Lacrimosa dies illa...

. Ahora que tanto se habla de indignación, me viene la memoria de la ira. Me llega en estos días –destrozados para tantos que su cuenta se hace innumerable–. Me llega con la rabia que se vende y se compra en los quioscos; con el rastro que deja la adúltera verdad del quehacer humano. Ahora, que es un antes repetido, un antes con el que no sabemos qué hacer porque, hagamos lo que hagamos, acabará en el mismo odio de cualquier otro futuro... Ahora, que las almas presumen descubrir lo que de siempre tienen descubierto... Ahora, que el discurso del hombre se encuentra, una vez más, con la indecente conclusión de su “soberbio silogismo”... Ahora, que volvemos a pensar que la culpa es de los otros, que el infierno es un demás localizado y evidente; nada que tenga que ver conmigo ni contigo, nada que salpique la cotidiana complicidad de cada cual en el desastre... Ahora, que la moral vuelve a padecer una epidemia antiquísima y recurrente, una gripe intemporal cuyo síntoma más grave es la conv...

El último deseo

.   Me gustaría morir después de un día intenso, voluntarioso, obstinado en alguna indecible extravagancia, empeñado en cualquier incomprensión de ésas que arrastramos tras haber vivido entre todo lo demás tan comprensible. Me gustaría que Saturno anduviera entonces por el sur, que es el horizonte de mi terraza, y que yo estuviera sentado junto a mi viejo telescopio observando el discurso majestuoso y lento de su órbita. Y escuchar en la casa, mientras tanto, los pasos de quienes quiero; su ir y venir por las habitaciones y las cosas, sus voces dedicadas a los signos con que hice la vida; algo así como la música inefable en que hablan las esferas… Me gustaría morir entre este corazón y el cielo, entre el lugar cercano de las almas que quise y el lejano espectáculo de lo inalcanzable. Después de un día intenso y empeñado en lo indecible… Después de cualquier día que aún se mereciera ser querido. .

Cuestión de fe

. . Si mi fe me lleva a crear o aumentar vida, ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas . M. de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho A veces, uno tiene ganas de no tener ganas de lo que suelen tenerse. A veces uno ejerce el descaro ante el mundo y le sostiene la mirada sin pretensión de nada, sin intención alguna; sólo para fastidiarlo; sólo para que se dé cuenta de que no le importan su menosprecio y su estafa; de que aún es capaz de querer de verdad, de soñar de verdad y esperar de verdad mucho más que la puerca verdad de su acomodo. A veces uno se apunta a la anarquía de los paralelogramos –que es anarquía que ignoran casi todos los que en la acracia militan de oficio– para dar un respiro a la razón asmática, asfixiada por logros sin aire. A veces, da lo mismo todo; porque todo es el pronombre de un suceso espurio, de un afán troquelado por un encantamiento. Don Quijote lo comprendió una mañana, antes del día, que era uno de l...

La tragedia real o la importancia de no ser importante

. Alguien, ahora, en alguna parte, está poniendo en el mosaico de la Historia una tesela fundamental. Él o ella lo ignoran; pero lo demás, todo lo demás, pende y depende del hilo de su gesto, su suceso, la modesta decisión que acaban de tomar. Alguien, ahora, en sabe Dios dónde, está ocupado en la razón de un destino que doblegará el tiempo. Cualquier mañana está pendiente del presente insignificante en que él o ella ocurren. No hablo de los nombres ilustres que decoran los libros. No me refiero a los espurios protagonistas de las crónicas. Mi “alguien” es cualquiera. Mi “alguien” son los “tús” cotidianos que pasan por la vida sin que el tiempo se entere, que nacen y se mueren sin más tierra en el ser que la memoria de quienes les amaron. El hombre es necesariamente trágico, pero no como pensaba el mundo antiguo, no porque la moira le arroje a un destino irremediable sea cual sea su derrotada determinación, sino porque una modesta decisión suya arrastra el mundo a un inevitable mañana...

Una vieja lección

. . Esta lección es tan vieja como el hombre y se ha escrito sobre ella –inútilmente siempre– infinidad de veces. Hoy la quiero recordar por causa de una reciente tristeza. Si fuéramos capaces de imaginar a quien nos ha hecho una indigna faena como el niño que fue (su sonrisa, su lágrima, su inocencia, su juguete jamás tenido, su pequeña soledad, su noche de pesadilla…), nos sería facilísimo perdonarlo; y si quien nos hizo la faena indigna fuese capaz de no olvidar el último silencio (el que ciega todas las palabras, todas las preocupaciones, todos nuestros prescindibles desencuentros), sin duda nunca llegaría a cometerla. La posibilidad del bien es mucho más sencilla de lo que pensamos. No se necesitan grandes teorías ni elaborados razonamientos: está a flor de piel de la evidencia. Basta reconocer al niño para perdonar al hombre. Para no dañar a los demás, sólo hay que anticipar el silencio, esa última patria de todas nuestras palabras. Pero de esta vieja lección no acabamos de ente...

Mientras la noche

. . Esperar. Soñar alba que esperar. Nombrar de imaginaria la esperanza mientras la noche. Convencer del día al horizonte… Esperar. Y si la nada invade la mirada, arrojar la mirada más allá. Más allá de la nada. Más allá… ¡Mucho más! Enero 2012 .

Un deseo para el nuevo año

. Escribe Kant en el Libro II de la Crítica de la Razón Práctica : “… no es propiamente la moral la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad.” No me parece mala sentencia para acabar un año de malestar alcanzado y empezar otro de adversidad prometida. Las ‘vacas gordas’ fueron a todas luces consecuencia de un montón de ‘burbujas’ falaces y nada honradas. Las migajas de Epulón cayeron con abundancia sobre Lázaro porque Epulón obtenía pingües beneficios de su quehacer indecente. Esa felicidad perdida era inmoral; nadie debe añorarla, nadie pretenderla, nadie reclamar su apuntalamiento engañoso. La felicidad debe ser otra; y la revolución necesaria, también. Hay que empezar por dentro, bajar a los suburbios del alma y sublevar nuestra voluntad contra nuestro egoísmo. Hay que levantar barricadas frente a la complicidad consentida cuando la bonanza. Hay que apedrear los escaparates del silencio si exhiben nuestra callada indignidad... P...

La nostalgia o el vacío de la memoria

. Supongo que en cada uno de nosotros existe un raro mecanismo que activa el proyecto de la memoria. No la memoria simplemente, sino su indefinido proyecto. Lo califico así porque no soy capaz de delimitarlo, porque no sé qué es en realidad. Se parece a un deseo concebido por el alma para creer en el paisaje de sí misma; aunque no lo haya sido nunca, aunque jamás haya sabido dibujarse en el reloj por que pasaron sus días. Supongo que ese mecanismo extraño es un azar con que nos encontramos: una imagen que nos asalta, un perfume que nos embarga, una música que nos rodea... Qué más da; es algo que pasa en nuestras afueras y se cruza con nosotros. Lo vemos o lo acariciamos o lo oímos… y el microprocesador de la memoria, esa memoria tan kantianamente pura, tan huérfana de contenidos, se dispara aunque no lo pretendamos. El nombre que le damos a este vacío rememorar es nostalgia . A su padecimiento lo solemos llamar melancolía . A mí me pasa con esto, que he recogido otras veces. Merece la...

Oscuridad encadenada

. Prometeo acabó encadenado a una roca por su osadía; Sísifo, a un quehacer inútil por su impertinencia; los subterráneos esclavos de Platón, a una caverna por la torpeza de su alado auriga… Tal vez, el hombre sólo es libre entre paréntesis porque está condenado a encadenarse, porque está encadenado a un destino en que inevitablemente deja de ser libre. Tal vez, el hombre no es más que un paralogismo de la libertad. Como yo, sin ir más lejos, aherrojado en mi interminable imaginaria que no acaba de ver amanecer, que no acabará nunca, porque el día anterior, el día en que me nombraron para el servicio , fue en realidad el último día; un día sin día al que lo único que habría de ocurrirle era la noche siguiente, la noche a la que seguiría la noche de después... Incluso a mí me aburre tanta oscuridad. .

Manual de emergencia para un náufrago

. Lo primero es mirar el horizonte, plano y azul del mar, y pensar que morir es lo de menos. Lo segundo, alegrarse de ser tú –y no nadie a quien quieres– el que ha ido a parar en tal estado. Lo tercero, buscar alrededor algo que flote por sí mismo; el trozo de un recuerdo, por ejemplo, que, de puro feliz, no sea sumergible. Lo cuarto, respirar pausadamente; reconocer la vida en cada bocanada de aire aún permitido. Lo quinto, conceder al frío la ignorancia; al cuerpo, en tanto mar, la indiferencia. Lo sexto, disfrazar los brazos de heroísmo y nadar hacia islas que no existen. Lo séptimo, leer la oscuridad, la noche, el código morse de los astros… Lo octavo, inventar un sol naciente y la sombra de un barco en la distancia. Lo noveno, gritar una palabra a la que no nos atrevimos nunca. Y lo décimo… comprender que morir es lo de menos. .

Sesión continua

. . Cuando uno se hace viejo, pero conserva aún cierta capacidad de abstracción, tiene la impresión de que vivir es pasear la mirada repetidamente por una película de sesión continua. Una película que, claro está, siempre tiene la misma trama envuelta por los mismos diálogos. Por eso ningún tiempo pasado fue mejor ; ni tiene posibilidad de serlo ningún tiempo futuro. Si el animal y la planta son prisioneros de su genética, el hombre lo es de su fabulación: aquéllos siguen haciendo lo que inevitablemente no pueden dejar de hacer; éste, lo que ingenuamente cree que acaba de inventar. Cuando uno se hace viejo, y no del todo tonto, se aburre con la película que habla de lo mismo para desarrollar la pretensión de siempre y acabar en igual nada. Y cuando ya no aguanta más, cuando hasta las palomitas al paladar disgustan, se levanta de la butaca, rompe la entrada y se vuelve a casa. En el fondo, morir no es más que eso. Estoy seguro, una vez más, de que Platón y yo estamos de acuerdo. .

Sin noticia de mí

. Esta mañana, mientras me afeitaba, me he preguntado si ocurría algo. No sé qué confusión del alma he visto en el espejo que me ha empujado a hacerlo. Para sorpresa mía, no me he hecho ningún caso. Me he sentido incómodo; más aún, decepcionado. No hay derecho: uno pasa la vida sacrificándose para que nada le incomode y, de repente, un día aciago, deja de hablarse. Es injusto, con lo que yo he hecho por mí, con la cantidad de sueños que me he consentido, con todo lo que he empeñado en ser quien más me convenciera… Y ahora voy y no me hablo… Ahora, que me queda tan poco. De momento no he roto relaciones; pero, si esto se repite, no tendré más remedio. La dignidad es la dignidad y no tengo por qué soportarme la insolencia. Si no quiero saber de mí, allá conmigo. Al fin y al cabo, ser ‘yo’ es redactar un sofisma; y vivir, interrumpir un apacible silencio. .

Dos de noviembre

. Leo en alguna parte que el 60 % de los españoles olvida a sus difuntos después de diez años. Me alegro, una vez más, de quedar fuera de las estadísticas y sus enfermos porcentajes. Llevo cuarenta y dos años recordando a Paco, un amigo que se me rompió en un Seiscientos el mismo día que Armstrong pisaba la Luna; treinta y ocho hablando con Jorge, un casi hermano que se destrozó la vida sobre una moto camino de Soto del Real; treinta y uno paseando Madrid con Conrado, un antiquísimo alumno que se dejó el futuro en su promesa por culpa de una isquemia maldita en el cerebro… Y cinco, sólo cinco, aunque valdría cinco elevado a su infinita potencia, departiendo por teléfono con mi madre (que se marchó sin ruido y humildemente un dos de marzo) todos los días, a las once de la noche, sobre las cosas que me pasan y me alegran y acerca de los hechos que suceden y me duelen… Podría centuplicar la lista. A mis años no es difícil. Si la estadística esa es cierta, tenemos un problema; grave e inde...